Levine / Kavanau-Levine | La Gran Mentira Blanca | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 200 Seiten

Levine / Kavanau-Levine La Gran Mentira Blanca

De Bangkok a Buenos Aires, el fracaso de la guerra contra las drogas
1. Auflage 2021
ISBN: 978-0-9852386-5-0
Verlag: BookBaby
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

De Bangkok a Buenos Aires, el fracaso de la guerra contra las drogas

E-Book, Spanisch, 200 Seiten

ISBN: 978-0-9852386-5-0
Verlag: BookBaby
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



'La Guerra contra las drogas es la más grande y mortífera mentira perpetrada por el gobierno norteamericano contra sus conciudadanos', dice Michael Levine, autor de este libro apasionante. Agente de la DEA con más de veinticinco años de servicio, Levine las diversas rutas de la droga, desde Bangkok hasta Buenos Aires. Dondequiera que viajó fue testigo presencial de las más escandalosas violaciones a la leyes antiestupefacientes por parte de funcionarios norteamericanos. La gran mentira blanca conduce al lector por ese tortuoso trayecto y exhibe la verdadera historia de la epidemia de la droga. Con una prosa ágil y sin eufemismos, reproduciendo diálogos textuales y situaciones insospechadas, Levine denuncia a la CIA por haber auspiciado grupos paramilitares bolivianos que asesinaron a funcionarios de la DEA en ese país, por proteger a traficantes y, especialmente, por haber creado 'La Corporación', una estructura ilegal tan enorme que ha sido bautizada 'la General Motors de la cocaína', para el tráfico y venta de drogas en el continente americano.

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PRÓLOGO

Cali, Colombia, 11 de noviembre de 1980, 2 a.m. La banda de salsa se contoneaba al compás de la música, los cuerpos cubiertos de transpiración de los músicos giraban al ritmo que iban creando. La sala de baile se encontraba atestada de gente vestida de seda importada y cubierta de joyas. Los olores de los perfumes exóticos se mezclaban con la hediondez de la selva, a pesar del aire acondicionado. El cantante, un negro panameño, cantaba, "Me abriste tu corazón, mamita. Colombia te canto".

Afuera, la música amplificada recorría la noche tropical, las luces de la mansión eran visibles a kilómetros de distancia. Un guardia, vestido de kaki y con una metralleta Uzi al hombro, se movía entre las filas de automóviles de lujo. Siguiendo el ritmo, el guardia repetía el estribillo, "Colombia te canto, mamita linda, Colombia de canto".

"Dios mío, no aguanto más". Haciendo una pausa, el guardia se apoya en un Porsche negro y saca un pequeño frasco de polvo blanco del bolsillo de su camisa. Decididamente, no existe en el mundo nada más blanco, brillante y seductor.

"Qué cosa más linda" dice insertando el frasco en su fosa nasal derecha; e inhalando profundamente.

Otro guardia con gafas oscuras y su respectiva metralleta Uzi, lo mira sin expresión a unos metros de distancia.

Otros dos guardias vigilan la entrada, punto donde termina el círculo de luz y el incesante ruido de la selva ahoga a la música. Sus dedos se crispan en los gatillos, a lo lejos varios automóviles se acercan con sus faros, únicos puntos de luz en la oscuridad de la noche.

Uno de los guardias, un colombiano fornido buscado en los Estados Unidos por narcotráfico, se movió en la garita y desapareció en las sombras. El otro, también colombiano y acusado de múltiples homicidios en Miami, un hombre delgado que nunca sería reconocido en las fotos de los carteles en que la policía anuncia que se lo busca. Su rostro había sido desfigurado por la explosión de una bomba, quedando sólo una fracción del labio superior en una sonrisa permanente. El hombre se movió hacia el centro del camino, vigilando los automóviles que se aproximaban.

Dentro de la mansión, la banda comenzó a tocar otra salsa y la fiesta se puso aún más animada. Algunas de las caras más conocidas en Norte y Sudamérica -gente de negocios y políticos, deportistas y celebridades-, se codeaban nerviosamente con la élite de la mafia colombiana. Los invitados o bailaban en el salón principal o se agrupaban en pequeñas habitaciones laterales inhalando a gusto la cocaína ofrecida por los mozos en bandejas de plata. Algunos aspiraban cocaína con pequeñas cucharillas de plata con mangos en forma de cabezas de diablo, que semejaban caricaturas del anfitrión de la fiesta, Octavio "Papo" Mejía.

Papo, rodeado de guardaespaldas, se movía entre los invitados. Vestido de la mejor manera, desde sus zapatos Italianos y traje de seda blanca hasta su Rolex con diamantes engarzados, era el vivo retrato del barón de la droga de Hollywood; con sólo una diferencia Mejía era real y mucho más peligroso que cualquier invento de un guionista.

En Miami corría el rumor de que Papo había matado a un hombre por no haber saludado a su padre. Este le había enseñado negocios inseparables de la cocaína y la muerte. Su padre fue ametrallado y muerto a los 42 años, a plena luz del día, en un centro comercial de Miami. Sus asesinos, tres miembros de una banda rival de narcotraficantes, comandada por la ignominiosamente conocida "Madrina", Griselda Blanco, destruyeron el cuerpo de tal modo y con tanta saña, que no se presentó un solo testigo entre la multitud que presenció el hecho. Este fue el inicio de la Guerra de la Cocaína, que generó violencia desde Miami hasta Medellín, a principios de los años 80.

