Llorente | Europa | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 294 Seiten

Llorente Europa


1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-17847-22-7
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 294 Seiten

ISBN: 978-84-17847-22-7
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Llevamos a Europa a la sala de operaciones y la abrimos en canal. Metemos las manos en la herida y acercamos la luz a los grandes órganos enfermos. Nos damos cuenta de que las lesiones son tantas y tan profundas que no merece la pena intervenir. Guardamos el bisturí y nos limitamos a señalar con el dedo las zonas afectadas mientras les decimos a los alumnos de Medicina que rodean el quirófano: 'Miren: fronteras necrosadas por el odio, pulmones encharcados en el pus del miedo, viejas mentiras resquebrajando la columna, el hemisferio izquierdo aletargado tras el gran ictus de Dios, tumoraciones metastásicas del poder. El diagnóstico lo conocen todos ustedes: colapso de la civilización. Mortal de nece(si)dad'. Existen novelas difíciles de escribir y existen novelas que parecen imposibles. Esta ha necesitado los recursos narrativos de varios géneros literarios para ser contada. La novela negra y su encarnación del mal, el texto de ciencia ficción y los desastres de la incomunicación, el relato bélico y la fría articulación de la violencia, la estética gótica y el terror a lo que no conocemos, el testimonio social y el aire contamina-do del poder. El resultado es la gigantografía de lo que somos y de lo que hacemos. La esperanza no es la promesa de un día mejor, sino la toma de conciencia de que aún tenemos ojos para ver, cabeza para pensar y manos que rompernos en la lucha. David Llorente regresa a las librerías para romper, de una vez y para siempre, las fronteras que separan los géneros novelísticos de la misma manera que rompe, en Europa, la frontera de las nacionalidades, de las identidades, del progreso, de la edad... Todos aquellos lastres que nos limitan y nos impiden volar en paz.

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CAPÍTULO SEGUNDO


«Si tienes remordimientos por las cosas malas que has hecho, piensa en esas otras cosas horribles que has dejado sin hacer»


1. Ema


Sandra Valero y Armando Carbonero estaban hablando en voz baja: Fui a la habitación y les pregunté si no estarían conspirando contra mí.

«¿No estaréis pensando en hacerme daño?»

Sandra Valero me miró con los ojos llenos de incertidumbre y comenzó a pedir socorro.

«El piso está insonorizado.»

Salí de mi casa y caminé hacia el metro de Carabanchel: Pensé que alguien estaba tirando piedras desde un tejado: Luego me di cuenta de que los pájaros se caían del cielo y se reventaban contra el pavimento. Dijo un vecino:

«Tienen el pico lleno de espuma.»

Los andenes de la estación de Carabanchel estaban desiertos: Un grupo de chavales pegaba banderas en los espacios para la publicidad. Se organizaban:

«Cubrid también las papeleras.»

Metro de Madrid había puesto televisiones en los vagones de la línea verde: Decían que los altos niveles de cloro del hongo de polución eran letales para las aves, pero que apenas causaban molestias respiratorias en las personas.

«Nada más allá de la carraspera y el escozor de ojos.»

En la televisión pasaban imágenes de los integrantes de La habitación de Margot: Pensé que habían trabajado duro y que se merecían el éxito. Decía el periodista:

«Oigamos el estribillo de una de sus canciones.»

Hice trasbordo y me bajé en la estación de Arturo Soria: Por sus grandes bulevares circulaban dos camiones cisterna que expulsaban largos chorros de dióxido de azufre. Les pregunté si servía para algo:

«No.»

Me senté en la fuente del parque de Arturo Soria y me quedé mirando la casa de Claudia: Tenía tres pisos (más otros cuatro en construcción) y estaba rodeada de un muro de piedra: Había cuatro puertas, una de las cuales comunicaba directamente con el garaje: Varias cámaras de televisión de circuito cerrado se movían de izquierda a derecha y de arriba abajo, perfectamente sincronizadas, para no dejar ni un solo metro sin vigilar: Me pregunté:

«¿De qué tienen miedo?»

