Maclean | Los cañones de Navarone | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 384 Seiten

Maclean Los cañones de Navarone


1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-350-4986-3
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

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ISBN: 978-84-350-4986-3
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Sobre la sólida roca de un acantilado, cerca de las costas de Turquía, la pequeña isla de Keros acoge al ejército nazi. Allí se alza la inexpugnable fortaleza de Navarone, cuyos cañones, famosos por su mortal precisión, cierran el paso de sus aguas a cualquier barco que se atreva a navegar el mar Egeo que la rodea. Sobre el habilidoso y temerario capitán Keith Mallory recae la misión de liderar a un pequeño comando con la misión de escalar el peligroso precipicio de Navarone, silenciar de una vez por todas sus cañones y rescatar a los más de mil soldados aliados allí apresados. Es, a priori, una misión suicida, pero Mallory, junto con Miller y Andrea, conforman un equipo eficaz y letal y preferirán morir antes que rendirse en el intento. Porque son conscientes de que una de las ofensivas más importantes de la guerra descansa en sus manos... Emocionante de principio a fin, es ésta la aventura de unos hombres que no se doblegan, de unos soldados dispuestos a morir los unos por los otros; una historia de camaradería, honor, suspense y acción como pocas.

Alistair MacLean (21/4/1922-02/02/1987) Hijo de un ministro escocés, creció en las Tierras Altas de Escocia. En 1941, cuando tenía dieciocho años, se unió a la Marina Real. Después de la guerra, ejerció como profesor en la Universidad de Glasgow. Los dos años y medio que pasó a bordo de un crucero de guerra le sirvieron de base para escribir HMS Ulysses, su exitosa primera novela, que fue publicada en 1955. En la actualidad, se le considera uno de los escritores populares más destacados del siglo xx gracias a sus veintinueve best-sellers mundiales, muchos de los cuales han sido llevados al cine, como Los cañones de Navarone,El desafío de las águilas, El miedo es la clave o Estación Polar Cebra. En 1983 obtuvo el doctorado en Literatura por la Universidad de Glasgow.
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Capítulo I

Preludio: Domingo 1:00-9:00 horas

El fósforo raspó ruidosamente el metal oxidado del cobertizo de chapa ondulada, prendió y luego estalló en un chisporroteante haz de luz, con un sonido áspero y un brillo repentino que resultaban extraños en la quietud de la noche desértica. Los ojos de Mallory, de manera inconsciente, siguieron el recorrido de la cerilla hasta el cigarrillo que sobresalía bajo el bigote recortado del capitán de grupo, vieron cómo la luz se detenía a escasos centímetros de la cara, observaron la repentina calma de aquel rostro, la mirada vacía y desenfocada de los ojos de un hombre absorto en la escucha. Luego, la cerilla desapareció y se hundió en la arena del perímetro del aeródromo.

–Puedo oírlos –dijo en voz baja el capitán de grupo–. Los oigo venir. Cinco minutos, no más. Esta noche no hay viento. Llegarán por la pista número dos. Vamos, reunámonos con ellos en el cuarto de interrogatorios. –Hizo una pausa, miró a Mallory de manera inquisitiva y pareció sonreír. Pero la oscuridad engañaba, pues no había humor en su voz–. Controla tu impaciencia, jovencito, sólo un poco más. Las cosas no han ido muy bien esta noche. Tendrás todas las respuestas, y me temo que muy pronto. –Se dio la vuelta con brusquedad y avanzó a grandes pasos hacia los edificios bajos que se vislumbraban vagamente en la pálida oscuridad que coronaba el despejado horizonte.

