E-Book, Spanisch, 144 Seiten
Reihe: unnumerated
Mann Las cabezas trocadas
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-350-4649-7
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 144 Seiten
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Thomas Mann es un clásico indiscutible de la literatura alemana. Hizo del ser humano, condicionado por su contexto político y social, y del conflicto que puede surgir entre la vida y el arte o la inteligencia, el centro de buena parte de su extensa obra narrativa, en la que destacan, entre otros títulos, Los Buddenbrook (1901), Tonio Kröger (1903), La muerte en Venecia (1912), La montaña mágica (1924), considerado a menudo su obra más importante, Mario y el mago (1930), Carlota en Weimar (1939), Las cabezas trocadas (1940), Doktor Faustus (1947), El Elegido (1951), La engañada (1953), Confesiones del estafador Felix Krull (1954), o Cuentos completos . En 1929 obtuvo el Premio Nobel de Literatura.
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CAPÍTULO III
Después enmudecieron por un rato. Chridaman continuó tendido y contempló el cielo. Nanda tenía enlazados sus robustos brazos alrededor de las rodillas levantadas y miraba por entre los árboles y boscajes de la colina hacia el baño de Kali, la Madre.
–¡Chst, relámpago, centella y trueno! –murmuró de repente, y puso el dedo sobre sus abultados labios–. ¡Chridaman, hermano, levántate despacio y mira eso! Digo lo que marcha hacia el baño. ¡Abre los ojos, que vale la pena! Ella no nos ve, pero nosotros la vemos a ella.
Una muchachita estaba de pie en un lugar solitario de la Reunión, a punto de cumplir su ceremonia de baño.
Había dejado sari y corpiño sobre los escalones de la entrada, y estaba allí enteramente desnuda, provista sólo de alguna cadena como adorno alrededor del cuello, oscilantes zarcillos en las orejas y una cinta blanca rodeando su cabello ricamente anudado. El encanto de su cuerpo era deslumbrante. Estaba como hecho de Maya, y tenía el más delicioso tono de color, ni demasiado oscuro ni demasiado blanco, más bien como bronce tirando a oro, y soberbiamente formado según los pensamientos de Brahma; con los más dulces hombros infantiles y caderas deliciosamente trazadas que daban una amplia superficie al vientre; con nacientes pechos de virginal rigidez y un tasero de ostentosa prominencia, que se rejuvenecía más arriba en una espalda muy delgada y graciosa, elásticamente curvada ahora porque había levantado los brazos de liana y mantenía enlazadas las manos tras la nuca, de modo que se abrían, oscuras, sus tiernas axilas.
Lo más impresionante en el conjunto y lo más adecuado al pensamiento de Brahma era, sin perjuicio de la dulzura de sus pechos que ganaban el alma a la vida de las realidades, la unión de ese trasero maravilloso con la esbeltez y elasticidad juncal de la espalda de hada, producida y posibilitada por el otro contraste entre la saliente curva de las caderas, tan digna de loa, y la linda contención del talle, encima de ella. No de otra manera podía haber estado formada la muchacha celestial, Pramlotcha, que Indra envió al gran asceta Kandu para que no reuniera fuerzas iguales a las de un Dios mediante su ascetismo inaudito.
–Vamos a retirarnos –dijo en voz baja Chridaman, que se había erguido, con los ojos prendidos en la aparición de la muchacha–. No está bien que la veamos sin que ella nos vea.
–¿Por qué? –replicó Nanda en un susurro–. Estábamos aquí primero, en este lugar callado, escuchando lo que en él se puede escuchar, y no tenemos la culpa. No nos movamos, sería cruel el alejarnos haciendo ruido y que ella notara que había sido vista sin ver por su parte.
A mí me gusta ver esto. ¿A ti no? Tú tienes ya los ojos colorados como cuando recitas versos del Rig Veda.
–¡Cállate! –le exhortó Chridaman por su parte–. ¡Y ten seriedad! Es una aparición seria y santa, y el que nosotros la espiemos sólo se disculparía si lo hacemos con un sentido serio y religioso.
–¡Por supuesto! –contestó Nanda–. No es una broma, pero a pesar de ello resulta placentero. Tú querías mirar al cielo desde la tierra llana. Ahora ves que se puede a veces mirar al cielo mejor todavía estando levantado y con la vista hacia adelante.
Después callaron durante un rato, se estuvieron quietos y observaron. La dorada muchacha juntó, como antes habían hecho ellos mismos, las manos ahuecadas, y se puso a orar ante de realizar la reunión. La veían un poco de lado, así es que no dejaron de notar que también su cara, y no sólo su cuerpo, tenía entre los pendientes de las orejas el mayor encanto: la naricita, los labios, las cejas y en especial los ojos, alargados como hojas de loto. Particularmente cuando ella volvió un poco la cabeza, de modo que los amigos se asustaron ya pensando si no se habría dado cuenta de que era observada, pudieron comprobar que esa encantadora figura no estaba desvalorizada y privada de su significación por un feo rostro, sino que más bien existía unidad, y que la gracia de la cabecita confirmaba por completo la del cuerpo.
–¡Pero si yo la conozco! –murmuró Nanda de repente, chascando los dedos–. En este momento la reconozco, y sólo hasta ahora se me ha escapado su identidad.
Es Sita, la hija de Sumantra, de la aldea vecina Hogar del Bisonte. Desde allí viene para el baño de pureza, es claro. ¿Cómo pude no haberla reconocido? Yo la he mecido al sol.
