Lee / McClelland | Estrella Fugaz | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 310 Seiten

Lee / McClelland Estrella Fugaz

La increíble historia de cómo sobreviví en Corea del Norte
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-19362-16-2
Verlag: Plankton Press
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

La increíble historia de cómo sobreviví en Corea del Norte

E-Book, Spanisch, 310 Seiten

ISBN: 978-84-19362-16-2
Verlag: Plankton Press
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Sungju era un niño acomodado más de familia militar en Pionyang, la capital norcoreana, cuando, tras la muerte del Líder Supremo, Kim il-Sung, debe despedirse de su perro y sus juguetes para mudarse de manera abrupta a un pueblo donde la realidad de su país sacudirá su vida por completo. Convertido en kotjebi, un niño de la calle, tendrá que ingeniárselas junto a su grupo de amigos para sobrevivir en una sociedad que tiene demasiado hambre como para pararse a ayudarlo.

Sungju Lee se licenció en Ciencias Políticas y Periodismo en la universidad Sogang de Seúl, en Corea del Sur. Realizó su máster en Relaciones Internacionales en la universidad de Warwick, Inglaterra. Ha hablado de sus experiencias, sobre la situación geopolítica actual y los asuntos sociales de Corea del Norte en múltiples ocasiones por todo el mundo y ha obtenido un gran reconocimiento por su activismo. Desde 2015, trabaja en la Alianza Ciudadana por los Derechos Humanos de los Norcoreanos (NKHR) fundada en Corea del Sur para rescatar a los refugiados de Corea del Norte en China. Susan Elizabeth McClelland descubrió su pasión por escribir libros con Bite of the Mango, el cual publicó junto a Mariatu Kamara. Desde entonces, sus obras recogen los testimonios de personas de distintas culturas en un formato young adult. McClelland es una periodista reconocida y la ganadora del reconocimiento a los medios de comunicación en 2005 y 2008 de Amnistía Internacional. Sus libros han sido publicados en más de treinta y cinco países. Algunas de sus historias han sido adaptadas a películas documentales.
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Capítulo 1


Sueño. Y, en mi sueño, soy un general del ejército de la República Popular Democrática de Corea. Estoy dirigiendo a mi unidad en el desfile del 25 de abril que celebra la fundación del Ejército Popular de Corea. Nuestro líder, Kim Il-sung, formó el Ejército en 1932. Bueno, en aquella época era en realidad poco más que un grupo de guerrilleros. Hoy es uno de los ejércitos más grandes del mundo, con casi nueve millones de miembros. La población de nuestro país es de solo de veinticinco millones, así que hay un montón de gente en el ejército.

Vale… Volvamos a mi sueño. La carretera que pasa ante la plaza de Kim Il-sung, en la capital del país, Pionyang, está bordeada de gente lanzando vítores y agitando magnolias blancas y largas ramas de cerezo en flor. Toda la ciudad ha salido a ver el desfile. Siempre lo hace.

Marcho sacando pecho con el uniforme del Ejército norcoreano, donde llevo línea tras línea de insignias. Porto una espada en el costado y mi arma, el Paektu semiautomático que lleva el nombre del lugar donde nació el hijo del líder eterno, Kim Jong-il, cruzada con firmeza sobre el cuerpo. Clavo los ojos, como láseres, enfrente de mí. Levanto alto las rodillas mientras la banda interpreta a mi espalda .

Aunque no las miro, las mujeres del público llevan el traje tradicional norcoreano en los colores reservados para estas ocasiones especiales: vestidos amplios hasta el suelo con lazos en rosa pastel, azul celeste y suntuoso crema. También sé que hay globos amarillos, naranjas y blancos danzando por el despejado cielo azul.

Giro mi rostro solo cuando pasamos junto al escenario que han instalado en la plaza de Kim Il-sung para nuestro líder supremo, el propio Kim Il-sung. Saludo. Sé que nos mira con orgullo. Toda mi unidad está perfecta: desfilamos con precisión y le mostramos nuestra servidumbre, a él, nuestro padre eterno, que protege nuestra nación de la invasión surcoreana, de la expansión de los despiadados japoneses y de la cultura de excesos americana que amenaza nuestro modo de vida.

