Llorente Oller | Madrid:frontera | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 256 Seiten

Llorente Oller Madrid:frontera


1. Auflage 2016
ISBN: 978-84-16328-37-6
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 256 Seiten

ISBN: 978-84-16328-37-6
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Soy Madrid:frontera (y me dirijo a ti, lector): Sabes que hay gente a la que le han quitado la voz y ya solo les queda el llanto o el silencio. Tú mismo, en algún momento, has apretado los puños ante la injusticia y cargas sobre la espalda más peso del que se puede soportar. Seguro que has contemplado la desesperación ante ti, pero te niegan lo que has visto con tus propios ojos y te dicen que eso de lo que hablas no ha existido nunca. Probablemente creas que a ti también te están dejando sin voz y te preguntas si no acabarás como los demás, condenado al llanto o al silencio. Bien. Debes saber que yo he venido a poner las cosas en su sitio para ajustar cuentas con el pasado. Que llego de la mano de un escritor que de repente toma conciencia de su enorme responsabilidad y te agarra de las solapas y te grita: ¡Despierta! Que vengo a hablarte de la verdad, aunque mis páginas quemen. Yo soy eso, el punto de inflexión. Y vengo a decirte que jamás debes perder la esperanza. M:f Con Madrid:frontera, David Llorente irrumpe una vez más en el panorama literario con una novela que fractura los esquemas del género negro y flirtea con lo fantástico, para construir esta compleja distopía que cuestiona la decadente realidad y reescribe nuestro futuro.

David Llorente nace en Madrid en 1973. En esta ciudad publica las novelas 'Kira', premio Francisco Umbral de novela corta 1998, y 'El bufón', premio de narrativa Ramón J. Sender 2000. En el año 2002 se traslada a vivir a Praga (República Checa), donde escribe las novelas 'Ofrezco morir en Praga' y 'De la mano del hermano muerto', esta última también traducida al checo. En esta ciudad crea el grupo de teatro Séptimo miau, cuyas obras escribe y dirige él mismo. Ha representado por casi todos los países de Europa Central y del Este y ha obtenido diversos premios en varios festivales de teatro internacionales. Algunas de sus obras han salido publicadas en el libro 'Los árboles dormidos'.
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1. LA MADRE DE TODAS LAS DESGRACIAS


El padre Simeón


Te llamas Igi W. Manchester. Tienes treinta años y tu vida es un interminable día de lluvia. Es algo que no debes olvidar jamás. La pérdida de la identidad (no saber quiénes somos) es la madre de todas las desgracias. ¿Entiendes?

Sí.

Bien.

Ahora puedes abrir los ojos. En el techo de tu habitación hay una frase (que no has escrito tú) que dice: «Sigue durmiendo». No debes hacerle caso. Levántate.

¿Aunque todavía sea de noche?

No te equivoques. Hace muchos años que es de noche. El sol (recuérdalo bien) debe empezar a lucir dentro de ti. Eres tú (Igi W. Manchester) el que debe hacer que un día vuelva a amanecer en la ciudad de Madrid. ¿Entiendes?

Sí.

Bien.

Por el pasillo de la pensión te encuentras con el señor Nausía. Te recuerda que le debes cinco meses y te pregunta cuándo le vas a pagar.

¿Qué le respondo?

Le dices la verdad. El señor Nausía, entonces, te propone un trato: Que desocupes tu habitación y te instales en el sillón de orejas del cuarto de estar.

¿Lo acepto?

Lo miras a los ojos y le dices lo siguiente: Me llamo Igi W. Manchester. Tengo treinta años. Mi vida entera es un interminable día de lluvia. La pérdida de la identidad (no saber quiénes somos) es la madre de todas las desgracias.

¿Sirve de algo?

No.

El señor Nausía te dice que si no aceptas su última oferta (la de instalarte en el sillón de orejas del cuarto de estar), será mejor que te vayas a la calle y que no vuelvas más.

¿Qué hago?

