E-Book, Spanisch, Band 171, 332 Seiten
Reihe: Narrativa
Marín Edificio España
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-19615-77-0
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 171, 332 Seiten
Reihe: Narrativa
ISBN: 978-84-19615-77-0
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Ignacio Marín (Madrid, 1984). Escritor y periodista afincado en Vallecas, ha ido madurando un sólido compromiso por denunciar la desigualdad y la injusticia social a través de la palabra escrita. Desde su tribuna en el periódico Vallecas Va, señala en cada número a los responsables de la miseria y la pobreza que se sufre en barrios como el suyo. Fue ganador, entre alrededor de trescientos participantes de catorce países, del concurso Narrativa del Centenario del PCE con su relato «Valle de silencio», un homenaje, duro pero evocador, a la lucha guerrillera de los maquis. Su estreno en la novela fue en 2022 con Edificio España, un crudo relato policíaco sobre el tardofranquismo y las desigualdades en el Madrid de los años setenta y ahora reeditado por Alrevés. Sus personajes no quisieron morir y volvieron en 2023 con Nadie corre más que el plomo (Alrevés), donde Marín combina la penumbra del género negro con luminosas descripciones de la costa mediterránea. Además, su pasión por el género negro, y por poner al alcance de todos la cultura, le ha llevado a crear y dirigir Vallekas Negra, el primer festival de novela negra y social de Vallecas, que ya es una cita imprescindible para la cultura popular de Madrid.
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I
—Cuánta violencia…
El veterano sacerdote se pasó la mano por la cabeza, que hervía al conocer con detalle la crueldad de la que es capaz el ser humano. Fatigado, reflexionó unos instantes antes de retomar la conversación.
—No entiendo qué puede llevar a una persona a actuar así.
—Yo tampoco. No las violaba, solo disfrutaba haciendo sufrir a esas dos pobres chicas. Como si tuviese algún tipo de complejo o quisiera vengarse de ellas, no sé.
—No, me refería al conductor, ¿cómo alguien puede inculparse siendo inocente? ¿Por qué querría destrozarse la vida de esa manera?
—Uf, eso es complicado. Supongo que el marqués le ofrecería dinero. El hombre tiene hijos, es difícil sacarlos adelante en estos tiempos. Iría a la cárcel, sí, pero de esta manera su familia podría tener una vida cómoda, pagarles unos buenos estudios.
—Ese policía amigo tuyo debe de ser un gran hombre.
—¿Eugenio? Bueno, por ahora parece que no se ha dejado presionar y, en casos como los del marqués, eso no es sencillo. Cuando hay alguien poderoso existen muchos intereses y la prensa no ayuda. Además, mucha gente está desesperada, dispuesta a asumir la culpa por escapar de la miseria, como en el caso del conductor. ¿Sabe qué? Si los policías o los jueces se dieran un paseíto por los suburbios, simplemente a observar, si bajaran al barro a conocer la realidad, tendrían más amplitud de miras.
—¿Y por eso te pide ayuda?
—Es posible. Soy una especie de confidente para él. Un colaborador. La Policía necesita gente conectada con los movimientos sociales, que sepan cómo funcionan las cosas en los barrios, cuáles son los problemas de aquí…
—Ahora necesitan a los rojos, vaya.
—Bueno, padre —rio, asintiendo—, es una manera de verlo.
—Ten cuidado con esa gente. Bueno, seguro que lo tendrás. En fin, ¿te quedarás a comer? Ya sabes que los jueves tenemos cocido.
—Ya me gustaría, pero no voy a poder. Aunque veo que se acuerda usted de que mi punto débil es la cuchara, ¿recuerda cuando me hacía pasar por mi hermano para repetir en el comedor?
—Claro que me acuerdo, erais indistinguibles, los dos gemelos igual de sinvergüenzas.
—Mellizos, padre, mellizos. Ahora, de hecho, voy con Antonio al Tío Pío. Últimamente andamos siempre juntos, como Zipi y Zape. Por eso me tengo que marchar.
—Me alegro mucho de que os hayáis juntado otra vez. Dale recuerdos y dile que me venga a ver un día. Por lo que he oído, se está ganando el cielo con su trabajo con los pobres.
—No menos que usted.
Tras abrazar al que, sin ser ya su maestro, tanto le continuaba enseñando, Paco abandonó el aulario del que fue su colegio y hogar, cruzó el patio y, manchándose los botines de la misma manera que lo llevaba haciendo desde niño, se montó en su coche.
Abandonó marcha atrás el enfangado lugar, contorsionándose en el asiento para poder ver por la ventanilla trasera, a la vez que posaba su mano derecha en el asiento del copiloto como si de un hombro cómplice se tratara. Su sonrisa, fruto de la calidez que siempre le transmitía el padre Fermín, se transmutó en una mueca de desagrado. En otro ligero movimiento, el joven sindicalista sacó con su mano derecha un cigarro del bolsillo izquierdo de su americana, giró, con esfuerzo, pero soltura, dos veces el volante nacarado de su 850 con la palma de la mano, metió primera y, al instante, segunda velocidad, y enfiló el camino, colocando finalmente en su mohín de disgusto el Bisonte sin filtro.
Paco no podía apear de su memoria las fotografías que le había enseñado el subinspector de Policía Eugenio Martín. Claro que conocía a las chicas que el marqués de Argamasilla había martirizado hasta la muerte. Eran vecinas del poblado del cerro del Tío Pío, en el corazón de Vallecas, barrio popular y combativo situado en el sureste de Madrid y donde llevaba a cabo su labor pastoral su hermano Antonio. Las jóvenes habían asistido a unos talleres laborales que Paco impartía con ayuda de su sindicato, Comisiones Obreras, aún ilegal, para las mujeres del vecindario. Explicaba cómo buscar empleo, sus derechos como trabajadoras, la importancia de tener un contrato legal y, sobre todo, saber decir que no. Tarea clandestina para una actitud subversiva.
