E-Book, Spanisch, 320 Seiten
Madden-Mills Muy tentador
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-17683-90-0
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 320 Seiten
ISBN: 978-84-17683-90-0
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Los libros de Ilsa Madden-Mills han aparecido periódicamente en las listas de novelas más vendidas de The Wall Street Journal, de The New York Times y de USA Today. Le gusta que sus heroínas sean fuertes y sus héroes, hombres poderosos y atractivos que muchas veces solo merecen un buen bofetón. Es conocida por sus melodramáticos y divertidos romances del género New Adult que transcurren en el ámbito universitario. Como exprofesora de inglés y bibliotecaria de un instituto, adora todo lo relativo a Orgullo y prejuicio, y el señor Darcy es su protagonista ideal. Ama los unicornios, el café con espuma y las Crónicas vampíricas, así como cualquier libro en el que las mujeres manejen la espada. En 2018 publicamos su primera novela, El inglés, que fue un enorme éxito de crítica y ventas. Luego seguimos en 2019 con El otro inglés y Muy inglés. Muy tentador es su cuarta novela con Phoebe.
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1
«Una pregunta que a veces me tortura:
¿estoy loco yo o los locos son los demás?».
Albert Einstein
Nora
«Weissnichtwo»
Sí, no era una palabra fácil de decir. Sin embargo, estas sílabas en staccato, a menudo mal pronunciadas, habían estado haciendo tictac en mi cerebro como el clic del metrónomo de mi profesor de piano durante los quince últimos minutos. Weiss-nicht-wo, Weiss-nicht-wo, Weiss-nicht-wo. Me había puesto a tamborilear los dedos siguiendo el ritmo.
Esa complicada expresión había sido acuñada por Thomas Carlyle en su obra satírica El sastre sastreado, por lo que no era sorprendente que los organizadores la seleccionaran para el Concurso Nacional de Ortografía Belltone. Incluso quien mejor supiera deletrear podía ser expulsado por ella, tal vez porque la «w» se pronuncia como una «v» germánica o tal vez porque cometían un error de novato como olvidar la mayúscula del principio.
Pero hacía cuatro años no me había equivocado en ese renombrado concurso de ortografía. La había dicho de forma perfecta, ya que en mi familia no se permitía meter la pata. Había sido el último año que podía competir, a los catorce años, y me había tocado Weissnichtwo, con la que vencí al chico con acné de Rhode Island en la sexta ronda.
Mi cociente intelectual era de 162, y la mayoría de la gente consideraba que era un nivel de genio. Aun así, había tenido que entrenarme mucho para el concurso de ortografía, y estudiar una lista de palabras de doscientas páginas y treinta mil tarjetas de memoria durante dos horas al día, cuatro días a la semana. Durante todo un año. En aquellos días, enseguida le había recordado a la gente que a Einstein se le daba fatal deletrear.
Mi madre chasqueó los dedos delante de mi cara.
—Nora Grace, por favor, deja de estar encogida y siéntate bien. Una buena postura mejora el atractivo general. Ya lo sabes.
Enderecé la espalda.
—El señor Cairn está a punto de llamarte al estrado —añadió—. No me decepciones.
Asentí con la cabeza.
Torció los labios mientras examinaba mi nuevo vestido y mis sandalias marrones.
—Ponerte ese vestido amarillo ha sido muy mala idea. Te deja la piel apagada, y me sorprende que lo haya elegido mi ayudante. Normalmente tiene mejor gusto. Por favor, no vuelvas a escoger este… —señaló mi ropa— terrible conjunto otra vez. —Suspiró—. Al menos no te has puesto esas espantosas botas vaqueras.
Me agarré a los bordes de la silla, negándome a oír su último comentario. ¿Pensaba que yo era estúpida? Ya sabía que no debía usar las botas delante de ella, porque me iba a dejar la huella de la mano en la mejilla por tamaña infracción. Ignoré a mi madre como pude y miré las tarjetas de notas, concentrándome en recordar todo lo que mi entrenador de deletreo me había enseñado.
Ella continuó con su sermón mientras centraba la atención en el director de la Academia Briarcrest.
—Siento no haber podido ayudarte a comprar un vestido apropiado. Ahora que Geoffrey ha dimitido, todo es un caos, así que voy a tener que trabajar más horas; me quedaré en el apartamento de la ciudad. No puedo hacer otra cosa —comentó, encogiéndose de hombros de forma elegante—. Sin embargo, me preocupo por ti. Dentro de unos meses estarás en Princeton, y nunca pasarás de primer curso si no dejas de soñar despierta. Esperamos grandes cosas de ti, Nora.
—Sí, señora.
Me examinó de nuevo, esta vez clavando su mirada crítica en mi cintura.
—Mona me ha mencionado que no te has pesado todos los días, y estoy preocupada. No te olvides nunca de lo gorda que estabas.
Estudié el vestido que llevaba, de la talla treinta y ocho, y respiré hondo. Mona, el ama de llaves, informaba a mi madre de todo lo que hacía. Probablemente llevaba un registro para indicarle cuándo orinaba.
—Oh, y tengo una noticia que llevo tiempo queriendo contarte. Finn se mudará a casa después de Navidad —dijo con una sonrisa—. Houston no le está funcionando como pensaba, así que va a trabajar al centro, en el bufete de tu padre.
Tragué la bilis que me provocaba lo que me decía. Siempre Finn, mi medio hermano. ¿Por qué iba a importarme lo más mínimo?
