Mañach | La civil discrepancia | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 772 Seiten

Reihe: Pensamiento

Mañach La civil discrepancia


1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-9007-125-0
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 772 Seiten

Reihe: Pensamiento

ISBN: 978-84-9007-125-0
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Desde que se inició en el periodismo, cuando era un veinteañero, Jorge Mañach tuvo una valoración muy positiva de esa noble pugna de pareceres que es la polémica. La concebía como una agradable charla, como un coloquio estimulante que permite desarrollar el ingenio y contribuye a ejercitar las opiniones, al tonificar las mejor pensadas. El germen de la inconformidad, sostenía, es necesario para el progreso de las ideas. Eso lo llevó, en algunas ocasiones, a provocar la discusión sobre temas que creía pertinente y necesario tratar, como fue el caso del fraternal intercambio acerca de la novela cubana que Rafael Suárez Solís y él mantuvieron en los años veinte. Tuvo por eso una actitud hospitalaria a todos los pareceres adversos, con tal de que estos saludaran antes de entrar. Pensaba que la civil y noble discrepancia de opiniones hay que respetarla siempre, pues es algo propio de personas civilizadas. Se holgaba de las polémicas honrosas y corteses que tuvo con interlocutores inteligentes. En ese grupo presumo que estaban las que sostuvo con Medardo Vitier, Manuel del Riego, José Vasconcelos. Sin embargo, no tenía reparos en responder a personas que le escribían al diario en el cual colaboraba en ese momento, y lo hizo más de una vez. Esto, pese a saber que las polémicas en medios periodísticos pueden ser un espectáculo divertido para los lectores, pero raramente conducen al esclarecimiento de la verdad y, en cambio, abren entre los contendientes un agrio vacío. Por supuesto, no todas eran ingratas ni ociosas, y alguna luz y no poca animación cordial salía de ellas. Hay que lamentar que el periodismo lo obligó en algunas ocasiones a descender hasta el arroyo. Al respecto, conviene apuntar que era consciente de que uno no debe ocuparse de los mordiscos en letra de molde de gente irresponsable, o de quienes no perdonan que se ignore su genialidad. Pero de igual modo, sabía que no hay enemigo pequeño, ni difamación de la cual no quede alguna huella. Por eso respondió a ataques y juicios hostiles, aunque eso le provocase fastidio y lo forzara a apartarse de faenas más importantes y constructivas.

Jorge Mañach y Robato (Sagua la Grande, 1898-San Juan de Puerto Rico, 25 de junio de 1961). Cuba. Escritor, periodista, ensayista y filósofo, autor de una biografía de José Martí y de numerosos ensayos filosóficos. Se graduó de Filosofia y Letras por la Universidad de Harvard (1920) en la que trabajó, amplió sus estudios en París (Universidad de Droit, 1922) y regresó a La Habana en 1924, terminando allí sus doctorados en Derecho Civil y en Filosofía y Letras. Colaboró con la revolución de 1933 y en la resistencia contra Batista. Vivió en Cuba en 1959, y en 1960 se fue a vivir a Puerto Rico, inconforme con los postulados de la Revolución de Fidel Castro.
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La multitud y los iniciados I


«El día en que las obras de arte no pudieran ser gustadas más que por los iniciados, el arte no tendría ninguna razón para realizarse».3

Tal es la sentencia de Rafael Suárez Solís, que el divertido redactar de «De día en día» subrayó como un suspiro de liberación, planeando una disidencia primero verbal, y ahora escrita, entre aquel querido compañero y el presente comentarista.

Yo, en efecto, me sentí un si es no es puesto en entredicho. En este papel y casi «a contra corazón» vengo sobrellevando el muy arduo, solemne y antipático papel de crítico de arte; y alguna vez he tenido la audacia de insinuar que el arte no siempre es para las multitudes. Pues bien, el sábado, y bajo el mismo título de esta glosa, nuestro Rafael fijaba con su habitual, con su tersa y elegante claridad, los términos en que la discusión había de trocarse en polémica. Su último párrafo era uno de esos coquetones gestos de modestia que os hacen sentiros vergonzosamente olímpicos: «Si Mañach, cosa que le será tan fácil, me saca de su error…».