En ese momento se abrió una de las puertas de la casa y salió Ema: Miró a ambos lados antes de cruzar la calle (una costumbre adquirida [supongo] después del asesinato de su madre) y atravesó el parque de Arturo Soria: Se sentó en la terraza de la cafetería San Vito di Cadore: Llevaba una novela en la mano: La abrió por el marcapáginas y se puso a leer.

*

Las paredes de la consulta de Vicenta estaban llenas de diplomas de las mejores universidades europeas: Le dije que los tabiques de mi casa estaban vacíos e insonorizados.

«Somos dos personas radicalmente diferentes.»

Vicenta retomó el hilo de la terapia.

«Usted ha dicho que pasó tres meses encerrado en su habitación cuando su padre tomó la decisión de abandonarlos.»

Dije que sí.

«¿Cree usted que ese es el motivo de su posterior miedo a las habitaciones?»

Me encogí de hombros.

«Los peores momentos de mi vida han sucedido en habitaciones cerradas.»

Se lo expliqué:

«Desde la ventana de una habitación contemplé el asesinato de Claudia.»

Le dije que bajé corriendo las escaleras, salí a la calle y me acerqué a su cuerpo inmóvil.

«Me costó reconocerla.»

Llegaron una ambulancia y dos coches de policía: Armando Carbonero mantenía la calma y la mirada indiferente, como si hubiera atropellado a un gato.

«Era un psicópata.»

La gente se arremolinaba en las aceras y observaba: La muerte de Claudia se convirtió en un espectáculo callejero.

«¿Qué hizo usted después del accidente?»

Le corregí:

«Del asesinato.»

Le pregunté al conductor de la ambulancia a qué hospital la llevaban.

«A La Paz.»

Apoyé la frente en la ventanilla del taxi: Miraba los ailantos y veía a Claudia en la copa de todos ellos, diciéndome adiós con la mano: Me imaginé que me hablaba.

«He sido muy feliz a tu lado.»

Deambulé por los pasillos del hospital hasta que encontré la sala de espera de los quirófanos de urgencia, donde lloraba la familia de Claudia: Su marido tenía la cara picada de viruela y caminaba de una pared a otra, sin hacer ningún esfuerzo por consolar a Ema, que lloraba en la silla del rincón, al lado de otra mujer que tampoco hablaba. Me preguntó Vicenta quién era esa mujer.

«La hermana de Claudia.»

Se abrió una puerta que tenía una ventana redonda y apareció el doctor.

«Familiares de Claudia Vitale.»

Se acercaron los tres: Yo disimulaba y escuchaba al otro lado de la sala.

«Lo siento mucho.»

Añadió:

«Las lesiones cerebrales eran irremontables.»

Ema se derrumbó en el suelo y escondió la cara entre las manos: El marido de Claudia se ajustó la corbata y dijo:

«Gracias por su trabajo, doctor.»

Luego le dijo a su cuñada:

«Ocúpate tú de la niña, haz el favor.»

*

Salí de mi casa y me subí a uno de los autobuses eléctricos: Los operarios del servicio de limpieza de la Comunidad de Madrid seguían recogiendo los pájaros que agonizaban en las aceras: El portero del edificio en el que vivía el Dónald me dijo:

«No conseguirá despertarlo.»

Me abrió la puerta al cabo de media hora: Tenía la cara desencajada por la resaca.

«Pero ¿qué puta hora es?»

Le dije que eran las once de la mañana. Me corrigió:

«¡Las once de la madrugada!»

Lo seguí hasta el salón y vi cómo se desplomaba en el sofá: La mesa estaba llena de botellas vacías, de ceniceros llenos y de espejitos manchados de cocaína.

«¿Estás solo?»

Me dijo que no lo sabía: Entré en su habitación y me encontré a dos mujeres que parecían extranjeras. Le pregunté al Dónald:

«¿Dos nuevas víctimas de tu muñón?»

