Mabanckou | Ají Picante | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 192 Seiten

Mabanckou Ají Picante


1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-350-4976-4
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 192 Seiten

ISBN: 978-84-350-4976-4
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
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Papá Moupelo lo bautizó con un apellido interminable, pero en el orfanato donde vive desde la infancia lo conocen por su sobrenombre: Ají Picante. Cada semana espera con alegría las clases de ese cura que es, para él, padre sustituto y fuente de esperanza. Pero, de repente, la frágil realidad se hunde. Acaba de estallar una revolución comunista, y los religiosos son expulsados. La doctrina del partido, la servidumbre a la que obliga el poder revolucionario, sus estrictas reglas... infectan la vida de todos en el Congo, especialmente de los más débiles. E lo que parece un golpe de suerte, dos mellizos que, como él, viven la la institución, lo llevan con ellos a la capitan, Pointe-Noire. Alli ronda los mercados, entra a formar parte de una pandilla y se convierte, por momentos, en un satisfecho habitante de los bajos fondos. Hasta que conoce a una mujer inolvidable, Mamá Fiat 500, madam que encabeza a un grupo de diez chicas jóvenes del Zaire. Y, entonces sí, su vida cambia definitivamente y la aventura se perfecciona. Traducida a más de dies idiomas, Ají Picante es una de las más grandes obras de la literatura africana contemporánea. Narrada en primera persona, conmovedora e intensa, con mirada lúcida y picaresca, su escritura incisiva y vibrante es el vehículo ideal para expresar las peripecias de su protagonista y la corrupción e irracionalidad de ciertas ideas políticas.

Alain Mabanckou nació en 1966 en la República del Congo y pasó su infancia en Pointe-Noire, capital económica del país. Licenciado en Literatura y Filosofía, es una de las figuras más relevantes de la literatura africana actual. Ha publicado novelas, obras de poesía, libros de relatos y ensayos que se han traducido a más veinte idiomas. Entre otros, ha recibido el Premio Renaudor por Mémoires de porc-èpic; el premio de novela Ouest-France-Etonnants Voyageurs, el premio de los Cinco Continentes de la Francofonía y RFO del libro por Verre cassé. En la actualidad, es profesor de Esudios de habla francesa y Literatura comparada en la UCLA, la Universidad de California-Los Ángeles
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Pointe-Noire

Dormíamos en el gran mercado de Pointe-Noire con otros adolescentes que habíamos encontrado allí. Cada uno ocupaba un sitio y hacía como si fuera su propiedad, aunque antes de las cinco de la mañana teníamos que salir corriendo, porque a esa hora aparecían los comerciantes de todos los rincones de la ciudad, en camiones con el tubo de escape retumbando como petardos mojados. Sobre todo, teníamos miedo a los pescaderos y a los verduleros, que, los fines de semana de noviembre, llegaban como a las dos de la madrugada. Nos miraban desde lejos sin decir una palabra, y sólo su presencia ya nos daba escalofríos. Lo cierto es que la leyenda decía que no sólo vendían pescado y verdura, si no que con eso disimulaban sus brujerías. A partir del mes de noviembre, usaban el gran mercado como lugar de encuentro con los más malvados espíritus de Pointe-Noire. Intercambiaban las almas de las personas que se iban a «comer» en las celebraciones de fin de año. Pero no iban a descuartizar a esa gente y hervirla en una olla. Un pescado o una verdura representaban simbólicamente las almas en venta. Los vendidos caían, de la noche a la mañana, enfermos, y se morían sin que se supiera de qué, a pesar de toda la atención de los doctores y curanderos, que terminaban tirando la toalla. Sólo los feticheros presentes en el entierro «veían» con su tercer ojo que esa persona había sido «comida» y habían negociado su alma en el gran mercado y ya estaba perdida...

Esos pescaderos y verduleros nos lo ponían difícil. Nosotros nos quedábamos dormidos como osos, porque estábamos agotados, y nos olvidábamos de levantarnos temprano. Pasábamos todo el día dando vueltas de aquí para allá, robando carne asada a las mamás ancianas por las calles principales, hurtando electrodomésticos en los negocios de los marroquíes de la avenida de la Independencia para después dejarlos en los bares o enfrentándonos a pandillas rivales que cuestionaban nuestra presencia en la capital.

