Lewis | La abolición del hombre | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 15, 100 Seiten

Reihe: 100XUNO

Lewis La abolición del hombre


6. Auflage 2016
ISBN: 978-84-9055-819-5
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

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ISBN: 978-84-9055-819-5
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Considerado por National Review como uno de los cien mejores ensayos del siglo XX En este pequeño gran clásico, considerado por National Review como uno de los cien mejores ensayos del siglo XX, C.S. Lewis desarrolla una concisa pero intensa reflexión sobre la sociedad, la naturaleza y los grandes retos educativos de nuestro tiempo. Con su prosa genial y aguda, el autor de Las crónicas de Narnia lleva a cabo una de las mejores defensas de la objetividad de la ley natural y de la moralidad que se hayan escrito, al tiempo que advierte contra las inhumanas consecuencias de eliminarlas de la familia, la escuela y la civilización. Escrito en 1943, se trata, en definitiva, de un texto sorprendentemente profético, que aporta uno de los diagnósticos más lúcidos y certeros sobre lo que sucede en la sociedad actual.

C.S. Lewis (Belfast, Irlanda del Norte, 1898 - Oxford, Inglaterra, 1963), comenzó sus estudios universitarios en Oxford en 1917, donde también empezó a dar clases como profesor de Lengua y Literatura inglesa en 1925. Al año siguiente conoce a J.R.R. Tolkien, con quien funda en 1939, junto a Charles Williams y Owen Barfield, el Club de los Inklings para discutir sobre Literatura y Filosofía. Fue miembro y tutor del Magdalen College de Oxford hasta 1954, año en que ingresó en Cambridge como Catedrático de Literatura medieval y renacentista. Fue un profesor eminente que ejerció una influencia profunda y duradera sobre sus alumnos. Tras declararse ateo durante sus años de juventud, con 30 años se convierte al cristianismo, proceso que el mismo describe en Cautivado por la Alegría. Tras su conversión, se transformó en uno de los más importantes escritores de temática cristiana del siglo XX, por su mente excepcionalmente brillante y lógica y su estilo lúcido y vivo. Cartas del diablo a su sobrino, Los cuatro amores, Los milagros y La abolición del hombre -estos dos últimos publicados en español por Ediciones Encuentro-, son algunos de sus libros más conocidos. También escribió libros para niños y de ciencia ficción, además de numerosos trabajos de crítica literaria, del que destacan La alegoría del amor (Ediciones Encuentro, 2015).
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II. EL CAMINO


«Bajo una única perspectiva

trabaja el gentilhombre».

Confucio, Anales I.2

El resultado práctico de la educación según el espíritu de El Libro Verde es la destrucción de la sociedad que acepta dicho espíritu. Pero esto no supone, necesariamente, la refutación de la teoría del subjetivismo de los valores. La verdadera doctrina debe ser tal, que si la aceptamos, estamos dispuestos a morir por ella. Nadie que hable desde el Tao podría rechazarlo por tal motivo: e)n de\ fa\ ei\ kai o\lesson. Pero todavía no hemos llegado a ese punto. Existen dificultades teóricas en la filosofía de Gayo y Ticio.

A pesar de lo subjetivos que puedan ser al considerar algunos de los valores tradicionales, Gayo y Ticio, por el simple hecho de escribir El Libro Verde, han explicitado que deben existir otros valores en absoluto subjetivos. Ellos escriben con el fin de provocar determinadas imágenes mentales en las nuevas generaciones: y no porque piensen que dichos esquemas mentales sean intrínsecamente justos o buenos, sino, ciertamente, porque consideran a dichas generaciones como el medio hacia un estado de la sociedad que estiman deseable. No sería difícil (aunque sí fatigoso) recoger en varios pasajes de El Libro Verde cuál es su ideal; pero no es necesario hacerlo. Lo importante no es precisar la naturaleza del fin que persiguen, sino el hecho de que tal fin exista o no. Y debe existir, pues en caso contrario, este libro (siguiendo un razonamiento estrictamente pragmático) habría sido escrito sin propósito alguno. Además, este fin debe tener un valor real ante sus ojos. Eludir llamarlo bueno y utilizar, en su lugar, calificativos como «necesario», «progresista» o «eficaz» sería un subterfugio. A través de una argumentación, se les podría conminar a responder a las preguntas: ¿necesario para qué?, ¿progresando hacia dónde?, ¿con qué eficacia?; como último recurso tendrían que admitir que el estado de la cuestión es, en su opinión, bueno para sus propios intereses. Y esta vez no podrían mantener que «bueno» simplemente refleja sus emociones sobre el tema, dado que el objetivo último de su libro es el de condicionar al joven lector para que comparta sus aseveraciones; y esto sería empresa o de un loco o de un mezquino, salvo que consideraran que dichas aseveraciones fueran, de algún modo, válidas o correctas.

De hecho, Gayo y Ticio se encontrarían sosteniendo, con un dogmatismo completamente acrítico, todo el sistema de valores que estuvo de moda entre los jóvenes de educación moderada de las clases profesionales en el periodo de entreguerras [27]. Su escepticismo en relación a los valores es sólo superficial: es aplicable respecto a los valores de los demás, pero sobre su propio esquema de valores no son en absoluto escépticos. Y este fenómeno es muy habitual. La mayoría de los que menoscaban los valores tradicionales o (como suelen llamarlos) «sentimentales», tienen en su background valores propios que parecen ser inmunes a tal proceso de descrédito. Proclaman estar cortando con el desarrollo «parasitario» del sentimiento, de la aquiescencia religiosa y de los tabús heredados con el fin de que los valores «reales» o «fundamentales» puedan salir a flote. Intentaré a continuación descubrir qué sucede si se afronta este problema seriamente.

