E-Book, Spanisch, Band 280, 464 Seiten
Reihe: Las Tres Edades
Mankell Trilogía del fuego
1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-17454-80-7
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
El secreto del fuego - Jugar con fuego - La ira del fuego
E-Book, Spanisch, Band 280, 464 Seiten
Reihe: Las Tres Edades
ISBN: 978-84-17454-80-7
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Henning Mankell (Estocolmo, 1948-Gotemburgo, Suecia, 2015), dramaturgo y autor de novelas policiacas famosas en todo el mundo y también escritor de libros juveniles. Por su tetralogía El perro que corría hacia una estrella recibió numerosos premios.
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2
Fue la vieja Muazena quien les habló del secreto del fuego.
Cada llama guarda un secreto. Si te sientas a la distancia oportuna de las llamas puedes ver en lo profundo de su danza lo que ocurrirá en la vida, en el futuro, en todos los días que reposan como en una línea y por estrenar delante de una persona. Muazena señalaba con el dedo de su mano arrugada y temblorosa hacia un campo donde había diferentes plantas en fila.
—Así es la vida —dijo Muazena—. Cada día es una planta. Que debéis cuidar y regar, limpiar de malas hierbas y cosechar alguna vez. Cada planta es un día de vuestra vida que aún no habéis vivido.
En el fuego están incluso todos los recuerdos.
También de eso les había hablado Muazena a Sofia y Maria cuando todavía eran muy pequeñas. Mirando el fuego atentamente uno puede recuperar recuerdos que quizá un día creerá haber olvidado para siempre.
Sofia pensaba a menudo en Muazena. Pero Muazena ya no estaba. Igual que Maria. Cuando Sofia recordaba a Muazena pensaba en aquel tiempo en que todavía no se habían visto obligados a huir. Eso era antes del largo viaje, antes de haberse asentado aquí junto al río. Eran los buenos tiempos, cuando apenas sabía lo que era el dolor. O la tristeza. O el hambre. O lo peor de todo: la soledad.
Por aquel entonces vivían donde siempre lo habían hecho. Lo que Sofia recordaba mejor era el poblado con sus chozas, todas redondas y con los techos de hoja de palmera trenzada con maestría. Allí fue donde ella nació, igual que Maria y Alfredo. Su padre, Hapakatanda, la había levantado hacia el cielo para dejar que saludara al sol. Había estado atada a la espalda de su madre Lydia, que por entonces era la mujer más bella y más fuerte de todo el poblado. Sofia había estado sentada en su espalda mientras ella picaba en la tierra seca inclinada hacia delante. Siempre oía música en su interior cuando pensaba en esos tiempos. Los tambores y la monótona melodía de un *. Sofia guardaba en su cuerpo el eco del vaivén de su madre cuando bailaba con las demás mujeres. No recordaba haber pasado nunca hambre en aquellos días. Ni haber tenido miedo. Habían sido los tiempos felices.
También eso lo había explicado Muazena.
Había hablado del paraíso. Y había dicho que .
Luego ocurrió aquello que más tarde trataría siempre de olvidar. Pero el recuerdo era como una cicatriz en la piel que nunca se iba.
Era de noche.
Sin luna, sin estrellas.
De repente toda su vida explotó. Una luz blanca y acerada iluminó la choza, seguida de una serie de ruidos muy fuertes. En su recuerdo, que era lo que más deseaba olvidar de toda su vida, veía caras de persona desencajadas en el resplandor del fuego. Eran personas pero parecían monstruos, y enseguida comprendió que estaban allí para matarla a ella y a todos los del poblado.
Eran los bandidos.
Se habían acercado con sigilo hasta el poblado, protegidos por la oscuridad de la noche, y habían quemado las chozas y matado a las personas. En algún momento de ese horrible caos de fuego y muerte, de cuerpos ensangrentados, de gritos y llantos, su padre Hapakatanda había intentado esconderla junto con Maria.
Luego hubo un gran silencio. Entonces pudo comprender lo que se quería decir con el Silencio de la Muerte. Aunque su padre había logrado, a cambio de su vida, lo que se había propuesto: protegerlas a ella y a Maria de los cuchillos, las hachas y los rifles.
Por la mañana, cuando el sol hubo vuelto, se atrevieron a salir del escondite. Su padre estaba muerto y habían llorado mucho. Muazena también estaba muerta, estaba boca abajo sobre el fuego apagado. Pero Lydia no estaba allí, y tampoco Alfredo. Sofia y Maria no se atrevían a gritar y lloraban en silencio mientras salían a gatas de la choza. Vagaron por el poblado, por todas partes había personas muertas, todas a las que conocían y de las que eran parientes, personas con las que habían jugado, trabajado, reído. Los monstruos que habían aparecido por la noche se habían traído consigo el Silencio de la Muerte, habían transformado el poblado en un cementerio. Por todas partes había personas muertas que se habían quedado en posturas retorcidas; incluso habían matado a los perros. Varios tenían las piernas y los brazos amputados, alguno incluso la cabeza. Caminaron por el poblado muerto a través del Silencio de la Muerte hasta que llegaron a la última choza quemada. Sofia había pensado que Lydia tenía que estar en alguna parte, igual que Alfredo. No podían estar todos muertos. No podía ser que solo quedaran ella y Maria. Era lo que había contado Muazena, que lo primero que podía atemorizar a una persona era ser la última sobre la Tierra.
