E-Book, Spanisch, 192 Seiten
Marchart Estética conflictual
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-19407-48-1
Verlag: Ned Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Activismo artístico y esfera pública
E-Book, Spanisch, 192 Seiten
ISBN: 978-84-19407-48-1
Verlag: Ned Ediciones
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Oliver Marchart es teórico político y filósofo. Actualmente es profesor de Teoría Política en la Universidad de Viena. Entre sus libros, destacan Pensamiento político posfundacional (2007) y Thinking Antagonism: Political Ontology after Laclau (2018).
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I’m not dancing, I’m figthing
Laura Llevadot
Todo en esta vida es político. Pintar un bodegón, una escena de caza o una marina, es político. Escribir un soneto, dibujar un paisaje, es político. Fotografiar un bello desnudo de mujer a contraluz, bailar El lago de los cisnes en el Liceo de Barcelona, esculpir una enorme cabeza aplastada para decorar una plaza, son actos políticos. Conservadores, pero políticos. Quien en pleno siglo xxi opta por pintar una acuarela realista con su infalible puesta de sol, mar de fondo, y ese inevitable rayo tembloroso y serpenteante que surca la superficie de las olas, para venderlo en una pequeña galería de Cadaqués apta para turistas pudientes —no mucho, pero pudientes—, realiza con ello un acto político consistente en proporcionar mercancía digerible a una burguesía demasiado inculta como para comprender la deriva histórica del arte contemporáneo.
Pintar un bodegón es tan político como enamorarse del jefe, idealizar el hombre o la mujer de turno, casarse, reproducirse, ir de putas, comprarse un coche espectacular, hipotecarse, mentir para alcanzar un objetivo, vestirse de marca, bailar agarraditos Flight me to the moon, twittear tu eminente opinión sobre cualquier cosa o ir a cenar al último restaurante de moda. Y es conservador porque ninguna de estas acciones cuestiona nada de la lógica absurda en la que se nos hace vivir, la lógica político-económica de nuestras vidas que alimentan puntualmente el capitalismo neoliberal. Cada día, a todas horas, llevamos a cabo actos políticos que reproducen la lógica del capital que, a su vez, nos constituye como individuos. Sobrevivimos, trepamos, nos vendemos en el mercado erótico o laboral, nos conservamos. Lo normal es ser conservador, y eso es político.
Si es posible afirmar que todo en esta vida es político, si también lo personal es político, si la palmadita en el culo de la secretaria es un acto tan político como las revueltas gais de Stonewall de 1969, es porque somos capaces de distinguir entre la política y lo político. De esta distinción se ocupó extensamente Oliver Marchart en su libro Pensamiento político posfundacional (2009) en el que caracterizó a esta corriente de pensamiento, en la que incluía autores como Nancy, Lefort, Badiou, o Laclau, precisamente por pensar a partir de esta diferencia. La disparidad entre el ámbito de la política, es decir, el de la representación democrática, las instituciones, las leyes, los partidos y su incansable marchandising, los mass-media, las vacuas discusiones parlamentarias... y de otro lado, lo político, constituido por los movimientos sociales, demandas y antagonismos que no hallan su lugar en la representación democrática, que o bien la exceden o bien no la alcanzan. La prioridad ontológica, para Marchart, de este ámbito de lo político sobre la política es lo que impide que nuestras democracias se cierren en torno a un fundamento sólido, eterno e inamovible, es lo que permite que las democracias sean realmente lo que su concepto indica, un espacio desfundamentado, vacío para Lefort, que posibilita la permanente renegociación de las reglas del juego. O, al menos, así es como desearíamos que fueran. Que la política democrática se dejase alterar y modificar por lo político sería el anhelo irrenunciable del pensamiento político posfundacional.
Ahora bien, lo político no solo se juega en las calles, en las demandas colectivas y la confrontación con las autoridades. Ese es solo su momento álgido, insurgente, agitado, como lo nombra aquí Marchart: el momento en que lo político, que atraviesa nuestras vidas en todos sus aspectos, desde el género a la raza, la precariedad laboral y la clase, la violencia machista o la enfermedad mental, logra organizarse para exigir a la política sus responsabilidades. Solo así se comprenden movimientos políticos como el #MeToo, el #NiUnaMenos, el #BlackLivesMatter, las demandas de las trabajadoras sexuales, de Las Kellys o de los trans. Para que lo político importune a la política, cuya tendencia es la de cerrarse sobre sí misma, ser «acomodamiento y tráfico de influencias», como dirá Nancy, ha sido necesario un cambio radical en el seno mismo de lo político, la percepción acerada de que, en algún punto ya insostenible, nuestras vidas no son lo que querríamos que fuesen. Probablemente fue este el legado decisivo de la revolución cultural del 68, la conciencia de que el capitalismo no es solo un sistema de explotación económico sino un generador de modos de vida indeseables para nosotros.
