E-Book, Spanisch, 678 Seiten
Reihe: Narrativa
Malagarriga Responsania. El nuevo mundo
1. Auflage 2015
ISBN: 978-84-15523-84-0
Verlag: Ushuaia Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
II. La interacción
E-Book, Spanisch, 678 Seiten
Reihe: Narrativa
ISBN: 978-84-15523-84-0
Verlag: Ushuaia Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
MARC MALAGARRIGA Nacido en Barcelona el 10 de septiembre de 1982, sufrí una fuerte crisis existencial mientras cursaba tercero de administración y dirección de empresas, lo que me hizo abandonar esta carrera y tomarme un año para descubrir quién era y qué quería hacer con mi vida. Durante este tiempo, hice diversas actividades relacionadas con la política y la filosofía, sin tomar partido de manera directa, lo que me ayudó a ampliar las miras y me llevó a Argentina primero y, después, a conocer a Lluís Maria Xirinacs, uno de los mejores referentes y una de las mejores personas que hubiera podido encontrar en aquellos momentos de incertidumbre. Con él, y ya inmerso de lleno en la licenciatura de Filosofía para encontrar las tan anheladas respuestas que buscaba, participé en la Fundación Randa y en su modelo de la realidad Globálium. Ya entonces tenía las miras puestas en la creación de una nueva sociedad y de un nuevo modelo social, político, económico y educativo más justo, natural y equilibrado, que poco a poco se fue definiendo a medida que estudiaba y viajaba por el mundo. La crisis existencial que se había originado años atrás, lejos de disminuir, fue yendo in crescendo durante los años siguientes, llegando a su punto álgido el último año de carrera. Las respuestas las tenía. Pero el mundo que me rodeaba parecía llevarme la contraria. Más por obligación que por apetencia y ya licenciado, me vi forzado a hacer un retiro espiritual que me llevó a conocer a la otra gran referente de mi vida, Helen Flix, con quien he compartido estos últimos tiempos de trabajo de evolución personal. Con ella se abrió una nueva puerta de luz y esperanza y juntos trabajamos en la realización de una serie de proyectos para poder materializar todas aquellas ideas que, sin saberlo, siempre habíamos compartido: la necesidad de crear un mundo mejor.
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EL ADIESTRADOR
—¡Volad, amigos, volad! —pidió Enric con énfasis, más que ordenó, a las palomas que poco a poco se iban elevando y haciéndose cada vez más pequeñas—. ¡A ver si por fin encontráis el camino!
Enric olisqueaba con fuerza el aire flotante de la mañana y el olor del campo, poniendo un brazo en forma de jarra, al tiempo que alzando el cuello y tapándose la vista con la mano para evitar el poderoso deslumbrar del sol. Con los ojos encogidos y frunciendo el ceño, quién sabe si por el doloroso esfuerzo de aguantarle la mirada a los penetrantes rayos o por la frustración de no ver reflejadas sus esperanzas, miraba cómo aquellas pequeñas aves a las que con tanto mimo, ternura y esfuerzo había educado, emprendían simultáneamente el vuelo y se perdían por el horizonte hacia todas partes.
Era principios de primavera y la vida comenzaba a florecer de nuevo por doquier, surgiendo de los parajes más insospechados tras un invierno frío y manchado de blanco. Un estallido de exuberancia indómita cargada de esperanza y ganas de vivir teñía hasta la última grieta de terreno, y que por designios de «Tierma» se había visto ligeramente interrumpida durante el invierno. Era como si, a saber por qué, considerara que todo necesitaba un período de constricción para poder después aflorar de nuevo con fuerzas renovadas.
