Llorente | Te quiero porque me das de comer | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 320 Seiten

Llorente Te quiero porque me das de comer


1. Auflage 2014
ISBN: 978-84-15900-53-5
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 320 Seiten

ISBN: 978-84-15900-53-5
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
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La novela negra puede y debe romper algunos moldes: 'Necesita dar un salto al vacío, y una extraña pirueta en el aire. El requisito es no tener ni vértigo ni miedo', dice David Llorente. No podemos estar más de acuerdo. La literatura noir necesita también de autores con propuestas atrevidas, arriesgadas y que miren el género negrocriminal desde nuevos puntos de vista. ¿Qué pasaría si la historia que se cuenta no es una sucesión de hechos consecutivos, sino simultáneos? La simultaneidad no parece patrimonio de la literatura, sino, más bien, de la pintura o del cine, pero si las palabras consiguen contravenir su propia naturaleza y transmitir esa sensación de que todo lo que sucede, sucede a la vez, entonces surge un texto envolvente, casi tridimensional. Proponemos una lectura donde la brutalidad del asesino en serie se ve rodeada de una multitud de historias criminales que, al mismo tiempo que nacen, el narrador las hace desaparecer. No importa quién sea el criminal ni qué tipo de detective lleve a cabo la investigación. Lo que importa es que el asesino existe. Max Luminaria era un chico muy callado. Sacó la mejor nota de selectividad de toda España y decidió estudiar Medicina. Una vez más, fue el mejor en los exámenes; el mejor en las prácticas y el mejor en el quirófano. Se lo rifaban todos los hospitales. No hubo cirujano más preciso ni vecino al que más quisieran los habitantes de Carabanchel. Lo saludaban por la calle. Le daban las gracias. Todos tenían a un familiar al que el doctor Maximiliano Luminaria había salvado la vida. Su vida, fuera del quirófano, era diferente, ¿o a lo mejor no? La realidad es que no podrás, nunca más, sentirte aliviado porque se haya descubierto al asesino, porque, querido lector, los asesinos caminan entre nosotros.

David Llorente nace en Madrid en 1973. En esta ciudad publica las novelas Kira, premio Francisco Umbral de novela corta 1998, y El bufón, premio de narrativa Ramón J. Sender 2000. En el año 2002 se traslada a vivir a Praga (República Checa), donde escribe las novelas Ofrezco morir en Praga y De la mano del hermano muerto, esta última también traducida al checo. En esta ciudad crea el grupo de teatro Séptimo miau, cuyas obras escribe y dirige él mismo. Ha representado por casi todos los países de Europa Central y del Este y ha obtenido diversos premios en varios festivales de teatro internacionales. Algunas de sus obras han salido publicadas en el libro Los árboles dormidos.
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Segunda parte