Sigamos usando el ejemplo anterior —el de la muerte por una causa justa— pero no, por supuesto, porque la virtud sea el único valor o el martirio la única virtud, sino porque éste es el experimentum crucis que analiza diferentes sistemas de pensamiento del modo más clarificador. Supongamos que un Innovador de valores considera dulce et decorum y greater love hath no man [28] como meros sentimientos irracionales que deben ser desterrados a fin de poder descender al terreno «realista» o «fundamental» de este valor. ¿Dónde encontraría un terreno así?

En primer lugar, podría decir que el valor real se encuentra en la utilidad que para la comunidad tiene un sacrificio de este tipo. «Bueno», podría decir, «significa útil para la comunidad». Pero, por supuesto, la muerte de la comunidad no es útil para la propia comunidad: únicamente podría serlo la muerte de algunos de sus miembros. Lo que realmente se quiere decir es que la muerte de algunos hombres es útil para otros hombres. Eso es muy cierto: pero ¿cuál es el fundamento por el que se les pide a algunos hombres que mueran por el beneficio de otros? Cualquier apelación al orgullo, al honor, a la dignidad o al amor es excluida por hipótesis. Hacer uso de ello implicaría reconsiderar el sentimiento, y la tarea del Innovador es, una vez desligado de todo eso, explicar a los hombres, en términos de puro razonamiento, por qué se les pide que mueran para que otros puedan vivir. Podría decir: «A menos que algunos corramos el riesgo de morir, todos nosotros moriremos con seguridad». Pero eso será cierto tan sólo en un número muy limitado de casos; y aun siendo cierto, se podría rebatir de modo muy razonable contestando con la pregunta: «¿Por qué he de ser yo uno de los que corran ese riesgo?».

Llegados a este punto, el Innovador debería preguntarse por qué, después de todo, el egoísmo debería ser más «racional» o «inteligente» que el altruismo. Sea bienvenida la pregunta. Si por Razón entendemos el proceso que siguen realmente Gayo y Ticio cuando se ocupan de menoscabar (es decir, el proceso de inducir por inferencia de proposiciones, derivadas en último extremo de datos sensoriales, proposiciones ulteriores) los sentimientos, entonces la respuesta debe ser que rechazar sacrificarse uno mismo no es más racional que acceder a hacerlo. Ni tampoco es menos racional. Ninguna elección es en absoluto racional o irracional. No se puede seguir ninguna conclusión práctica de las proposiciones referentes a hechos aislados. Esto preservará a la sociedad no puede llevar a haz esto salvo que medie el la sociedad debe ser protegida. Esto te costará la vida no puede llevar directamente a no hagas esto: sólo conducirá a ello si existe un deber consciente o un instinto de autoconservación. El Innovador intenta obtener conclusiones en modo imperativo a partir de premisas formuladas en modo indicativo: y aunque lo intente eternamente no podrá tener éxito, porque tal cosa no es posible. Por consiguiente, deberemos ampliar la palabra Razón para incluir lo que nuestros antecesores llamaron Razón Práctica y confesar que juicios tales como la sociedad debe ser protegida (aunque éstos se puedan sostener sin la clase de razón que Gayo y Ticio exigen) no son simples sentimientos, sino que constituyen la racionalidad misma; o, en caso contrario, debemos eludir, de una vez por todas, el intento de encontrar un núcleo de valor «racional» más allá de los sentimientos que hemos menoscabado. El Innovador no elegirá la primera alternativa, puesto que los principios prácticos que todos los hombres conocen como Razón son, simplemente, el Tao que él pretende sustituir. Más bien decidirá evitar la búsqueda del núcleo «racional» e indagar en otros campos más «realistas» y «fundamentales».

Y esto, probablemente, creerá haberlo encontrado en el Instinto. La preservación de la sociedad y de la propia especie son fines que no penden del precario hilo de la Razón: dependen del Instinto. Por eso es por lo que no es necesario rebatir al hombre que no los reconoce. Tenemos una exigencia instintiva de preservar nuestra especie. Ésta es la razón por la que los hombres deben trabajar para la posteridad. No tenemos una exigencia instintiva para mantener las promesas o para respetar la vida de cada individuo; por eso, tener escrúpulos en relación a la justicia o a la humanidad —lo que de hecho es el Tao— es algo que se puede eliminar sin más cuando entra en conflicto con nuestro fin real: la preservación de las especies. Ésta es la razón por la que, de nuevo, la situación moderna permite y requiere una nueva moral sexual: los viejos tabúes jugaron un papel importante como ayuda para preservar las especies; pero los anticonceptivos han modificado esta situación y de este modo, se pueden abandonar muchos de aquellos tabúes, puesto que, por supuesto, el deseo sexual, siendo instintivo, debe ser satisfecho mientras no entre en conflicto con la preservación de las especies. Parece como si, de hecho, una ética basada en el instinto diera al Innovador todo aquello que desea y evitara todo aquello que no desea.

En realidad no hemos subido un solo peldaño. No insistiré en que llamamos Instinto a lo que no conocemos (pues decir que las aves migratorias encuentran su itinerario por instinto es sólo decir que no sabemos cómo lo encuentran), y aquí se está usando de un modo adecuado en cuanto que expresa un impulso irreflexivo o espontáneo ampliamente percibido por los miembros de una especie determinada. ¿De qué manera nos ayudará el Instinto, así concebido, a encontrar valores «reales»? ¿Se puede sostener que debemos obedecer al Instinto, que no podemos obrar de otro modo? En tal caso, ¿por qué se escriben Libros Verdes? ¿Por qué tal conjunto de exhortaciones para conducirnos a donde es ineludible ir? ¿Por qué tales elogios para quienes se han abandonado a lo inevitable? ¿O es que se sostiene que si obedecemos al Instinto estaremos felices y...



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