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E-Book, Spanisch, 93 Seiten

Maestro El amo del mundo


1. Auflage 2016
ISBN: 978-84-16862-77-1
Verlag: Metaforic Club de Lectura
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 93 Seiten

ISBN: 978-84-16862-77-1
Verlag: Metaforic Club de Lectura
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El amo del mundo: Una auténtica novela gaditana ha de estar teñida de humor: allí, en el umbral de los ignotos lugares, se narra con la aparente despreocupación de una sonrisa aunque sea para hablar de bombas que surcan el cielo de la bahía. Sin que ello implique que lo narrado esté exento de hondura y sustancia. Siendo así, que lo es, demos la bienvenida a 'El amo del mundo' y digamos que se inscribe plenamente en dichas coordenadas: una novela de formación en el más pleno sentido del término, con un protagonista que da el salto hacia una primera madurez, hacia el autoconocimiento y el amor, descrito con la benevolencia de la memoria del autor y el cariño hacia esos seres que dudan y se tropiezan pero siguen su particular camino de búsqueda personal. Contada de manera consistente y con la sonrisa en la boca. Seguro que será una buena lectura para lectores de 15 años en adelante.

Pepe Maestro: Nace en Cádiz y, tras licenciarse en Filología Hispánica, realiza diversos cursos que lo especializan en literatura infantil y juvenil. Como escritor ha publicado El Circo de Baltasar, Una pluma de cuervo blanco, Balbino y las sirenas y Alfonsina. Su pasión por el teatro le hizo fundar la Compañía de Títeres Cataplof, representando obras en numerosas plazas, teatros y salas. Suyas también son piezas teatrales para niños y jóvenes como Una de monstruos, Librosss, Casi Blancanieves, La flor de trébol y El único lobo. Como docente ha impartido numerosos cursos, talleres y conferencias relacionadas con el fomento de la lectura, la oralidad y el valor de los cuentos. Así mismo es participante asiduo del Circuito Literario Andaluz, mostrando su obra en colegios y bibliotecas. De su labor como 'rapsoda' destacan La historia de un soldado con la Orquesta Manuel de Falla y bajo la dirección de Juan Luis Pérez. Sus colaboraciones con el trío de jazz Saguiba en los recitales musicalizados El club de la serpiente (concierto homenaje a Julio Cortázar) y El muro de las hetairas de Fernando Quiñones. Como narrador oral realiza su labor desde 1994, habiendo narrado en numerosos colegios, institutos, bibliotecas, teatros y salas, para diferentes entidades y organizaciones. Así mismo participa en eventos literarios como Muestras y Ferias del libro Infantil y Juvenil, Jornadas Literarias y Festivales de Narración Oral.
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CAPITULO II


I


Dejemos por un momento al joven suspendido en su postura y no se preocupe el lector si está más o menos cómodo: entre los méritos contraídos por nuestro héroe, se encuentra el haber obtenido la honorable cifra de cinco euros ejerciendo de mimo por las calles de Florencia en cierto viaje de fin de curso, con el angustioso cometido de contribuir al pago de un taxi que lo llevara, en compañía de otros tres despistados, al aeropuerto; toda vez que el autobús dispuesto para tal fin, después de esperar infructuosamente durante cinco horas, partiera inmisericorde con el resto de compañeros de viaje, cumpliendo así las amenazas de la profesora de matemáticas, la más enrollada, de dejar en tierra a quien no se ajustara al horario.

Ignore, también, el lector, que los cinco euros, fueron obtenidos más por la amenaza a una viejecita de paso lento que por la brillante ejecución dramática, y confiemos en la entereza detenida de nuestro protagonista.

En realidad, si lo mantenemos en suspenso durante un par de capítulos no es para desesperación del lector sino para orientarle y ofrecerle algo de cronología en los sucesos.

Señoras y señores, con todos ustedes, el flash back, o vuelta atrás en el tiempo.

II


Faustino Galván. Tino, para los amigos. Dieciséis años. Estudiante de primero de Bachillerato.

