Marmon Silko | Ceremonia | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 288 Seiten

Reihe: Ensayo

Marmon Silko Ceremonia


1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-129530-6-0
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 288 Seiten

Reihe: Ensayo

ISBN: 978-84-129530-6-0
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Tayo, un veterano de la Segunda Guerra Mundial de ascendencia mixta, regresa a la reserva de los lagunas. Está profundamente marcado por su experiencia como prisionero de los japoneses y herido por el rechazo de su pueblo. Solo sumergiéndose en el pasado indio puede empezar a recuperar la paz que le fue arrebatada. Pero, por muy poderosa que sea la historia de Tayo, el triunfo perdurable de Ceremonia se extiende mucho más allá de la narración de los acontecimientos. Entretejidas en la historia del héroe de Silko, que dan estructura a la novela y añaden significado a sus ideas, están las antiguas historias del pueblo Laguna: historias que exploran la naturaleza de la magia, que profundizan en los orígenes del mal y que también pueden señalar un camino hacia la purificación y la redención.

Novelista, poeta y ensayista conocida por su tratamiento de temas relacionados con los nativos americanos. De ascendencia mixta -laguna pueblo, mexicana y angloamericana-, sus primeras experiencias se situaron entre diversas culturas. Es considerada una de las principales contribuyentes al renacimiento literario y artístico de los nativos americanos, que comenzó a finales de la década de 1960. Silko ofrece exploraciones matizadas de la literatura, la lengua y el patrimonio de los nativos americanos.
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Nos mudamos a Ketchikan, Alaska, procedentes de Chinle, Arizona, a finales de la primavera de 1973. Mi hijo mayor, Robert Chapman, tenía siete años y Cazimir, dieciocho meses. Ketchikan era la ciudad natal de John Silko, que había aceptado un puesto de supervisor en la oficina local de servicios jurídicos. Yo, por mi parte, había firmado un contrato literario con Viking Press gracias a que Richard Seaver, uno de los editores de Viking, había visto mis relatos publicados en la antología de Ken Rosen The Man to Send Rain Clouds. En aquel momento me pareció extraño que mi contrato literario especificara que la obra podía ser tanto una colección de relatos como una novela. En aquella época, yo no tenía un agente literario que pudiera explicarme que las editoriales prefieren novelas. Mi intención no era, desde luego, publicar en Viking Press otra cosa que no fueran relatos; confiaba en ellos como género. En cambio, en lo tocante a la novela, lo cierto es que, más allá de leerlas con voracidad desde los diez años, ni siquiera me había molestado en hacer el curso titulado «La novela» que ofrecía el Departamento de Inglés. De ningún modo iba yo a jugarme el éxito. Relatos, eso escribiría. Utilicé la beca de escritura que me había concedido la National Endowment for the Arts para pagar la guardería de Caz mientras Robert estaba en el colegio.

Ketchikan, una localidad ubicada en la isla Revillagigedo, a unos mil doscientos kilómetros al norte de Seattle, tiene un clima moderado para lo que es habitual en Alaska; una circunstancia que se debe en parte a la corriente oceánica cálida que recibe el nombre de «corriente del Japón». La temperatura media anual es de 8,89 grados centígrados y la precipitación media, de 4.572 milímetros. En Chinle, por el contrario, el nivel de precipitación anual era de 304,8 milímetros en un buen año. Me había acostumbrado al sol radiante del suroeste, donde el clima permitía actividades al aire libre durante todo el año. En el sureste de Alaska, la suma de altas píceas, densas nubes, nieblas, brumas y escarpadas montañas encerraba la ciudad. En el suroeste estaba acostumbrada a cubrir con la vista distancias de hasta sesenta u ochenta kilómetros. Estaba acostumbrada a ver el cielo, las estrellas y la luna.

El cambio de clima tuvo un profundo efecto en mí. Me pasé los meses de junio, julio y agosto luchando por librarme del terrible letargo de una depresión provocada en gran medida por la falta de luz solar. Durante ese periodo, conseguí escribir un relato sobre una mujer que se ahoga a sí misma; no era un buen relato, sino un mensaje que yo me enviaba a mí misma. En septiembre, tras dejar a los niños en la guardería y el colegio respectivamente, intentaba escribir en casa, pero me costaba concentrarme; tenía la sensación de que los platos sucios y la colada reclamaban mi atención.

Fue por esta época cuando Richard Whittaker vino a socorrerme. Dick vivía con su familia enfrente de la casa de mis suegros. Ejercía como especialista en derecho indígena —para las tribus locales, principalmente— y era un firme defensor del programa de servicios jurídicos gratuitos para personas sin recursos Alaska Legal Services, que empleaba a mi marido. Dick leía novelas y admiraba especialmente Dios le bendiga, Mr. Rosewater, de Kurt Vonnegut. Le comenté que necesitaba un lugar donde escribir y él me ofreció el escritorio y la silla de su biblioteca jurídica, del tamaño de un armario. Su bufete estaba en la segunda planta del edificio que albergaba los despachos del programa de servicios jurídicos. El edificio sigue estando allí, con vistas al arroyo Ketchikan, junto al tótem del gran jefe Johnson con Cuervo y Mujer Niebla, en la esquina entre las calles Mission y Stedman.