Si las otras pandillas tuvieron la desgracia de que los mellizos acabaran teniendo el control del gran mercado, fue porque la mayoría de la gente que nos encontrábamos por ahí se acordaba perfectamente de que le habían reventado el ojo a uno más grande que ellos. Pero creo que ésa no fue la razón principal que los colocó como los verdaderos cabecillas del mercado. Para mí fue sobre todo porque habían desafiado a ese que se hacía llamar Robin el Terrible, quien tenía el mando en esa zona antes de que nosotros llegáramos.

Robin el Terrible lideraba la banda más estructurada, temible y antigua de Pointe-Noire. El cara a cara no se hizo esperar; apenas Robin el Terrible supo que dos mellizos intentaban reemplazarlo y se declaraban dueños de su territorio, todo sucedió. Acompañado de diez integrantes de su banda, salió corriendo hasta el restaurante Gaspar, donde nosotros acostumbrábamos a pasar el día entero esperando a que los clientes nos dieran alguna moneda cuando salían. Por ese entonces, nuestra pandilla sólo contaba con una decena de sujetos que, en su mayoría, eran todos unos gallinas y no mostraban ni una pizca de coraje a menos que los mellizos estuvieran al lado.

En cuanto vi a Robin el Terrible, sentí que se me aflojaban las piernas. Pero me hice el duro para no demostrar delante de los mellizos que ese grandullón con piel tan oscura y musculatura de pescador beninés me intimidaba. Había oído hablar de su «leyenda» de otros chicos. Contaban que su humor podía alterarse con sólo un sí o un no, y que entonces él los expulsaba de la banda. Lo llamaban Robin el Terrible porque se creía Robin de los Bosques, el héroe de la Edad Media que se escondía con su pandilla de maleantes en un bosque y desvalijaba a los ricos para repartir el dinero entre los pobres. Salvo que Robin el Terrible jamás había puesto los pies en un bosque y saqueaba indistintamente a ricos y a indigentes. Esos mismos chicos nos contaron, además, que la obsesión por el personaje le venía desde la infancia. Después de la escuela, se encerraba en la biblioteca de la iglesia de San Juan Bosco, y ahí leía las aventuras de su personaje favorito hasta que, finalmente, le puso cara a ese nombre. A pesar de las ilustraciones en color que tanto lo atrapaban, se hacía todo un lío. Entonces volvía a la página anterior, releía en voz alta y, rascándose la cabeza, se decía: «Pero ¿por qué el amigo se llama Pequeño Juan, si no es para nada pequeño? Más bien todo lo contrario. Es alto, fuerte y tiene a sus pies a todos los bandidos del bosque». Unas páginas más adelante, prácticamente saltaba de alegría cuando veía que, en realidad, Pequeño Juan era el cabecilla de los bandidos mucho antes de Robin de los Bosques, y no era de esos que cedían su influencia sin librar una batalla. Así que Pequeño Juan y Robin de los Bosques se habían desafiado en el primer encuentro, porque un gallo que domina al gallinero no va a dejar que un recién llegado se imponga y haga creer al resto de las aves del corral que ahora es su turno anunciar cuándo amanece. Se quedaba admirado frente a la valentía de Pequeño Juan, que le había exigido a Robin de los Bosques un duelo con palos antes de que se convirtieran en los mejores amigos del universo. Ésa sería una de las lecciones de supervivencia que aprendería desde temprano y que, más tarde, le serviría en las calles de Pointe-Noire. Allí, para hacerse respetar, no bastaba con provocar, también había que sacar músculo y defender el territorio costara lo que costara. Si el adversario era más fuerte, como Pequeño Juan, más valía fumar con él la pipa de la paz y tenerlo de aliado, nunca de enemigo.

