E-Book, Spanisch, Band 2, 161 Seiten
Reihe: Muckraker
Lijtmaer / Espluga / Rowan Muckraker 02 (pack)
1. Auflage 2015
ISBN: 978-84-943676-9-4
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 2, 161 Seiten
Reihe: Muckraker
ISBN: 978-84-943676-9-4
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Lucía Lijtmaer es periodista y escritora en Eldiario.es, Mongolia, y Nativa. También es responsable del ciclo de humor y chicas 'Princesas y Darth Vaders'. Eudald Espluga es doctorando en Filosofía y coautor de Mediterròniament. La catalanitat emocional. Dedica su investigación al fenómeno de la autoayuda. Jaron Rowan es investigador y docente. Doctor en Estudios Culturales, en la actualidad es coordinador de arte en BAU, Centro Universitario de diseño de Barcelona.
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La venganza de Aaron
«In God we trust, all others we monitor.»2
Inscripción encontrada en una insignia del servicio secreto estadounidense
A las seis de la mañana del 20 de septiembre de 2010 Aaron Swartz accedió al subsuelo de la Universidad de Harvard, en el MIT. En la cámara que los agentes federales habían dispuesto, escondida, se le reconoce perfectamente: media melena castaña, gafas de nerd y la capucha de chándal, la clásica vestimenta de un chaval universitario de 23 años. Swartz cambió el disco duro que estaba en el suelo, conectado a una computadora gigantesca, por otro que llevaba en la mochila. Guardó el disco duro que acababa de desconectar en la mochila, y se fue.
Esta filmación sería la prueba necesaria para que el servicio secreto de los EE.UU. le detuviera en enero de 2011 por allanamiento, y el gobierno le acusara, en julio de ese mismo año, de fraude informático y de telecomunicaciones. Lo cierto es que Aaron Swartz había usado un script para descargar 4,8 millones de artículos y documentos de JSTOR, el sistema de archivo en línea de publicaciones académicas. Swartz era investigador en Harvard, es decir, estaba suscrito a la base de datos en línea, famosa en el mundo entero por contener una gran cantidad del saber académico publicado. Pero, ¿para qué se lo bajó?
Para entender el porqué hay que entender quién era Aaron Swartz. Y la respuesta bien podría haber sido «un marciano». De las filmaciones de Swartz en su infancia se puede comprobar que con tres años era un niño encantador, regordete, moreno y risueño que había aprendido a leer solo. A los diez comprendía las mecánicas de los videojuegos y el álgebra, y a los trece, cuando había empezado ya a programar software, ideó y creó The Info Network, un repositorio de información que se escribía y editaba de manera colectiva. Sí, como Wikipedia, pero diez años antes.
Con 14 años ayudó a crear RSS 1.0, el formato XML para sindicar o compartir contenido en la web, que revolucionó la manera en que agregamos información y la actualizamos. Desde entonces se convirtió en un miembro de la W3C, el consorcio internacional que produce recomendaciones para la World Wide Web. A esa edad era ya colega de Tim Berners-Lee, creador original de las URL, HTTP y HTML —es decir, de las tecnologías de internet—, y Laurence Lessig, para quien ayudó a diseñar la capa de código de las licencias Creative Commons. A partir de ese momento, desarrolló la arquitectura del sistema Open Library, y fundó Infogami, una empresa específica para hacer crecer el proyecto. A falta de manos y ayuda, Infogami se fusionó con Reddit, la famosa web de noticias y entretenimiento que fue comprada por Conde Nast, por lo que Swartz y sus socios se hicieron millonarios de la noche a la mañana. Con veinte años, Swartz tenía pinta de convertirse en el siguiente Steve Jobs. Del parking de su casa, al sueño americano.
Pero Swartz no era un emprendedor de start ups. Lo que le movía, como a muchos arquitectos que han llevado la red más allá, fue siempre el conocimiento. A Swartz le molestaban los californianos oficinistas que venían a enseñarle videojuegos y a animarle a que se gastara el dinero en chavalas y ropa. A los dos días de haber llegado a Conde Nast, vendió su parte de la empresa y volvió a investigar. Y fue precisamente investigando como fundó Watchdog.net y Demand Progress, dos grupos para ejercer presión sobre el Congreso para la reforma de leyes y ahondar en las libertades civiles.
Su activismo comenzó a ir de la mano de la investigación, y fue en ese momento cuando descubrió Pacer, el acrónimo del sistema digital de documentación legislativa pública del gobierno, donde se archivan todos los documentos legales. Salvo que no es público: para acceder a ellos tienes que pagar. El activista Carl Malamud, consciente de la injusticia, había iniciado una campaña contra lo que a todas luces era un abuso de poder corporativo y un cercamiento del dominio público: había creado una empresa —una pantalla de humo, sin más— en la que animaba a todo aquel que hubiera consultado y pagado por un archivo legal, a que lo escaneara y descargara en su web. Al fin y al cabo, se trata de documentos de utilidad pública. La campaña fue conocida como «Yes, we scan!».
