Lentricchia | El sustituto | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 430, 208 Seiten

Reihe: Nuevos Tiempos

Lentricchia El sustituto


1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-17860-51-6
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 430, 208 Seiten

Reihe: Nuevos Tiempos

ISBN: 978-84-17860-51-6
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



«La novela de Frank Lentricchia, ágil, divertida y apasionada, hará las delicias de los lectores que buscan una ficción con calado». DON DELILLO Que Eliot Conte se gane la vida como detective privado, sacando fotografías de casados pillados in fraganti con sus amantes, no significa que no se sienta fracasado. Le gustaría seguir yendo a la ópera y dando clases de Historia de la Literatura en la Universidad de California, pero desde que estuvo a punto de tirar por la ventana al rector, tuvo que renunciar a su carrera académica y regresar a casa, a la desolada Utica, al norte de Nueva York. Allí su anciano padre, Silvio Conte, sigue moviendo desde la sombra los hilos de la política local, y Antonio Robinson -al que a pesar de no llevar la misma sangre quiere como a un hermano- se ha convertido en el primer comisario de policía negro. Cuando este le pide un favor de los que un comisario no debería pedir, Eliot comenzará a seguir un rastro que, a través de un territorio marcado por la depresión económica y las tensiones raciales, lo conducirá hasta el golpe más espectacular dado por la mafia en toda la historia de la ciudad... El sustituto y su irrepetible protagonista -antihéroe por excelencia- condensan toda la autenticidad y el humor negro de la mejor tradición criminal italoamericana en una de las novelas más poderosas que ha conocido el género en mucho tiempo.

Frank Lentricchia (Utica, 1940) ejerce como profesor de Cine y Literatura en la Universidad de Duke. Es autor de numerosos ensayos de crítica literaria, de una decena de novelas y de un libro de memorias.
Lentricchia El sustituto jetzt bestellen!

Weitere Infos & Material


Uno

Ahí están, dos tipos corpulentos y bien vestidos en una sala de cine medio vacía y con el suelo pringoso, en Troy, Nueva York, quince kilómetros al norte de Albany; Albany, el culo de América, a ciento cincuenta kilómetros de Utica en dirección sudeste, unida a esta por una autopista cuyo carril derecho en ambas direcciones presenta unas condiciones casi tercermundistas. Quince kilómetros al norte del culo de América, Eliot Conte y Antonio Robinson esperan en Troy el comienzo de la retransmisión en vivo y en alta definición de la ópera del sábado por la tarde en el Metropolitan. Están sentados ya en sus butacas comiéndose unos bocadillos que ha preparado la deslumbrante mujer de Robinson: salami, cebolla, provolone y mostaza picante. Se turnan para beber de una bota de vino que han llenado con un caro chianti comprado por Conte —un homenaje, ha dicho, a Papá Hemingway y a la tradición del macho en la literatura norteamericana—. Eliot es un entendido en literatura norteamericana. Los dos son aficionados a la ópera, como una pareja de viejos homosexuales que llevan toda la vida juntos; dos heterosexuales que de vez en cuando, deliberadamente, solo para tocar las pelotas, se llaman «guapo» delante de hombres fornidos e indignados que no se atreven a burlarse de ellos.

Conte tiene la mirada perdida a su derecha, apartada de Robinson. Está cada vez más abstraído, mientras sus uñas, como si tuvieran voluntad propia, hurgan en las cutículas. Su voz no denota emoción alguna.

—«Utilizaré a las niñas para vengarme de ti», me dice Nancy. «Ya lo verás, Eliot. Antes de que esto termine, mataré a nuestras hijas».

—¿Has ido a Ricky’s? —pregunta Robinson con la boca llena—. ¿Has comprado las galletas de Ricky?

—«Mataré a nuestras hijas».

—La que estaba a punto de convertirse en tu exmujer lamentando la pérdida de tu potencia sexual, nada más.

Conte, en un tono apenas audible y con la mirada todavía perdida, contesta:

—Lo hacíamos unas dos veces al año.

—He de decir que mi mujer no estaría satisfecha con ese ritmo.

—Seguro que Millicent necesita más.

—Menos.

