Lewis | Los hijos de Sánchez | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 631 Seiten

Lewis Los hijos de Sánchez

Autobiografía de una familia mexicana
1. Auflage 2012
ISBN: 978-607-16-1051-5
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

Autobiografía de una familia mexicana

E-Book, Spanisch, 631 Seiten

ISBN: 978-607-16-1051-5
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



Estudio antropológico social que explora la vida cotidiana de una familia de clase baja trabajadora en los años cincuenta y sesenta, mostrando las historias de vida de los miembros de la familia, quienes narran las dificultades de vivir en una ciudad inmersa en profundos cambios económicos y sociales, una Ciudad de México no tan diferente a la de nuestros días.

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PRÓLOGO


CLAUDIO LOMNITZ

Hace 50 años Oscar Lewis publicó en los Estados Unidos The Children of Sanchez. Hoy, el Fondo de Cultura Económica lo vuelve a publicar en bella edición conmemorativa que incluye, por primera vez en español, el texto completo de su secuela: Una muerte en la familia Sánchez. Hay una historia privada del FCE que está siendo reivindicada en esta nueva edición —hablaremos de ello más adelante—, pero la cuestión más apremiante será ver si el público lector de México está listo hoy para asimilar lo que tanto le costó escuchar y entender hace 50 años. En la historia de México hay pocos libros que hayan creado verdadero escándalo. Éste es uno de ellos, y a mucha honra. Y es que Los hijos de Sánchez es un libro tremendo. No hay otro que se le parezca.

Oscar Lewis, el antropólogo que organizó y realizó este trabajo, presenta Los hijos de Sánchez como la autobiografía de una familia. El libro es una versión laboriosamente editada a partir de escritos autobiográficos y observaciones directas del antropólogo, pero sobre todo de grabaciones múltiples, extensas y detalladas realizadas por Lewis con cuatro hermanos y su padre, quienes, por cuestiones de privacidad y discreción, fueron vueltos a bautizar con el apellido de “Sánchez”.

En este libro, los “hijos de Sánchez” le mostraron al mundo que el México moderno, próspero y optimista de aquellos tiempos, el México del “Milagro Mexicano”, era sólo una cara de la moneda nacional, y que el que habitaban los autores de esta autobiografía era la otra.

Pero para entender el rechazo violento que provocó este libro en ciertos sectores del público de México hay que buscar más allá de los lugares comunes de la pobreza, en los detalles más brillantes de esta etnografía singular.

Desde el principio, este libro fue una sensación, a nivel mundial. Fue traducido a múltiples idiomas, y se convirtió en base de obras teatrales y también de una película protagonizada por Anthony Quinn (mala, por cierto).

El escándalo de los Sánchez va mucho más allá de “la pobreza” en abstracto. El libro viene contado por dos hermanos y dos hermanas, huérfanos de madre y criados por su padre, el tal “Jesús Sánchez”, en una vecindad de Tepito, conocida acá con el también seudónimo de La Casa Grande y que, tras el terremoto de 1985, no existe ya. La cuestión que incomodó bastante a cierta clase media de la época es que los cuatro Sánchez son inteligentes, elocuentes y muy explícitos. Aquellos lectores no querían creer que unos miserables de vecindad hablaran de esa forma, o que expresaran aquellas ideas y aquellos sentimientos. Por eso, dudaron de su existencia y alegaron que a los Sánchez los había inventado Lewis.

La vida en la vecindad que cuentan los Sánchez con todo detalle, sin tapujos ni pruritos, no es la de la pobreza folclórica del cine nacional de la Época de Oro que unos y otros compartieron —ni Marta ni Consuelo son Chachita, ni Manuel ni Roberto se comportan como el Pedro Infante de Nosotros los pobres, por más que unos canten, otros bailen, y que todos sepan caló—.

No. Los contemporáneos de carne y hueso de Chachita y Pepe el Toro muestran una sociedad implacable, no sólo por parte de los ricos, sino también de los mismos pobres —los padres maltratan a sus hijos, los hombres golpean a las mujeres, las mujeres se engañan unas a otras, y se vengan también de sus hermanos y de sus maridos—. No es éste el mundo católico de la redención en la pobreza, sino un ámbito en que los problemas humanos se agudizan, un mundo que los endurece a golpes.

Es por eso que Jesús Sánchez, el patriarca del clan, que aparece en la primera parte del libro como un padre arbitrario, inflexible y egoísta, se va transformando poco a poco en un verdadero héroe. Jesús se mantiene constante en su trabajo y constante con sus hijos —es un punto de referencia—, y el lector va captando paulatinamente y de manera indirecta —por las historias de sus hijos— que esa constancia es en sí un logro de proporciones homéricas.