Das un portazo. El ascensor no funciona. Los escalones están llenos de mendigos. Tienes que caminar por encima de ellos para salir a la calle.

¿A qué calle?

Las calles de Madrid ya no tienen nombre. Esta calle por la que caminas (en realidad) es una avenida que atraviesa la ciudad de punta a punta. ¿Quieres que le pongamos un nombre? La podemos llamar avenida del Hambre. ¿Te parece bien?

Sí.

Deberías haber cogido el paraguas. El agua cae sobre los tejados, sobre las farolas, sobre los charcos.

¿Y sobre los contenedores de basura?

También.

La lluvia tiene un sonido monótono y adormecedor, como si el cielo rezara (por nosotros) una letanía. Uno, cuando escucha la lluvia, solo puede entornar los ojos y dejarse invadir por la tristeza.

¿Yo también?

La verdad es que tú no deberías.

Atraviesas la avenida del Hambre y caminas por encima de las ruinas del museo del Prado. Entre sus escombros duermen los mendigos. Una mano te agarra de un tobillo. Alguien te pide un trozo de pan. Echas a correr.

¿Me he asustado?

Un poco.

Te guareces de la lluvia en una parada de autobús. Te acuerdas de que ya no pasan autobuses. La gente (decían) ya no tiene necesidad de ir a ningún lugar. Pero es mejor que no pienses en los viejos tiempos (de los que, por otra parte, ya apenas te acuerdas). Es mejor que lo reduzcas todo a lo más básico: Tienes hambre. Debes encontrar comida.

¿Dónde?

Has llegado al antiguo Jardín Botánico. Por aquí (ahora) deambulan los desempleados. El olor de las plantas (la lluvia no puede evitar, a pesar de todo, sacarle el olor a todo lo que moja) te recuerda aquellos paseos que dabas, al caer la tarde, al lado de una mujer. Pero ya te he dicho que no sirve de nada pensar en los viejos tiempos.

¿Por qué?

Porque no.

Terminas de bajar la calle y llegas a la iglesia de los Jerónimos. Está rodeada de alambres para contener a los mendigos, que se amontonan (recostados como animales) en las escaleras de la entrada.

¿Qué hacen ahí?

El padre Simeón abre la ventana de la sacristía y lanza una bolsa de basura. La bolsa de basura (negra, de veinte litros de capacidad) vuela por encima de la alambrada y cae a los pies de las escaleras. Los mendigos (que parecían aletargados) se levantan. La lucha por la basura (apréndelo de una vez) es encarnizada y cruenta.

No sabía que el hambre era esto.

Desengáñate. Todavía no sabes lo que es el hambre.

Un par de agentes de policía se acerca a ti y te pide la documentación. Uno de ellos te llama pordiosero.

¿Le contesto?

Pues no.

Te duele tanto la cabeza que te la reventarías contra una pared. Repito: ¿Qué te pensabas que era el hambre?

No sé.

En la esquina de la calle hay una tienda de alimentación.

¿Entro?

Sí.

Paseas por el pasillo de la fruta y estás tentado de estirar la mano y guardarte una manzana en el bolsillo.

¿No lo hago?

No. Esta vez no.

El vigilante (¿en qué se transforma un hombre cuando le das un uniforme?) camina detrás de ti, a menos de dos metros de distancia. Sabe que se te está pasando por la cabeza la idea de estirar la mano y meterte una manzana en el bolsillo. Es más, está deseando que estires la mano y te guardes una manzana en el bolsillo. Nada le gustaría más (nada compensaría más sus largas horas de aburrimiento) que tener un motivo para retorcerte el brazo por detrás de la espalda y echarte a la calle de una patada en el culo. Te acercas al mostrador. Le dices al dependiente que no tienes dinero. Solamente quieres una manzana. Nada más. La lluvia (en la calle) golpea contra el asfalto. El vigilante te retuerce el brazo por detrás de la espalda y te echa a la calle de una patada en el culo.

El suelo está helado.