—Así que le digo: «Nancy, ¿cuántos años tienes?». Y me suelta: «Vale, Eliot, ya lo pillo, pedazo de cabrón. ¿Es más joven que yo? ¿Es más atractiva que yo? ¿Por eso nos dejas a mí y a las niñas, hijo de perra?». Le digo: «Tiene doce años más que tú. Tiene cuarenta y uno, Nancy. Y no, no es tan atractiva como tú».

—Espera un segundo, Eliot. Le dijiste que ibas a dejarla por ¿qué? ¿Por una persona mejor? ¿No por un culo mejor? ¿Le dijiste que la dejabas por una madurita feúcha con más personalidad?

—¿Quién ha dicho que fuera feúcha?

—En resumidas cuentas, tuviste los santos cojones de decirle que te habías decantado por alguien con más vitalidad, más inteligencia y mayor sensibilidad; una mujer con un gusto impecable para las artes interpretativas y que nunca te llamaría hijo de perra. Nancy da por sentado desde el principio, como haría cualquiera que supiera algo del género masculino, que tú, Eliot Conte, vas a darle la patada para irte con un pibón de culo firme que te pone la polla a punto de reventar con solo mirarte. ¿Y qué esperabas que hiciera ella? ¿Que elogiara tu admirable escala de valores?

Eliot Conte, detective privado, licenciado por la Universidad de California en Los Ángeles y con un máster. Antonio Robinson, amigo de la infancia de Conte, su único amigo, destacado deportista en sus años de estudiante en Proctor y después en la Universidad de Siracusa, donde jugó en el equipo de fútbol americano y llegó a ser considerado uno de los mejores medios del país; ahora comisario de policía de Utica, Nueva York, ciudad natal de ambos. Robinson, el adorable oso de peluche negro de la ciudad; adorado incluso por esa postrera generación de italoamericanos racistas que controlan la estructura política local.

De hecho, fue el padre de Eliot, Silvio Conte, de ochenta y ocho años, una leyenda en todo el estado y persona muy influyente en el ámbito político, Silvio Big Daddy Conte, propietario de la lucrativa empresa Prótesis Utica, quien movió los hilos hace dos años para que Robinson fuera nombrado comisario. No por bondad, y mucho menos en consideración a los méritos profesionales del elegido. Tampoco por miedo, pues Silvio Conte no le tiene miedo a nadie. Pero es un visionario artista de la política capaz de vislumbrar una oportunidad años antes de que se presente, momento en el que la aprovecha y le saca todo el partido posible. Así pues, Antonio Robinson. Así pues, «mi hijo especial», como Big Daddy lo llama desde que su hijo biológico y Antonio eran niños y este último comía más veces en casa de Conte que en la suya. Eliot nunca se ha sentido un hijo especial. A falta de pruebas, e interpretando esa falta de pruebas como la evidencia más clara, Eliot dio por hecho, como todos en Utica, que se habían movido hilos. ¿Cómo si no podía explicarse que Antonio hubiera conseguido pasar año tras año por encima de hombres más cualificados que él hasta hacerse por fin con el puesto de comisario de policía? Antonio no le dio detalles, y para Eliot fue un alivio, porque no quería conocerlos. Al fin y al cabo, ¿estaba limpio Eliot Conte? ¿Acaso su padre no...? Porque tuvo que ser su padre quien movió los hilos para favorecerlo cuando volvió de la Costa Oeste; había suspendido el examen estatal para conseguir la licencia de detective privado, pero, un mes después de recibir la carta en la que se le informaba de que había suspendido y de que podía volver a intentarlo en seis meses, recibió otra del mismísimo jefe de gabinete del gobernador, en la que le pedían disculpas porque habían cometido un error y le adjuntaban la licencia firmada y el permiso para llevar un arma oculta.

—Hace treinta años que dejaste a Nancy —dice Robinson, hurgándose los dientes con el borde de la entrada—. ¿A qué viene desenterrar el pasado ahora?

—Me llamaron anoche de Laguna Beach, California.

—¿Y?

—A las tres.

—¿Y qué?

—A las tres de la madrugada, Robby.

—Suéltalo ya, profesor.

—La han detenido para interrogarla.

