E-Book, Spanisch, 224 Seiten
Reihe: Surcos
Madoz Jáuregui Vivir la muerte
1. Auflage 2015
ISBN: 978-84-9073-141-3
Verlag: Editorial Verbo Divino
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
La muerte y el morir
E-Book, Spanisch, 224 Seiten
Reihe: Surcos
ISBN: 978-84-9073-141-3
Verlag: Editorial Verbo Divino
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
¿Por qué? fue la pregunta, sin respuesta, incontestable, testaruda, constantemente reiterada en boca de aquel padre, mientras su mirada acechaba, incrédula, el rostro lívido de su hija, dieciocho años, recién fallecida de forma absurda e imprevista. Su eco, flotando en el ambiente, conmocionó al autor de este libro, hace más de cincuenta años, y alumbró en él su vocación por entender el misterio de la muerte. Vivir la muerte garantiza saborear la vida. Resulta absurdo soslayarla. Hay que asumirla como parte esencial de la existencia, con sus contrastes, con sus miedos, también, muchas veces, con la sencilla felicidad de lo natural y cotidiano. Es necesario preverla, prepararla y acogerla. También, lograr que su duelo sea humano y enriquecedor. Es muy probable que leas esta invitación con prejuicios y con temor. Sacúdetelos: este texto te ayudará a ser feliz. Ignorar la muerte empobrece y reduce las ganas de vivir.
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La búsqueda
Misterio
El misterio de la muerte, que nos desasosiega, a menudo, interiormente, desde la niñez, deja al ser humano frente al inmenso misterio de su vida entera. Ignorarlo es un mal empeño. Quien huye y evade la muerte, desoye su vida y la anestesia. Verdaderamente, la muerte tiene la virtud de lo inapelable: es un fenómeno cierto, inseparable de la condición humana y, también, de su naturaleza.
Puede ser contemplada desde muy diversas dimensiones: la biológica, la clínica, la social, la personal, pero también, dentro de ellas, con perspectivas muy diferentes: sanitaria, antropológico-filosófica, antropológico-cultural, histórica, teológica, política, jurídico-social, artística, ética, conmemorativa, y un largo etcétera. Tan importante es su realidad.
Como dice Laín Entralgo en su texto Cuerpo y alma, la muerte es, sin duda alguna, un hecho, una “posibilidad vital absolutamente ineludible y absolutamente irrebasable…, un trance de nuestra existencia a cuya atención debe atenerse la vida del ser humano para ser radical y auténtica”.
Pero este hecho, siguiendo al mismo Laín, no es un hecho cualquiera, un algo que sucede, sino un hecho que, para cobrar su verdadera dimensión, debe convertirse en un “acto” humano, parte del proceso personal del moribundo, que debe ser aceptado y, en gran medida, también asumido e iniciado por él, aunque igualmente, por desgracia, puede ser rechazado por su protagonista. Sobre este aspecto de la muerte vamos a extendernos con posterioridad.
Paralelamente, la muerte suele ser un “suceso” familiar, un acontecimiento que rompe y modifica la homeostasis de la historia del grupo en el que ha coexistido el que fallece, y, asimismo, con frecuencia llega a ser un cierto “acontecimiento” social, por su impacto en la comunidad y en la sociedad que le ha integrado.
Cada cultura modula estas diversas realidades, las enmarca y las conduce, como continuamente nos enseña la antropología cultural.
Pero siempre permanece el misterio. La muerte, como idea abstracta, nos confronta con el fin de lo conocido y nos sitúa frente a un posible “vacío”, suscitándonos numerosos interrogantes. Es fácil, o al menos es más o menos inteligible, comprender qué significa la muerte biológica: dejar de respirar, de latir el corazón, de tener actividad eléctrica cerebral, etc. Tampoco nos supone un conflicto excesivo comprender lo que podríamos denominar la muerte psicológica: dejar de percibir, de pensar, de sentir, etc. Mucho más difícil, ignoto, es la comprensión de dejar de existir: dejar de amar, de ansiar, de proyectar, de vivir en suma. ¿En qué consiste dejar de existir, dejar de ser? ¿Se aniquila el ser o pervive? ¿Hay algo después, o solo la nada o el vacío?
Desde un razonamiento lógico, se nos suscitan algunas posibles contradicciones: si la vida humana tiende a la plenitud, ¿dónde está su límite? ¿Por qué todos anhelan, aparentemente, más tiempo para hacerla? ¿Cómo puede desembocar ese afán de totalidad en la nada? Por otra parte, si el ser humano es, desde todos los humanismos, el valor absoluto de la vida contingente, ¿cómo entender que en cada muerte de una persona termine un absoluto o, al menos, fragmentos del absoluto histórico que podría ser la humanidad?
No podemos resolver el misterio, sino solo desvelarlo en parte. Este libro pretende ayudarnos a afrontar la muerte de forma positiva y enriquecedora.
Sentido
Las primera preguntas que vienen a nuestra mente ante el misterio de la muerte son: ¿qué sentido tiene la muerte?, ¿morimos para algo?, ¿o es la mera negación del ser?
Los posicionamientos frente al misterio son diversos, pero se pueden encuadrar en dos grandes agrupamientos: los que creen que después de la muerte no hay nada y la valoran exclusivamente desde una dimensión humanista temporal, y los que consideran que tras el morir hay algo más y, sin renunciar a dicha formulación humanista, propugnan una persistencia del ser en otra dimensión.
