E-Book, Spanisch, 296 Seiten
Reihe: Ensayo
Maiklem Mudlarking
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-126130-1-8
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 296 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-126130-1-8
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Crecí en una granja lechera de Surrey y me trasladé a Londres a principios de los años noventa. Durante varios años el río fue mi lugar de referencia en el caos de la ciudad hasta que un día me encontré en lo alto de unas viejas escaleras de madera que daban a la orilla del río. Eso fue hace 20 años, desde entonces se ha convertido en mi obsesión. En 2012 me convertí en la primera persona en compartir el mudlarking con el mundo en las redes sociales como 'The London Mudlark'. He escrito dos libros: el bestseller del Sunday Times Mudlarking: Lost and Found on the River Thames (Bloomsbury, 2019) y A Field Guide to Larking: Beachcombing, Mudlarking, Fieldwalking and More (Bloomsbury, 2021). En 2022 fui elegida miembro de la Sociedad de Anticuarios y soy la primera mujer en la historia que ocupa el antiguo cargo de Jurado del Tribunal del Barrio del Rey en Southwark.
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Cabeza de la marea
«A la altura de Richmond y Twickenham, el Támesis parece aproximarse a marchas forzadas al estado de esos arroyos tropicales que desaparecen por completo durante los meses de verano. Cualquiera que se haya encontrado con el deber de gobernar una embarcación entre el puente de Richmond y la esclusa de Teddington, con frecuencia se habrá quedado sumamente perplejo por el carácter tortuoso y precario del canal navegable».
St. James’s Gazette, junio de 1884
El oeste no resulta demasiado atractivo para el rebuscador medio, así que yo ya llevaba más de una década rebuscando cuando me decidí a peregrinar hasta Teddington. Pero tiene sentido iniciar nuestro viaje allí, que es donde comienza la marea del Támesis (o donde termina, según se imagine cada cual el fluir del agua). El tramo del río entre Richmond y Teddington es inusual en el sentido de que los niveles de agua están controlados. La esclusa de Teddington pone fin de manera artificial a la marea del Támesis, que de lo contrario continuaría río arriba (de hecho, aún ocurre cuando la marea es muy alta y el agua desborda la esclusa). Pero la marea no siempre ha girado tan al oeste. En el siglo I de nuestra era cambiaba de dirección donde los romanos construyeron su puente, cerca del actual puente de Londres.
Asimismo, la demolición en 1831 del viejo puente de Londres afectó a la cabeza de la marea. Durante siglos, sus estrechos arcos y las anchas bases de sus pilares bloquearon el flujo del agua y retuvieron la marea lo suficiente como para mantener un tramo navegable a lo largo de toda la marea del Támesis. Sin embargo, al derribarse el puente los niveles de agua en Teddington bajaron setenta y seis centímetros y el río quedó reducido a un mero arroyo que discurría entre bancos de barro. En el lecho del río se celebraban partidos de críquet. El miércoles 25 de junio de 1884, el Globe informaba de un pícnic que se había celebrado un poco más abajo de la esclusa de Teddington: «A esta generación le está permitido almorzar donde debiera estar el Támesis […], extender el mantel en el lecho del río y brindar “a la salud de la nueva esclusa, que será o no será. Esa es la cuestión”». El Richmond Lock and Weir[1] se abrió en 1894 para revertir esta situación y mantener los niveles de agua entre Richmond y Teddington a media marea o por encima y asegurar que el río fuera navegable.
Todavía está en uso y cada otoño se abre durante unas tres semanas mientras la esclusa y la presa de Teddington se mantienen cerradas, en lo que se conoce como el drenaje anual del Támesis. Esto permite que el curso del agua que se extiende entre ambos puntos suba y baje de forma natural con las mareas, de modo que cuando hay bajamar el nivel desciende tanto que una gran parte del lecho del río queda al descubierto. Durante este breve periodo, pasa a ser la única parte del Támesis afectado por la marea en la que, por algunas zonas, es posible cruzar desde la costa norte (Middlesex) a la sur (Surrey) sin mojarse los pies. En el tiempo que la esclusa está levantada se llevan a cabo tareas de mantenimiento esenciales, se pueden realizar estudios medioambientales en el lecho del río, los grupos de acción local pueden limpiar el río de basura y los rebuscadores pueden deambular en una parte de la orilla que es única.
Los mejores lugares y más fructíferos para rebuscar en el Támesis son aquellos en los que ha habido una intensa actividad humana a lo largo de un periodo de tiempo prolongado, y donde el intenso tráfico fluvial revuelve las aguas de la orilla y erosiona el fango compacto que contiene los tesoros del río. Nunca he encontrado gran cosa al oeste de Vauxhall, pero cuando leí sobre el drenaje anual decidí ir a verlo con mis propios ojos. Por lo menos una vez. Lo que más llamó mi atención fueron las fotografías: imágenes del lecho del río desnudo con embarcaciones varadas precariamente inclinadas hacia un lado y la gente paseando a sus anchas por el cauce seco. A pesar de todo, tal vez el río tuviera algo que ofrecer tan al oeste.
