E-Book, Spanisch, 320 Seiten
Llorente Te quiero porque me das de comer
1. Auflage 2014
ISBN: 978-84-15900-53-5
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 320 Seiten
ISBN: 978-84-15900-53-5
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
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David Llorente nace en Madrid en 1973. En esta ciudad publica las novelas Kira, premio Francisco Umbral de novela corta 1998, y El bufón, premio de narrativa Ramón J. Sender 2000. En el año 2002 se traslada a vivir a Praga (República Checa), donde escribe las novelas Ofrezco morir en Praga y De la mano del hermano muerto, esta última también traducida al checo. En esta ciudad crea el grupo de teatro Séptimo miau, cuyas obras escribe y dirige él mismo. Ha representado por casi todos los países de Europa Central y del Este y ha obtenido diversos premios en varios festivales de teatro internacionales. Algunas de sus obras han salido publicadas en el libro Los árboles dormidos.
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Segunda parte
diez años en la cárcel de Carabanchel
En la cárcel impera la ley del más fuerte: la superpoblación de presos implica una superpoblación de violencia, de enfermedades y de miserias humanas. El doctor Maximiliano Luminaria mandó que (al enfermo) le raparan el cabello del cuero cabelludo y que limpiaran el área en la que se habría de intervenir: luego él mismo realizó la incisión: creó un agujero en el cráneo y extrajo el colgajo óseo: introdujo el tubo quirúrgico equipado con una microcámara de vídeo y unas pinzas y entonces lo vio: el tumor era del tamaño de una pelota de golf. Marcelo Saravia pasó diez años en la cárcel de Carabanchel: en ese tiempo encajó cinco navajazos, agarró tres pulmonías y repelió doce intentos de violación: también se tatuó una letra china en la espalda y se leyó un libro de setenta y siete páginas: a los ocho años (por méritos propios) ingresó en la banda del Montenegrino y a partir de entonces empezó a vivir un poco mejor. La whisquería abre de cuatro de la tarde a siete de la mañana: los clientes suelen ser tipos solitarios (casados: entre treinta y cinco y setenta años) que entran en el local (trajeados) con cara de pedir perdón: pagan una copa y se sientan en alguno de los sillones: entonces aparecen las chicas y les dan (por lo menos) conversación. El doctor Maximiliano Luminaria extirpó el tumor (no parecía que hubiera malignizado: aunque nunca se sabe) y mandó que le hicieran una biopsia: decidió (por si acaso había estado en contacto con algún supuesto cáncer) no cerrar la herida con el mismo hueso, sino hacerlo con una placa de metal: el enfermo se llamaba Francisco Montilla: permaneció (después de la operación) tres días en cuidados intensivos y después lo trasladaron a planta: allí lo tuvieron siete días más: (antes de darle el alta) el doctor Maximiliano Luminaria le dijo que una operación de cerebro no era ninguna tontería y que era posible que sufriera algunas secuelas, como dificultad para hablar, pérdida de movilidad, lagunas en la memoria e incluso algún ataque epiléptico de vez en cuando. En el barrio de Carabanchel abundan los tontos: son seres que deambulan de un lado a otro y que tienen una mirada boba, una mirada de no saber lo que está pasando: Paquito se escapa muy a menudo del HMC (Hospital Mental de Carabanchel): el pobre no es peligroso y por eso apenas lo tienen sometido a ninguna vigilancia: salta la tapia y echa a correr: se dedica a buscar (por todas las calles del barrio) a su madre, que murió hace diez años: Paquito no habla: Paquito entra en un bar y se pone a gritar: dice: ah-a-ah-á, ah-a-ah-á: a veces hasta abraza a los clientes: entonces el camarero señala hacia la puerta de la calle y dice: mira, Paquito, por ahí viene tu madre: y Paquito (con lágrimas en los ojos) sale corriendo a la calle, a buscarla. A los presos más peligrosos no les dejan ni asomarse a la ventana: solamente unos pocos privilegiados (los más veteranos) pueden trabajar en la lavandería o visitar durante diez minutos las zonas de recreo: no les dejan leer el periódico (ni revistas) ni pasear por las áreas exteriores del recinto carcelario: algunos piden que les dejen hacer un poco de ejercicio en el gimnasio (pesas: saco: cuerda): a otros les gustaría cultivar algo, aunque fuera una remolacha o unas tomateras: qué más da: lo importante es estirar las piernas y respirar aire puro. Los videntes entran en acción cuando (después de muchos meses de investigación) tanto la familia como los detectives se agarran ya a un clavo ardiendo: en la oficina de Casimiro Balcells (desde que empezaron a proliferar —en Carabanchel— las niñas desaparecidas) llaman todos los días cientos de personas que aseguran haber tenido visiones: Casimiro Balcells les cuelga el teléfono: no quiere saber nada de ellos. ¿Por qué? Eso mismo le preguntó un día el inspector jefe Carlos Tolosa: le dijo: ¿por qué no te bajas del burro y colaboras un poco con los videntes? En la cuesta de Hermandades han roto las farolas a pedradas: la cuesta de Hermandades está llena de coches aparcados: hasta allí se desplazan las parejas (clandestinas) que no tienen una casa vacía en la que hacer el amor: que no tienen dinero para alquilar una mísera cama en cualquier hotel Love: que tienen miedo (y frío) de hacerlo a la intemperie: (en la cuesta de