Lozano | El proxeneta | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 352 Seiten

Lozano El proxeneta

La historia real sobre el negocio de la prostitución
1. Auflage 2017
ISBN: 978-84-17077-16-7
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

La historia real sobre el negocio de la prostitución

E-Book, Spanisch, 352 Seiten

ISBN: 978-84-17077-16-7
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Mabel Lozano cuenta por primera vez la verdadera historia de lo que hay detrás de la prostitución de la mano de un testigo privilegiado, Miguel, apodado el Músico, un proxeneta que ha confesado con pelos y señales cómo ha evolucionado el negocio de la prostitución en España y todo el mundo, desde principios de los años noventa hasta hoy, con el lucro de la trata y secuestro de mujeres de deuda a las que su única salida era la prostitución. El Músico pasó de portero de un club a los diecisiete años, donde conoció a sus dos futuros socios -un camarero y un macarra-, a ser un todopoderoso jefe de la mafia y dueño de doce de los macroburdeles más importantes de España. Nada más y nada menos que capo de una red organizada y sin escrúpulos con un único objetivo: exprimir crónicamente a mujeres de todo el mundo -más de 1.700, incluido menores- para que se prostituyeran y les reportaran sumas insospechadas de beneficios. Sexo, corrupción, asesinatos, trata de seres humanos, lavado de dinero, secuestros, extorsiones. La historia real de hechos probados en sentencias firmes sobre los más importantes proxenetas de nuestro país. Un relato jamás contado, apasionante y único sobre el crimen organizado que mueve los hilos de la prostitución. 'Cualquier víctima ha de ser oída siempre en primera persona, con la atención, empatía y sensibilidad que nos expresa Mabel a través de sus voces'. Flor de Torres Porras, El País

Productora, guionista y directora de cine con compromiso social. Lo que configura la problemática central de su cine es la figura de la mujer y los derechos humanos. En el 2005 dirigió su primer largometraje documental, Voces contra la trata de mujeres, que se convirtió en una herramienta de formación para las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y los distintos agentes que trabajan para combatir este delito. Experta panelista, imparte cientos de conferencias sobre trata de seres humanos en las mejores universidades nacionales e internacionales, como también en colegios e institutos de secundaria dirigidas a informar y sensibilizar a los más jóvenes, utilizando el cine como vehículo de transformación social. En el 2015 estrena su quinto largometraje documental, Chicas Nuevas 24 Horas, sobre el lucrativo negocio de la compraventa de mujeres y niñas. Rodado en cinco países, este documental ha dado la vuelta al mundo, cosechando innumerables premios y reconocimientos, tanto en el ámbito cinematográfico -nominado a los premios Goya y a los Platino- como en el social, tanto para el documental como a su directora.
Lozano El proxeneta jetzt bestellen!

Autoren/Hrsg.


Weitere Infos & Material


Capítulo 2


LOS AMOS DE LA PROSTITUCIóN Y LA TRATA



Cuando abrimos el primer negocio, mis socios —el Chepa y el Dandy— y yo ya llevábamos más de once años juntos. Después de haber coincidido muchas veces en el mismo local trabajando, nos conocíamos y nos respetábamos. Incluso nos llevábamos bien, pese a ser tan diferentes. Yo llevaba mucho tiempo con ganas de montar mi propio negocio. Quería poner en practica todo lo que mi mentor me había enseñado del ambiente. Y asociarme con ellos me proporcionaba la oportunidad. Ellos dos, mis socios, eran familia. Primos segundos, en concreto. Y además compartían otro negocio en Albacete: un pequeño club que habían abierto un año antes en compañía de un chulo andaluz —muy mala gente, por cierto— apodado , antes macarra, y ahora reconvertido en tratante de mujeres brasileñas.

Llegué a la Mancha en agosto de 1994, con las primeras luces del día. A pesar de la hora tan temprana hacía mucho calor en ese verano típico manchego, seco y sofocante. Fue un viaje muy largo en tren, casi una jornada completa. En la pequeña estación de Valdepeñas me esperaba con su coche el Chepa. Tanto él como el Dandy ya habían estado con anterioridad en el lugar para echar un vistazo al local que albergaría nuestro futuro negocio. Salimos hacia las afueras del pueblo, rumbo a una zona totalmente despoblada. El Chepa detuvo el vehículo en un descampado, bajamos y entonces vi el club. Se me cayó el alma a los pies. Pero ¿qué era aquello? Me dieron ganas de salir corriendo y no parar hasta llegar de nuevo a Barcelona, o más allá... Pero no me iba a rendir tan fácilmente.

