E-Book, Spanisch, 216 Seiten
Reihe: Ensayo
Lyons Cállate
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-126878-8-0
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
El poder de mantener la boca cerrada en un mundo de ruido incesante
E-Book, Spanisch, 216 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-126878-8-0
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Fue editor senior en la revista Forbes y escritor en Newsweek antes de convertirse en editor de ReadWrite. En marzo de 2013 lo dejó para aceptar un puesto en HubSpot. Es autor de un libro de cuentos, una novela y una biografía ficticia, 'Options: The Secret Life of Steve Jobs, a parody' (2007). Bajo el seudónimo 'Fake Steve Jobs' también escribió 'The Secret Diary of Steve Jobs', un blog popular que era una parodia del CEO de Apple. Ha escrito para el New York Times, Fortune, Forbes, Newsweek y muchos otros.
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Introducción
Os lo digo como amigo, así que no os lo toméis a mal, por favor. Pero quiero que cerréis la puta boca.
No por mi bien. Por el vuestro.
Aprender a callar os cambiará la vida. Os hará más inteligentes, más simpáticos, más creativos y más poderosos. Puede que hasta os prolongue la vida. Las personas que hablan menos tienen más probabilidades de ascender en el trabajo y de imponerse en las negociaciones. Hablar con intención —es decir, no hablar sin más— mejora nuestras relaciones, nos convierte en mejores padres y puede aumentar nuestro bienestar psicológico e incluso físico. Hace unos años, investigadores de la Universidad de Arizona descubrieron que las personas que pasan menos tiempo parloteando y dedican más tiempo a conversaciones sustanciosas son más felices que el resto, hasta el punto de que tener buenas conversaciones, escribieron, «podría ser un elemento esencial para disfrutar de una vida satisfactoria».
Sin embargo, si no conseguís callaros…, acabaréis jodidos.
Os lo digo yo, hablador empedernido, porque lo he pagado caro…, en una ocasión con millones de dólares. El problema no es solo que hable demasiado; es que nunca he podido resistirme a soltar cosas inapropiadas ni a guardarme mis opiniones. Casi siempre sabía, incluso cuando las palabras salían de mi boca, que me arrepentiría y sufriría por haberlas dicho. Pero las soltaba igualmente.
Por suerte he dedicado la mayor parte de mi carrera a trabajar como periodista de temas tecnológicos para Forbes y Newsweek. Los lenguaraces pueden sobrevivir en el periodismo. De hecho, es prácticamente imposible dedicarse a ello si no se es lo bastante odioso como para decir cosas que la gente no quiere oír. Mientras trabajaba para revistas empecé a escribir humor, otro campo muy adecuado para las personas que no pueden mantener la boca cerrada. Empecé un blog en el que me hacía pasar por Steve Jobs, presidente de Apple, que era divertido pero a veces pecaba de mal gusto. El blog me llevó a un contrato para escribir un libro, que a su vez me llevó a un contrato para crear un programa de televisión, que a su vez me llevó a que me contrataran como guionista en una comedia de HBO, Silicon Valley, y todo eso me llevó a que me pidieran discursos. Cuanto más temerario me volvía al hablar, mejor me iban las cosas.
Por supuesto, el karma acabó por alcanzarme. Y fue cuando, pensando que iba a forrarme, me abrí camino hablando hasta conseguir un empleo de mercadotecnia en una startup de software que estaba a punto de salir a bolsa. La empresa me ofrecía un sueldo estupendo, beneficios increíbles y un generoso paquete de participación accionarial. El reto era que, para conseguir todas mis opciones de compra, tenía que trabajar allí un mínimo de cuatro años. Y el mundo empresarial no toleraría mi locuacidad.
—Vas a tener que morderte MUCHO la lengua —me advirtió un amigo periodista.
—Lo sé, pero puedo conseguirlo.
—Bien, buena suerte —me dijo—. No creo que dures ni un año.
Muchos periodistas consiguen hacer la transición, entre ellos algunos de mis amigos y antiguos colegas. Si ellos pudieron, ¿por qué yo no? Me imaginaba como concursante de un programa de telerrealidad, Supervivientes: Startup, donde, en lugar de comer bichos, tendría que tragar kilos de propaganda corporativa y fingir que me parecía deliciosa.
Pensé que la promesa de semejante El Dorado me mantendría a raya. En lugar de eso, insulté al director general en una publicación impulsiva de Facebook y me expulsaron de la isla al cabo de veinte meses. Un día, seis años después, por curiosidad, miré el precio de las acciones de la empresa, eché cuentas y descubrí, para mi consternación, que si hubiera durado cuatro años y hubiese conservado todas mis acciones, ahora valdrían ocho millones de dólares.
Ese fue mi desastre más costoso, pero no es ni mucho menos la única desgracia que me he buscado, ni siquiera la peor. Llegó un punto en que mi forma compulsiva de hablar y mi falta de control hicieron que me separase de mi mujer y casi me costaron el matrimonio. Fue entonces, mientras vivía solo en una casa alquilada lejos de mi mujer y de mis hijos, cuando llevé a cabo lo que los miembros de Alcohólicos Anónimos denominan un «inventario moral introspectivo e intrépido» de mi persona y reconocí que, de formas tanto importantes como banales, hablar demasiado interfería en mi vida. Eso me llevó a buscar respuestas a dos preguntas: ¿por qué algunas personas hablan de forma compulsiva? Y: ¿cómo podemos solucionarlo?
