E-Book, Spanisch, 320 Seiten
Mansbridge / Rey Democracia
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-18193-14-9
Verlag: Gedisa Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Amistad y pugna
E-Book, Spanisch, 320 Seiten
ISBN: 978-84-18193-14-9
Verlag: Gedisa Editorial
Format: EPUB
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Jane Mansbridge es profesora de la Escuela de Gobierno Kennedy de la Universidad de Harvard. Fue Presidenta de la Asociación de Ciencia Política de los Estados Unidos. Su trabajo abarca más de un centenar de libros y artículos sobre democracia, feminismo y movimientos sociales. En 2018, recibió el Premio Johan Skytte, considerado el «Nobel de la Ciencia Política», por «haber dado forma a nuestra comprensión de la democracia en sus formas directas y representativas, con agudeza, compromiso profundo y teoría feminista».
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Prefacio
Democracia. Amistad y pugna
Jane Mansbridge
La publicación de «Democracia. Amistad y pugna» y su volumen complementario de próxima aparición, «Feminismo y poder», me brindan la oportunidad de revisar algunos de los conceptos y perspectivas que, a lo largo de los años, he considerado que son de ayuda para que los ciudadanos de las democracias puedan reflexionar sobre nuestros objetivos e ideales colectivos. Este prefacio describe, en primer lugar, de qué manera llegué a desarrollar la teoría política de base empírica que caracteriza mi trabajo y, a continuación, presenta brevemente los conceptos relevantes de este primer volumen.
Participación
Mi trabajo comenzó en la embriagadora atmósfera de los años 1960, cuando la economía estaba en auge, las universidades norteamericanas buscaban estudiantes de posgrado, las fundaciones habían creado becas para motivar a los estudiantes a cursar estudios de posgrado y conseguir un trabajo no era una preocupación. El ideal de la «democracia participativa», introducido a gran escala en la Declaración de Port Huron de 1962 de los Estudiantes por una Sociedad Democrática, nos inspiró a muchos en el entorno comunitario. Por aquella época, las facultades establecían límites de tiempo muy amplios para escribir una disertación. Por eso pude andar con la gente que hacía música folk, ser condenada por participar en un pequeño esfuerzo para protestar contra la guerra y, a finales de los años 1960, involucrarme activamente en el movimiento feminista radical de Cambridge/Boston.
Fui miembro de cuatro colectivos: una cooperativa de alimentos, un grupo feminista de concientización, un colectivo que produjo el libro Our Bodies, Ourselves, y un centro de mujeres. Muchas de mis amigas y amigos pertenecían a otros colectivos; «escuelas libres», colectivos de servicios jurídicos y colectivos de reparación de bicicletas. Para los jóvenes como yo, media década después de la Declaración de Port Huron, la «democracia participativa» había llegado a significar la democracia por la que nuestros pequeños colectivos se gobernaban a sí mismos, sobre la base de un consenso unánime y sin desigualdades de poder o influencia. Sin embargo, muchos de nuestros colectivos luchaban contra las desigualdades que parecían surgir de modo inevitable (y que más tarde se convirtieron en mi foco de atención), el tiempo que se tardaban en tomar decisiones y los costes emocionales de tener que tomarlas (Mansbridge, 1973). Dado que estos problemas eran frecuentes, pensé que demostrando su práctica ubicuidad podría, por lo menos, ayudar a reducir el grado en que los miembros de un determinado colectivo se culpaban a sí mismos.1 En cuanto terminé mi disertación (sobre dos jueces del Tribunal Supremo y de la cual nunca he publicado una sola palabra), pude dedicarme al trabajo sobre la democracia participativa, que pensé que podría ayudarnos a gobernarnos mejor.
Salí al encuentro de los «mejores casos», porque pensé que las cuestiones que seguían siendo problemáticas tenderían a ser omnipresentes. Los pequeños pueblos de Nueva Inglaterra tienen tal vez las formas de gobierno local más participativas del mundo, ya que se gobiernan a través de asambleas municipales en las que los ciudadanos del pueblo constituyen su asamblea legislativa, se reúnen una vez al año o más para tomar las decisiones del pueblo y delegan la ejecución de esas decisiones en algunos elegidos. Después de buscar un poco, encontré una municipalidad —Selby— en la que la clase trabajadora del pueblo dirigía el gobierno. Seguí buscando y encontré un lugar de trabajo altamente participativo —Helpline—, que producía con mucho éxito una participación igualitaria y consensos. Pretendía que mi propio centro de mujeres fuera un tercer caso, pero no lo incluí porque, como asociación voluntaria, no imponía sus leyes a los menos activos, como sí hacían el pueblo y el lugar de trabajo.
