López Páez | El solitario Atla´ntico | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 132 Seiten

Reihe: Letras Mexicanas

López Páez El solitario Atla´ntico


1. Auflage 2023
ISBN: 978-607-16-7867-6
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, 132 Seiten

Reihe: Letras Mexicanas

ISBN: 978-607-16-7867-6
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
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Jorge López Páez describe en esta novela los juegos de la vida infantil en una ciudad pequeña de provincia: cazar caballitos del diablo, construir represas, etc. Juegos que, con las naturales variaciones de lugar, quedamos de alguna manera condenados a seguir repitiendo a lo largo de nuestra vida, cuando se pasa a formar parte del mundo extraño de los adultos.

Jorge López Páez (1922-2017) fue un narrador veracruzano leal a su ingenio literario. Escribió novelas cortas y cuentos. Se dio a conocer con El solitario Atlántico (1958); tiempo después publicó Los invitados de piedra (1961) y Hacia el amargo mar (1965), títulos que destacan dentro de su obra. Coordinó talleres literarios y colaboró en varias publicaciones. Entre otras distinciones, recibió los premios Xavier Villaurrutia y Mazatlán de Literatura. El FCE también ha publicado Mi hermano Carlos, Doña Herlinda y su hijo y otros hijos, El nuevo embajador y otros cuentos, El chupamirto y otros relatos y ¡A huevo, Kuala Lumpur!
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I


ME ASOMÉ a la ventana. Anaez no estaba en la suya, enfrente. Vi hacia abajo: tampoco estaban los enemigos, los Aragones. Para arriba, no se veía una sola alma. La calle, ahogada de sol, se estrechaba a lugares remotos. Tomé el caracol que estaba en el vano de la ventana y oí el ruido del mar. Luego pensé en el río, en las pozas, en la represa de la planta de luz. Vi la ciénega, es un decir ciénega, pero para nosotros era la ciénega. En la cuadra de arriba se reventaba la cañería del agua y durante días, semanas o meses corría un arroyito en medio de la calle. Abajo, entre mi casa y la de los Aragones, había un plano, ahí se encharcaba y corría entre mil y un canalitos a través de la yerba. A todo este último tramo le llamábamos la ciénega. Al verla, inmediatamente me fui al costurero de mi madre, tomé un hilo blanco, del más grueso que hallé. Un tallo de bambú me sirvió de caña. Al salir volví a mirar la ventana de Anaez; no se había asomado todavía y ya era la hora acostumbrada. Sobre la ciénega revoloteaban muchas mariposas blancas e infinidad de ochenta y ochos. Así las llamábamos a unas mariposas oscuras y de dibujos caprichosos, que en la parte inferior de las alas tienen dos 88. Estas mariposas no tenían ningún valor. Mojé el hilo y me puse al acecho de los caballitos del diablo. Rápidamente dejaba caer el hilo húmedo sobre alguno de ellos; ya inmóvil, lo tomaba intacto y vivo con la mano. Ese día no llevaba ninguna caja para guardarlos, así que metí, los primeros dos, de los pequeños y azules, de los flacos, como solíamos llamarlos, en la bolsa de mi camisa. Sus frágiles alas y sus patitas me hacían cosquillas. Es cierto que los caballitos del diablo azules estaban considerados como los de última categoría, pero en ese momento no había nadie con quién medir habilidades. Un azul y un negro estaban aparejados, subían y bajaban, sin detenerse en lugar alguno. Por fin se detuvieron en un promontorio, di un paso, otro, y me hundí en el lodazal. Ahora ya nada me importaba. Tiré el hilo como a unos sesenta centímetros, y lentamente lo fui dejando caer. El corazón me palpitaba con fuerza. Los iba a atrapar a los dos. Entonces oí el grito de: “¡Andrés, Andrés!”. Me tembló la mano. Los caballitos del diablo huyeron, en tanto que Anaez venía a mi encuentro.