Swartz entendió rápidamente la conexión entre Pacer y el sistema académico estadounidense: ¿por qué debían los autores de investigaciones científicas cercar de la misma manera sus trabajos, algo que se les obliga a hacer si quieren publicarlos? ¿Por qué el acceso al conocimiento no es universal, si además se ha hecho al autor renunciar a sus derechos, como es el caso de JSTOR y otras plataformas en línea?
A estas alturas Aaron Swartz era ya un activista de la red por derecho pleno. Mientras consultaba miles y miles de estudios y demostraba la relación de corrupción entre trabajos académicos y empresas que fundaban los departamentos donde trabajaban los autores de esos trabajos, formaba parte del núcleo más combativo contra la ley SOPA, un proyecto pensado para combatir las violaciones de copyright en internet, enormemente criticado por su capacidad para restringir a los proveedores de la red.
Podría tratarse de una casualidad, pero tras Wikileaks, Snowden y Manning, es difícil que lo sea: después de que Aaron Swartz se convirtiera en uno de los rostros más conocidos que tumbaron la ley SOPA, el gobierno de EE.UU. convirtió el caso contra Aaron Swartz en un caso criminal. Pese a que no había cometido un acto criminal, se le echó encima la ley contra el fraude y abuso en internet y aumentaron los cargos contra él. El gobierno le acusó de querer publicar y comercializar los artículos de JSTOR, algo altamente improbable en su caso, teniendo en cuenta su trayectoria. Pese a que JSTOR declinó presentar cargos contra él, el gobierno tenía claro que iba a hacer un ejemplo de Aaron Swartz, como ya había hecho con el hacktivista Jeremy Hammond, que cumple la pena máxima —diez años— por filtrar documentos de la agencia privada Stratfor. A Swartz podía caerle una pena de hasta 50 años.
***
Aaron Brown tiene los labios anchos, los ojos oscuros y el pelo algo rebelde. Vive en Toledo, Ohio, adonde fue después de licenciarse, y es socio de su biblioteca local. Acaba de cumplir 29 años, conduce un Toyota Corolla y a veces tuitea, pero poco. Todo esto es cierto, pero de alguna manera contradictorio. Porque Aaron Brown no existe. O al menos no en el sentido estrictamente físico.
Aaron Brown es el producto de Curtis Wallen, un artista de 24 años que a raíz de la discusión sobre la ley SOPA comenzó a investigar: «Empecé a entender cómo se construye toda la infraestructura de internet, a través de la navegación de discretos paquetes de información, que requieren activos intentos para poder ocultarlos. El protocolo por defecto es texto sencillo, y todos dejamos rastros que explican nuestras actividades y conexiones», explicó.
Wallen comenzó a investigar cómo las empresas nos monitorizan en internet, a través de la correlación y el análisis de nuestros datos para componer perfiles, y es lo que hace que internet sea diferente para cada usuario, dependiendo de sus búsquedas y compras. «Lo moralmente oscuro es que sea completamente invisible. La mayoría de gente no tiene idea de que está sucediendo», ha dicho Wallen.
Wallen tomó el ejemplo del astroturfing y lo invirtió: la práctica, de ética dudosa, está muy extendida entre las campañas publicitarias en línea. Los astroturfers (intoxicadores) intentan orquestar acciones protagonizadas por unos pocos individuos aparentemente diversos y geográficamente distribuidos, tanto a través de actuaciones explícitas como más subliminales e incluso ocultas, y que dan la impresión de multitudinarios entusiastas de una causa. Para ello, comúnmente, se usan perfiles sociales falsos y se combinan con datos monitorizados de usuarios. Según un documento filtrado de la empresa HBGary, los trucos son innumerables: «Usar hashtags y jugar con la localización a través de los servicios de check in es una manera de que parezca que una persona está en una conferencia, y que se presenta a gente importante como parte de un ejercicio, por ejemplo».
Ante la confirmación por parte de Edward Snowden de que no únicamente las empresas sino el propio gobierno utilizan los datos de la gente, Craig Wallen tomó el ejemplo del astroturfing y lo invirtió: ¿podría uno devolver el golpe, aunque fuera de manera simbólica y pequeña? Para ello Wallen accedió a un nuevo correo electrónico anónimo a través de Tor desde un cibercafé. Allí contactó con un vendedor a través de Craigslist para hacerse con un ordenador portátil, que compró en metálico, en un centro comercial. «Iba algo disfrazado, porque es en la interacción física real donde están los mayores riesgos, porque te ligan a tu identidad física real», aclaró. Limpió completamente el ordenador, le instaló Ubuntu y, desde entonces, jamás se conectó desde otro servicio que no fuera Tor, y jamás entró a nada que estuviera asociado a Curtis Wallen. «Aunque uses Tor, si te conectas a tu propio Facebook desde Tor, al ser un servicio privado que maneja tus datos, saben que eres tú y que estás ahí. Así que no hay que conectarse a ningún servicio que exija tu identificación, no dar ninguna conexión de lo digital a lo físico.» Encriptó una cuenta Bitcoin para comprar anónimamente la criptomoneda a través de Bitinstant. Cuando tuvo un ordenador anónimo, con capacidad de conectarse en red...