Teoría de la contingencia: el valor normativo de la igualdad de poder varía según la configuración de intereses subyacente
Después de terminar mi investigación sobre estos tres casos, me llevó casi cinco años llegar a la conclusión central de Beyond Adversary Democracy (Mansbridge, 1983): la igualdad de poder, como ideal democrático, no es normativamente invariable, sino que tiene mayor valor cuando los intereses están en conflicto. Esta conclusión vino de forma inductiva y accidental en un ejercicio que hice a los miembros de Helpline, el lugar de trabajo de este estudio, hacia el final de sus entrevistas. En una hoja de papel había dibujado un «centro del poder» esquemático de Helpline, rodeado de círculos concéntricos, y había pedido a cada miembro que colocara alrededor de este centro imaginario los nombres de los 41 miembros de Helpline, cada uno en su propio papelito. Casi todo el mundo pensó que este ejercicio tenía sentido, es decir, que había desigualdades de poder, inclusive en este grupo tan participativo, en el que los miembros se preocupaban tanto por la igualdad que se pagaban a sí mismos los mismos sueldos, independientemente de que tuvieran estudios de derecho o de bachillerato. Después de que hubieran distribuido los nombres, los fijé con cinta adhesiva en el papel. En un principio, había diseñado este ejercicio simplemente para obtener una medida cuantitativa del poder percibido por cada miembro, medido tanto por ellos mismos como por una media de sus colegas. Sin embargo, en la primera entrevista, sentí el impacto emocional de anotar los nombres y pregunté espontáneamente: «¿Cómo te hace sentir esto? ¿Te sientes cómodo con ello?». Casi todos me dijeron que, a pesar de ser auténticos igualitarios, se sentían «cómodos» con las desigualdades que acababan de describir. Cuando les pregunté por qué, muchos dijeron que «confiaban» en quienes habían descrito con más poder (págs. 235, 262).
Impartir seminarios sobre Aristóteles, Rousseau, Hegel y Marx, pensar más en lo que había experimentado y aprender de los demás (recuerdo especialmente el comentario de mi colega Lloyd Rudolf en un seminario que di en la Universidad de Chicago: «¡Estás hablando de desigualdades aceptables!»), me permitieron procesar lo que había visto. Al final, me di cuenta de que los miembros de Helpline consideraban que las desigualdades que habían descrito eran aceptables, y que esto se debía a su percepción de que ellos y las personas con más poder tenían intereses comunes. Entonces, extraje una conclusión más amplia: que nuestros colectivos participativos sufrían de la extrapolación del ideal normativo de la igualdad de poder, adecuado para una democracia nacional con una alta proporción de intereses conflictivos y la consiguiente lucha competitiva, a nuestros propios y pequeños colectivos democráticos, donde los miembros tenían una alta proporción de intereses comunes. Cuando los miembros de un colectivo tenían intereses más o menos comunes, necesitaban menos la igualdad de poder para proteger sus intereses por igual. Seguían necesitando el mismo respeto y la misma oportunidad de crecimiento, pero a veces esos bienes podían provenir de fuentes distintas a la igualdad de poder. El valor de la igualdad de poder, por tanto, es contingente. En la medida en que los intereses están en conflicto, se vuelve importante. En momentos de intereses relativamente comunes, es menos necesario.
La amistad como modelo frente a la «democracia adversaria»
Me di cuenta de que los ideales adecuados para las democracias con una proporción relativamente alta de intereses comunes estaban mucho más cerca de los ideales de la amistad que de lo que llegué a llamar «democracia adversaria», en la cual los ciudadanos esperan que, cuando menos, entren en conflicto algunos de sus intereses más importantes. La Política de Aristóteles me enseñó que los ideales de la amistad podían apuntalar una política democrática. También comprendí que esos ideales podían tener que cambiar a medida que el sistema de gobierno crecía.2 La organización jerárquica posibilitó el desarrollo de grandes entidades políticas, como los imperios y, posteriormente, los Estados nacionales. Tomando como base la experiencia cotidiana, el modelo tenía que ser una familia patriarcal en lugar de una amistad. Pero el ideal seguía siendo el interés común. En Europa, sin embargo, la creciente necesidad de más gobierno y, en consecuencia, de impuestos más elevados y fiables, exigía una mayor legitimidad, lo que abrió la puerta a una democracia más amplia a través de la representación, aunque con una visión continuada de los intereses comunes. No fue hasta alrededor de 1650 cuando la toma de decisiones por consenso en el parlamento británico dio paso a la regla de la mayoría, con su implícita aceptación de los intereses en conflicto y la inevitable lucha resultante. No fue por casualidad que, en esta época, Thomas Hobbes construyera en el Leviatán toda una estructura política normativa basada en el autointerés y que el capitalismo se convirtiera en algo aceptado y normativo.
En todas las democracias existe una tensión permanente entre los ideales de la democracia como amistad y los de la democracia como pugna. Algunos ciudadanos ansían los intereses comunes de la amistad, mientras que otros se entusiasman con la emoción de la lucha. Pero tanto ese anhelo como ese deleite pueden llevarnos por un mal camino. Porque podemos percibir demasiados intereses comunes o muy pocos. Algunas filosofías y culturas políticas nos animan a ignorar, devaluar o deplorar el...