Mas no será, no, con la presumida intención de «sacarle de su error» como atenderé la cortesía de la respuesta. En primer lugar, porque ni el generoso compañero —tan felizmente devuelto a la crónica, para nuestro constante regalo— ni este cauto glosador podrían aspirar a resolver en cuatro artículos la cuestión propuesta; a saber: el valor relativo, en la apreciación artística, de la opinión profana y de la opinión culta, del parecer ingenuo y el parecer «iniciado». Desde que el mundo es mundo, este asunto ha preocupado, extensa e inconclusamente, a mil ingenios dotados de mayores facilidades. El papel del crítico ha parecido siempre un papel intruso, voluntarioso y estéril. Contra él ha reaccionado frecuentemente la profanidad más o menos letrada; y una de las formas características de esa reacción ha consistido en restarle beligerancia al parecer individual del crítico aduciendo que todo arte se propone un mensaje universal.

Remontar de nuevo la cuestión a esas eminencias filosóficas sería ocioso y arriesgado. Mas como, por otra parte, aquellas diferencias no pueden resolverse sino en el fondo, esto es, partiendo del concepto mismo del arte, tendremos que resolvernos a no resolver nada, a exhibir cada cual su propia posición de una manera suavemente dogmática.

Mi posición es, por ello, notoriamente desventajosa, porque acontece que lo que más suele reprochársele al crítico es precisamente eso: la dogmaticidad, y yo confieso que todavía no he aprendido ese rubor de ser dogmático que asalta a tantos espíritus sensibles. A pesar de ser ya abogado, creo que las verdades más indudables son las que no pueden probarse; las que se mantienen con una afirmación y un encogerse de hombros.

Como tal verdad primaria tengo reputada la de que el arte se goza más plenamente, mientras más culto, más diestro, más «iniciado» es el espíritu de quien se acerca a él. Yo no pido un privilegio exclusivo a favor del perito. Estimo que hay formas estéticas tan simples y tan elocuentes a la vez, que se hacen accesibles del profano; pero aun en ellas, el criterio educado es el que más de lleno siente la fruición estética.

Ahora bien, Suárez Solís no ha planteado la cuestión en términos de profanidad y crítica, sino en términos de «iniciados» y multitudes. «Lo que yo afirmo —dice— es que la verdad íntima y simple de una idea o de un pensamiento llega con claridad absoluta al corazón del pueblo». Y aquí me parece que hay un salto de lógica en el cual se envicia la opinión del penetrante compañero.

Toda su argumentación, en efecto, se deriva manifiestamente de su experiencia en el arte del teatro. Fundándose en ella, establece, entre otros escolios, «que nunca una obra encontró la sanción definitiva de la posteridad, en desacuerdo con la impresión primera grabada en el sentimiento de la muchedumbre»; y cita luego con tino ejemplos de obras dramáticas en que la apreciación del público prevaleció sobre la opinión contraria de la crítica.

Todo lo cual, en cuanto se refiere al teatro, es harto admisible. Pero la involuntaria falacia surge al derivar de esa experiencia teatral generalizaciones atañederas a todas las artes.

El teatro es un arte sui generis. El teatro, como la oratoria, es un arte para las multitudes. Nace con esa condición y su bondad se mide en la misma medida en que la realiza. Obra que, normalmente, no logra hacerse gustar de la muchedumbre, es obra teatral defectuosa, digan lo que quieran los críticos. Cuando estos contrarían el parecer ostensible del público, es que juzgan la obra con criterios literarios, es decir, con criterios de gabinete. Casi todas las obras dramáticas de gran éxito aburren un poco al leerlas y, a la inversa, hay fiascos de la escena que, leídos, son de una exquisitez literaria indiscutible. La decadencia de los grandes dramaturgos se inicia cuando comienzan a escribir para los críticos de gabinete: así fracasan Benavente con La virtud sospechosa y Bernardo Shaw con su Juana de Arco; así fracasó en Madrid, hace pocos años, la poesía de Rabindranath Tagore, llevada del libro a las tablas.

