Lamarche | El día del perro | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 120 Seiten

Reihe: Otras Latitudes

Lamarche El día del perro


1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-18067-29-7
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 120 Seiten

Reihe: Otras Latitudes

ISBN: 978-84-18067-29-7
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
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En la autopista E411, un perro ha invadido la calzada en dirección hacia la nada. Los conductores han frenado en seco y han bajado de sus automóviles. Unos contemplan atónitos la escena. Otros intercambian entre sí lacónicos comentarios. Caroline Lamarche nos ofrece en El día del perro la visión de seis personajes que han sido testigos por azar de un mismo hecho en apariencia trivial, pero que sacude sus vidas. Esta novela breve nos pone sobre la pista de la vida oculta de seis seres humanos. Buscando la profundidad por encima de la anécdota, y extrayendo del detalle más simple la lectura más descarnada, la reconocida escritora belga Caroline Lamarche nos sumerge en vidas aparentemente normales bajo las cuales discurre toda la agitada corriente de la existencia.

Caroline Lamarche (Lieja, Bélgica, 1955).Graduada en Filología Románica por la Universidad de Lieja, ha enseñado en Lieja y Nigeria y actualmente vive en las afueras de Bruselas, en Overijse. Notable desde sus primeros textos (Premio Internacional de Radio Francia y el Prix de la Fureur de Lire), ganó el Premio Victor Rossel por su novela Le jour du chien (1996). Caroline Lamarche es una gran protectora de los animales, lo que explica por qué en sus novelas se cita al menos un animal. Caroline Lamarche fue elegida miembro de la Real Academia de la Lengua y la Literatura Francesas de Bélgica.
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EL COMBATE CONTRA EL ÁNGEL


Es extraño que aún no haya soñado con ese perro, porque la visión de su carrera demente me asalta durante todo el día. Es verdad que ya no me acuerdo de mis sueños. Cuando era un joven sacerdote, estos impregnaban mi despertar y mi meditación, antes de ponerme a trabajar. Hoy día el teléfono suena cada vez más temprano. Pronto cumplo sesenta años; tengo artrosis cervical y la espalda arqueada, cinco parroquias, cuatro consejos y tres equipos parroquiales y dos grupos de ayuda a los enfermos.

De entre los relatos bíblicos, mi favorito es el que cuenta la lucha de Jacob contra el ángel. Cuando me asaltan las dudas, acudo a él como si contuviera el secreto de mi vocación. Cada lectura me revela una nueva faceta de ese hombre que se entrega, de noche, a un combate que lo sobrepasa, y a su término obtiene el derecho de ver su nombre cambiado por Dios: «Ya no te llamarás Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido».

Durante todo el invierno, mi cuerpo y mi espíritu han luchado contra los ruegos de los hombres, mientras que mi corazón, desertado por la luz, como los árboles que retienen su fría savia, llevaba consigo esta plegaria: «Señor, ¿cuál es mi nombre?».

Ahora ya lo sé. El momento en que vi a ese perro en la autopista, el lunes pasado, me reveló de repente quién soy. Un perro loco, un perro perdido, un perro galopante, con la muerte en los talones, eso es lo que soy.

Hoy escribo que Jacob fue herido por el ángel «en el músculo de la pierna», perífrasis que designa el alcance directo a la fuerza viril, como si hubiera que ser impotente para servir a Dios. Doblemente impotente cuando ningún nombre acude a reemplazar al primero. Soy sacerdote, y no monje, por eso no he cambiado de nombre; al recibir la unción solo acepté la herida, no su reconocimiento. Y si los monasterios son los últimos bastiones de la Iglesia, aunque sus puertas estén casi tan abiertas como las de las parroquias, es porque son el refugio de hombres y mujeres que, al pronunciar sus votos, han cambiado de nombre. En cambio, nosotros, los sacerdotes de parroquia, solo tenemos una identidad, a semejanza de los fieles que nos escuchan. Un nombre, dado de una vez para siempre por unos padres que no llegan a reconocer a sus hijos, y los bautizan con el nombre que habrían querido llevar ellos mismos. Supongo que fue así como me llamaron Jean, como Juan, el apóstol bienamado que, la noche de la Última Cena, reposó la cabeza sobre el pecho de Cristo. Padre Juan, o señor padre, para mis fieles. Pero a diferencia de los hombres que me sirven de hermanos cuando vienen a sentarse ante mí a la iglesia, Dios me ha quitado mi virilidad, yo se la di, y no he conocido a mujer alguna, al menos en el sentido que la Biblia da al verbo conocer: según la carne.

Sophie no iba a misa. Hace treinta años —pero entonces ella apenas había nacido— sí que habría venido, como todo el mundo. En aquellos tiempos, las estaciones mostraban el semblante de la Iglesia. Cada domingo era una etapa cuyo barquero era yo; cada domingo marcaba, para una comunidad entera, el paso del tiempo, de Adviento a Navidad, de Cuaresma a Pascua, de Pentecostés a la Asunción. En mi iglesia, los hombres de bien, los hombres de carne y hueso, me rodeaban igual que los crápulas o el habitual contingente de mediocres, indiferentes, a los que Cristo aborreció. Hoy día solo quedan estos, los indiferentes, y algunos apasionados cuyo fervor linda con la histeria. Una humanidad disminuida. Después de todo, quizá tengo a los parroquianos que merezco, quizá ellos son el espejo de todo aquello en lo que me he convertido.