Los días de drenaje total caen siempre a finales de octubre y principios de noviembre, cuando una bruma húmeda se cierne sobre el agua mezclándose con el olor a hojas quemadas. La primera semana, los lugareños descienden al lecho del río recién desvelado para recolectar pérdidas azarosas y peniques de la suerte lanzados al cauce el año anterior. Las familias se abren paso entre los guijarros y el barro con la cabeza agachada y bolsas de plástico en la mano, explorando el nuevo desconocido, maravillándose ante la visión del río. Esto era lo que yo imaginaba cuando empecé a caminar desde el puente de Richmond una tarde fría de noviembre hace unos años.
Decidí seguir la margen del río del lado de Middlesex, continuar pasado el puente y girar por completo a la izquierda por un camino que conduce a un varadero. Desde aquí accedí a una pista asfaltada flanqueada por hojas fangosas y barro arenoso, y avancé a buen ritmo en mi larga caminata hasta Teddington. Había preparado la ruta la noche anterior y sabía que debía cubrir un buen trecho, así que opté por llevar calzado de senderismo en lugar de botas de agua, que son incómodas en las distancias largas. Confié en que no las necesitaría. Las imágenes que había visto no mostraban mucho barro, pero no quería que a la vuelta el lodo se escurriera por los agujeros de los cordones de las botas, como ya me había pasado en otras visitas a la orilla.
Río arriba, todo era tranquilo. Me crucé con algunas personas, aunque no muchas: mujeres que empujaban carritos con bebés abrigados para el frío paseando sin prisa de dos en dos, corredores que se disculpaban al pasar. Esta es la parte del río en la que la gente se relaja y divierte en el agua. A lo largo de la ribera, hay lanchas motoras, barcos de canal y barcazas convertidas en casas flotantes. En verano se pueden alquilar los tradicionales esquifes del Támesis, con nombres anticuados como Linda y Violet pintados en la parte de atrás. El río fluye más tranquilo y lento que en el centro de Londres y en el estuario. Carece del ritmo y la ferocidad que adquiere a medida que atraviesa la ciudad y se aleja hacia el mar. A mis ojos, esto era precisamente lo que le faltaba.
En cualquier caso, su belleza era innegable. Los sauces llorones se aferraban a la orilla y los plátanos de sombra centenarios revestían el otro lado del camino. Olía a tierra, a hojas en descomposición y a barro de río, y había aves por todas partes. Una bandada de esponjosos patos se acurrucaba en unos escalones que llevaban al río y dos gansos de Canadá me miraron recelosos desde la ribera cercana. Las gaviotas y los cormoranes pasaban volando, recordándome que me encontraba a menos de cien kilómetros del embarcadero de Southend-on-Sea. Los mirlos se movían deprisa entre los arbustos que daban al camino y durante un rato un petirrojo se acompasó a mi ritmo, reapareciendo cada poco y mirándome fijamente con unos ojos que parecían cuentas de collar. Mi tía abuela me dijo en cierta ocasión que los petirrojos son las almas de los difuntos y que por eso se acercan tanto y su compañía resulta tan íntima. Son las personas que una vez conocimos visitándonos desde el más allá, acercándose a saludar. Yo siempre les devuelvo el saludo, porque nunca se sabe quién podría ser. Tal vez mi misma tía abuela.
Tan solo el rugido constante de los aviones que descendían al aeropuerto de Heathrow me recordaba que seguía en Londres. Si pasaba esto por alto, perfectamente podría estar andando por un camino rural cerca de la granja donde crecí en las décadas de 1970 y 1980: trescientos acres de arcilla pesada de Weald, ciento veinte vacas lecheras, una colección de viejos graneros y una casa de campo inclinada construida durante el reinado de Enrique VIII, todo ello en un frondoso valle al final de una larga carretera de cemento.
Un pequeño río atravesaba la granja y rodeaba la parte de atrás de la casa. En verano, un gran fresno daba sombra en la ribera y un sauce solitario se adentraba en sus aguas poco profundas. Como mis dos hermanos eran mucho mayores que yo y estudiaban en un internado y no había vecinos, el perro de la granja y el río eran mis compañeros de juegos. Mientras el perro perseguía patos y nadaba en círculos, yo pasaba horas pescando con redes atadas a cañas de bambú los pececitos y los caracoles de agua dulce que se refugiaban en la maleza de la ribera. Me tumbaba en la hierba crecida y observaba cómo las libélulas se precipitaban y revoloteaban entre los juncos, hundiendo sus colas en el agua para desovar. Si me quedaba quieta el tiempo suficiente, veía salir a las ratas de agua de sus madrigueras en la orilla del río, y muy raras veces una culebra serpenteaba silenciosa por el agua, irguiendo orgullosa su pequeña cabeza y moviendo rápidamente su bífida lengua.
El río discurría de este a oeste por el centro de la granja y yo me lo conocía al dedillo: los recodos donde se quedaba atrapada la basura, a veces una pelota de fútbol y en una ocasión incluso un maltrecho bote de remos a la deriva....