Trabajaba en la mesa de la biblioteca con mi máquina de escribir portátil Hermes y una estilográfica. Una vez revisado lo que había escrito, lo corregía enseguida con la pluma. Todos los días leía el trabajo del día anterior para ayudarme a arrancar. Por suerte, estaba en las primeras fases, cuando el manuscrito aún no era grueso ni tenía muchas notas, ya que esparcir mi trabajo por toda la mesa de la biblioteca no era una opción: Dick Whittaker y su personal necesitaban los libros jurídicos de vez en cuando. Escribí el relato «Lullaby» (Nana) allí. Ya había comenzado a escribir lo que acabaría siendo Ceremonia cuando, tras enterarme del asesinato de Nash y Ada Chakee, me di permiso para aparcar la novela el tiempo necesario para escribir un relato que honrara su recuerdo.

Transcurridos unos seis meses, trasladaron los despachos de los servicios jurídicos a unas oficinas más amplias del centro y yo me mudé con ellos. Disponían de una oficina diminuta, si bien desprovista de puerta. Algunos de los primeros borradores de Ceremonia los escribí en la otra cara de folios desechados con el membrete de los servicios jurídicos. Me las arreglé para trabajar allí durante un par de meses, hasta que Dick Whittaker me dijo que no encontraba inquilino para la oficina que habían dejado vacía y me ofreció usarla, sin pagar alquiler y con calefacción y luz incluidas, y, lo mejor de todo, sin teléfono.

El local contaba con una sala exterior, que en su día había alojado la recepción, y una oficina interior con ventanas que daban a Cuervo y Mujer Niebla, junto al arroyo Ketchikan. La oficina disponía de una silla y, empotrada en la pared, una ancha y larga mesa de trabajo de madera contrachapada con forma de ala. Lo primero que hice fue comprar una lata de esmalte chino de color rojo y pintar la superficie del escritorio. Me llevé un viejo hervidor para calentar agua y hacer café instantáneo. Algunos días no tenía ganas de trabajar en la novela al llegar a la oficina, así que me dedicaba a escribirles cartas a los nuevos amigos que acababa de hacer en una conferencia de escritores a la que había asistido en Stevens Point, Wisconsin, en junio de 1973. Otros días, apartaba la Hermes y el manuscrito y me estiraba en la mesa para echarme un sueñecito.

La regla que me imponía a mí misma era la siguiente: tenía que permanecer en la habitación tanto si escribía como si no, y, al fin, después de escribirle alguna carta a Mei-mei Berssenbrugge o a Lawson Inada, los poetas que me estaban dando apoyo moral, o de echarme una siesta, me acercaba a la ventana a contemplar el gran cuervo negro labrado que se erguía por encima de mí, en la parte más alta del tótem. Mucho más abajo aparecían Gitsanuk y Gitsaqeq, los dos cuervos ayudantes de Cuervo, con sus picos describiendo una extraña curvatura, fundidos a causa del calor de las llamas de cuando transportaron el obsequio del fuego que Cuervo les había hecho a los seres humanos. A continuación, estaban las figuras de Cuervo y su esposa, Mujer Niebla, que sujetaba dos salmones por la cola. La belleza de las figuras talladas me levantaba el ánimo, y así conseguía por fin vencer mi resistencia y ponerme manos a la obra con la novela.

En aquella época, no sabía mucho sobre el tótem del jefe Johnson ni sobre la historia de Cuervo y Mujer Niebla, pero más adelante me enteré de lo oportuna que era la ubicación de mi oficina. El tótem del jefe Johnson se erigió en 1901 para celebrar el potlatch[1] que organizó para los tlingits del kadjuk.[2] Las figuras talladas recuerdan a la amada esposa de Cuervo, Mujer Niebla, que usó las raíces de abeto de su esposo para crear el primer salmón. Los ríos y océanos no tardaron en llenarse de salmones y Cuervo se hizo rico de la noche a la mañana, tras lo cual, comenzó a descuidar a Mujer Niebla. Un día, Cuervo se dirigió de malas maneras a su esposa, hasta tal punto que ella se fue corriendo a la playa y se convirtió en niebla. Cuervo se dijo a sí mismo que le traía sin cuidado, pero, al volver a casa, vio que todo el salmón que había puesto a secar resucitaba y se lanzaba al mar, dejando a Cuervo tan pobre como antes. La figura de Mujer Niebla del tótem mira al punto del océano donde los salmones entran en el arroyo a desovar. El obsequio del salmón de Mujer Niebla hizo ricos a los habitantes de Ketchikan.

La hora del almuerzo era fácil. El café de la señora Hirabayashi estaba a media manzana, en la calle paralela a los muelles y las embarcaciones pesqueras. La señora Hirabayashi y su madre regentaban el lugar. Había un mostrador largo de mármol blanco con taburetes donde a los pescadores les gustaba sentarse. En la vitrina delantera del café vivían unas flores de Pascua entradas en años. Quizá fuera un dispensador de refrescos en su día. Los Hirabayashi, al igual que otros japoestadounidenses, fueron encarcelados en campos de concentración durante la guerra, y fue Gordon Hirabayashi, hijo de la señora Hirabayashi, quien trabajó sin tregua junto con otras personas hasta asegurarse de que el Congreso estadounidense ponía remedio a semejante crimen.

La señora Hirabayashi recibía a todos sus clientes con un alegre saludo mientras su anciana madre, que trabajaba tras los fogones, sonreía tímidamente y asentía. Siempre pedía lo mismo: té verde y un tazón de sopa de fideos con cerdo. A excepción de unos cuantos tlingits y haidas entrados en años y de mí misma, los clientes de los Hirabayashi eran pescadores que calzaban botas katiuskas y vestían chaquetas camiseras de lana gris con bolsillos. Por lo general, llovía. Mi primer octubre allí, en 1973, cayeron en Ketchikan más de mil milímetros de lluvia en treinta y un días. Esa es la razón por la cual la mayoría de las veces, cuando me acababa mi sopa y mi té, volvía...



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