diez años en la cárcel de Carabanchel


En la cárcel impera la ley del más fuerte: la superpoblación de presos implica una superpoblación de violencia, de enfermedades y de miserias humanas. El doctor Maximiliano Luminaria mandó que (al enfermo) le raparan el cabello del cuero cabelludo y que limpiaran el área en la que se habría de intervenir: luego él mismo realizó la incisión: creó un agujero en el cráneo y extrajo el colgajo óseo: introdujo el tubo quirúrgico equipado con una microcámara de vídeo y unas pinzas y entonces lo vio: el tumor era del tamaño de una pelota de golf. Marcelo Saravia pasó diez años en la cárcel de Carabanchel: en ese tiempo encajó cinco navajazos, agarró tres pulmonías y repelió doce intentos de violación: también se tatuó una letra china en la espalda y se leyó un libro de setenta y siete páginas: a los ocho años (por méritos propios) ingresó en la banda del Montenegrino y a partir de entonces empezó a vivir un poco mejor. La whisquería abre de cuatro de la tarde a siete de la mañana: los clientes suelen ser tipos solitarios (casados: entre treinta y cinco y setenta años) que entran en el local (trajeados) con cara de pedir perdón: pagan una copa y se sientan en alguno de los sillones: entonces aparecen las chicas y les dan (por lo menos) conversación. El doctor Maximiliano Luminaria extirpó el tumor (no parecía que hubiera malignizado: aunque nunca se sabe) y mandó que le hicieran una biopsia: decidió (por si acaso había estado en contacto con algún supuesto cáncer) no cerrar la herida con el mismo hueso, sino hacerlo con una placa de metal: el enfermo se llamaba Francisco Montilla: permaneció (después de la operación) tres días en cuidados intensivos y después lo trasladaron a planta: allí lo tuvieron siete días más: (antes de darle el alta) el doctor Maximiliano Luminaria le dijo que una operación de cerebro no era ninguna tontería y que era posible que sufriera algunas secuelas, como dificultad para hablar, pérdida de movilidad, lagunas en la memoria e incluso algún ataque epiléptico de vez en cuando. En el barrio de Carabanchel abundan los tontos: son seres que deambulan de un lado a otro y que tienen una mirada boba, una mirada de no saber lo que está pasando: Paquito se escapa muy a menudo del HMC (Hospital Mental de Carabanchel): el pobre no es peligroso y por eso apenas lo tienen sometido a ninguna vigilancia: salta la tapia y echa a correr: se dedica a buscar (por todas las calles del barrio) a su madre, que murió hace diez años: Paquito no habla: Paquito entra en un bar y se pone a gritar: dice: ah-a-ah-á, ah-a-ah-á: a veces hasta abraza a los clientes: entonces el camarero señala hacia la puerta de la calle y dice: mira, Paquito, por ahí viene tu madre: y Paquito (con lágrimas en los ojos) sale corriendo a la calle, a buscarla. A los presos más peligrosos no les dejan ni asomarse a la ventana: solamente unos pocos privilegiados (los más veteranos) pueden trabajar en la lavandería o visitar durante diez minutos las zonas de recreo: no les dejan leer el periódico (ni revistas) ni pasear por las áreas exteriores del recinto carcelario: algunos piden que les dejen hacer un poco de ejercicio en el gimnasio (pesas: saco: cuerda): a otros les gustaría cultivar algo, aunque fuera una remolacha o unas tomateras: qué más da: lo importante es estirar las piernas y respirar aire puro. Los videntes entran en acción cuando (después de muchos meses de investigación) tanto la familia como los detectives se agarran ya a un clavo ardiendo: en la oficina de Casimiro Balcells (desde que empezaron a proliferar —en Carabanchel— las niñas desaparecidas) llaman todos los días cientos de personas que aseguran haber tenido visiones: Casimiro Balcells les cuelga el teléfono: no quiere saber nada de ellos. ¿Por qué? Eso mismo le preguntó un día el inspector jefe Carlos Tolosa: le dijo: ¿por qué no te bajas del burro y colaboras un poco con los videntes? En la cuesta de Hermandades han roto las farolas a pedradas: la cuesta de Hermandades está llena de coches aparcados: hasta allí se desplazan las parejas (clandestinas) que no tienen una casa vacía en la que hacer el amor: que no tienen dinero para alquilar una mísera cama en cualquier hotel Love: que tienen miedo (y frío) de hacerlo a la intemperie: (en la cuesta de Hermandades) las parejas echan el asiento hacia atrás y se entregan al dificultoso placer del amor contorsionista: en la cuesta de Hermandades todos los coches están empañados y hay alguno que se mueve con un cachondo vaivén. El puesto de periódicos de la calle Contraluz es algo así como la torre vigía del barrio de Carabanchel: el quiosquero Félix (hemiplejia: abierto de cinco de la mañana a dos y media de la tarde: agosto cerrado) habla con todos los vecinos y observa todo cuanto sucede: a veces saca fotografías: las mejores las pega en un álbum: tiene auténticos tesoros: documentos vivos de la historia del barrio. El doctor Maximiliano Luminaria recibe el reconocimiento de su equipo quirúrgico: se quita la bata y sale del hospital: en la calle todo el mundo lo saluda (hasta luego, doctor: cuídese, doctor: que Dios le bendiga, doctor): entra en el bar de la Pepi y el camarero (Luis, el marido de Pepi) le pone un café con leche y una croqueta de jamón (que no le dejará pagar): se sienta en una mesa (al lado de los lavabos: con cinco o seis vecinos del barrio): opina sobre el tema del que estén hablando: los vecinos (a veces todo el bar) lo escuchan en silencio y le dan tabaco: después (después del café, de la croqueta y del cigarrillo) Max Luminaria sale del bar y camina hacia su nueva casa: se mudó hace un año (quizás un poco más): se fue de la Colonia de los Militares y se compró un piso nuevo enfrente del casino: es un primero: mucho ruido y poca luz: la ventaja es que el piso comunica con un sótano (propio) muy amplio: ideal para lo suyo. La cárcel de Carabanchel es un recinto cerrado en el que pasan las horas sin que haya nada que hacer: eso es muy difícil de aguantar: la droga corre por allí como si fuera agua y todo se vende: todo tiene un precio y un comprador: algunos, cuando les dan la metadona, se la guardan en la boca y después la escupen para venderla: a veces les hacen hablar para asegurarse de que se la han tragado. Dice Casimiro Balcells: mire, inspector, si viene a la comisaría un tipo de esos y me dice que sabe dónde está una de las niñas desaparecidas y yo la encuentro justo donde él me dice, lo primero que hago es detener a ese cabrón y obligarlo a que me explique cómo coño sabía dónde estaba, y más vale que me convenza, porque de lo contrario lo meto en una puta celda por encubrimiento o secuestro o lo que cojones sea: ¿me entiende?: yo soy un policía, joder, mi obligación es agarrarme a los hechos tangibles, de modo que si un tío sabe dónde hay una niña secuestrada o enterrada, es que está de mierda hasta el cuello, no sé si me explico. El negocio de la whisquería conoció tiempos mejores: Petra no dice nada (¿para qué), pero piensa que un burdel de barrio es una contradicción: los clientes son los propios vecinos y la mayoría están casados: ¿quién quiere arriesgarse a que (en el descanso de la película) tu mujer baje a la calle a sacarte de entre los brazos de una puta?: Petra da una calada a su cigarrillo y sigue pensando: aunque parezca mentira, son mucho más discretos los grandes burdeles (como supermercados: con aparcamiento, aparcacoches...) que están construyendo en las autopistas. Oiga. ¿Qué? ¿Y qué otros tontos hay en el barrio de Carabanchel? Carmen tiene cincuenta y dos años y se le cae la baba: lleva un pañuelo en la cabeza y un mandil alrededor de la cintura: se pasa el día en el estanco. ¿Y qué hace en el estanco? Por la mañana se encarga de Rambo (el perro que mantiene a raya a los atracadores), le da de comer y lo saca a pasear: también echa una mano a Paquita (la dependienta): le friega el suelo, le barre la acera, le va a buscar cambio, le hace la compra de la semana. ¿Y por la tarde? Por la tarde se queda en el estanco con el señor Fernández (el dueño): después de cerrar la coge de una mano y la lleva a la trastienda, le dice que se siente en una silla y se saca la polla por la bragueta: le dice: toma, Carmen, agarra esto, ya verás qué grande se pone. ¿Y Carmen qué hace? Se la agarra. ¿Por qué? Pues por eso, porque se le pone grande y eso le hace mucha gracia. César Ugarte (nada más cumplir los dieciocho años) se sacó el carné de conducir y le pidió el coche a su padre (un Seat 124): todas las tardes (hasta las once y media de la noche) iba a la cuesta de Hermandades y le alquilaba el coche a las parejas: media hora, quince euros, una hora, veinticinco euros: las normas estaban muy claras: dentro del coche no se puede fumar, ni beber alcohol ni consumir ningún tipo de drogas: tampoco se deben tirar al suelo los pañuelos de papel ni los condones usados: la multa por el incumplimiento de alguna de estas normas acarrea un recargo de setenta euros. En la cárcel de Carabanchel (en invierno) hay que ducharse con agua fría: los que peor lo pasan son los enfermos de sida y los seropositivos: si para una persona normal (ducharse con agua helada) es terrible, para un enfermo de sida es algo criminal.

cinco arcones frigoríficos


Petra se enciende otro cigarrillo y sigue pensando: otro problema es la competencia extranjera: esas mujeres han tirado los precios por los suelos: algunas realizan sus servicios por algo más que una propina: a eso se suma que los hombres son tan idiotas que les gusta mucho más irse a la cama con una rumana, con una ucraniana o con una brasileña en lugar de con una española, que no le gusta lo que hace, bien,...



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