Como sucedía a gran parte de sus amistades, solamente había un faro en su vida, aunque ellos mismos lo ignorasen: ingresar lo más tarde posible en la vida laboral y continuar ejerciendo de un modo casi exclusivo su formación académica.

Ello no se debía a convicciones humanísticas. Respondía más bien a la necesidad de seguir disfrutando de la desesperante tutela de sus progenitores. En su caso, y desde el abandono del domicilio familiar por parte del padre, dicha tutela consistía básicamente en una madre y en el considerable aumento, desde la huida del padre, de la paga semanal que antes recibía.

En parte, era lógico que desease prolongar sus estudios, aunque, a las puertas de la universidad, la mudanza semanal de vocación le produjese alguna zozobra. Las diez últimas semanas habían conocido otras tantas posibles vocaciones: Oceanografía (le encantaba bañarse en el mar), Ginecología (la que más se repetía aunque por motivos no declarados), Ingeniero Agrónomo (su madre siempre le pedía que regara las plantas), Inspector de Educación (¡Se iban a enterar en el instituto!), Filólogo (no tenía claro en qué consistía ni para que servía, lo que le daba sin duda mayor atracción), Tocólogo (le gustaba el nombre y guardaba relación con la ginecología), Banquero (cuando andaba escaso), Detective (por agradar a su amigo Tristán), Torero (por fastidiar a su madre), Abogado (por fastidiarse a sí mismo).

En general, pensaba, las carreras universitarias eran como trenes de un solo vagón que se aproximaban cada vez más deprisa, y sentía, no sin angustia, que cuando llegara al andén, se subiría al primero que pasase.

El cambio semanal de vocación dependía de diversos factores. Por poner un ejemplo, desechó la vocación que más le había acompañado durante el último año, la Ginecología, después de una visita organizada a la Facultad de Medicina. La visión de un cadáver, en contra de lo que siempre hubiese pensado, le produjo tal bajada de tensión que tuvieron que sacarlo de aquella sala en camilla y hubo de soportar luego, estoicamente, las odiosas comparaciones, además de sobrellevar durante tres meses el sobrenombre de El Muerto. Desechó la Medicina de un plumazo y lamentó no entender suficientemente por qué su estudio debía preceder a la Ginecología.

Otras dependían exclusivamente de su estado de ánimo y no podía ocultar su envidia ante la seguridad rotunda de algunos de sus compañeros, mantenida durante cursos enteros, como si algunos seres fuesen escogidos especialmente para algo en la vida, y otros se viesen obligados a vagar, de tren en tren, y sin rumbo cierto.

Mas no se engañe tampoco el lector pensando que la elección de los estudios universitarios ocupaba la mente de Tino Galván. Digamos, que era más bien un pasatiempo pasajero, provocado casi siempre desde afuera y por un adulto, de esos que tanto abundan y cercanos a la familia, que cuando hallan a un joven tumbado en la cama, ajeno al revuelo familiar en su celda de aislamiento, el colchón vibrando con cada megahercio como si fuese el último, sintiéndose uno en el escaparate de rostros que lo vitorean desde la pared, abren entonces la puerta del cuarto como si fuese una redada, le golpean la pierna con un toque de repetición, le traen de vuelta del karaoke cerebral, le obligan a quitarse los cascos para entender la pregunta, y sin que haya aterrizado aún del todo, le preguntan:

-Y tú, ¿ya sabes lo que vas a estudiar?

Y, como si no tuvieran suficiente con una dosis de crueldad, se sientan en la cama esperando una respuesta.

A Tino generalmente le venían respuestas rápidas que siempre callaba, exceptuando aquella vez que le soltó a su tío Anselmo:

-¿Y tú que tal te sientes siendo un cornudo?,- hecho que no sólo provocó la ruptura de relaciones con su tío durante un tiempo sino también un prolongado enfado con su madre y una ostensible rebaja en las fuentes de financiación.