Sophie no formaba parte de la Iglesia y, sin embargo, he amado su rostro como si fuera un salmo. Lo he convertido en el vehículo de mis plegarias. A través de él he bendecido a Dios, por la boca he proferido palabras verdaderas, mi espíritu resplandecía de intuiciones justas. Comprendía el mundo, la tierra y el cielo, el universo, y abría sus puertas para mis parroquianos. Accedía al conocimiento del bien y el mal, al fruto prohibido, yo mismo era el fruto, era Dios, mis palabras se comían como un sacramento, simplemente porque fuera de la asamblea brillaba, para mí solo, un rostro de mujer.

Ella no era como las demás. Cuando intento definir lo que la hacía distinta, me encuentro una y otra vez con la imagen del perro en la autopista: esa mujer era diferente de las otras como ese perro lo era de los otros perros, o como el salmo veintidós, que murmura Cristo en la cruz, es diferente de una encíclica papal. Cuando intento cerner esta diferencia, me parece que tiene que ver con algo muy tenue, que no se distingue a primera vista.

Imaginemos que tomo dos piedras, perfectamente idénticas. Una —¿será porque está en mi mano izquierda?— parece irradiar una presencia más fuerte que la otra: será esa la que guardaré en el bolsillo y acariciaré en algún momento. Sí, aunque la cambie de lado, si la pongo en mi mano derecha, conserva el poder de atraer mis caricias. Lanzo la otra, guardo la piedra que me ha encantado, que me ha dado fuerza. Y al cabo de un tiempo, un día, por casualidad, la devuelvo a su sitio. Y veo que el reverso está ahondado por una estría, hay una imperfección —una herida— que atrae el polvo y la mirada, e invita a introducirse en el corazón mismo de la piedra, ahí donde ni el polvo ni la mirada pueden penetrar.

Es extraño que para intentar definir a Sophie hable de piedras, tras haber evocado el recuerdo de un perro y la memoria de un salmo. Es porque las piedras parecen menos complicadas que los animales o los seres humanos y en apariencia, pero solo en apariencia, menos peligrosas que los salmos; estos son capaces de partirte en dos y debilitarte como un niño o un hombre abandonado por su amada.

Hace algunos años, en los tiempos en que los sacerdotes podían irse de vacaciones sin revolucionar la diócesis entera para encontrar a un sustituto, pasé dos semanas de retiro en Normandía. Allí, en una playa, recogí un guijarro que tenía en su cara interior —la cara exterior era completamente lisa— una hendidura granujienta y traslúcida, estrecha en las extremidades, larga y torturada en el centro. Cuando encontré ese guijarro, o más bien cuando se me apareció bajo la palma de la mano y la hirió ligeramente por una aspereza escondida, primero lo sostuve en horizontal, y me fascinó: tenía en la mano una sonrisa mineral, misteriosa, profunda, que cambiaba de color con el paso de una nube, revelando sus cavidades y encajes con la misma inocencia con que las bocas se abren ante mí en presencia de la hostia. «La sonrisa de Dios», pensé emocionado, siguiendo mi deambular por la orilla. De regreso a casa, lo deposité ante la imagen de la virgen, donde cada tarde se ilumina con colores difuminados por la antigüedad del cirio rojo.

Poco después de la desaparición de Sophie, hace algunas semanas, sentí la necesidad de calentar esa sonrisa en la mano, para infundirme valor. Cuando aflojé los dedos, la piedra se sostenía en vertical sobre la palma. De repente comprendí que tenía en la mano lo que hasta entonces me había resultado inaccesible: un sexo de mujer, con sus tumescencias rosadas, sus repliegues, sus frágiles encajes, un sexo que podía acariciar, lamer, porque aunque mi dedo era demasiado grande para introducirlo en él, mi lengua se abría un pequeño camino y calentaba los bordes cortados y redondeados por las olas como un friso gótico patinado por el tiempo.

Me demoro en esa piedra porque ahora es lo único que me habla de Sophie y de un periodo de mi vida que parecía el Reino de Dios sobre la tierra. En cambio, la aparición del perro errante en la autopista resume por sí sola, como en el salmo veintidós, el espanto de los olvidados de Dios: «Soy derramado como agua, y todos mis huesos están descoyuntados; mi corazón es como cera, se derrite en mis entrañas. Como un tiesto se ha secado mi vigor; mi lengua se pega al paladar…».

Ahora mismo, ese perro debe de estar muerto y descompuesto en alguna cuneta de la carretera. Creo que la muerte debe de haber sido la única salida a tanta desesperación, a una soledad tan punzante, inaccesible a todos. Porque ninguno de nosotros pudimos ayudarlo.

Había tres o cuatro personas, cinco quizá contando con la chica gorda que me agarró del brazo con violencia, en el momento en que el perro cruzó. Creo que ni siquiera reparó en su gesto. Quizá también pensaba en la muerte inevitable del animal. Ni ella ni yo, al parecer, imaginamos el espantoso accidente que el perro pudo haber causado al zigzaguear de aquel modo entre los coches. Como si la muerte del animal pesara más que la de uno o dos seres humanos. Es verdad que los cadáveres siempre me han parecido más ligeros que un hombre o una mujer vivos, mientras que el despojo de un animal, en su abandono sin doblez, me parece a simple vista indeciblemente pesado. No es que haya llevado a los muertos. Pero he visto a tantos parroquianos de cualquier edad y condición ligeros en su muerte, casi insignificantes, en todo caso perfectamente carentes de interés: como un paquete despojado de su contenido, un sobre sin mensaje. Incluso aquella que, en vida, tenía unos pechos tan vivos que me daban náuseas cuando me estrechaba contra sí, cierto, incluso mi madre me pareció vaciada en su lecho de muerte, y el surco hendido entre los senos hacía al fin de ellos dos elementos separados que yo imaginaba huecos y sonoros, si se me hubiera dado la ocasión de agarrarlos y agitarlos como campanillas en la Elevación. Los humanos adultos parecen aligerarse tras la muerte, volverse...



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