A partir de ahí descubrí algo más, y es que todos, no solo los locuaces, salimos ganando si hablamos menos, escuchamos más y nos comunicamos con intención. Es un camino a la felicidad, una forma de mejorar nuestras vidas inconmensurablemente. Me propuse aprender a evitar las calamidades, pero descubrí ideas y desarrollé prácticas que pueden mejorar la vida de todos. El problema no solo soy yo. No solo sois vosotros. El mundo entero tiene que cerrar la puta boca.
Todos hablamos demasiado
El mundo está repleto de personas que hablan más de la cuenta. Nos las cruzamos constantemente. Son esa plaga en la oficina que nos destroza los lunes relatando cada acto completamente irrelevante de su fin de semana. Es ese imbécil inconsciente que no deja hablar a nadie en una cena mientras los demás fantasean con echarle cicuta a su copa de pinot noir. Es el vecino que llega sin invitación y se pasa una hora contándote historias que ya has oído, el arrogante sabelotodo que interrumpe a los colegas en las reuniones, el humorista que suelta un insulto racista y tira por la borda su carrera, el director general cuyo imprudente tuit hace que le acusen de fraude bursátil.
Francamente, también somos la mayoría de nosotros.
No es culpa nuestra, al menos no del todo. Vivimos en un mundo que no solo fomenta la locuacidad sino que prácticamente la exige, donde el éxito se mide por cuánta atención podemos atraer: conseguir un millón de seguidores en Twitter, convertirnos en una persona influyente en Instagram, hacer un vídeo viral, dar una charla TED. Estamos inundados de pódcast, youtubers, redes sociales, aplicaciones de chats, televisiones por cable. ¿Sabíais que hay más de 2 millones de pódcast que han producido 48 millones de episodios, y que la mitad de esos episodios han recibido menos de 26 descargas? ¿O que se producen más de tres mil TEDx al año, en las que participan hasta veinte aspirantes a Malcolm Gladwell en cada una? ¿O que los estadounidenses asisten a más de mil millones de reuniones anuales, pero solo el once por ciento son productivas y la mitad son una completa pérdida de tiempo? Tuiteamos por tuitear, hablamos por hablar.
Sin embargo, las personas con más poder y éxito hacen exactamente lo contrario. En lugar de llamar la atención, se contienen. Cuando hablan, miden lo que dicen. Tim Cook, consejero delegado de Apple, hace pausas incómodas en sus conversaciones. Jack Dorsey cofundó Twitter y fue su director general, pero lo usa con moderación. Incluso Richard Branson, showman implacable y rey del autobombo, ensalza las virtudes de ser sucinto en las reuniones. Albert Einstein odiaba el teléfono y lo evitaba en la medida de lo posible.[1] La difunta jueza del Tribunal Supremo Ruth Bader Ginsburg elegía sus palabras con tanto cuidado y hacía pausas tan dolorosamente largas que sus secretarios desarrollaron una costumbre que llamaron «la regla de los dos Misisipi»: termina lo que estás diciendo y luego cuenta «Un Misisipi…, dos Misisipi» antes de volver a hablar. No es que la jueza no escuchara, es que estaba pensando… muy… profundamente… en su respuesta. Uno de los consejos más famosos de Ruth Bader Ginsburg era que, en el matrimonio y en el trabajo, «estar un poco sordo a veces ayuda».
Habla menos, consigue más. Este libro trata sobre cómo podemos aprender a relacionarnos con el mundo de formas que nos resulten ventajosas. Puede que no nos nombren para el Tribunal Supremo ni nos convirtamos en multimillonarios tecnológicos, pero podemos imponernos en nuestras batallas cotidianas. ¿Comprar un coche o una casa nuevos? ¿Ascender en el trabajo? ¿Intentar ganar amigos e influir en la gente? Aprended a cerrar la puta boca.
En toda la historia de la humanidad nunca ha habido una época tan ruidosa como la nuestra, y la tendencia va en aumento. No estamos hechos para una sobrestimulación tan constante, que daña nuestro cerebro —tal cual, provoca daños cerebrales— y pone a prueba nuestro sistema cardiovascular. Estamos ansiosos, enfadados, empapados en cortisol y algo enloquecidos. El camino hacia la recuperación empieza por salir del tornado del ruido. Mejor aún: al aprender a callarnos, podemos mejorar no solo nuestra vida, sino también la de las personas que nos rodean: nuestros hijos, cónyuges, amistades y colegas. En el sentido más amplio, si todos bajamos un poco el volumen podemos hacer del mundo un lugar mejor.
Curiosamente, no es tan fácil.
Cinco formas de callarse
Callarse debería ser lo más fácil del mundo. Lo único que hay que hacer es no hacer nada, ¿verdad? Sin embargo, en realidad no hablar requiere mucha concentración. Probablemente sea más difícil que hablar. ¿Habéis estado alguna vez en un país extranjero del que conocéis un poco la lengua local pero no lo suficiente como para que resulte natural, por lo que en cada conversación,...