Joseon es el mejor país del mundo y en mi sueño me siento muy orgulloso de contribuir y hacer que Corea del Norte sea aún más segura.

Tuve ese sueño hace mucho, cuando vivía en un apartamento grande no muy lejos de la plaza de Kim Il-sung. Mi padre estaba en el Ejército y era mi destino seguir sus pasos. Me criaron para ser oficial del Ejército Popular de Corea, igual que él. Él ocupaba una posición importante y yo también lo haría.

El frigorífico de nuestro apartamento siempre estaba abastecido de carne y verdura fresca. Teníamos un televisor a color y un pequeño piano de cola en el que mi madre tocaba las canciones populares «Arirang» y «So-nian-jang-soo».

Nuestro hogar tenía tres dormitorios. Aunque yo tenía mi propia habitación, cada dos o tres noches me escabullía a la de mis padres para acurrucarme entre ellos. Me gustaba oler el perfume a lavanda y rosa de mi madre, tenue en su ropa y en la almohada, y notar el aliento almizcleño de mi padre en mi mejilla. Tumbarme entre ellos me hacía sentirme a salvo de los monstruos que, según había aprendido en el colegio, querían invadir mi país y esclavizarme: los americanos, los japoneses y el Ejército de Corea del Sur, que, por supuesto, estaba controlado por Estados Unidos.

En una pequeña caseta junto a nuestro edificio de apartamentos vivía mi perro, Bo-Cho, que significa «guardián». Bo-Cho era un criado en las montañas de la provincia de Ryanggang. Los eran difíciles de conseguir y solo los chicos especiales los recibían como mascota, o eso me dijo mi madre. En las noches de verano, cuando los grillos cantaban y yo tenía que abanicarme el rostro con las manos para mantenerme fresco, bajaba a hurtadillas y me hacía un ovillo junto a Bo-Cho, enroscándome contra su pelo blanco y suave. Con las cabezas sobresaliendo por la puerta de su caseta, la suya mirando hacia abajo y apoyada en sus patas y la mía mirando hacia las estrellas, le hablaba de , la mejor serie de dibujos animados de Joseon.

—La trama se desarrolla durante la dinastía Goryeo, que, como sabes, gobernó más o menos entre el 900 y el 1400 —le explicaba—. El padre del pequeño general falleció en el campo de batalla. Tras la muerte de su padre, el niño heredó su espada y se convirtió en un fantástico general que derrotó a muchos invasores. Eso significa que los niños también pueden ser fuertes y proteger su país.

Me despertaba por las mañanas con un ligero rocío humedeciéndome la cara y la ropa, y regresaba a mi dormitorio antes de que mi madre y mi padre descubrieran que había salido.

Mi padre tenía un trabajo importante. En aquel entonces no sabía qué hacía exactamente en el Ejército y no quiero decirlo ahora porque todavía podríamos tener familiares en Joseon que terminarían encarcelados si el gobierno descubriera que estoy compartiendo mi historia. Cuando mi padre llevaba su uniforme, yo me quedaba absorto mirando sus insignias, sobre todo las barras y estrellas que indicaban su rango y sus condecoraciones al coraje. Por las mañanas lo imitaba, sorbiendo té negro y leyendo el , el periódico oficial del Partido del Trabajo de Corea, seguido del , el periódico del Ejército Popular de Corea.

Cuando el aire húmedo del verano se volvía frío de nuevo, sabía que el colegio estaba a la vuelta de la esquina. Aquellas mañanas, me ponía mi uniforme del colegio y abandonaba el apartamento cogido de la mano de mi padre y bajando las escaleras a saltos. Nos despedíamos fuera; después, él seguía su camino y yo el mío, pero a menudo me detenía para observarlo mientras se alejaba caminando. Su paso era enérgico. Sus modales eran educados con aquellos junto a los que pasaba. Amable pero profesional. Y todos se inclinaban ante él.