La lluvia cae encima de ti. Pones una rodilla en el suelo, luego la otra rodilla, luego un pie, después el otro pie, mientras dices (en voz baja, para ti mismo): Me llamo Igi W. Manchester. Tengo treinta años. Van a necesitar algo más que una patada en el culo para conseguir que (tras una caída) no me vuelva a levantar.

¿Y me levanto?

Sí.

Te sientes mal. Primero meas contra una tapia y después te acuclillas entre dos coches y te pones a cagar. Levantas los ojos al cielo. Te acabas de convertir (y lo sabes) en uno de esos hombres que cagan entre dos coches.

Tengo frío.

Has llegado a la antigua calle de Alcalá. La gente espera en la puerta del supermercado.

¿Qué espera?

Salen dos vigilantes nocturnos (ya todo es nocturno en la ciudad de Madrid). Arrastran (entre los dos) seis enormes bolsas de basura. Las llevan al callejón y las tiran dentro de los contenedores. Luego vuelven al supermercado y cierran la puerta. Alguien te empuja y te tira al suelo.

¿Por qué?

Levantas la cabeza. La gente entra en el callejón y vuelca los contenedores de basura. Has visto un paquete de galletas.

¿Soy uno de ellos?

Me preguntas si eres uno de ellos. ¿Tan pronto has olvidado que la pérdida de identidad (no saber quiénes somos) es la madre de todas las desgracias?

Perdona.

Te levantas y corres al callejón. Te abres paso a codazos. Alcanzas la montaña de basura y metes las manos hasta los codos. Alguien te da un empujón y te aparta a un lado. Debes ser más agresivo. De lo contrario te quedarás sin comer.

No quiero quedarme sin comer.

Ves que un niño se guarda un trozo de pan debajo de la camiseta. Se lo quitas por la fuerza y sales corriendo del callejón.

¿Adónde?

Te apartas cien metros. Te acuclillas detrás de un árbol y empiezas a morder el mendrugo de pan. Te duele la boca. Es como si te empezaran a salir los dientes otra vez.

¿Voy a por más?

Mejor quédate donde estás.

Los dos agentes de policía (los que te llamaron pordiosero) han entrado en el callejón. Les dicen a los mendigos que saquen las manos de la basura y que vuelvan a sus casas (nadie sabe muy bien a qué casas se supone que deberían volver). Luego agarran al niño, se lo llevan a un portal y le pegan un par de hostias.

¿Por qué?

No es que haya hecho nada (aparte de comer basura, que está prohibido). Es mera gimnasia. A los agentes les apetecía soltar un poco los músculos. Se lo decía uno al otro: Estoy acartonado y como entumecido.

¿Me detienen?

No.

Óliver


Cruzas la carretera del Acantilado y entras en el parque del Retiro. La hierba está llena de gente que duerme (o que no tiene fuerzas para levantarse).

¿Hay sitio para mí?

No.

Sigues avanzando. Te vas metiendo en lo más profundo del parque. Una mujer se pone a tu lado y te pregunta si quieres que te la chupe.

¿Quiero?

Le contestas que no. Ella te dice que tiene un hijo al que alimentar. Estás a punto de recomendarle que vaya a los contenedores de basura, pero te callas (seguramente las chupadoras de pollas fueron comedoras de basura que decidieron dejar de serlo). Le preguntas su nombre.

¿Cómo se llama?

Se llama Olivia. Te pregunta (es evidente que no tienes dinero) qué estás haciendo en esa parte del Retiro. Miras a tu alrededor. Las mujeres han hecho un pequeño jardín de arena para dejar a sus hijos mientras trabajan. Los hombres (como sombras entre sombras) entran y salen de los arbustos. Olivia se detiene un momento y se estira una media. Te pregunta si has leído , de Aleksandar Tišma.

Lo leí en la universidad.

Olivia te coge de la mano y te lleva a otro lugar del Retiro, cerca del estanque. Debajo de un arce plateado hay una vieja barca de madera. Dentro de la barca está su hijo. Se le adivina (en la piel de la nuca, en los ojos inclinados, en la única línea de la palma de la mano) una...



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