E-Book, Spanisch, 376 Seiten
Reihe: Ensayo
Lorde Zami
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-126200-7-8
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Una nueva forma de escribir mi nombre
E-Book, Spanisch, 376 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-126200-7-8
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Escritora afroamericana, feminista, lesbiana y activista por los derechos civiles. Después de graduarse en Literatura y Filosofía en el Colegio Hunter (1951) asistió a la Universidad Hunter entre 1954-1959. Su obra más conocida es 'La hermana, la extranjera'. Tras pasar por la experiencia del cáncer de mama y reflexionar sobre las discriminaciones sufridas por las mujeres publicó en 1981 'Los diarios del cáncer'. Fue cofundadora de The Kitchen Table-Women of Color Press y codirectora del periódico lésbico Chrysalis. En 1961 recibió su Master en bibliotecología de la Universidad de Columbia. Trabajó durante varios años como bibliotecaria. Se casó con Edward Rollins y tuvo dos hijas. Se divorciaron en 1970. Recibió un subsidio de NEA en 1968 y fue contratada como 'poeta residente' por el Tougaloo College donde conoció a quien fue su pareja durante diecinueve años, Frances Louise Clayton. En 1968 publicó su primer libro de poesía, 'The First Cities'. En 1978 comenzó a trabajar como profesora de inglés. Murió el 17 de noviembre de 1992 en Sain Croix.
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01
Los habitantes de la isla de Granada y los de Barbados caminan como los de los pueblos africanos. Los de Trinidad, no.
Cuando visité la isla de Granada, comprendí de dónde emanaban los poderes de mi madre caminando por las calles. Pensé: esta es la tierra de mis antepasadas, de mis madres precursoras, aquellas mujeres isleñas Negras que se definían a sí mismas por lo que hacían. «Las mujeres isleñas son buenas esposas; pase lo que pase, saben salir del atolladero». Las aristas africanas se suavizan en esas mujeres que se contonean por las calles tibias de lluvia con una delicadeza arrogante cuya fuerza y vulnerabilidad se ha grabado en mi memoria.
Mi madre y mi padre llegaron a este país en 1924, cuando ella contaba veintisiete años de edad y él veintiséis. Llevaban un año de casados. Ella mintió a los funcionarios de inmigración acerca de su edad porque sus hermanas, que ya estaban aquí, le habían escrito que los estadounidenses querían mujeres fuertes y jóvenes capaces de trabajar para ellos y Linda temía ser demasiado mayor para encontrar empleo. ¿Acaso no la tenían ya por una solterona en casa cuando por fin contrajo matrimonio?
Mi padre consiguió un empleo como peón en el antiguo Waldorf Astoria, en el lugar donde hoy se levanta el edificio del Empire State, y mi madre trabajaba allí como camarera de habitaciones. El hotel cerró por demolición y ella consiguió un empleo de fregona en un salón de té en el cruce de la Columbus Avenue con la calle 99. Se marchaba a trabajar antes del alba y hacía faena durante doce horas al día, siete días a la semana, sin pausas ni días libres. El dueño le dijo a mi madre que ya se podía dar por contenta con tener un empleo porque normalmente el establecimiento no contrataba a chicas «hispanas». Si el propietario hubiera sabido que Linda era Negra, nunca la habrían contratado. En el invierno de 1928, mi madre enfermó de pleuresía y casi se muere. Durante la enfermedad de mi madre, mi padre fue a recoger sus uniformes del salón de té para lavarlos. Cuando el dueño lo vio, se dio cuenta de que mi madre era Negra y la despidió inmediatamente.
En octubre de 1929 nació el primer bebé al tiempo que se derrumbaba la bolsa, y el sueño de mis padres de regresar a casa quedó postergado. Durante años permanecieron vivas algunas chispitas secretas de aquel sueño, reflejadas en el afán de mi madre por seguir yendo a por frutas tropicales «debajo del puente», en su utilización de lámparas de queroseno, en su máquina de coser con pedal, en sus bananos fritos y en su amor al pescado y al mar. Atrapada. Era tan poco lo que en realidad sabía de aquel país forastero. Cómo funcionaba la electricidad. La iglesia más cercana. En qué lugar se distribuía gratuitamente leche para bebés a través del Free Milk Fund for Babies[1] y a qué hora —aunque no nos dejara beber de caridad.
Sabía cómo había que arrebujarse para luchar contra el despiadado frío. Sabía de las Paradise Plums, aquellos caramelos duros de forma ovalada, de color rojo cereza por un lado y amarillo piña por el otro. Sabía en qué tiendas antillanas de Lenox Avenue las vendían, conservadas en tarros de cristal inclinados colocados sobre los mostradores. Sabía lo mucho que las Paradise Plums les tentaban a los niñitos privados de chucherías, y lo importante que eran para que se mantuviera la disciplina durante las largas expediciones de los días de compra. Sabía exactamente cuántos de aquellos dulces importados se podían chupar y pasear por la boca antes de que la nefasta goma arábiga, con sus gránulos de acidez británica, desgarrara el tejido rosa de la lengua y produjera una erupción de granitos rojos.