Sucede algo parecido con la tía Guadalupe. A su muerte, narrada en el segundo libro de esta edición conmemorativa, Consuelo —que para entonces es ya una secretaria, que vive como madre soltera independiente en Nuevo Laredo, y tiene estatus de mujer de la clase media— vuelve al hogar pobrísimo de la tía en la vecindad de los Panaderos y exclama:

Ahora mi viejita, mi ancianita, está muerta. Vivió en este humilde nidito lleno de piojos y ratas, de porquería y basura, escondido en los pliegues del vestido de esa dama elegante que se llama Ciudad de México. En esa “base sólida” mi tía comió, durmió, amó y sufrió. Por un peso o dos, le dio albergue a cualquier hermano de miserias, para poder pagar su renta extravagante de 30 pesos. Barría el patio diario a las seis de la mañana por 15 pesos al mes. Destapaba los caños de la vecindad por otros dos pesos más. Y lavaba docenas de piezas de ropa por otros tres. Por tres veces ocho centavos de dólar, se hincaba frente a la tinaja a lavar de las siete de la mañana a las seis de la tarde […] Sería absurdo llamarla una santa, pero es lo que fue.

Hablaré más adelante de cómo reaccionó nuestra buena sociedad ante el “insulto nacional” que supuestamente era Los hijos de Sánchez, publicación que le costó su puesto a Arnaldo Orfila Reynal, el distinguido editor que en ese tiempo dirigía el Fondo de Cultura Económica. Por ahora quisiera detenerme en la experiencia colectiva que esta familia comparte generosamente con sus lectores.

La deuda con los Sánchez. El mundo de los Sánchez ya no es. No es, al menos, lo que fue, y por eso también conviene fijarnos en detalle en lo que nos cuentan. Los hijos de Sánchez nos enseñan de dónde viene el México de hoy y reclaman, me parece, una deuda que en su momento les fue negada. Reclaman un esfuerzo colectivo de reconocimiento y de compensación por las penurias por las que pasó esa generación, y las que han sufrido sus descendientes, aunque sea de manera indirecta.

Como documento histórico, Los hijos de Sánchez merece ser punto de partida de una discusión colectiva sobre la justicia en el México contemporáneo. El libro bien podría ser lectura obligada en todas las preparatorias del país: las nuevas generaciones merecen hacer una discusión cuidadosa de la experiencia colectiva que se entrevé con expresiones nítidas y en detalle singular en la historia de esta familia.

Pasemos a algunos fragmentos de esa historia.

Guadalupe Vélez, llorada por Roberto como la última de los “Veleces”, nació con la Revolución mexicana. Tuvo —cuenta Oscar Lewis— 18 hermanos, de los que sólo siete sobrevivieron el primer año. A los 13 años de edad, Guadalupe fue raptada y violada por el hombre que se convertiría, por eso, en su primer marido. Tuvo tan mala vida con él, que Lupita juró nunca volverse a casar. Sus relaciones posteriores fueron todas de unión libre.

Ese número estratosférico de hijos, aquellas tasas brutales de mortandad, la edad tan temprana para tener niños, y la legitimidad de la violación y del rapto en el seno familiar, en fin, todo aquello puede resultar algo remoto para un mexicano que tenga hoy 15 o 20 años, aunque sean circunstancias bien reconocibles para los que tenemos 50. Para la burguesía de la época, y para la “gran clase media mexicana”, lo que resultaba molesto de historias como la de Guadalupe —que vivió en amasiato— era la pulverización del “sagrado lazo matrimonial”. Les molestaba eso aunque Guadalupe haya tenido alguna relación excelente y duradera, ejemplar, de hecho, como la que tuvo con Ignacio, con quien se sentaba alegremente a tomar pulque todas las noches.

La Ciudad de México, con aquellos pliegues de miseria y también con su abundante generosidad, permitió, y a veces exigió, que el lazo matrimonial, que todavía se mantenía fuerte en el campo, se volviera frágil. La capacidad de reflexión de los hermanos Sánchez es, en su conjunto, impresionante y, en cuanto al tema matrimonial, es Manuel quien nos brinda el análisis perfecto:

Cuando el pobre examina lo que cuesta una boda, se da cuenta de que no le alcanza. Entonces se decide a vivir de esta otra forma, sin el matrimonio, ¿ves? Simplemente toma a la mujer, como hice yo con Paula. Además, el pobre no tiene nada que dejarle a sus hijos y por eso no es necesario protegerlos legalmente. Si yo tuviera un millón de pesos, o una casa, o una cuenta bancaria o algunos bienes materiales, me casaría por lo civil luego luego, para proteger a mis hijos como legítimos herederos. Pero la gente de mi clase social no tiene nada. Por eso yo digo: mientras sepa que son mis hijos, me vale lo que piense el mundo.

Mientras en el campo el matrimonio se mantenía firme, afianzado por la propiedad campesina y por la división doméstica del trabajo, en las vecindades de la Ciudad de México las parejas se hacían y se deshacían sin formalidades legales ni religiosas. El matrimonio se convertía en un ideal más o menos remoto, en una intención o deseo que por lo general no se podía realizar sino en la sinceridad del duelo.

Cuando al principio del libro agoniza la madre de Manuel, Consuelo, Roberto y Marta, su esposo, Jesús, quiere darle a su mujer el gusto del matrimonio, antes que ella expire; pero el ataque de Leonor es violento y no alcanza a llegar el cura. Durante el entierro, don Jesús trata de tirarse a la fosa con su mujer. Como en el ideal del matrimonio, sólo la muerte los separó....



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