—Cuando crezca quiero ser como tú —le dije.

Él sonrió.

—Bien. Estás aprendiendo a obedecer y a ser un buen ciudadano.

Mi colegio, un largo edificio de cemento, era mixto y para estudiantes de entre siete y once años. Siempre comenzábamos el día con una reverencia y escuchando las historias de nuestro líder eterno, Kim Il-sung. Mi favorita era . En ella, nuestro líder eterno es un niño pequeño que vive con su familia en el exilio, en Manchuria. Cuando tenía unos diez años, Kim Il-sung fue enviado por su padre a su ciudad natal en Joseon, Mangyongdae. Nuestro líder eterno tuvo que viajar solo, sin más comida y ropa que la que llevaba a su espalda. Atravesó tormentas de nieve, montañas cubiertas de hielo y riscos escarpados y se enfrentó al ataque de azores y halcones y otros depredadores, incluidos tigres, a su paso por los muchos valles reclamados por la muerte. Consiguió llegar a salvo a Mangyongdae, sobre todo gracias a la ayuda de desconocidos, otros coreanos.

Después de la historia, citábamos frases de nuestro líder eterno y a veces de Kim Jong-il. «La prioridad de los estudiantes es estudiar mucho —repetíamos en voz alta, de pie, con la espalda recta y los ojos clavados en la pared que teníamos delante—. Debemos darlo todo en la lucha por unificar la sociedad bajo la ideología revolucionaria del gran líder Kim Il-sung. Debemos aprender del gran líder y camarada Kim Il-sung y adoptar el aspecto comunista, los métodos de trabajo revolucionarios y un estilo de trabajo orientado al pueblo».

Historia (o lo que ahora llamo propaganda) era a menudo la primera, cuarta y última clase del día, y las lecciones casi siempre comenzaban con la misma introducción.

«Corea del Norte fue fundada en 1948 tras una larga batalla entre nuestros opresores japoneses y el ejército de liberación de Kim Il-sung. Nuestro valiente líder libró batallas sin comida, en el frío del profundo invierno y tras caminar miles de kilómetros para conducir a su ejército y liberar esta tierra de los extranjeros que nos habían esclavizado y arrebatado nuestros recursos naturales. Nuestro líder eterno convertía la arena de las riberas de los ríos Duman y Amnok en arroz para alimentar a sus ejércitos y transformaba las piñas de los pinos en granadas cuando sus tropas se quedaban sin armas…».

¡Guau! ¡Ese hombre era, por supuesto, mi ídolo! Yo quería ser valiente y tener poderes mágicos como él. Era el ídolo de todo el mundo.

Cuando era pequeño, mi madre me contó la leyenda de Dangun. Se dice que Dangun era «el nieto de los cielos» y su historia comenzó cuando su padre, Hwanung, decidió vivir en la tierra. Hwanung descendió al monte Paektu, donde construyó una ciudad en la que, con la ayuda de las fuerzas celestiales, los humanos progresaron en las artes, las ciencias y la agricultura.

Un tigre y una osa contaron a Hwanung que ellos también querían ser humanos. Hwanung les ordenó que comieran solo dientes de ajo y artemisa durante cien días. El tigre se rindió, pero la osa perseveró. Cuando la osa se volvió humana, estaba embarazada y sin esposo, así que Hwanung se casó con ella. El hijo de la osa, Dangun, se convirtió en el líder del reino celestial en la tierra y trasladó la capital a Pionyang.

En mi imaginación, Kim Il-sung era un descendiente de Dangun. Él también era un semidiós.

Después de Historia pasábamos a Geometría, Biología, Álgebra, Danza y Música. Esta última la odiaba porque me parecía cosa de chicas.

Después del colegio iba a clases de taekwondo en el más estricto de todo Pionyang.

—Es donde comienzan...



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