El club que íbamos a regentar estaba situado a las afueras del pueblo de Valdepeñas. Era un de mala muerte que no tenía nada que ver, ni de lejos, con los elegantes locales en los que había trabajado en Cataluña, esos lugares donde me profesionalicé y en los que aprendí todo del mundo de la noche.

Era un club pequeño, con tan solo diez habitaciones. Tenía el tejado de uralita y una sola planta, cuadrada, y muy mal distribuida. Al entrar, recibías una terrible bofetada de mal olor, un tufo mezcla de humanidad y tabaco que te echaba para atrás.

En un lateral, divididas por un estrecho y oscuro pasillo, estaban las pequeñas habitaciones. Disponían de un lavabo, una ducha, una silla y una cama de noventa centímetros. El salón estaba pintado de azul manchego —ese añil tan característico— y blanco, aunque este último color aparecía ya amarillento por la cantidad de nicotina acumulada. El suelo era de un vasto terrazo gris perla y se encontraba alfombrado por cientos de colillas. Unos toscos fluorescentes de colores amarillos, verdes y rojos iluminaban el lugar. Eso sí, como en todo buen club que se preciara, el salón contaba con media docena de grandes espejos, estratégicamente colocados. Unos espejos que no servían para que las mujeres, o los clientes, se atusaran las melenas o comprobaran si estaban guapos; servían para observar todo lo que ocurría dentro del salón. Te permitían ver desde cualquier ángulo del local, sin necesidad de contemplar directamente a la persona a la que estuvieras controlando.

Como el club estaba situado en medio de un gran descampado, completamente salvaje, sin asfaltar, los días de lluvia —muy escasos en verano, por suerte— se convertía en un inmenso barrizal.

Después de pulverizar litros de ambientador para neutralizar el mal olor, y adecentarlo un poco, repartimos los distintos quehaceres entre los tres; el Chepa se encargaría de la contabilidad y de los trabajadores, el Dandy de suministrar mujeres de macarras —que ya no encontraban plaza— y, por último, yo me encargaría de la seguridad, relaciones públicas con clientes, macarras y policías.

El pueblo al que pertenecía el club era Valdepeñas, un pueblo vitivinícola, agrícola en general, en el que los habitantes del lugar, mayoritariamente, vivían del campo. Hacía casi cuatro años que no llovía apenas en la zona, así que la economía no andaba muy boyante.

Mi mentor hubiera dicho que aquel no era un lugar para abrir un club, porque los vecinos no tenían dinero para vicios y el pueblo no parecía estar para fiestas.

Muy cerca de nuestro también había otros clubes de la competencia, cuatro en total, con una separación entre ellos de dos kilómetros. Estos negocios estaban siendo extorsionados desde hacía años por unos gitanos del ambiente, también macarras, pero, sobre todo, abusones. Se dedicaban a extorsionar a los propietarios de los clubes con un impuesto diario, que era el salvoconducto para poder abrir las puertas del local y poder vender copas y alquilar mujeres. Cuando los abusones hacían la para obtener el cobro del impuesto, no solo no pagaban las consumiciones, sino que ellos mismos se ponían detrás de la barra para servirse sus propias copas.

La zona, además, estaba siendo controlada y esquilmada por unos —guardias civiles— de la última promoción de la Dictadura, acostumbrados también a pasar todas las semanas a por , su astilla de dinero, que exigían con mucha chulería y despotismo.

Desde luego, aquellas no eran las mejores condiciones para abrir un club. Pero, con todo, lo abrimos.

Los macarras amigos que nos cedían sus mujeres lo hacían por tan solo una semana, porque allí no entraban ni las moscas. Disponíamos de cinco o seis como máximo y, además, el material era de tercera: la mujer que no era drogadicta estaba ya más que entradita en años. Hubo una semana que nos quedamos sin ninguna mujer y el Dandy trajo a una de las suyas. Concretamente a la Basy, a la que yo conocía muy bien desde hacía años; de hecho, como ya he contado, fue gracias al altercado con sus nalgas que el Dandy y yo empezamos a ser amigos. Esta mujer era de toda confianza, pero, como siempre, su le mintió diciéndole que venía como mami —encargada de las mujeres— y no a ejercer; pero, claro, cuando no había chicas en el salón, Basy era la única que podía ofrecerse a los pocos parroquianos que entraban en el local, así que le tocaba trabajar. Y ella lo hacía, porque hubiera hecho cualquier cosa por el Dandy. Jamás vi a nadie tan enamorado como lo estaba ella de su macarra, a pesar de que este la maltratara.