Mallory se encogió de hombros y lo siguió despacio, avanzando paso a paso junto al tercer miembro del grupo, una figura ancha y fornida con un balanceo muy pronunciado en su andar. Se preguntó con acritud cuánta práctica había necesitado Jensen para lograr aquel estilo marinero. Por supuesto que treinta años en el mar, y eso era lo que Jensen había hecho, eran justificación suficiente para que un hombre bailara la tradicional danza hornpipe mientras caminaba, pero ése no era el punto. Como brillante jefe de operaciones del Ejecutivo de Operaciones Secretas (SOE) en El Cairo, la intriga, el engaño, la falsedad y el camuflaje eran el aliento vital del capitán James Jensen, condecorado con la Orden del Servicio Distinguido (DSO) de la Marina Real Británica. Como agitador de los estibadores levantinos, se había ganado el respeto de los trabajadores portuarios desde Alejandreta hasta Alejandría. Como camellero había superado con audacia a todos los competidores beduinos, y ningún mendigo más patético había exhibido llagas tan realistas en los bazares y mercados de Oriente. Sin embargo, esa noche no era más que un marinero fanfarrón y sencillo. Iba vestido de blanco, desde la gorra hasta los zapatos de lona. La luz de las estrellas generaba suaves destellos sobre los flecos dorados de las charreteras y la visera.

Sus pasos crujían al unísono sobre la arena compacta y sonaban más fuerte a medida que avanzaban hacia el concreto de la pista. La apresurada figura del capitán de grupo casi se había perdido de vista. Mallory respiró hondo y se volvió hacia Jensen.

–Disculpe, señor, ¿qué es todo esto? ¿A qué viene tanto revuelo y secreto? ¿Y por qué estoy involucrado? Por el amor de Dios, señor, ayer mismo me sacaron de Creta. Me relevaron con ocho horas de anticipación. Me dijeron que tenía un mes de permiso. ¿Y qué ha pasado?

–Bueno –murmuró Jensen–, ¿qué ha pasado?

–Ningún permiso –repuso Mallory en tono amargo–. Ni siquiera una noche de descanso. Sólo horas y horas en el cuartel general del SOE, respondiendo a un montón de preguntas absurdas y tontas acerca de la escalada en los Alpes del Sur. Luego me arrancaron de la cama a medianoche, me dijeron que debía reunirme con usted,y un escocés loco que cantaba canciones de borracho y hacía cientos de preguntas aún más estúpidas me condujo durante horas a través del maldito desierto.

–Uno de mis camuflajes más eficaces, siempre lo he pensado –sostuvo Jensen de forma engreída–. Personalmente, el viaje me pareció de lo más entretenido.

–Uno de sus camufla... –Mallory se calló, consternado, al recordar las cosas que le había dicho al anciano y bigotudo capitán escocés que conducía el vehículo de mando–. Lo siento mucho, señor. No me di cuenta...

–¡Claro que no! –lo interrumpió Jensen con tono brusco–. Se suponía que no. Sólo quería asegurarme de si era el hombre adecuado para el trabajo. Estoy seguro de que así es. Lo estaba ya antes de retirarlo de Creta. Pero no sé de dónde sacó la idea del permiso. A menudo se ha puesto en duda la cordura del SOE, pero ni siquiera nosotros enviamos un hidroavión con el único propósito de permitir que oficiales subalternos pasen un mes desperdiciando sus recursos entre los placeres de El Cairo –concluyó con frialdad.

–Todavía no sé...

–Paciencia, muchacho, paciencia, como nuestro respetable capitán de grupo acaba de recomendar. El tiempo es infinito. Esperar y seguir esperando... Eso significa ser del este.

–Dormir un total de cuatro horas en tres días no lo es –protestó Mallory–. Y eso es todo lo que he dormi... ¡Aquí vienen!

Los dos entrecerraron los ojos de inmediato cuando el intenso resplandor de las luces de aterrizaje los cegó, hasta que el aparato se adentró en la oscuridad. En menos de un minuto, el primer bombardero había aterrizado de forma brusca y descontrolada, rodando hasta detenerse justo al lado de ellos. La pintura gris de camuflaje del fuselaje trasero y de los planos de cola estaba salpicada de impactos de bala y proyectiles de cañón; un alerón estaba destrozado, y el motor exterior de babor se encontraba fuera de servicio, empapado en aceite. El metacrilato de la cabina se veía agrietado en numerosos sitios.