• Desde la perspectiva humanista, la muerte es, o debería ser, la continuación de la vida y la culminación de la obra de cada ser humano, la compleción de toda su vida personal, la consumación, que no la “consumición” por agotamiento, de su vocación personal, entendiendo que consumar es “llevar a cabo totalmente algo” o “llevar a cabo el acto que se considera la culminación de algo”, o sea, el morir. Todo ello haciendo hincapié en que “consumar” viene de summum, “lo más alto”, y que por consiguiente, de este modo, metafóricamente, morir debería ser algo así como alcanzar la cima del propio proyecto personal. Esta obra, así retocada y terminada en el morir, puede y suele pasarse a generaciones futuras en forma de testamento espiritual o de un eslabón en la cadena de progresos de la humanidad.
• Otras muchas personas nos adherimos a creencias o ideologías, muchas veces ligadas a diferentes religiones, que suponen la aceptación de alguna forma de pervivencia tras la muerte. La mayoría de ellas son teorías personalizadas y se concentran en dos opciones fundamentalmente:
– La reencarnación en otros seres humanos o sujetos de otra especie, asemejada a un renacer en otra sede vital, como propugnan, por ejemplo, el hinduismo o el budismo.
– La resurrección, en la que el fallecido continúa siendo él mismo en una dimensión o forma diferente, como defienden el cristianismo, el islamismo o el judaísmo, entre otros.
Hay personas que identifican al ser humano como una porción de energía total o global que, al morir, se recompone en otra fracción de energía continuadora de la anterior. Esta hipótesis no posee el carácter personalista de las anteriores y resulta más difícil de concretar y de identificar.
A título de ejemplo, en nuestra cultura, el cristianismo, en el que muchos nos movemos y vivimos, expone una doctrina que es muy clara al respecto y que podemos sintetizar en los siguientes rasgos:
• Existe una vida transmortal, basada en la resurrección, explicitada en Jesús, el Cristo, que nos enseñó el camino hacia la otra realidad atemporal y sin espacio, denominada de mil formas (cielo, paraíso, etc.), que supone la dimensión auténtica en la que cada ser humano puede contemplar su plenitud, su ser total.
• La muerte es el paso, la pascua, a esta vida verdadera, ya perenne, en la que el ser humano se realiza absolutamente, dado que esta es la existencia para la que fue creado, y de la que se alejó por el pecado de soberbia, origen de todos los demás. Solamente al morir la persona alcanza su verdadera libertad, su ser él mismo en toda situación, retornando a la morada del Padre, su creador y mentor, su verdadera raíz.
• Con lo que antecede podemos entender dos citas enmarcadas en el pensamiento cristiano:
– La de Zubiri, que, en el capítulo X de Sobre el hombre, referido al decurso vital, acerca del tema de la muerte dice que “la muerte es el acto que lanza al hombre desde la provisionalidad a lo definitivo”.
– La de Gregorio de Nisa, cuando afirma que “la muerte supone volver a la naturaleza en su originalidad”.
Cualquiera que sea la respuesta que demos al misterio del “más allá”, sea el de la aniquilación, sea el de la reencarnación, la resurrección u otra, hay que tener muy claro que todas son puramente creenciales, pues ninguna de ellas se basa en experiencias comprobables. En unos casos, como en el de la aniquilación, pueden pesar más los argumentos racionales y/o comprobables; en otros, aquellos que defienden la pervivencia del ser, posiblemente se amparan más en razones vivenciales y/o sentimentales. En cualquier caso, el misterio sigue abierto, difícil de comprender y de explicar, sobrepasando la razón humana.
Las muertes pequeñas
Antes de afrontar la muerte propia, todos los humanos hemos experimentado rupturas y pérdidas que, de alguna manera, se asemejan a la muerte, por cuanto suponen la anulación de algunas funciones o tareas significativas en nuestra biografía. Muchos de estos percances, debido a sus consecuencias, podrían ser considerados algo así como una “muerte parcial” en la vida del sujeto. En este apartado podríamos considerar algunas patologías graves y muy disfuncionales, tales como una ceguera, una sordera total, una paraplejia u otras dolencias por el estilo. Asimismo, también encajarían en este mismo capítulo algunos cambios vitales extraordinarios capaces de marcar la vida futura de la persona, como podrían ser cambios económicos o del hábitat sobrevenidos muy bruscamente, o circunstancias similares. Máxime si a ello se añade una inadecuada elaboración de las mismas, unas veces por asumirlas de forma aversiva y otras por caer en una resignación pasiva. En ambos casos, el rechazo agresivo de la primera y el abandono ligado a la segunda posiblemente conducirán al sujeto a la depresión y a la paralización de una parte importante del proyecto vital de su ser. Miguel Delibes, en su novela Señora de rojo sobre fondo gris, hace referencia a esta posibilidad cuando a la protagonista, que tiene un tumor cerebral, se le produce una parálisis facial. Temiendo que dicha afección pueda romper el curso de su historia personal, el autor se pregunta si no sería mejor que le sobreviniera ya su muerte total, sin tener que padecer antes esta dolorosa muerte parcial.
Más grave es, sin duda, la cancelación de la casi...