—Voy por un hilo —dijo, y echó a correr.

La competencia principiaba.

—Esto se hace con un hilo negro.

Me reprochó mi ineptitud para escoger los colores de los hilos, y enseguida se puso a la caza de los caballitos del diablo. Yo tenía miedo de que Anaez fuera a atrapar no solamente los caballitos del diablo negros, sino también los caballitos del diablo gigantes: los rojos y los amarillos, de esos que pasan zumbando, y sus velocidades asombrosas hacen difícil seguirles la trayectoria; que inquietos, con furiosa incertidumbre, se acercan a las charcas, a las pozas y a los ríos, vislumbran peligros, o buscan exquisitos alimentos; y que insatisfechos, como desilusionados donjuanes, siguen buscando, y perturban la imaginación de quienes los ven.

Anaez y yo esperamos. Nunca sabíamos de dónde venían esos caballitos del diablo. Quizás del patio de mi casa, del de ella, desde nunca sabría uno dónde. Y de repente el zumbido, y el bajar, y el volver a subir, y de pronto, tal como habían venido desaparecían calle abajo, o por quién sabe dónde. Anaez y yo nos mirábamos. ¿Quién de los dos atraparía el primero? Llegó un caballito del diablo rojo, nervioso, más inquieto, sus revuelos eran más cortos e impacientes, ya creíamos que se había ido, cuando de nuevo, con insistentes zumbidos, volvía. A la tercera vez, con el corazón palpitante, con la respiración contenida, sin querer volver la cabeza, como dos árboles, lo veíamos pasar. Se detuvo. Lancé mi hilo, como dos metros adelante de él, valiéndome nada más de un ligero movimiento de mi muñeca. Anaez aprestó el suyo, yo lentamente iba dejando caer el hilo. El caballito del diablo levantó el vuelo, pero inmediatamente se detuvo a cosa de tres pasos de Anaez. Ella no podía maniobrar con su hilo. Tiré el mío. Volví a empezar a dejar caer el hilo. Miré a Anaez a los ojos, y ella dirigió su mirada hacia el hilo. El agua, dulcemente, en su correr se dejaba oír. Cayó el hilo sobre el caballito del diablo. Anaez me miró a los ojos. Se fue inclinando y, cuando ya lo tenía sujeto por las alas, me dijo:

—El primero en quince días.

Yo hubiera querido gritar: “¡Atrapé un caballito del diablo rojo!” Y luego ir al encuentro de mi hermano Rodolfo, y contarle cómo lo había cazado, pero en realidad…

Anaez sentía también confusamente la situación.

—¿Guardo el caballito en mi caja? —interrogó. Me quedé callado. Ella explicó: —Claro que es tuyo y mío.

Mi triunfo era un triunfo compartido. Ya no quería, más bien ya no me interesaba el caballito del diablo.

Anaez era el mejor compañero. Le gustaba jugar, competir en todo; pero una vez que lograba triunfar o perder, tan pronto como terminaba el reto, dejaba de interesarle, e inmediatamente buscaba otra competencia.

—¿Vamos con don Pepe? —invitó.

Fuimos con don Pepe el hortelano. Su hortaliza estaba en un lote vacío, entre la casa de Anaez y la de los Aragones. Pasamos por donde estaban las lechugas. Después el lote se ensanchaba. No veíamos a don Pepe. Al fondo, por donde estaban las coles, el cielo se manchaba de mariposas blancas. Don Pepe nos hizo señas para que nos acercáramos. Sin decirnos palabra nos dio unos baraños, y entre los tres nos pusimos a matar mariposas blancas. Y parecía que las habíamos acabado.

—¿Unos rabanitos?

—Sí —respondimos.