Me dijo que no.

«Estas son putas.»

Le dije que las echara de casa.

«Tengo que hablar contigo de una cosa.»

El Dónald se levantó del sofá y caminó dando tumbos hacia su habitación. Oí que gritaba:

«Largo de aquí, .»

El Dónald se sirvió un tequila y un tiro de coca.

«Lo mejor para la resaca.»

Se apoyó en el respaldo del sofá y encendió un cigarrillo: Echó el humo al techo.

«Quiero que me ayudes a torturar a Sandra Valero y a Armando Carbonero.»

Respondió el Dónald:

«Pensé que nunca me lo ibas a pedir.»

Llegamos a mi casa y entramos en la habitación en la que los tenía encadenados.

«Hay que separarlos.»

Me dijo que él se ocuparía de Sandra Valero: Yo debía desatarla y volver a clavar la cadena en la habitación de al lado. Me preguntó:

«La puedo violar, ¿no?»

El Dónald ató a Sandra Valero con cinta aislante y se lo explicó claramente:

«¿Te acuerdas de lo que me dijiste en el reservado del Séptimo Traste?»

Sandra Valero había empezado a temblar.

«Me dijiste que no te acostabas con discapacitados.»

El Dónald le acercó el muñón a la cara.

«Es un cabroncete de mucho cuidado. Acabaréis siendo buenos amigos.»

Vacié la habitación de al lado: Elegí la pared que estaba más alejada de la ventana y le hice un agujero con una taladradora: Colgué una argolla y una cadena de hierro y fui a buscar a Sandra Valero: La encontré en la cocina, encima de la mesa, luchando contra el perverso muñón del Dónald.

«Déjalo para luego.»

No fue fácil volver a encadenarla: Acabamos con los brazos llenos de arañazos.

«Menudo animal.»

Nos sentamos en el sofá del salón y el Dónald se lio un porro: Sujetaba el papel con la punta del muñón.

«¿Cómo los vamos a torturar?»

El Dónald sonrió y le vi el sarro de los dientes: Pensé si mi amigo no sería un sádico. Dijo:

«No vamos a dejar que se queden dormidos.»

*

El camarero llevó una Coca-Cola a Ema y le dijo:

«Paga el hombre que está en la mesa del fondo.»

Ema apartó la botella con un gesto de desprecio.

«Pediré otra cuando quiera otra.»

Me levanté y me senté en la mesa de Ema.

«Perdona. He metido la pata.»

Ema no levantó los ojos de la novela.

«Perdónate tú.»

Le propuse un trato: Ella me perdonaba y yo no le decía cómo terminaba la novela. Dije:

«Puede que Claus se reúna con Lucas o puede que no vuelvan a verse jamás.»

Ema se echó la Coca-Cola en el vaso y lo agitó para que sonaran los hielitos.

«Hace falta ser muy cabrón para destriparle a uno la novela que está leyendo.»

Le dije mi nombre.

«Me importa una mierda cómo te llames.»

Se terminó la Coca-Cola y se levantó de la mesa.

«Ya me has jodido la lectura.»

Le pregunté adónde iba: Me dijo que volvía a su casa: Le dije si al menos me dejaba acompañarla.

«¿Eres un pederasta?»

Le respondí que se le había pasado la edad de atraer a los pederastas: Me mandó a la mierda.

«¿Vives con tu familia?»

Dijo:

«Con mi padre.»

Ema me miraba sin ninguna emoción: Me dijo que me fuera.

«Quiero ver cómo te pierdes y no miras atrás.»

Volví al cabo de unos días: Los operarios del servicio de limpieza de la Comunidad de Madrid se bajaban de sus camiones y caminaban con una manguera en las manos y una botella de dióxido de azufre en la espalda: Lanzaban al aire largos chorros parabólicos que intentaban disolver el nitrógeno y el cloro del hongo de polución. Me senté en la terraza de la...



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