Sabía cómo se mezclaban los aceites esenciales para curar los cardenales y los sarpullidos, y cómo había que deshacerse de los trozos de uñas cortadas y de los cabellos que quedaban en el peine. Cómo encender velas antes del día de Todos los Santos para mantener alejados a los soucoyants, que les chupan la sangre a los bebés. Sabía bendecir los alimentos y santiguarse antes de las comidas, y decir oraciones antes de dormir.
Nos enseñó una, dedicada a la Virgen, que nunca aprendí en la escuela:
Virgen María, llena de gracia, recuerda que nunca se ha sabido de nadie que, habiendo buscado tu protección, implorado tu ayuda o requerido tu intercesión, haya quedado sin atender. Inspirada por esa confianza, busco ahora tu protección, dulce madre, acudo a ti y ante ti me presento con mis pecados y mis pesares. Oh, madre del verbo encarnado, no desoigas mi plegaria y, en tu clemencia y en tu misericordia, escúchame y contéstame ahora.
De niña, recuerdo oír con frecuencia a mi madre pronunciar esas palabras en voz muy baja, casi en un susurro, cada vez que se enfrentaba a alguna nueva crisis o desastre: la puerta de la nevera que se había estropeado, la luz que nos habían cortado, mi hermana que se había abierto el labio de una caída patinando con unos patines prestados.
Mis oídos infantiles escuchaban aquellas palabras y sopesaban los misterios de aquella madre a la que mi madre, austera y de carne y hueso, podía susurrarle tan hermosas palabras.
Mi madre también sabía cómo asustar a sus hijas para que se comportaran en público. Sabía cómo hacernos creer que la única comida que quedaba en casa era en realidad un plato exquisito, preparado con esmero.
Sabía cómo hacer de la necesidad virtud. Linda echaba de menos el romper de las olas contra el malecón al pie de Noel’s Hill, la ondulada y misteriosa ladera de Marquis Island que surgía en medio del agua a menos de un kilómetro de la costa. Echaba de menos los pájaros mieleros de ágil vuelo y los árboles y el áspero aroma de los helechos arborescentes que bordeaban la carretera que bajaba a Grenville Town. Echaba de menos la música que no era preciso escuchar porque siempre se oía por doquier. Y más que nada, echaba de menos las travesías en barco que ocupaban todo el domingo, cuando iba a visitar a su tía, Aunt Anni, en Carriacou.
En Granada, la gente tenía canciones para todo. Había una canción para el estanco de tabaco, que era parte de los grandes almacenes y que Linda había regentado desde los diecisiete años de edad.
Los tres cuartos de una cruz
Y un círculo completo
Se cruzan dos semicírculos y una perpendicular
Era un estribillo para que quienes no sabían leer pudieran identificar la palabra TOBACCO.
Para cualquier tema había una canción; incluso había una sobre ellas, las chicas Belmar, que siempre miraban un poco por encima del hombro. Y en la calle no convenía hablar demasiado alto de los asuntos privados porque, de lo contrario, cabía el riesgo de que al día siguiente tu nombre se oyera a la vuelta de la esquina en la letra de una canción. En casa, Sister Lou le había enseñado a desaprobar, por vulgar y vergonzosa, aquella deplorable costumbre que tenía la gente de hacer canciones sobre cualquier cosa, impropia de una muchacha decente.
Pero ahora, en aquel frío y estentóreo país llamado América, Linda echaba de menos la música. Incluso echaba de menos la tabarra que daban los clientes los sábados por la mañana, con sus propósitos vulgares pronunciados arrastrando las palabras cuando volvían a casa de beber ron en el bar, dando tumbos.
Sabía de comida. Pero ¿de qué le servía en aquel país de locos en el que vivía, donde la gente cocinaba una pata de cordero sin lavar antes la carne y ponía a asar hasta la carne de buey más dura sin agua ni tapadera? Para ellas, la calabaza no valía más que para decorar fiestas de chiquillos, y trataban mejor a sus maridos de lo que cuidaban a sus hijos.
No sabía orientarse por las galerías del Museo de Historia Natural, pero sabía que aquel era un buen lugar para llevar a las criaturas si una quería que se instruyeran. Siempre sentía aprensión cuando iba allí con sus hijas, y se pasaba la tarde pellizcando a una o a otra en la parte carnosa del brazo. En teoría era porque no nos portábamos bien, pero el verdadero motivo era que, por debajo de la visera bien tiesa de la gorra del vigilante del museo, alcanzaba a ver unos ojos azul pálido clavados en ella y en sus hijas, como si oliéramos mal, y aquello la asustaba. Aquello era una situación que no era capaz de controlar.
¿Qué más sabía Linda? Sabía escrutar la cara de las personas y predecir lo que iban a decir antes de que lo hicieran. Sabía qué pomelo era sanguino y rosado antes de que estuviera maduro, y lo que había que hacer con los demás, es decir, echárselos a los cerdos. Solo que no tenía cerdos en Harlem y que a veces esos eran los únicos que se podían encontrar. Sabía cómo evitar que se infectaran los cortes o las heridas abiertas calentando una hoja de olmo silvestre sobre...