El invierno, aquel maravilloso período del año en que los días se hacen más cortos y las noches más frías, y que invita a quedarse en casa al resguardo del fuego y el calor de los tuyos, como si de una larga noche se tratara, favoreciendo la introspección de unos y el sueño de otros para permitir que tanto los unos como los otros renazcan con más ganas. Un período tan necesario como los mismos sueños de la noche…, pues permite la regeneración vital de la existencia que florece en primavera. La que ahora contemplaba y admiraba. Y tan bello resulta el paisaje lleno de colores, de ruidos y de vida, como la gran manta blanca que todo lo cubre. E igual que no existe la noche sin el día, tampoco puede existir la primavera sin el invierno. El ciclo vital de la vida…
Habían pasado nueve años. Nueve años desde que abandonaran su antiguo país, con sus antiguas costumbres y sus antiguos amigos y familiares. Nueve años desde que atravesaran la caverna que les dio entrada en Responsania, y nueve años desde que conocieran la capital, Barna, el Duque, Nicolau, Helena, Cristian, Bea y todo el enjambre de personajes con quienes entablaron una relación «profesional», si es que de aquello se puede decir así, y que con el tiempo se acabó convirtiendo en amistad. Nueve años, en fin, desde su nueva vida…
Y ocho desde que Pau descubrió «quién» era, aquel soleado día en que de misión oficial con Nico y como quien no quiere la cosa, charlando de cosas triviales y otras que no lo eran tanto, algo le hizo tocar con los pies en el suelo al tiempo que palpar el cielo con los dedos, y le dijo con palabras claras y cristalinas, aunque sin sonido, qué sobrenombre le correspondía: «El que abre caminos». Aquello que allí llamaban «el segundo nacimiento». El final de un largo viaje que acababa en la propia consciencia de «quién» se era y de «qué» se era, a pesar de que para Pau el viaje no fue tan largo como para los otros… y que permitía al viajero conocer qué papel jugaba en el mundo, dejándole a él la manera de cómo quería jugar. Y, evidentemente, otorgándole lo más importante para todo responsanio: la ciudadanía de pleno derecho. El reconocimiento de ser uno más entre todos, tan necesario como los demás, y a la vez tan único como los demás. Uno igual entre iguales, y uno diferente entre diferentes. Un ser consciente de sí mismo y de cuantos le rodean; amante de su «don» y de su «ocupación», pero también de los «dones» y las «ocupaciones» de otros. Uno, con el resto…
Era el año 1315. Pocas cosas habían cambiado en Responsania en los últimos nueve años, pero sí una muy importante: ellos. Enric y Sofía habían tardado cuatro años en reconocer y aceptar «quiénes» eran realmente y qué «don» tenían, si bien a Enric le había costado un poco más… El cambio que representaba para él respecto de su vida anterior era más radical que el de Sofía. No lo olvidemos: había sido embajador… y, teóricamente, tendrían que haber vuelto a su país hacía ya cinco años, pero, como la mayoría de otros embajadores, por no decir todos, no volvió nunca y tampoco se comunicó. ¿Qué les podían decir? ¿Se lo habrían creído? ¿Les hubieran simplemente escuchado y tenido en consideración? Solo con que no les hubieran tratado como a locos…
Lamentablemente, no era el caso. Lo que favorecía y alimentaba aún más la fantasía y la leyenda de Responsania, según la cual abominables monstruos y tormentos esperaban a aquellos que allí se adentraban…, haciendo que nadie que entrara saliera jamás…
