E-Book, Spanisch, 316 Seiten
Reihe: Ensayo
Levin El blues de los agujeros negros
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-123242-7-3
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 316 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-123242-7-3
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
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Cosmóloga teórica estadounidense y profesora asociada de física y astronomía en el Barnard College. Doctorada en física teórica en el MIT en 1993,se graduó en astronomía y física con una concentración en filosofía en el Barnard College en 1988. Su trabajo trata de buscar la evidencia que respalde la idea de que nuestro universo podría tener un tamaño finito debido a que tiene una topología no trivial. También trabaja en los agujeros negros y teoría del caos. Su novela 'A Madman Dreams of Turing Machines', sobre las vidas y muertes de Kurt Gödel y de Alan Turing, ganó el Premio PEN / Bingham.
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02
Alta fidelidad
Para tratarse de una de las sedes del MIT, a las seis de la tarde el edificio está tranquilo. Tengo que esperar fuera hasta que aparece una estudiante de doctorado, salta de su bici, me abre las puertas cerradas con llave y sube escaleras arriba con la bici a cuestas. «El despacho de Rai está ahí, al fondo». Señala el pasillo que tiene a su espalda y desaparece rodando con un pie encajado en el estribo del pedal y el otro colgando del mismo lado de la bici. Vuelve a saltar de la bici y es engullida por la puerta blanca de un despacho. La puerta del de Rai presenta exactamente el mismo aspecto y tengo la sensación de que sería fácil confundirse de despacho, como sucede con las habitaciones de hotel.
Con un gesto, Rainer Weiss me invita a entrar. Pasamos de la palabrería introductoria convencional y, aunque este es nuestro primer encuentro, hablamos con familiaridad, como si nos conociésemos desde siempre; la experiencia compartida de nuestra comunidad científica pesa más que el hecho de proceder del mismo pueblo o incluso de pertenecer a la misma generación. Nos recostamos en sillas dispares, con los pies apoyados en el mismo taburete.
—Al principio de mi vida tenía una sola ambición: quería conseguir que la música fuese más fácil de oír. Cuando era pequeño, viví la revolución de la alta fidelidad. Mira, yo fui niño en torno a 1947. Fabriqué sistemas de alta fidelidad de primera generación. La mayoría de los inmigrantes que llegaban a Nueva York deseaban escuchar música clásica.
»¿Ves ese altavoz de ahí? Procede de una sala de cine de Brooklyn. Tras la pantalla, había una pila de chismes de esos. Yo tenía veinte. Los transporté todos en metro. Hubo un incendio enorme en el Brooklyn Paramount y se estaban deshaciendo de ellos. Así que tenía altavoces como los que se usaban en los estudios de cine, junto con un fantástico circuito que estaba fabricando y también radio FM. Invitaba a mis amigos a que vinieran a escuchar a la Filarmónica de Nueva York. Era increíble. Era como si estuviéramos en la sala. De esos trastos salía un sonido extraordinario.
Rai señala las entrañas cónicas de metal de un altavoz de alrededor de 1935. Solo el armazón pesa exageradamente, algo que la evolución del diseño ha permitido reducir, pero por lo demás su apariencia es la de una tecnología sorprendentemente reciente, más una extravagancia de los años setenta que algo práctico de los treinta. El objeto encaja visualmente con otros armazones metálicos de diversos aparatos acumulados en torno al enjambre de científicos que se ocupan de un instrumento gravitacional que tomó forma por primera vez como experimento mental en los años sesenta. Aunque más tarde descubrió que no había sido el primero, Rai soñó un dispositivo con el que grabar el sonido de la vibración del espacio-tiempo. El experimento, un ejemplo paradigmático de ambición científica, es ahora demasiado colosal para este edificio e incluso para Cambridge (Massachusetts). El sótano del edificio de al lado alberga un laboratorio de I+D donde se desarrollan algunos de los componentes de las máquinas, mientras que en otros lugares distantes se construyen los instrumentos plenamente integrados.
En 2005, Rai se desprendió del venerable papel de profesor de física en el MIT para poder recorrer túneles de cemento de cuatro kilómetros de longitud, conectar osciloscopios a tubos de haces láser, revisar dieciocho mil metros cúbicos de alto vacío en busca de fugas y medir vibraciones sísmicas en espacios fríos y húmedos infestados de avispas. Básicamente, Rai renunció a cambio del privilegio de volver a ser estudiante, pero con la aureola del augusto título que se otorga a los docentes jubilados —aunque activos— más admirados: el de profesor emérito.
Rai habla con los ritmos enfáticos de una generación de neoyorquinos, con la fonética arquetípicamente estadounidense surgida de la amalgama de acentos europeos. Cualquier cadencia alemana que Rai hubiese aportado a esa mezcolanza se había disuelto en ella y su tono familiar me recordaba tanto a una época como a una región. Había nacido en Berlín en 1932, hijo de un padre rebelde, Frederick Weiss, un comunista procedente de una familia judía adinerada. (La abuela paterna de Rai pertenecía a la distinguida familia de los Rathenau. «Muy alemanes, ligeramente judíos», según el retrato que hace de ellos el propio Rai). A su madre, Gertrude Lösner, la describe también como una rebelde, no judía, actriz. «No sé cómo, pero acabaron juntos», explica Rai, como si hubiese ciertas cosas que nunca deberíamos tratar de entender. «Yo fui el resultado de aquel encuentro; aún no estaban casados», aclara.