Y don Pepe nos ofreció unos rabanitos frescos y limpios. Y todavía no terminábamos de comer el tercero cuando ya habían vuelto a aparecer las mariposas blancas. Volvimos a nuestra tarea. Después más rabanitos. A la cuarta o quinta vez, tanto Anaez como yo estábamos aburridos. A don Pepe le ayudábamos en su tarea, y entretanto nos hablaba de sus proyectos y de la maldad, sin límites, de los Aragones. De los robos a que siempre estaba sujeto. No hacía una semana que Darío le había robado seis lechugas.

—Y ¿cómo supo que era Darío? —le pregunté.

—Dejó las huellas de sus zapatos, y como no llovió…

Las mariposas volvían. Tomé mi baraño.

—¿Te vas, Anaez? —preguntó don Pepe.

Me volví y Anaez corría hacia la puerta.

—¡Espérame! —le grité. Y sin despedirme de don Pepe me fui tras ella.

Anaez me estaba esperando en la puerta de la hortaliza. Miraba los muros de mi casa. Quizás quería hacer una excursión por ellos. A mí me pareció que no era hora para tales excursiones, porque siempre acostumbrábamos hacerlas cuando caía la tarde. Ella lo comprendió. Miró hacia la casa de las Petritas (cuatro solteronas muy pobres), pero habíamos ido el día anterior. Yo propuse:

—Una presa.

—Bueno —dijo Anaez, y apenas terminó de decirlo, empezó a buscar el lugar en donde la haríamos.

Nos paramos justamente enfrente del zaguán de mi casa. Decidimos que en donde terminaba un gran charco estaría la cortina. Principiamos a buscar piedras. Era fácil, todas las piedras sueltas del empedrado estaban a nuestra disposición, pero eso le hubiera quitado el interés que nosotros buscábamos: luchar contra la corriente, acumular el material a medida que el agua intentaba desbordarse, bien por encima, o por los costados. Las primeras dos piedras las traje yo, Anaez vino con cuatro, después trajimos lodo de la ciénega. Se prepararon las primeras resistencias. Llegó Rodolfo, mi hermano, y sin que nadie se lo dijera ayudó. Cuando tuvimos cerca de un metro de resistencias decidimos cerrar la presa. En ese momento pasaba, rumbo a la hortaliza, Carlos, el hijo del hortelano, dejó en la acera sus canastas vacías y principió a ayudar. Anaez y yo, como sacerdotes oficiantes, fuimos los encargados (ella y yo nos autodesignamos) de cerrar la presa. Eran momentos muy emocionantes. La corriente arrastraba el lodo. Había que ganarla y traer más y más. Por fin, quedó cerrada. Por algunos momentos, los cuatro la miramos satisfechos. Vinieron entonces los toques de perfección; aplanamos todo el borde, le pusimos refuerzos. Estábamos en eso cuando, viniendo de calle abajo, apareció Estela Hernán. Anaez se compuso la falda de su vestido. Preferíamos no tener público en nuestros trabajos. Con su paso nervioso, se acercó en un momento. Saludó a todos, y a mí en particular me dijo: “Me saludas a tu mamá”. Yo no había visto que mi hermano Rodolfo tenía una piedra en la mano. Cuando Estela nos dio las espaldas, después de despedirse, Rodolfo hizo el ademán de arrojarle la piedra; luego la tiró impotente, pero con coraje, al agua de la presa, y se quedó murmurando no sé qué cosas, con un gesto extraño que yo no le conocía. Me le quedé mirando. Anaez advirtió que el agua seguía corriendo y que era necesario cuidar los costados, pues el interés nuestro estaba en lograr que la cortina de la presa corriera de acera a acera. La lucha siguió contra el agua a un ritmo acelerado. Perdí la dirección arquitectónica, cada cual colocaba las piedras, o el lodo, según le parecía. Solamente cuando el agua amenazaba escaparse por uno de los costados, y ya no era posible contenerla, se oían los gritos de “Por aquí, por aquí”. Ezequiel y José, el primero y el tercero en edad de los Aragones, pasaron calle arriba, los vimos con temor. Menos a...



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