Con el tiempo, dejó la escuela y se escapó de la casa de sus padres para vivir como Robin Hood, decía él. Allá por el barrio Comapon había un pequeño bosque con mangos y eucaliptos que ya no daban frutos. Al pie de un eucalipto, Robin el Terrible se moría de aburrimiento, y ningún chico aceptó acompañarlo en esa aventura. Entonces se sacó la idea del bosque de la cabeza y se convirtió en un joven vagabundo de las calles de Pointe-Noire, ya que, para él, esas calles también eran bosques. Mandó fabricarse un arco. Se vistió con ropa que venía de la Edad Media, comentaba, pero en realidad la robaba del mercado de pulgas del puerto de Pointe-Noire; salvo la capucha verde, que había encargado a unos costureros malienses del gran mercado y todos envidiaban. Era el único sabandija de toda la ciudad merodeando con arco y flechas. Había que saber manejar esa arma algo rudimentaria, pero que, aun así, exigía a su dueño importantes conocimientos; es decir, una práctica regular que a él le faltaba. Pero nada más ver el traje estrafalario y el arma, los pequeños bandidos de Pointe-Noire, sobre todo los del gran mercado, salían a la carrera, o bien se arrodillaban sólo con su presencia. Era el dueño de ese territorio, y era común leer el relato de sus aventuras en todos los diarios de la ciudad.

Songi-Songi y Tala-Tala amenazaban su reinado. Pero a Robin el Terrible no lo iban a engañar: él sabía muy bien que ser mellizos ocultaba misterios particulares. Así que se acercó a pedirles que se asociaran a su banda.

–El poder no se otorga –respondió Tala-Tala, cortante–. Ahora es tu turno de asociarte. O de pelear. ¡Y de demostrarles a tus hombres que tienes más fuerza que nosotros!

–Qué fácil decir eso cuando sois dos contra uno.

Los mellizos se miraron. Songi-Songi sugirió:

–Quédate con el arco y las flechas. ¡Nosotros peleamos con las manos vacías!

Los de la banda de los mellizos casi nos desmayamos. ¿Qué hacían proponiendo una pelea tan desigual?

Robin el Terrible no dejó escapar la ocasión y adquirió la postura para disparar. La mano derecha no había terminado de tensar la cuerda del arco cuando Songi-Songi saltó sobre él como un felino y se apoderó del arma mientras Tala-Tala le arrancaba el carcaj. Todo pasó tan rápido que apenas pestañeamos y volvimos a abrir los ojos, asombrados. Tala-Tala usaba una flecha para aplastar el ojo derecho de Robin el Terrible, mientras los miembros de su pandilla se largaban aterrorizados. Los cinco o seis que se quedaron (el miedo les impidió huir) juraron lealtad a los mellizos y se unieron a nuestra banda.

Mientras abandonábamos el lugar con el ruido de las sirenas de la policía, Robin el Terrible también desapareció porque sabía muy bien que los policías no se apiadarían de su ojo. Más bien le pedirían que rindiera cuentas de los delitos y, quién sabe, los crímenes que había cometido en la ciudad desde que se creía Robin de los Bosques.

Más tarde, Robin el Terrible les rogó a los mellizos que lo dejaran formar parte de nuestra pandilla.

–Ya no voy a ser más Robin Hood. Pero al menos dejadme ser Pequeño Juan...

Tala-Tala respondió, decidido:

–No vas a ser más Robin Hood. Ni Robin el Terrible. ¡Se terminó! Y tampoco Pequeño Juan. Nosotros ya tenemos a un Pequeño Juan, pero aquí es «Ají Picante», porque con ello demostró ser valiente. Con ají picante. Ahora sólo te toca ser un integrante más de la banda...

Robin el Terrible parecía cada vez más un pirata con el sombrero ese verde y el ojo cubierto con un cacho de tela. Era tanto el hazmerreír de los que, antes, al verlo aparecer, temblaban, que terminó saliendo de la circulación. Dejamos de verlo en el gran mercado. Un buen día, uno de su vieja pandilla nos vino a contar que en el Tchinouka habían pescado el cuerpo apuñalado de su expatrón arrojado a la corriente por bandidos del barrio de Mbota. El jefe le echaba en cara que hacía un...



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