Según los rumores, el joven Papo debía ser la próxima víctima; pero sus enemigos fueron muy lentos. El astuto asesino inició una matanza que dejó un río de sangre en las calles de Miami y una flotilla de cadáveres flotantes en las vías fluviales del Sur de Florida. Durante esos años, los agentes de la DEA y la policía llamaban a los narcotraficantes colombianos: "los desechables", por la rapidez con que eran asesinados y reemplazados. En ese sub-mundo sustentado por la violencia que fluía desde la cuenca del Amazonas hasta el corazón de Miami, nadie era más temido que Papo.

El aura de Papo era como un campo magnético. La gente decía que se sentían escalofríos en su proximidad. Era esta aura la que atraía a las celebridades. Para los ricos y poderosos, aburridos y abrumados por cuestiones de tiempo y dinero, el codearse con Papo Mejía era como vivir al borde de un precipicio, algo irresistible.

Sus invitados se apartaban de él como por arte de magia. Cualquier conversación intrascendente con el colombiano podía tener consecuencias mortales. Esta noche existía una razón especial para alejarse de su camino.

Papo estaba furioso.

Papo miró su reloj. ¿Qué se creía esa puta Atalá de Bolivia? Espinosa había dicho que ella llegaría a medianoche. Si no llegaba, la haría destripar en la calle principal de Ciudad de Panamá, o donde la encontrara, a plena luz del día. Sí... enviaría a Eduardo Pineda a hacerlo. No...,. lo haría él en persona y después les daría de comer sus entrañas a los perros vagabundos.

La fiesta era en honor de ella, y todo el mundo había venido a ver a la legendaria belleza que vendía cocaína para el gobierno boliviano. Papo había invitado hasta a su mejor cliente americano, El Alemán, quien llegó desde Miami. El iniciar contactos con esta mujer, mostraría al mundo de la droga que Octavio Mejía había obtenido el logro más grande, acceso directo a la mejor fuente de pasta base de cocaína: los depósitos del gobierno boliviano. Si, con esto se pondría a la altura de todos esos otros hijos de puta: Pacho Cuervas, la familia Ochoa y aun de Pablo Escobar.

Si la mujer no aparecía esta noche, sin importar quién la protegiera, les daría una lección a todos esos maricones bolivianos, que nunca olvidarían. Y ese cabrón de Mario Espinosa.... después de todo fue su idea ofrecerle joyas y el Mercedes Benz a la mujer.

Espinosa le había dicho antes "Nadie sabe lo que ella piensa", "Está chiflada, y es impredecible. Pero si a Sonia Atalá le parece que hará un buen trato, vendrá. Ofrezcámosle joyas y un Mercedes como regalo, además del dinero. Y también una fiesta enorme, con invitados de primera".

Si el muy maricón se equivocó esta vez, le prepararía una muerte especial. El solo pensarlo lo tranquilizó por el momento.

Sonia Atalá se puso cómoda en el asiento del Mercedes y encendió un cigarrillo, a su lado estaba Nati. La música del stereo del automóvil le hizo recordar cuánto le gustaba la salsa, tan distinta de la música folclórica boliviana. Tal vez esta noche, después de los negocios, si la gente era simpática, podría bailar un poco. ¿De qué sirve la vida sin un poquito de salsa?

El coche dió un giro brusco y se iluminó súbitamente. A pocos pasos se veía una reja abierta y un hombre con una metralleta al hombro.

"Ay, Dios mío", susurró Nati, "mírale la cara". Sus uñas se clavaron en el brazo de Sonia.

"No te asustes, mi amor", sonrió Sonia. "¿Parece que estuviera sonriendo, no?". Abrazó a Nati, gozando de la cercanía de su cuerpo. Le encantaba llevar a Nati al lugar donde fuera. Ver el mundo con los ojos de Nati, era como verlo con una inocencia perdida hacía mucho tiempo.

"No sé por qué haces esto", dijo Nati, con la mirada pegada en la cara de pesadilla, que parecía flotar en el resplandor de los faroles del automóvil. "Tienes a los clientes más grandes del mundo a tus pies. ¿Para qué necesitas ésto?".

Sonia apartó el pelo de Nati de su hermoso rostro, diciendo, "Son negocios, querida mía". "Su dinero es tan bueno como el de cualquier otro hombre".

No podía contarle a Nati la verdadera razón por la que se encontraban allí. Nati se paralizaría de terror y Papo se daría cuenta inmediatamente de las intenciones de Sonia. Hacer tratos con un perro asesino no tiene sentido, a menos que se tenga un plan preparado.

La gran demanda de cocaína en los Estados Unidos estaba llegando a un nivel como nunca antes. Y el trabajar para Lucho, Luis Arce Gómez, Ministro del Interior de Bolivia, había puesto a Sonia en una posición extremadamente poderosa. Ella se había convertido en una celebridad del bajo mundo, en uno de los miembros más altos de La Mafia Cruceña, que estaba a cargo del suministro del 80 por ciento de la cocaína del mundo. Recibía invitaciones de embajadores, estrellas de cine, diplomáticos y líderes militares y se le concedía el trato privilegiado que se asignaba a la realeza.

"Vamos a inundar las fronteras de los Estados Unidos con cocaína", Lucho se había jactado, poco después de haber tomado el poder. Y en los seis meses transcurridos desde el "golpe de Estado", Sonia se había encargado de que la fanfarronada se convirtiera en realidad. Ella había mostrado a los tontos que estaban ahora a cargo del país, cómo convertir en oro las toneladas de cocaína depositadas en las cajas fuertes del gobierno, y también les había presentado a sus mejores clientes colombianos y norteamericanos. Y ahora que tenía instalado el sistema que llevaba droga y traía oro, los hijos de puta le pagaban tratando se eliminarla del trato. La sola idea de que pensaran que podían hacerlo, porque era mujer, la enfurecía.

Les haría pagar caro a cada uno de ellos. Ella los había fortalecido y ahora los haría caer....



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