E-Book, Spanisch, 258 Seiten
Reihe: eMilenio
López López Agujeros en la luna
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19884-00-8
Verlag: Milenio Publicaciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 258 Seiten
Reihe: eMilenio
ISBN: 978-84-19884-00-8
Verlag: Milenio Publicaciones
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Antonio López López nació en Sabiñánigo (Huesca) 1951. Con algún intervalo en la administración educativa, casi toda su vida profesional se ha desarrollado en el ámbito de la enseñanza de las ciencias. Ha publicado varios libros de texto y ensayos de divulgación, así como artículos y colaboraciones en prensa local y revistas. Destacan L'Herència de Prometeu, lectures de medi ambient, (Pagès editors, Lleida 1993) finalista del premi d'assaig Josep Vallverdú 1992 y Educadors o predicadors, escenaris de l'educació ambiental, Pagès Editors Lleida 2001, ganadora del IV Premi Batec a la renovació i innovació educatives, 2000.
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I
Eutimio Basarán nació infanzón. En la montaña aragonesa, o eras infanzón o no eras nadie. Tal vez por eso casi todos los hombres afirmaban serlo: unos por herencia, otros por hechos de armas y la mayoría por ganas. Lo que no tenían todos era el relumbrón que daba un artefacto de madera con tripas de metal como el que presidía la sala principal de los Basarán de Angostera. Se decía que aquel reloj de pie, llegado de Francia a lomos de un contrabandista poco después de que inventaran los relojes, ya daba las horas, las medias y los cuartos mucho antes de que la gente común dejara de medir el tiempo con el canto de los gallos y las puestas de sol.
La costumbre dictaba que las personas importantes de aquellos valles llevaran capa y se cubrieran el pañuelo coronario con un chambergo de ala ancha, que igual podía servir de parasol que de paraguas. Años atrás, los ilustrados habían provocado un levantamiento popular por prohibir en Madrid un atuendo parecido, pero en Aragón se mantuvo como señal de respeto, aunque no muy distintiva, habida cuenta de que todos habían acabado vistiéndose igual para no parecer menos que el vecino. Pero Eutimio Basarán solo se cubría con la boina escarlata carlista, que no se quitaba ni para dormir. En cualquier caso, los Basarán de Angostera no eran unos infanzones cualesquiera: no solo habían sido los primeros en tener un reloj de pie francés, sino que vivían aparte de los demás, en una pardina separada de la villa de Angostera que en otros tiempos fue castillo.
Por si fuera poco, Eutimio juraba que el pretendiente don Carlos lo había nombrado barón y que eso era más que infanzón, pero que como ya estaban al final de la primera carlistada no hubo tiempo para escribir credenciales. Ni falta que hacía, pues la palabra de un rey, añadía, contaba más que todos los papeles y gacetas juntas. También aseguraba haber sido ascendido a brigadier por su entrega heroica a la Causa. Por supuesto, nadie se atrevía a decirle que no pasó de capitán: si la palabra de un rey era sagrada, la de un montañés solamente podía ser discutida en el campo del honor. Hasta encargó papel de escribir con cabeceras a imprenta:
Eutimio Basarán
Brigadier de los ejércitos de Don Carlos
Barón de Angostera
Aun así, Eutimio no tenía porte de aristócrata. Era un tipo agreste, de costumbres plebeyas, un cacique rural mal avezado a los salones al que le gustaba comer con los criados: así podía elegir las mejores piezas del puchero, untar pan, chuparse los dedos, beberse el vinagre del plato y eructar sin tener que afrontar los gestos de reprobación de su esposa Evangelina, que intentaba a toda costa imponer normas de buena crianza a sus siete hijas. Pocas, pero claras: las señoritas debían almorzar a diario en la sala, usar bien los cubiertos, mantener la espalda erguida y no hablar sin permiso. Eutimio, que solo entraba en el comedor para dar cuerda al reloj de pie, se mantenía ajeno a todas aquellas ceremonias, salvo que fuera fiesta de guardar o que hubiera invitados.
Precisamente aquel día era domingo de Pascua y estaba convidado a comer mosén Felipe, el párroco de Angostera, quien subía un par de veces al año a decir misa en la capilla familiar.
Entre los caciques montañeses, solo Eutimio Basarán había conservado la vieja costumbre de hacer celebrar algunas misas en privado. Por más que en aquellos valles no hubo casa de importancia que no mantuviera capilla, capellán y ornamentos, los señores habían comenzado a compartir los oficios religiosos con el pueblo llano tan pronto como llegaron los primeros vientos liberales, acudiendo a las misas dominicales de las parroquias del brazo de sus esposas junto a un cortejo de familiares y sirvientes. Cuantos más, mejor: no fuera que se acortaran las distancias sociales por falta de séquito. Por la misma razón, los protocolos de colocación de los fieles en la misa de once servían para distinguir a los verdaderos caballeros de los infanzones dudosos, y a estos, de aparceros y criados.
