E-Book, Spanisch, 496 Seiten
Ludwig Napoleón
1. Auflage 2022
ISBN: 978-959-03-0934-2
Verlag: RUTH Casa Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 496 Seiten
ISBN: 978-959-03-0934-2
Verlag: RUTH Casa Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Emil Ludwig (Breslau, 1881-Moscia, 1948), escritor alemán de origen judío. Alcanzó el éxito luego de la publicación de sus biografías de Goethe (1920), Rembrandt (1923) y Napoleón (1925). Sus obras se destacan por el propósito de desmitificar el genio y por poner sus debilidades, grandezas y esperanzas al alcance del hombre común, todo ello acompañado de investigaciones profundas y de gran valor documental. Ante el ascenso del Partido Nazi, Ludwig adoptó la nacionalidad suiza. En 1933 sus libros se quemaron públicamente en Alemania. El escritor ayudó a muchos intelectuales alemanes que debieron exiliarse y, durante la Segunda Guerra Mundial, organizó protestas contra los nazis. En 1940 fue nombrado encargado del presidente Roosevelt para los asuntos germanos. Al fin de la Segunda Guerra Mundial regresó a Suiza. A Ludwig se debe el rescate de los restos mortales de Goethe y Schiller, los cuales habían desaparecido entre 1943 y 1944. Falleció en la ciudad suiza de Moscia, en 1948.
Autoren/Hrsg.
Weitere Infos & Material
EL TORRENTE
Iluminación tan divina va siempre unida a la juventud y la fecundidad; y
en verdad que Napoleón fue uno de los hombres más fecundos que pasaron nunca por la tierra.
Goethe
I
Inmensos muros blancos, de cimas dentadas, se recortan sobre el azul de la mañana. Centelleantes de nieve, peligrosos como la aventura, se levantan los Alpes amenazadores por encima de la bahía, burlándose de los hombres que hormiguean a sus pies: obstáculo simbólico puesto por la naturaleza en el camino de Buonaparte, entre el país de sus abuelos y su nueva patria.
Buonaparte, para quien la inteligencia prevaleció siempre sobre la fuerza, no ha reflexionado en vano, durante tantos años, sobre el problema del paso de los Alpes. Aníbal los atravesó; él quiere rodearlos. Para atacar a este enemigo en su punto más débil, allí donde el Apenino se le junta y abre un angosto paso, conviene no esperar el verano. Cuanto menos avanzada la estación, más dura la nieve y menos temibles los aludes. Esperar sería perderse. No porque el ataque enemigo sea inminente: adormilados en sus cuarteles de invierno, los austriacos al este y los sardos al oeste de Lombardía, las numerosas republiquitas y principados, restos de una Italia desmembrada, no esperan al enemigo antes del deshielo. Pero los soldados franceses tienen hambre. París, amenazado de ruina por la desvalorización de la moneda, solo envía irrisorios asignados, inmediatamente absorbidos por los proveedores del ejército. «Francia se estremecería —escribe un general poco tiempo antes de la llegada de Buonaparte— si supiese el número de los que aquí mueren de hambre y de enfermedades». En estas condiciones, ¿qué podría hacer un nuevo jefe, que no trae ni pan ni dinero?
—Soldados; están desnudos y mal alimentados; mucho les debe el Gobierno pero, por ahora, no puede darles nada; la paciencia y el valor que muestran en medio de estas rocas son admirables, pero no les proporcionan la menor gloria ni provecho. Yo quiero conducirlos a las más fértiles llanuras del mundo. Ricas provincias y grandes ciudades quedarán en su poder. En ellas encontrarán honor, gloria y riqueza. ¡Soldados de Italia!, ¿será posible que carezcan de valor y de constancia?
Un débil murmullo se levanta, a guisa de respuesta, en las filas así apostrofadas tras haberles pasado revista por primera vez. Aquella noche, en los vivaques, se dice: «No tiene aspecto de hombre fuerte este mozo de tez amarillenta; es cierto que sabe hacer frases bonitas sobre las llanuras fértiles, pero que nos dé antes zapatos con que ir a ellas». No de otro modo hablaba el pueblo de Israel cuando Moisés hacía espejear ante sus ojos el prodigio de la tierra prometida.
El general solo encuentra oposición. Pero, realmente, ¿quién le conoce en aquel ejército inmovilizado desde hace tres años en medio de las montañas? Una cuarta parte de los soldados se halla en los hospitales, otra cuarta parte ha muerto, ha caído prisionera o ha desertado. ¿Y los oficiales? ¿No es natural que, en lugar de ponerse fielmente a su servicio, solo ofrezcan a aquel extranjero una sorda resistencia, como lo hicieran ya sus jefes en Auxonne?
Con sus cabellos empolvados y cortados en ángulo recto por debajo de las orejas, pero cayendo por detrás sobre los hombros, vestido con un uniforme apenas bordado, Buonaparte, sentado ante una mesa, escribe y calcula; o bien, en pie, pasea de arriba abajo, dictando sus órdenes en un francés muy incorrecto todavía, mal visto por todo el Estado Mayor, salvo tres o cuatro fieles que ha traído consigo y uno de los cuales relatará más tarde: «Se le tomaba por un matemático o un iluminado». ¿Y si, justamente, era lo uno y lo otro, y a esta combinación debió su genio?