Durante un largo rato, Jensen miró fijo los agujeros y las marcas de la dañada aeronave; luego sacudió la cabeza y apartó la mirada.

–Cuatro horas de sueño, capitán Mallory –comentó Jensen en voz baja–. Cuatro horas. Empiezo a pensar que debe considerarse muy afortunado por haber dormido tanto.

La sala de interrogatorios, incómoda y sin ventilación, se hallaba intensamente iluminada por dos potentes luces sin pantalla. El mobiliario consistía en algunos mapas y gráficos de pared desgastados, una veintena de sillas igual de deterioradas y una mesa de operaciones sin barnizar. El capitán de grupo, flanqueado por Jensen y Mallory, estaba sentado detrás de la mesa cuando la puerta se abrió del golpe y entró el primer grupo de la tripulación de vuelo, parpadeando sin cesar bajo la intensa luz, a la que no estaban acostumbrados. Los guiaba un piloto, de pelo oscuro y cuerpo robusto, que sostenía un casco y un mono de vuelo en la mano izquierda. Llevaba un sombrero de campaña Anzac aplastado en la nuca y la palabra «Australia» estampada en blanco en las hombreras del caqui. Con el ceño fruncido, sin decir palabra y sin permiso, se sentó frente a ellos, sacó un paquete de cigarrillos y raspó un fósforo sobre la superficie de la mesa.

Mallory miró de reojo al capitán de grupo. Éste parecía resignado; incluso sonaba resignado.

–Caballeros, él es el jefe de escuadrón Torrance. El jefe de escuadrón Torrance –repitió sin necesidad–. Es australiano. –Mallory tuvo la impresión de que el capitán esperaba que esta declaración explicara algunas cosas, incluyendo al jefe de escuadrón Torrance–. Él ha comandado el ataque de esta noche en Navarone. Bill, estos caballeros de aquí, el capitán Jensen de la Marina Real y el capitán Mallory del Grupo de Desierto de Largo Alcance, tienen un interés muy especial en Navarone. ¿Cómo salieron las cosas anoche?

«¡Navarone! Por eso estoy aquí», pensó Mallory. Navarone. La conocía bien; mejor dicho, sabía de ella, igual que todos los que habían servido algún tiempo en el Mediterráneo oriental. Se trataba de una sombría e inexpugnable fortaleza de hierro frente a la costa de Turquía, fuertemente defendida por, según se creía, una guarnición mixta de alemanes e italianos. Era una de las pocas islas del Egeo en las que los aliados no habían podido llevar a cabo una misión, y mucho menos recuperarla, en ningún momento de la guerra. Se dio cuenta de que Torrance hablaba con un ritmo lento cargado de ira reprimida.

–Terrible, señor. Fue una pesadilla, un auténtico suicidio. –Guardó silencio y los observó malhumorado, con los labios apretados a través del humo de tabaco–. Pero nos gustaría volver –continuó–. A los muchachos y a mí. Hablábamos del tema de regreso a casa. –Mallory percibió un profundo murmullo de voces en el fondo, una especie de gruñido de aprobación–. Nos gustaría llevarnos al bromista que ideó esto y lanzarlo sin paracaídas desde una altura de tres mil metros sobre Navarone.

–¿Tan malo fue, Bill?

–Muy malo, señor. No tuvimos oportunidad. De verdad, no la tuvimos. En primer lugar, el clima no estuvo a nuestro a favor. Los payasos de la Oficina Meteorológica estuvieron tan acertados como de costumbre.

–¿Dijeron que el cielo estaría despejado?

–Sí, cielo despejado. Pero estaba completamente nublado por encima del objetivo –dijo Torrance con resentimiento–. Tuvimos que descender a cuatrocientos metros. Pero eso no tiene importancia... Hubiéramos tenido que bajar más de todos modos, unos novecientos metros por debajo del nivel del mar, y luego ascender. Ese saliente del acantilado bloquea el objetivo por completo. También podríamos...



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