–¿Tú la has mecido? –preguntó Chridaman de manera apremiante y en voz baja. Y Nanda repuso:
–¡Por supuesto! Con toda la fuerza de mis brazos y ante todo el pueblo. Vestida la hubiese reconocido de inmediato. Pero, ¿a quién reconoce uno en seguida en la desnudez? Es Sita, del Hogar del Bisonte. Allá estuve yo en la primavera pasada para visitar a mi tía, y precisamente era la fiesta de Ayuda al Sol, pero ella...
–Cuéntamelo más tarde, por favor –le interrumpió Chridaman murmurando temerosamente–. La gran suerte de verla cerca está acompañada por la desventaja de que pueda oírnos. ¡Ni una palabra más, no vayamos a asustarla!
–Entonces podría huir, y ya no la verías más, de lo que no ibas a estar satisfecho –bromeó Nanda. Pero el otro le hizo señas de que se callara de una vez, y se sentaron de nuevo tranquilamente y vieron a Sita, del Hogar del Bisonte, ejecutar su ritual de baño. Después de la oración, de la inclinación y de haber vuelto la cara hacia el cielo, entró con cuidado en el seno, cogió agua y bebió, se agachó en la corriente, se sumergió hasta la coronilla, sobre la que puso la mano, se solazó todavía un rato en sumergirse y doblarse de lado, y ascendió después de un tiempo a lo seco con una belleza refrescada y chorreante. Pero tampoco había concluido con esto el favor que les estaba concedido a los amigos en ese lugar, sino que, después del baño, la purificada se sentó en los escalones para secarse al sol, con lo que la gracia natural de su vida, suelta en la ilusión de hallarse sola, le inspiraba tan pronto una, tan pronto otra actitud agradable, y después que esto se prolongó por un rato, volvió a ponerse lentamente su vestido y desapareció, subiendo la escalera de acceso hacia el templo.
–Asunto concluido –dijo Nanda–. Ahora podremos siquiera hablar y movernos. A la larga resulta bastante aburrido el hacer como si uno no estuviera ahí.
–No comprendo cómo puedes hablar de aburrimiento –replicó Chridaman–. ¿Hay un estado más feliz que el perderse en una tal imagen y existir sólo en ella? El aliento hubiera podido yo contenerlo todo el tiempo, no por miedo de perderla de vista, sino por el de privarla de su ilusión de hallarse sola, ante lo que yo temblaba y que me hacía sentirme en una sagrada obligación. ¿Sita, decías que se llama? Me hace bien el saberlo, me consuela de mi culpa el poderla honrar en mí mismo con su nombre. ¿Y la conoces de haberla mecido?
–¡Como te digo! –aseguró Nanda–. Había sido elegida Virgen del Sol en la primavera pasada, cuando yo estuve en su pueblo, y yo la mecí, para ayudar al Sol, tan alta hacia el cielo que apenas si desde abajo uno podía oír sus gritos. Por lo demás, se perdían entre la gritería general.
–Tuviste suerte –dijo Chridaman–. Siempre tienes suerte. Sin duda a causa de tus fuertes brazos te eligieron maestro de la mecida. Me imagino cómo subía y volaba en lo azul. La imagen volante de mi pensamiento se mezcla con la imagen parada de nuestra observación, tal como la hemos visto, orando de pie e inclinada en la piedad.
–En todo caso –replicó Nanda–, tiene motivo para rezar y hacer penitencia, no por sus actos, porque es una muchacha muy correcta, sino a causa de su figura, de la que, en sentido estricto, es culpable en algún modo. Una buena figura, suele decirse, es atrayente. ¿Por qué atrayente? Porque nos atrae hacia el mundo de los deseos y alegrías, y ata, más fuerte a quien la ve en la dependencia de Samsâra, de modo que a las criaturas se les escapa la conciencia pura, tal como a uno se le escapa el aliento. Éste es su efecto, aunque no su intención; pero el que ella se alargue los ojos en forma de hojas de loto es cosa que deja inferir una intención. Se puede decir bien: la buena figura le es dada, no la ha tomado por su voluntad y no tiene, por lo tanto, que rezar y hacer penitencia. Pero la cosa es que no hay una verdadera diferencia entre «dado» y «tomado»; ella lo sabe, y bien puede ser que rece pidiendo perdón por producir un efecto atrayente. Pero en realidad ha tomado la buena figura: no como se acepta una cosa que le dan a uno, sino de un modo activo; y esto ningún baño religioso puede cambiarlo: con el mismo trasero atrayente ha vuelto a salir.
–No debes expresarte con tanta crudeza –reprochó Chridaman, emocionado– acerca de una aparición tan delicada y santa. Sin duda dejaste que te entrara en la cabeza algo de conocimiento de las esencias, pero sale de manera burda, permíteme que te lo diga, y el uso que haces de ello deja ver claramente que no eras digno de esa aparición, cuando en nuestra situación lo importante y aquello de que todo dependía era que nos mostrásemos dignos, y el espíritu con el cual ejercitásemos la escucha.
Nanda aceptó con toda modestia la reprobación:
–¡Enséñame, pues, Dauji –le rogó, dirigiéndose al amigo con la fórmula «hermano mayor»–, en qué espíritu has escuchado tú y en cuál debería haber escuchado...