Al principio solo parece ser un calculador. Inaugurando una lucha epistolar, que conduce paralelamente a la que ha de hacer en los campos de batalla, escribe a los jefes del Directorio:
«Lo que ustedes me piden es que realice milagros; y esto no puedo hacerlo. Solo la prudencia y la habilidad conducen a los grandes resultados. De la victoria a la derrota no hay sino un paso. Con mucha frecuencia he visto que una minucia decide las más grandes cosas». A Carnot,31 el gran organizador del ejército, al que puede confiar lo que no quiere decir oficialmente: «¿Creerá usted que no tengo aquí un solo oficial de ingenieros?… Ni siquiera uno que sepa, por experiencia propia, lo que es un asedio… No puede usted concebir mi desesperación, casi diría mi rabia, de no tener un buen oficial de ingenieros…».
En efecto, solo tiene a su disposición 24 cañones de montaña, 4 000 caballos enfermos, 300 000 francos en metálico y víveres para 30 000 hombres, durante un mes, a media ración. ¿Y con estos despojos se le pide la conquista de Italia?
Pero puesto que se ha arriesgado a la aventura, no le queda otro recurso que sacar el mayor partido posible de lo que ha encontrado. Gracias a su actividad incesante, transforma una patulea32 de hombres corrompidos y viles, unos cuantos cuerpos de ejército, de los que algunos cantaban no hace mucho el himno real, en un ejército republicano.
Solo en el registro de una jornada, la tercera después de su llegada, figuran: el envío de 110 obreros para la construcción de caminos, la represión de un motín en una brigada, el acuartelamiento de dos divisiones de artillería, órdenes a dos generales a propósito de un robo de caballos, respuesta a las preguntas de otros dos relativas a sus mandos, orden a un general de Tolón para el transporte de sus tropas a Niza, orden a otro general de reunir la guardia de Antibes, orden a un general de buscar los buenos oficiales de una brigada rebelde, una alocución al Estado Mayor y una re- vista de las tropas, más la orden del día. Durante los veinte primeros días, se cursan ciento veintitrés órdenes escritas concernientes a la alimentación del ejército y un sinfín de expedientes sobre malversación de fondos, pesos falsos y mercancías averiadas, y todo ello en marcha, desde doce cuarteles generales diferentes, entre seis combates. Pues apenas ha franqueado los últimos desfiladeros, ha lanzado, siguiendo su nueva táctica, todas sus fuerzas contra uno, y luego contra otro, de sus enemigos, venciéndolos en dos combates y separándolos uno de otro. Pero, al fin y al cabo, no se trata sino de escaramuzas de vanguardia, como convienen al temperamento francés y a la instrucción de aquellas tropas, que no conocen aún los grandes despliegues en línea. La rapidez y la audacia de la ejecución son más eficaces que la ciencia del general.
Un día, en el curso de estas carreras desenfrenadas por montes y valles, por barrancos y torrenteras, en medio del tronar de sus cañones y de los cañones enemigos, se le rompe en el bolsillo el cristal que protegía la miniatura de Josefina. Palideciendo horriblemente, detiene su caballo y dice a Bourrienne: «El cristal se ha roto; mi mujer está enferma, o me es infiel. ¡Adelante!».
A toda costa le es menester cumplir su temerario compromiso; si logra hacerlo, sus hombres le creerán, y si le creen, pronto le serán adictos. En efecto, dos semanas después de su proclama, el ejército alcanza la última cima que le queda por franquear. Gritos de júbilo saludan el término de la ascensión. Después de los interminables altos entre la nieve, de repente se extiende ante ellos, hasta donde alcanza la vista, la llanura del Piamonte, en su lozanía primaveral, ofreciendo todo lo que desde hace tanto tiempo falta al ejército. El Po y otros ríos corren a lo lejos: «El obstáculo que parecía una frontera infranqueable entre nosotros y otro mundo, desaparece como por encanto. ¡Todo eso que ven es suyo!».
Ya el general ha obligado al rey de Cerdeña, uno de sus dos adversarios, a pedir el armisticio, y se ha asegurado todos los productos de su suelo. Buonaparte ha obtenido su primera tregua por medio de una astucia guerrera: amenazando al enemigo con fuerzas enormes que no poseía y que no se hubiera podido procurar, atacado como lo estaba por dos lados a la vez. Los soldados se maravillan: ¡he ahí un hombre que sabe cumplir su palabra! En dos semanas ha realizado, punto por punto, lo que había prometido.
A partir de aquel día, el soldado será fiel en cuerpo y alma a «Bonaparte». Así firma el primer documento de esta campaña. Puesto que Italia es ahora el enemigo, lo más lógico es que cambie su nombre italiano. Que no tardará en cambiar por segunda vez.
II
¿Por qué ha salido vencedor? ¿Por qué las victorias se suceden unas a otras? ¿Cuál es su secreto?
Su juventud y su salud, en primer lugar. Un cuerpo que ninguna marcha fatiga, un sueño que rige a voluntad, un estómago que lo soporta todo y prescinde de todo, unos ojos que lo abarcan todo. Pero es a la Revolución a la que debe el poder mandar como dictador a edad tan temprana en plena posesión de sus fuerzas. Gracias a la nueva idea de la igualdad, un hombre tan mozo, de pasado aventurero, puede convertirse tan rápidamente en jefe. La cuna no vale nada ya, solo el mérito cuenta.
¿Cómo podría su adversario, el archiduque Carlos, con su nariz fina y degenerada de Habsburgo, rivalizar con él en la resistencia a las fatigas, para las cuales no lo ha preparado su educación? ¿Cómo podría juzgar él a los hombres con la misma seguridad? ¿Qué puede el general austriaco Beaulieu, con sus setenta y dos años, contra él, que apenas tiene veintisiete? El general Colli está gotoso y se ve obligado a hacerse conducir en litera; Alvinczy tiene más de sesenta años, y el otro adversario, el rey de Cerdeña, es un anciano achacoso. ¿Qué puede hacer el honrado general Wurmser, que es sordo, viejo,...