De modo que, una vez más, la oscuridad que rodeaba a aquel país, como una infranqueable cortina de fuego abrasador, se mantenía; y no por la fuerza, sino por la propia voluntad de los que allí iban, ya que después de pasar una temporada, sabían que si lo daban a conocer al mundo, este, inmerso en su inconsciente inconsciencia, intentaría destruirlo. Como de hecho ya había pasado… Y es que hay mucha gente que prefiere hacer infelices a los demás en lugar de buscar la propia felicidad. Además, no es ningún secreto que siempre ha sido más fácil destruir que construir… ¿Y a quién le gusta que le muestren las terribles mentiras de su vida, sin estar preparado para aceptarlas, y aún menos para cambiarlas? ¿Y qué les suscita a aquellos que siendo infelices ven felices a los demás? Envidia. Sí, amigos, envidia. No es otra cosa que la gran enfermedad que deviene del miedo por la incapacidad de aceptar las propias limitaciones. Siendo la única manera de combatirla mediante la humildad o la introspección y la autosuperación, lo que implica un largo y pesado esfuerzo. O simple y llanamente, aniquilando lo que es motivo de envidia…
Pero finalmente, y después de grandes penas y aún más glorias, Enric había aceptado cuál era su «don»: adiestrador de «mensajeros». Un educador de aquellas pequeñas e inofensivas aves, salvo por sus ácidos excrementos, que caían indiscriminadamente del cielo como bombas de racimo y que servían para llevar mensajes de unos a otros a grandes distancias y a gran velocidad; la forma más efectiva de hacer llegar un mensaje, siempre y cuando las aves estuvieran bien entrenadas; bien adiestradas…
Hete aquí, una vez más, la sabiduría de «Tierma», que le había otorgado a un embajador, un «don» que, en el fondo, no se alejaba tanto de su antigua profesión, pues ambas, la vieja y la nueva «ocupación», la que no había escogido y la que le tocaba por el hecho de ser, hacían referencia a la información y a la transmisión de información… En un caso, en primera persona, siendo uno mismo el canal de comunicación, recibiendo la información y pasándola al receptor final; haciendo, de hecho, de ave, de paloma, de mensajero… Y en la nueva situación, facilitando y permitiendo que la información pudiera «volar» y llegar a su destino; enseñando a llevar la información; adiestrando a los «mensajeros»…
Por primera vez en su vida, se sentía realmente feliz y realizado. Por primera vez, podía mirarse al espejo sin sentir miedo, vergüenza, angustia ni melancolía. Por primera vez, podía mirar a los ojos de su esposa y mostrarse tal cual era. No tenía que demostrar nada a nadie. No tenía a nadie a quien impresionar. No necesitaba compararse con nadie. Él era su propio límite, su propio maestro, su propio reto… Por primera vez, estaba completamente satisfecho.
—Qué, Enric —le dijo Sofía saliendo del interior de la casa con una sonrisa y un tono un tanto irónico, observando el vuelo de las palomas—, ¿cómo se portan hoy?
—Ñem… —gimió este, afinando la vista hacia las manchas que se iban desperdigando por doquier—. Si no las conociera, diría que son peonzas a la deriva…
—¡Jajaja! —rio sonoramente Sofía, sabiendo cuánto le estaba costando entrenar a aquellos animalillos y la ilusión que le hacía conseguirlo por fin—. ¡No será para tanto!
—¿Que no? —remugó él, girándose hacia ella y señalando con el dedo hacia una casucha—. ¡Hay una que ni siquiera ha salido de la jaula! ¿Te lo puedes creer?
—Vaya… —le concedió Sofía, todavía escondiendo la risa, al tiempo que se dirigía a él para abrazarlo por detrás, compadeciéndose y admirando al buen hombre con quien compartía la vida—. Más duro de lo que pensabas, ¿eh?
—¡Buff…! —suspiró profundamente Enric, parándose a continuación—. Me recuerdan a Pau —bromeó seguidamente, cogiendo las manos de Sofía entre las suyas—. ¡Son salvajes como lo era él de pequeño! —Ambos rieron—. ¡E igualmente desobedientes!
—Bueno —respondió ella con uno tono tierno y comprensivo, abrazándolo todavía con más fuerza—, si son como él…, ¡al final se acabarán portando bien!
—¡Más les vale! —exclamó Enric alzando la voz, quién sabe si para que también las aves lo oyeran—. O eso espero. Porque de Pau no me puedo deshacer, pero de ellas… —y giró la cabeza para encontrar los ojos de Sofía.
—¡No seas bobo! —le recriminó esta dándole un golpecito, siguiéndole la gracia—. Además, ya sabes que no hay malos alumnos sino malos profesores…
—¡Eso! —dijo Enric fingiéndose enfadado—. ¡Ponte de su lado tú ahora!
...