Lo único bueno de esta situación tan precaria fue que el antiguo dueño del local nos lo cedió sin coste alguno. Tenía que cerrarlo, así que le daba igual. De esta manera, al menos lo tenía vigilado, limpio y, encima, le deberíamos un favor por habernos dejado gratis tan .

El Chepa iba y venía de Valdepeñas, porque también tenía que atender su otro negocio de Albacete, ese club que más o menos se defendía con las mujeres que el Toño le suministraba. De vez en cuando, el Chepa aparecía por el nuestro para ver cómo íbamos y si por fin terminaba de arrancar. El Dandy, más o menos lo mismo. Tampoco paraba mucho por allí, porque igualmente tenía que atender a sus otras colocadas en distintos clubes. Así que yo estaba casi siempre solo y toreaba como podía a los gitanos y a los , que a pesar de la apurada situación no perdonaban su cuota de participación en .

A los tres meses de abrir las puertas, cerramos. El club era una auténtica ruina.

Esas Navidades las pasé con mi hermana, en Barcelona. A Ana le conté mi corta pero intensa aventura empresarial. Le narré con pelos y señales las anécdotas de los gitanos, empezando por aquel primer día en que se presentaron en el club para cobrar:

—Eran diez adultos y un gitanillo menor de edad —le contaba—. El chiquillo era muy bajito y de cabello muy largo. El resto de los gitanos adultos tenían tal pinta que ni Curro Jiménez les hubiera contratado para su cuadrilla de bandoleros, por miedo a que le robaran y cortaran el gaznate mientras dormía. Una vez dentro del club, los adultos jaleaban al menor para que este sacara una pequeña pistola que llevaba en el cinturón. Con risas, gritos y aplausos auparon al niño y lo depositaron encima de la barra del bar. El gitanillo, feliz con el arma en la mano, apuntaba aquí y allá, haciendo al mismo tiempo el ruido de los disparos con la boca: «¡Pum, pum, pum!». «Maestro» —me dijo el patriarca gitano—, «¿te han dicho cómo funciona esto? Pues yo te lo voy a explicar. Nosotros no pagamos ninguna consumición y, además, cada día viene mi muchacho, este —dijo, señalando a un guaperas de melena larga y lacia—, el Pinocho, y tú le pagas cinco mil pesetas... ¡Y sin tardar!, rapidito, que mi Pinocho no es de esperar».

También compartí con mi hermana el suceso con los y le conté cómo entraban dentro de la barra y cómo ellos mismos también se servían sus copas. Estos exigían una pequeña mordida a cambio de no reclamar la documentación de las mujeres; pero como apenas teníamos ninguna trabajando, tampoco podían demandar mucho...

Mi hermana se lo pasaba en grande con mis imitaciones de los dos tipos de cobradores, y yo disfrutaba imitándolos, pero ella me conocía bien y sabía perfectamente que no me rendiría y que regresaría a Valdepeñas. Ana sabía que mi ilusión era regentar mi propio negocio para aplicar las enseñanzas de mi mentor, deseaba dejar de ser un títere como había sido toda mi infancia y adolescencia, para ser el y bailar al son de mi propia música. No se equivocaba, una vez pasadas las fiestas navideñas volví, pero no sin antes hablar con mis socios y convencerlos de que lo intentáramos de nuevo. Tenía claro el discurso:

—El...



Ihre Fragen, Wünsche oder Anmerkungen
Vorname*
Nachname*
Ihre E-Mail-Adresse*
Kundennr.
Ihre Nachricht*
Lediglich mit * gekennzeichnete Felder sind Pflichtfelder.
Wenn Sie die im Kontaktformular eingegebenen Daten durch Klick auf den nachfolgenden Button übersenden, erklären Sie sich damit einverstanden, dass wir Ihr Angaben für die Beantwortung Ihrer Anfrage verwenden. Selbstverständlich werden Ihre Daten vertraulich behandelt und nicht an Dritte weitergegeben. Sie können der Verwendung Ihrer Daten jederzeit widersprechen. Das Datenhandling bei Sack Fachmedien erklären wir Ihnen in unserer Datenschutzerklärung.