Miré a mi alrededor en busca de mi padre, pero él ni siquiera escuchaba al señor Cairn ni lo que nosotras decíamos. Tenía el teléfono sin sonido, pero no dejaba de enviar mensajes. No quería estar ahí.
En el escenario, el señor Cairn estaba terminando el discurso.
—… en las jornadas de inscripción y de puertas abiertas de la Academia Briarcrest. Este otoño será nuestro centenario, y esperamos celebrar este evento durante todo el año. Y ahora, para dar la bienvenida a nuestros nuevos alumnos, la presidenta de la clase del año pasado, Nora Blakely, les ofrecerá unas palabras. Ella es uno de los mejores activos de la academia: no solo fue la campeona del Concurso Nacional de Ortografía Belltone hace cuatro años, sino que actualmente es la editora del anuario, la cocapitana del equipo de debate y una de las primeras beneficiadas por la estimada beca James D. Gobble para asistir a la universidad de Texas. Es un modelo ejemplar para todos los que estamos presentes. —El señor Cairn sonrió benignamente a la primera fila, donde estábamos—. Sin más preámbulos, por favor, un aplauso para la señorita Nora Blakely.
Siguieron los educados aplausos.
—Ve a por ellos, hermanita —me dijo Finn cuando me levanté para subir los escalones de madera que conducían al escenario. Sorprendida al escuchar su voz, me volví notando que obviamente había llegado tarde y que había estado sentado justo detrás de mí durante todo el tiempo. Me sentí como si algo me corroyera por dentro. Se suponía que no debía estar ahí: era un día de diario y vivía a cuatro horas. En lo más profundo de mi estómago, me di cuenta de que mi madre le había dicho que viniera. Y él siempre hacía lo que ella decía; igual que yo.
Mientras lo miraba, los sonidos de la gente sentada en las duras sillas llenaron mi cabeza y luego desaparecieron de la manera más extraña. Me dio un ataque de vértigo, lo que hizo que el gimnasio diera vueltas salvajemente a mi alrededor, como si estuviera en un tiovivo. Asustada, me controlé agarrando los lados de mi vestido y mordiéndome la parte interior de la mejilla hasta que noté el sabor a cobre de la sangre.
Verlo me había hecho ponerme todavía más nerviosa.
Me estremecí de repugnancia al ver su cara demacrada y sus ojos rojos con la piel flácida debajo. Cocaína. Algún día, la droga le robaría por completo su hermoso rostro y haría estragos en él. Pero su ropa gritaba dinero, desde el traje a medida hasta el reloj Louis Vuitton. Al igual que yo, era agradable por fuera.
Movió las manos con nerviosismo, haciendo que me fijara en la larga cicatriz dentada que tenía en la derecha. Ese desagradable corte había recibido ochenta y cinco puntos de sutura en urgencias, y si se subía la manga, le llegaba hasta el codo. Mientras se la miraba, se sonrojó, y bajó la cabeza para clavar los ojos en sus zapatos, como si la respuesta a todas las preguntas de la vida estuviera en el sucio suelo del gimnasio. Y no lo estaban.
De repente deseé estar drogada. Al menos no recordaría lo que había hecho.
Le di la espalda y me alejé. Él no era nada para mí.
Mientras subía los escalones, me alisé el vestido y traté de respirar de forma uniforme, para poder ofrecer mi bien preparado discurso sobre lo maravilloso que era ser un estudiante de la Academia Briarcrest, lo superguay que era si estudiabas mucho y sacabas buenas notas, y lo increíblemente fantástico que resultaba ser rico e inteligente en este pequeño mundo de mierda. Bien.
Resoplé. «Si esta gente supiera la sucia verdad sobre mí… Lo débil que soy. Cómo muero cada día un poco. ¿Me mirarían de forma diferente? ¿Me tratarían como a una paria?».
«Sí», susurró mi voz interna.
«Ignórala y respira hondo», me ordené a mí misma. Inspiré profundamente por la nariz y solté el aire por la boca mientras avanzaba hacia el señor Cairn, al que en secreto había apodado «el Topo», un topo bastante agradable, no obstante. Con su pelo gris y su bizquera, parecía una mosquita muerta, aunque no lo era; también tenía instintos agudos y una inteligencia aún más aguda. Nada pasaba desapercibido para el Topo. Incluso en ese momento, su mirada estudió mi expresión, y creo que tal vez pudo darse cuenta de mis grietas. Automáticamente, mi cuerpo entró en modo concurso de belleza, y me precipité hacia él como un robot, con las nuevas sandalias que mi madre odiaba repiqueteando en el escenario.
Había llegado el momento del show.
El señor Cairn me miró y se apartó educadamente para ocupar un asiento cercano al escenario, junto con el vicedirector y varios estimados exalumnos que ayudaban a convertir a la Academia Briarcrest en uno de los mejores colegios privados de Texas. Les dediqué un saludo, ofreciéndoles mi ensayada sonrisa falsa, y me volví para mirar al público. Con el brillo de los focos incidiendo en mi cara, era difícil ver mucho más allá de la primera fila, pero sí logré vislumbrar a mis padres y a mi mejor amiga, Mila, que estaba con los suyos. También percibí la presencia de Drew Mansfield, que había sido mi amor secreto desde séptimo grado —que se pudra en el infierno por haber follado conmigo el año anterior y luego haberme...