«No quiero ser la última persona», había pensado tras su silencioso llanto. «Si le pasa algo a Maria me quedo sola».
Lydia estaba allí. Los habían encontrado en las afueras del poblado, escondidos entre la maleza. Alfredo también estaba vivo. Eran Lydia, Alfredo y dos mujeres y tres niños. Sofia y Maria no podían gritar de alegría, los bandidos podían estar cerca y oírlas. Solo se agarraron entre sí y siguieron escondidos todo el día entre la maleza, sin agua, sin comida, esperando a que volviese a oscurecer.
Luego huyeron. La primera noche caminaron por la rasgadora maleza todo lo que pudieron aguantar. Después de eso se atrevieron también a caminar durante el día. Como no sabían adónde dirigirse simplemente caminaron en línea recta por el paisaje tórrido, hacia las lejanas montañas que se asomaban en el horizonte. Sofia podía recordar el hambre que sentía. Pero la sed la había afectado mucho más.
El tercer día Lydia discutió con las otras mujeres sobre la dirección que debían tomar. Se separaron y Lydia, Sofia, Maria y Alfredo siguieron hacia las montañas, mientras las otras mujeres torcieron en otra dirección.
Siguieron caminando y nunca se dieron la vuelta.
En algún lugar del camino hacia lo desconocido se encontraron con una mujer mayor. Era muy pobre, su ropa colgaba hecha trizas y tenía las piernas hinchadas y con heridas. Sofia pensaba que era igual de mayor que Muazena. De repente estaba delante de ellos y cuando su madre Lydia habló con ella se pudieron entender, ya que sus lenguas eran muy parecidas. Lydia explicó lo que había ocurrido.
—Fueron los bandidos —dijo—. Llegaron de noche y mataron a mi marido.
—¿A quién más? —preguntó la anciana—. Los bandidos son bestias y nunca matan a una sola persona. Matan a cuantas pueden.
—Mataron a todos los del poblado —contestó Lydia.
—Y a los perros —dijo Sofia—. También mataron a todos los perros.
La mujer comenzó a mecerse, a sacudir la cabeza y a soltar lamentos. Lydia hizo lo mismo, y también Sofia, Maria y Alfredo. Mecían sus cuerpos y se atrevían a llorar y a gritar por la tristeza y el dolor sin miedo ya a ser descubiertos.
Luego siguieron caminando hacia las montañas. La anciana los acompañó y compartió con ellos la carne de un pájaro muerto. En un cauce de agua casi seco encontraron algo de beber.
Por las noches dormían junto al fuego bajo los baobab. Y fue entonces cuando Sofia despertó a Maria al oír el rugido del león en la oscuridad.
La anciana no había dicho su nombre. Pero tenía una sonrisa amable a pesar de que le faltaban dientes.
En los sueños de Sofia los monstruos habían vuelto. Cuando una de las bestias volvía a alzar un hacha sobre su padre, se despertó. Lydia dormía acurrucada, con Alfredo junto a su cuerpo. La mujer mayor dormía junto al fuego, que ahora no eran más que tenues brasas; Maria estaba a su lado. Sofia pensaba que quizá el alma de Muazena se había posado en la anciana que nunca dijo su nombre.
Temprano al amanecer continuaron su caminata hacia las montañas que todavía parecían seguir igual de lejos. De pronto a Sofia le pareció oír que su madre Lydia le preguntaba a la anciana acerca de la ciudad.
—Nunca he estado allí —contestó la mujer.
—¿Queda lejos? —preguntó Lydia.
—La ciudad está lejos para que gente como tú y yo y tus hijos puedan llegar. Mis piernas son viejas y están heridas, las de tus hijos son demasiado cortas y jóvenes. Ninguno de nosotros tiene las piernas hechas para ir hasta la ciudad.
Lydia no preguntó nada más. Siguieron en silencio. El calor era muy intenso. Intentaron protegerse del sol enrollando partes de sus * alrededor de la cabeza. La anciana aún tenía un poco de agua en un sucio recipiente de plástico. Pero bien entrada la madrugada todavía no habían visto ni rastro de árboles ni bosquecillos, ni indicio de agua cercana.
En el crepúsculo de la tarde la anciana se detuvo de repente y se sentó fatigada en la tierra seca.
—Hasta aquí he llegado —dijo después de un momento de silencio—. Ya he caminado bastante.
Lydia les dijo a Sofia y a Maria que recogieran leña para hacer fuego.
—Pero aquí no hay ningún árbol —dijo Sofia—. ¿Dónde vamos a dormir?
—Haced lo que os digo —contestó Lidia, y su voz sonó...