Algo de esta dimensión se articulaba ya en la frase atribuida a la anarquista Emma Goldman: «Si no puedo bailar, no quiero ser parte de tu revolución», a la que Marchart hace referencia en este libro. Bailar sería, para ella, una intensificación de lo político justo allí donde lo político se aproxima demasiado a la política. La estrategia, la lucha, la organización, el sindicato o el colectivo siempre bien orientados por la Causa, se asemejan demasiado a un párroco protestante que condena con severa moralidad la música que podría hacernos felices, aunque fuera por un instante. De ahí la alergia y el rechazo que produce en algunos sectores de la población el moralismo de las izquierdas y del que las derechas saben sacar buen provecho. Por ello Goldman reclamaba su derecho a bailar aun en plena contienda política, bailar tal vez desnuda en el momento mismo de la sublevación, marcarse un twerking en medio de la plaza de la Bastilla, como Nietzsche lo hiciera en su habitación al poco de volverse loco bajo la furtiva mirada de su casera. Bailar, quién lo dudaría, tiene algo de liberador, desata al cuerpo de sus esclavitudes vinculadas a la norma y el trabajo. Y lo político no es nada si no exige también para sí mismo esa libertad, la felicidad que siente el cuerpo por fin emancipado de los eficaces y puritanos gestos cotidianos. Tanto más eficaces cuanto más comedidos y puritanos.
Pero ¿basta acaso con bailar para confrontar lo político a la política? A pesar de que a día de hoy no se hallará revuelta que no sea también una fiesta, manifestación sin tambores y cumbia, performance política sin coreografía —la de Public Movement que Marchart pone aquí de ejemplo o la de Las tesis cuando performaron «Un violador en tu camino» (2019)—, a pesar de todo lo político que pueda experimentarse en una rave, tal y como McKenzie Wark se ha encargado de demostrar, subyace la sospecha de una disociación impotente. La disociación entre el deseo liberado y la persistente realidad a la cual se confronta.
Por ello, merece la pena recordar, como lo hace aquí Marchart, que la frase de Goldman no es de Goldman. Fue extraída de un pasaje de su biografía en el que narra cómo su primo la amonestó por su falta de seriedad al mostrarse desmesuradamente bailonga en una fiesta. Demasiado frívola para una activista. Como Juana Dolores, demasiado diva para un movimiento asambleario. Ante lo cual, Emma Goldman reclamó: «Quiero libertad, el derecho a la autoexpresión, el derecho de todos a las cosas bellas y radiantes». Pero es justo en esta exhortación del «derecho de todos a las cosas bellas y radiantes» donde, por mucho tiempo, habitó el arte sin poder distinguirse por ello de la mercancía. He aquí la trampa. El arte, un invento reciente que apenas nació en el siglo xix, fue la mercancía de lujo destinada a las clases burguesas que entendían bien el valor de lo bello y radiante. Al poco, el arte mismo se rebeló. Comprendió su destino político. Quiso hurtarse a su mercantilización, se hizo austero y difícil, retorció su lenguaje para subvertir el discurso hegemónico del capital, se desmaterializó. Feo y obtuso, decidió proclamar que el arte era también un orinal.
El giro conceptual del arte contemporáneo acabó, sin embargo, de nuevo en el museo. Cada intento de proclamar otra lógica para otro mundo, para un pueblo por venir, encontró su lugar en el cubo blanco de las ciudades gentrificadas. Subsumido por el capital, un arte que ya no bailaba, autonomizado y ensimismado, se convirtió en pasto de turistas con ínfulas culturales ávidos de selfies conceptuales. El pueblo, el pueblo llano, ya no comprendía nada y se puso a canturrear un reguetón. Papi, papi. El resto siguió comprando acuarelas.
Es contra este ensimismamiento del arte, contra su falsa y fracasada politicidad, que clama el libro que tenéis entre manos. Su apuesta por el artivismo, denostado en el esnobísimo mundo del arte contemporáneo siempre demasiado cercano a la política, es un llamamiento a hacer eclosionar de nuevo lo político de nuestras miserables vidas contra la política institucional. Para ello, no basta con bailar, ni con dejar de bailar. Es necesario, además, tomar posición. Las cosas bellas y radiantes han dejado de ser lo que eran, y las feas y oscuras no hablan ya más que al mundillo del arte. Quizás la posición que Marchart trata de articular en esta obra es la que cantaban el dúo Tirzah & Micachu en su tema «I’m not dancing» (2013). En este tema de electropop experimental producido por Mica Levy (Micachu), la compositora de las bandas sonoras de los films de Jonathan Glazer, incluida la de The Zone of Interest (2023), se escucha, bajo la preponderancia de una potente base electrónica, una letra bien simple y repetitiva: «I’m not dancing,...