Y es que los públicos, normalmente, no tienen nada de exquisitos. Hay una famosa observación de no recuerdo qué francés: «Tomad quinientos espíritus como Renán, colocadlos en un teatro y el resultado es… un portero». Pues bien; yo creo que el arte teatral es, fundamentalmente, un arte para los concierges, es decir, un arte deliberadamente calculado para impresionar a grandes efectos las cuerdas más simples de la sensibilidad colectiva. Todo lo demás que se ponga discretamente en la obra dramática —leve emoción, pensamiento sutil, motivación profunda— es regalo que se nos da por añadidura: para el gabinete o para los públicos del porvenir.

Pero nada tan arriesgado como asimilar al arte dramático las demás formas estéticas. Mientras aquel está hecho para los agregados, estas, en su tipo más puro, se dirigen al individuo. La pintura, salvo cuando es escénica; la música, salvo cuando es de ópera, son artes subjetivas que buscan reacciones unipersonales. El éxito extenso de un cuadro o de una composición se determina por una mera acumulación aritmética de aprobaciones aisladas; pero ese éxito extenso equivale solo a la celebridad y no a la sanción de la obra de arte como tal. Un solo individuo es quien para pronunciarse.

¿Es cierto que «la verdad simple» de un gran cuadro o de una gran escultura llegue siempre «con claridad absoluta» al corazón del pueblo? El pueblo tiene, a no dudarlo, cierta sensibilidad elemental, cierto «instinto», como se dice, que lleva a vislumbrar burdamente la chispa sacra en la Afrodita que su azadón acaba de desenterrar; pero el mismo rústico que la exhumó cambiará su hallazgo por otro azadón flamante. Su experiencia nunca tendrá la plenitud de fruición con que la gozaría un espíritu más avisado. En este punto, Suárez Solís y yo, apenas diferimos.

Pero el perspicaz compañero, admite que hay en arte «matices de pensamiento, iniciaciones, pronunciamientos embrionarios y esquemáticos» de los cuales el alma del pueblo no llega a percatarse. Y es que, en efecto, el alma del pueblo siempre está retrasada. Admira (nunca tanto como el iniciado) a Van Dyck o a Velázquez; pero no comprende a Picasso. La razón de este retardo está en la misma limitación de su sensibilidad estética. Porque el crítico, el iniciado, tiene la aptitud de gozar más, es él quien va delante, y en ir delante, señalando las nuevas bellezas que atisban, está la función y la justificación de la crítica. No es que solo los iniciados pueden gustar de las obras de arte, sino que ellos las gozan antes y enseñan a las muchedumbres y a los profanos a gozarlas.

(Diario de la Marina, 2 diciembre 1924)

La multitud y los iniciados II


«Agradable charla», en efecto; estimulante coloquio, todo fervor de amigas devociones y de enemigas ideas, este en que vamos empeñados Rafael Suárez Solís y yo, en torno a la comprensión estética. ¡Algunos espíritus menudos y timoratos, deshabituados ya, en la hosquedad intelectual de nuestro tiempo, a esa noble pugna de pareceres que es la polémica, habrán podido imaginar que los camaradas en cuestión andamos como de pique áspero, y que de esto ha de surgir un duelo o poco menos! La conjetura es viciosa; pero no nos hace mal de ojo. De sonrisa a sonrisa van tratadas estas cosas, frente a un pupitre de la redacción, antes de cuajarse en el plomo periodístico.

Reiteremos una vez más la tesis, lector paciente. Suárez Solís piensa que todo arte, para que sea genuino y verdadero, ha de ser fundamentalmente comprensible a la multitud —y quien dice de la multitud dice del mero hombre, del individuo escueto dotado de normal sensibilidad humana. Y yo me aventuro a sostener que el arte es, cuanto más puro, cuanto más noble, cuanto más arte, un producto para la minoría, un manjar de aristocracia, una experiencia solo gozada plenamente por los espíritus adiestrados y selectos. Admito desde luego que la tesis de Rafael es la más simpática, por lo mismo que es una tesis de mayoría; pero ¿cómo no he de tener puestos todos mis ahorrillos de fe en mi propia opinión, si ella —¡significativa coincidencia!— acierta a ser también la de mis amigos artistas?

***

Por lo pronto, el debate quedó ya excluido de la comarca del arte teatral al conceder yo, no sin algún esfuerzo de generosidad, que el...



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