Esas muchachas, procedentes del campo o nacidas en las estrecheces del cerro, solían subyugarse ante cualquiera que no pareciese uno de sus semejantes. Cualquiera que llevase buenos zapatos lustrados. Cualquiera que no arrastrase dejes humildes en su manera de hablar. Llevaban en la sangre siglos de feudalismo, de explotación, de vasallaje.
A menudo, ni se atrevían a mantener la mirada a su jefe, por lo que era muy complicado enseñarles a poner límites. Muchas de ellas entraban a servir en casas de cierta posición, donde era habitual que el desprecio por la «chica pobre», por la «chacha bruta», no se quedara solamente en malas palabras, en miradas podridas de clasismo. El objetivo del trabajo de Paco era tratar de evitar desmanes y abusos. No lo logró con esas dos chicas.
Despertó de sus meditaciones cuando la amortiguación del coche protestó de nuevo al abandonar el asfalto y volver al secular barro del poblado de Tío Pío. Un abrazo sincero entre un sindicalista y un cura era una imagen anacrónica en casi todos los lugares durante esos últimos estertores del Régimen, excepto en aquellos vecindarios atestados de obreros y fango. Los ojos de los hermanos se encontraron expresando ambos el mismo rictus, estupefacto y consternado por los recientes crímenes, cuya crueldad era inconcebible en la mentalidad de esas gentes sencillas.
Juntos ingresaron en el amplio barracón de madera, un edificio singular entre tantas casas bajas de adobe y ladrillo, que hacía las veces de centro comunitario. Sus usos iban desde guardería hasta taller de carpintería, y celebraba actividades tan dispares como guateques, conciertos, reuniones de , exhibiciones de bailes regionales, proyecciones de cine o charlas de toda índole. En su interior, el ambiente estaba cargado, quizá más por los ánimos de los congregados que por el humo del tabaco. Tenía lugar una nueva asamblea vecinal centrada en los crímenes.
Cuando entraron los hermanos Ayuso, se detuvo la airada conversación. Un rápido vistazo bastó para que se reanudara, con más vehemencia aún si cabe, al sumarse el religioso y el sindicalista. Si en algún momento esa asamblea tuvo un orden del día, fue pronto sustituido por la concatenación de soflamas dirigidas indistintamente contra el Régimen, los poderes fácticos, la autoridad o las clases pudientes.
—La vino un día a hacer preguntas y no se ha molestado en volver por aquí. Les da igual que vivamos como curianas, que no tengamos agua y que nuestros hijos tengan que cagar en zanjas como perros —clamaba don Eduardo, un hombre cetrino y descomunal, con la presencia de las personas revestidas de la autoridad que dan los años, las manos curtidas y la sabiduría que solo se adquiere en los andamios y en los bancales; enfatizando cada una de sus frases con golpes de bastón—. Si esas muchachas fueran de Puerta de Hierro, ya verías como estaba esa rata pudriéndose en la cárcel —clamó, señalando con la punta de metal de su cayado hacia donde consideraba que se encontraban los barrios nobles de Madrid.
—O agarrotados —dijo el Pantera, otro señor con el mismo aspecto de labrador, sin apartar su vista de las lenguas de fuego que se escapaban de una estufa de hierro alrededor de la que se distribuía toda la concurrencia.
—¿Y qué va a pasar con ese marqués? ¿Se sabe ya algo? ¿Va a pisar la cárcel? —reclamó de nuevo don Eduardo, erigiéndose en su adusta silla de madera, girando el cuerpo hacia los recién llegados y abriendo los ojos de tal manera que parecía que iban a caérsele de la cara y rodar por el sucio suelo—. ¡Yo te lo diré! Esa gente siempre se libra…, la ley está hecha para los ricos… —espetó, bajando la voz y volviendo a su posición gradualmente hasta que los últimos fonemas salieron entre dientes con la melancolía de miles de generaciones.
—El juicio está visto para sentencia y esperamos que se caiga con todo el equipo —aseguró Paco, muy serio, convencido de que la disertación precisaba de aquella puntualización jurídica.
—¡Pero escucha! —dijo el Pantera, señalando, en vez de con el dedo índice, con toda la mano, una mano enorme, hinchada tras toda una vida utilizándola para ganarse el pan—. Que el conductor dijo que había sido él, seguro que le terminan echando las culpas, ¡ya verás!
—Que no, Pantera, que ya lo hemos hablado, descubrieron el engaño. Va a caerle una gorda a ese tipo, hazme caso —recordó Paco.
—¡Puaj! —aportó con ademán de asco Soledad, una señora con el aspecto de ser la madre, biológica o moral, de la mitad de los jóvenes del vecindario—. ¡Y eso a quién le importa! Matar a los nuestros siempre sale gratis. Estamos para limpiar su mierda y para que nos maten. —Redondeó el último verbo alzando el brazo para después dejarlo caer, dando una palmada en su pierna que sonó como una bofetada seca.
—Qué más da, llevan años matándonos… —dijo el Pantera, volviendo a mirar fijamente a la estufa.
—¡Al menos en la guerra nosotros también disparábamos! —clamó una voz indeterminada entre el gentío al que le tocó permanecer de pie, y que caldeó aún más el ambiente. El comentario provocó sentimientos encontrados entre los asistentes. Algunos se revolvían nerviosos buscando cruzarse con otras miradas para descubrir reacciones, otros aplaudían asintiendo y los hubo...