Los de los primeros bancos, además de dictar al párroco alguna que otra homilía, eran quienes establecían cuál era el orden natural de todo lo que sucediera en Angostera. A la salida de misa los hombres se distribuían por la plaza formando círculos para que los de más mando recibieran peticiones y, en días señalados, repartieran algunas monedas: a unos sí y a otros no, que nunca iba mal alimentar las diferencias entre quienes cualquier día pudieran llegar a creerse iguales. Mientras tanto, las señoras de más brillo se reunían con la boticaria en la trastienda de la farmacia, vaciando cada domingo no menos de dos botellas de aguardiente de Colungo, brebaje peleón cuya fama terapéutica siempre superó en los Pirineos a la de la mismísima agua del Carmen.
La familia Basarán, la única con derecho a reclinatorio frente al altar, tampoco renunciaba a significarse en aquellas citas dominicales. Su llegada, en dos calesas tiradas por yeguas bien emperifolladas, era uno de los pocos espectáculos que entretenían el tedio de los domingos. Pero por Pascua y Navidad, quieras que no, era el párroco quien subía a decir misa a la pardina, dejando al coadjutor la tarea de atender a los feligreses de la villa.
Aquel día Evangelina buscaba romper la cuaresma con un refinamiento que corrigiera la habitual rudeza de su esposo. Había ordenado preparar los mejores manjares: caldo de gallina, canelones italianos y ternasco asado en el horno de hacer pan. Y de postre mazapanes de Huesca y pasteles de Olorón regados con vino dulce de Jurançon. Se dispuso la mesa con manteles de lino, cubertería de plata y vajilla de porcelana y cristal. Y un sitial reforzado por el carpintero para que mosén Felipe pudiera ajustar todo el cuerpo sin riesgo de que sus más de diez arrobas se desparramaran.
Como cada año, el amo dio la señal de partida:
—Mosén Felipe, le corresponde a usted bendecir la mesa. ¡Y que sea en latín! No haga como esos curas liberales, que algún día ¡hasta las misas las acabarán recitando en lenguas vernáculas!
Felisa Aquilué, la criada, estaba sirviendo a los comensales en el orden habitual, según jerarquía y edad. Solo cuando llegó a Orosia, la menor de las hijas, arrancó el capellán con su Domine, qui ineffabile providentia haec cibaria disposuisti, concede nos mereri Caeli convivium, per Christum, Dominum Nostrum.
La recitación apresurada del sacerdote, al cual le apremiaba más el hambre que la devoción, convirtió la plegaria en un galimatías ininteligible. Pero aún no había pronunciado el amén cuando Orosia Basarán, que andaba loca buscando el momento para anunciar la novedad, decidió arruinar el banquete. El sexo y la edad la relegaban al último lugar en aquella sala, pero ella sabía muy bien que, si perdía aquella ocasión, ya no habría otra. De poco sirvió el aviso de la madre, que quiso atajar a tiempo la insolencia de su hija:
—Cuando hay convidados, ¡las niñas no hablan hasta que no les pregunten!
Orosia ignoró la advertencia, mascando cada palabra para asegurarse de que todo el mundo la oía, usando ese rebuscado tono intrascendente con el que la nobleza a la que creía pertenecer solía abordar los más ásperos asuntos: como si aquello no fuera del todo con ella.
—Felisa, me vendría bien que echaras una yema de huevo en la sopa: creo que estoy encinta.
El ruido de las cucharas contra la loza se detuvo en seco. Y el reloj de pie ocupó el lugar de las palabras, perturbando aquel silencio con un tictac desesperante. Mientras tanto, por si acaso, Felisa protegía la sopera: ella sabía por experiencia que las trifulcas familiares siempre acababan con la servidumbre limpiando los restos de la batalla.
Solo Evangelina, afirmada en su papel de señora de la casa, se atrevió a romper el suspense, queriendo evitar la inminente embestida de su esposo:
—Una señorita bien educada no habla en la mesa, y menos de asuntos de mujeres: ¡los hombres no entienden de estas cosas!
—Y tampoco sé quién es el padre —insistió Orosia, rehusando la eventual protección que su madre le ofrecía.
Don Eutimio Basarán, requeté de primera hora, presunto barón de Angostera y autoproclamado brigadier del ejército perdedor de todas las batallas, estaba a punto de tomar cartas en el asunto. Dada su aversión hacia cualquier tipo de novedad, en casos así, lo aconsejable hubiera sido hacerse invisible. Pero allí no había otro lugar para esconderse que los inseguros adentros de cada cual.
Recién acabada la guerra y licenciada la tropa, el grueso de la oficialidad carlista había aceptado integrarse en el ejército regular o pasar al retiro con una pensión honrosa, mientras los más recalcitrantes marchaban al exilio. Eutimio Basarán, sin embargo, decidió proseguir la lucha por su cuenta, atrincherándose en lo que quedaba del viejo señorío de Angostera sin más recursos que sus rentas ni más protección que la que se concede a quienes son tomados por locos. Las autoridades no reparaban en que ostentara los hábitos e insignias de un general y se tocara con la boina roja, prohibida por el general Espartero en todo el territorio nacional. Tampoco se molestó nadie en comprobar si era cierto que acumulaba armas y municiones, o si a veces daba refugio a partidas de bandoleros que él consideraba miembros de su tropa particular de fieles requetés. A los ojos de los mandamases, Eutimio acabó siendo un perturbado, tanto por sus excentricidades como por su tendencia a ver enemigos por todas partes. Pero, para quienes...