Hermandades) las parejas echan el asiento hacia atrás y se entregan al dificultoso placer del amor contorsionista: en la cuesta de Hermandades todos los coches están empañados y hay alguno que se mueve con un cachondo vaivén. El puesto de periódicos de la calle Contraluz es algo así como la torre vigía del barrio de Carabanchel: el quiosquero Félix (hemiplejia: abierto de cinco de la mañana a dos y media de la tarde: agosto cerrado) habla con todos los vecinos y observa todo cuanto sucede: a veces saca fotografías: las mejores las pega en un álbum: tiene auténticos tesoros: documentos vivos de la historia del barrio. El doctor Maximiliano Luminaria recibe el reconocimiento de su equipo quirúrgico: se quita la bata y sale del hospital: en la calle todo el mundo lo saluda (hasta luego, doctor: cuídese, doctor: que Dios le bendiga, doctor): entra en el bar de la Pepi y el camarero (Luis, el marido de Pepi) le pone un café con leche y una croqueta de jamón (que no le dejará pagar): se sienta en una mesa (al lado de los lavabos: con cinco o seis vecinos del barrio): opina sobre el tema del que estén hablando: los vecinos (a veces todo el bar) lo escuchan en silencio y le dan tabaco: después (después del café, de la croqueta y del cigarrillo) Max Luminaria sale del bar y camina hacia su nueva casa: se mudó hace un año (quizás un poco más): se fue de la Colonia de los Militares y se compró un piso nuevo enfrente del casino: es un primero: mucho ruido y poca luz: la ventaja es que el piso comunica con un sótano (propio) muy amplio: ideal para lo suyo. La cárcel de Carabanchel es un recinto cerrado en el que pasan las horas sin que haya nada que hacer: eso es muy difícil de aguantar: la droga corre por allí como si fuera agua y todo se vende: todo tiene un precio y un comprador: algunos, cuando les dan la metadona, se la guardan en la boca y después la escupen para venderla: a veces les hacen hablar para asegurarse de que se la han tragado. Dice Casimiro Balcells: mire, inspector, si viene a la comisaría un tipo de esos y me dice que sabe dónde está una de las niñas desaparecidas y yo la encuentro justo donde él me dice, lo primero que hago es detener a ese cabrón y obligarlo a que me explique cómo coño sabía dónde estaba, y más vale que me convenza, porque de lo contrario lo meto en una puta celda por encubrimiento o secuestro o lo que cojones sea: ¿me entiende?: yo soy un policía, joder, mi obligación es agarrarme a los hechos tangibles, de modo que si un tío sabe dónde hay una niña secuestrada o enterrada, es que está de mierda hasta el cuello, no sé si me explico. El negocio de la whisquería conoció tiempos mejores: Petra no dice nada (¿para qué), pero piensa que un burdel de barrio es una contradicción: los clientes son los propios vecinos y la mayoría están casados: ¿quién quiere arriesgarse a que (en el descanso de la película) tu mujer baje a la calle a sacarte de entre los brazos de una puta?: Petra da una calada a su cigarrillo y sigue pensando: aunque parezca mentira, son mucho más discretos los grandes burdeles (como supermercados: con aparcamiento, aparcacoches...) que están construyendo en las autopistas. Oiga. ¿Qué? ¿Y qué otros tontos hay en el barrio de Carabanchel? Carmen tiene cincuenta y dos años y se le cae la baba: lleva un pañuelo en la cabeza y un mandil alrededor de la cintura: se pasa el día en el estanco. ¿Y qué hace en el estanco? Por la mañana se encarga de Rambo (el perro que mantiene a raya a los atracadores), le da de comer y lo saca a pasear: también echa una mano a Paquita (la dependienta): le friega el suelo, le barre la acera, le va a buscar cambio, le hace la compra de la semana. ¿Y por la tarde? Por la tarde se queda en el estanco con el señor Fernández (el dueño): después de cerrar la coge de una mano y la lleva a la trastienda, le dice que se siente en una silla y se saca la polla por la bragueta: le dice: toma, Carmen, agarra esto, ya verás qué grande se pone. ¿Y Carmen qué hace? Se la agarra. ¿Por qué? Pues por eso, porque se le pone grande y eso le hace mucha gracia. César Ugarte (nada más cumplir los dieciocho años) se sacó el carné de conducir y le pidió el coche a su padre (un Seat 124): todas las tardes (hasta las once y media de la noche) iba a la cuesta de Hermandades y le alquilaba el coche a las parejas: media hora, quince euros, una hora, veinticinco euros: las normas estaban muy claras: dentro del coche no se puede fumar, ni beber alcohol ni consumir ningún tipo de drogas: tampoco se deben tirar al suelo los pañuelos de papel ni los condones usados: la multa por el incumplimiento de alguna de estas normas acarrea un recargo de setenta euros. En la cárcel de Carabanchel (en invierno) hay que ducharse con agua fría: los que peor lo pasan son los enfermos de sida y los seropositivos: si para una persona normal (ducharse con agua helada) es terrible, para un enfermo de sida es algo criminal.
cinco arcones frigoríficos
Petra se enciende otro cigarrillo y sigue pensando: otro problema es la competencia extranjera: esas mujeres han tirado los precios por los suelos: algunas realizan sus servicios por algo más que una propina: a eso se suma que los hombres son tan idiotas que les gusta mucho más irse a la cama con una rumana, con una ucraniana o con una brasileña en lugar de con una española, que no le gusta lo que hace, bien,...