—¿Por qué?

—Por el asesinato de mis dos hijas.

—Tienes un sentido del humor muy negro.

Eliot Conte mira fijamente a su amigo.

Antonio Robinson baja la bota de vino.

—Asesinadas mientras dormían.

Robinson se queda sin habla.

—¿Sabes lo que siento, Robby?

—Dime, El.

—Siento lo mismo que he sentido por mis hijas estos treinta años: nada —dice Conte, atacando de nuevo las cutículas, deseando no sentir nada.

—¿Nada?

—Cuando estaba saliendo por la puerta, me dijo: «Cuando menos te lo esperes, gilipollas».

Robinson le propone que se marchen y busquen un buen bar, «porque no es momento para...».

Conte lo interrumpe poniéndole la mano en el brazo.

—Quedémonos y disfrutemos del espectáculo.

—Estás conmocionado, El. Vamos.

—No. Tengo ganas de ver la última escena, cuando don José clava el puñal en el pecho de ella, hasta el corazón, justo después de cantar con una pasión tan feroz que me resulta imposible caminar hasta el coche sin tu ayuda, guapo. —Los dos caballeros de edad sentados dos filas por detrás de ellos, que están un poco sordos, se tensan al oír «guapo», aunque no donde deberían—. Me tiemblan las piernas con solo pensar en la última escena.

Robinson se levanta, se sacude las migas de los pantalones, descubre un trozo bastante grande de provolone enganchado en el bolsillo de la chaqueta, se lo mete en la boca, lo chupa, lo mastica y se lo traga; vuelve a sentarse, rebusca en la bolsa de papel marrón y, extremadamente irritado, dice:

—Vas a Ricky’s, tomas café con Ricky, os pasáis una hora hablando de gilipolleces y después se te olvida comprar las putas galletas. Escucha: sientas algo o no, estés reprimiéndote o no, tienes que cargarte a ese monstruo. A sangre fría.

—Yo no hago ese tipo de cosas.

—Todavía no.

—Sabes que no soy capaz de hacerlo.

—El incidente de UCLA, Eliot.

—¿Qué pasa con eso?

—Demuestra potencial.

—No era yo.

—Eso es lo que dicen todos. Locura transitoria y milongas de esas.

—De verdad que no era yo, Robby.

—¿Y quién era, Eliot?... Cárgatela igual que ha hecho ella con las niñas. Cuando esté dormida. Atrévete a dar un paso más.

—Si es que lo ha hecho ella.

—Lo ha hecho.

—Está detenida.

—Se librará. Créeme.

—¿Por qué estás tan seguro, Robby?

—Si algo hemos aprendido, es que los peores siempre se libran.

—Como yo. Que me libré de mis hijas cuando no eran más que unas crías.

—Eso no es lo que tengo entendido. No, no es lo que me contaron. Escucha: a ella la sueltan y entonces vuelves tú, le propones matrimonio y haces lo que tienes que hacer en la primera noche de vuestra segunda luna de miel. Estos últimos veinte años, desde que volviste de la Costa Oeste, has estado haciendo el bien, y Utica es el mejor sitio para eso. A propósito, lo que tenemos que hablar en el intermedio sobre Michael C es mucho peor de lo que te he dado a entender. Es un asunto feo, Eliot.

Cuando el telón dorado empieza a levantarse en el Met, Robinson se inclina y susurra:

—Hora de volver a...



Ihre Fragen, Wünsche oder Anmerkungen
Vorname*
Nachname*
Ihre E-Mail-Adresse*
Kundennr.
Ihre Nachricht*
Lediglich mit * gekennzeichnete Felder sind Pflichtfelder.
Wenn Sie die im Kontaktformular eingegebenen Daten durch Klick auf den nachfolgenden Button übersenden, erklären Sie sich damit einverstanden, dass wir Ihr Angaben für die Beantwortung Ihrer Anfrage verwenden. Selbstverständlich werden Ihre Daten vertraulich behandelt und nicht an Dritte weitergegeben. Sie können der Verwendung Ihrer Daten jederzeit widersprechen. Das Datenhandling bei Sack Fachmedien erklären wir Ihnen in unserer Datenschutzerklärung.