Como cualquier otro inmigrante de los que escuchaban a la Filarmónica en el salón de Rai, tenía una historia de cómo había llegado hasta allí, un breve calentamiento para dar con el tono, pero no es lo esencial de su biografía, que comienza poco después del canje de documentos en la isla Ellis. El preludio de Rai comienza en un hospital comunista para trabajadores en Berlín, donde su padre era neurólogo. Los nazis se infiltraron en la enfermería y en el distrito, como habían hecho en otros barrios. Un nazi infiltrado saboteó una operación en el hospital, que acabó con la muerte del paciente y llevó a su politizado padre a denunciar el incidente a unas autoridades precarias. En represalia, los nazis, como una banda de maleantes, lo secuestraron en la calle y lo encerraron en un sótano; la historia familiar no especifica exactamente dónde. Se habría podrido allí —su ferviente comunismo había llevado a la propia familia de Frederick a repudiarlo— de no ser porque Rai había sido concebido en Nochevieja. Su embarazada madre y el padre de esta, un burócrata local durante la República de Weimar, consiguieron su liberación. Aunque quedó en libertad, el padre de Rai ya no podía permanecer allí.
Frederick fue empujado a cruzar la frontera con Checoslovaquia. Su nueva familia siguió sus pasos poco tiempo después. Rai no se explica cómo sus padres fueron capaces de dejar de pelearse el tiempo suficiente para engendrar a su hermana Sybille Weiss en 1937. (Solían culpar a Hitler de su turbulento matrimonio). Para tomarse un respiro de la acritud matrimonial, los cuatro se fueron por primera vez de vacaciones familiares a los montes Tatras, en la frontera con Polonia. En el vestíbulo del hotel, durante la transmisión de la política de apaciguamiento de Chamberlain, que acabaría con el resultado de la anexión por Alemania de partes de Checoslovaquia, Rai se quedó fascinado con una antigua radio gótica de madera con tubos resplandecientes. Ajustaron los diales de la radio para captar la voz de Chamberlain y escuchar el mensaje sin distorsiones. Rai describe a una multitud atemorizada de expatriados alemanes, muchos de ellos judíos, huyendo despavorida hacia las montañas para llegar a Praga y desde allí salir de Checoslovaquia antes de que el acuerdo se consumara. «Escapamos. Tuvimos la suerte de conseguirlo. Mi padre logró salir gracias a que era médico, porque mucha otra gente no pudo hacerlo».
En Nueva York, la madre mantuvo a la familia durante varios años con trabajos variopintos hasta que el padre abrió su propia consulta como psicoanalista. «En Nueva York, fui a un colegio llamado Columbia Grammar School, adonde había ido Murray Gell-Mann [galardonado con el Nobel de Física]. Era varios años mayor que yo, pero siempre me comparaban con él. Ya te imaginas: “Ese tío sí que sabía de todo. Tú eres un gandul” y cosas de ese estilo».
Por primera vez, la gente tenía radios de frecuencia modulada y Rai sabía lo suficiente de electrónica para fabricar un amplificador y mejorar la calidad del sonido. Montó un pequeño negocio. La primera persona que compró su sistema fue una tía no carnal, sino postiza; una mujer que él llamaba «tía Ruth». No recuerda cuánto dinero ganaba —tampoco es que yo se lo preguntase—, pero sí que solo cobraba por el coste de las piezas. Se había convertido en emprendedor y tenía su clientela: la comunidad de inmigrantes ávidos de alta fidelidad. En cuanto escuchaban la música depurada a través del sistema de Rai, la demanda crecía con el boca a boca.
—Luego estaban los llamados discos de goma laca, que fueron los primeros discos. Tenían un siseo de fondo. Los discos de vinilo no lo tienen; pueden soltar algún chasquido, pero esto era un verdadero siseo de fondo. Ssssssssss. La aguja siempre reproducía la rugosidad de la superficie y yo intentaba idear maneras de librarme de ese dichoso siseo.
»Durante un pasaje apacible de una sonata de Beethoven o algo similar, cuando la música se calma siempre se oye el ssssss. ¿Y cómo se puede evitar? Cuando el sonido es alto no importa, porque el siseo queda enmascarado. Así que traté de crear un circuito que modificase el ancho de banda del aparato en función de la amplitud del sonido. Era consciente de que no tenía conocimientos suficientes para hacerlo por mi cuenta, por lo que tenía claro que quería ir a la universidad y aprender cómo conseguirlo.
»Fui a la universidad en el MIT; quería aprender cómo hacer ingeniería de sonido bien, porque eso era lo único que sabía. Pero enseguida me di cuenta de que no quería ser ingeniero. Me cambié a Física, no sé bien por qué… Bueno, te lo contaré; fue algo bastante tonto. El Departamento de Física era menos exigente que los demás y yo carecía por completo de disciplina, así que no quería ninguna...