III


Lo que de verdad poblaba la mente de Tino Galván, el pensamiento que campaba a sus anchas, como un toro en la dehesa, seleccionando la hierba que más le convenía, manteniendo alejado al resto de pensamientos con su imponente presencia era, sin ninguna duda, un metro setenta y tres de estilo, larga cabellera castaña, ojos de miel, labios como dunas que convergen, piel bronceada ya en mayo, corrector bucal que a otras deslucen pero que en ella realzaba aún más una irresistible sonrisa, muslos firmes y torneados como corresponden a una jugadora de voley-playa, pechos soñados, pechos quitapenas, pecho izquierdo, pecho derecho, un par de pechos imponentes, Margarita Narváez, en definitiva.

Estudiante del mismo Instituto, aunque de otra clase, el horario matinal de Tino no se configuraba en función de las asignaturas, sino que se regía por un sistema de posibles visiones de Margarita, a saber: de 7:50 a 8:00, posible visión de Margarita Narváez entrando en el Instituto; de 10:30 a 10:45, posible visión de Margarita Narváez en la cola de la cafetería; de 12:30 a 13:00, posible visión de Margarita Narváez en los alrededores del Instituto, preferiblemente en la plataforma rocosa con vistas al mar y que daba acceso a la playa; de 14:40 a 14:43, posible visión de Margarita Narváez saliendo del Instituto.

El horario vespertino, por su parte, poseía una ventaja notable frente al matutino y era su carácter seguro e inamovible: lunes, miércoles y viernes, de 17:00 a 19:00, visión de Margarita Narváez en los entrenamientos del equipo femenino de voley-playa.

Si le añadimos las posibles visiones de Margarita Narváez durante los fines de semana, principalmente las mañanas de competición en la liga de voley-playa y los encuentros casuales en la movida nocturna, comprenderá el lector que con este horario, la vida de Faustino Galván estuviese regida, en lo que afecta a sus pensamientos, por la incontestable presencia de Margarita Narváez.

No en vano, pensaba Tino, era la propia Margarita Narváez y solamente Margarita Narváez quien lo había arrastrado, probablemente sin saberlo, hacia aquel horario tan estricto.

Prueba de ello fue el modo en que la conoció, mediado el curso pasado, inmerso en las colas de la cafetería, una jauría de doscientos alumnos hambrientos, disputando con codicia cada centímetro de mortadela, esperando ser atendidos por los voluntariosos Paqui y Manolo, mediante el dudoso sistema de solicitar tu bocadillo más alto que los demás y que otorgaba, a los nueve minutos que restaban de recreo, un carácter épico.

Cuando, de repente, Tino Galván, en plena y denudada lucha por el alimento, cacareando su petición como si le fuera la vida en ello, escucha una voz detrás suya, una voz de otro mundo, un mundo interior pleno de serenidad y confianza en sí mismo, una voz que no es voz, sino reflejo de un alma superior, voz pausada de trino y manantial, voz que le dice sin ambages:

-Oye, perdona, ¿me dejas paso?, por favor…

Y con una mano le toca el hombro, lo descorre como un visillo antes de la luz, lo atraviesa sin verlo, le roza, sí, le roza sus pechos, los dos, primero uno que lo desarma y le advierte de que ahora el otro, y efectivamente sucede y se aleja por dentro de la jauría, que para ella por lo visto no son colas sino alfombras, lo abandona en el cacareo, definitivamente ahogado, bajando de nuevo por su garganta hacia el estómago, donde el hambre humilde se retira, porque ya está bien ese día, ya no más alimento, para qué la mortadela si existe la ambrosía.

Cuando por la tarde en su casa, Tino Galván, contempló en un documental las imágenes de una ciénaga oriental, donde el agua estancada y las hojas podridas por el agua se ensombrecían por la altiva y suprema figura de la flor de loto, entendió de golpe y sin mácula, los esfuerzos baldíos de su profesora de Lengua por explicar la riqueza de algunas metáforas. Margarita Narváez era una flor de loto, y quien no lo viera era estúpido o de ciencias puras.

IV


Si el primer encuentro con Margarita Narváez Flor de Loto sirvió para deslumbrar a Tino, el segundo, casi le provoca la ceguera.

Solían, muy de tarde en tarde, realizar un juego...



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