E-Book, Spanisch, Band 158, 192 Seiten
Reihe: Narrativa
Marín Nadie corre más que el plomo
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19615-41-1
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 158, 192 Seiten
Reihe: Narrativa
ISBN: 978-84-19615-41-1
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Ignacio Marín (Madrid, 1984). Escritor y periodista afincado en Vallecas, ha ido madurando un sólido compromiso por denunciar la desigualdad y la injusticia social a través de la palabra escrita. Desde su tribuna en el periódico Vallecas Va señala en cada número a los responsables de la miseria y la pobreza que se sufren en barrios como el suyo. Fue ganador, entre alrededor de 300 participantes de 14 países, del concurso Narrativa del Centenario del PCE con su relato «Valle de silencio», un homenaje, duro pero evocador, a la lucha guerrillera de los maquis. Su estreno en la novela fue en 2022 con Edificio España, un crudo relato policíaco sobre el tardofranquismo y las desigualdades en el Madrid de los años setenta. Además, su pasión por el género negro y por poner al alcance de todos la cultura le ha llevado a crear y dirigir Vallekas Negra, el primer festival de novela negra y social de Vallecas, que ya es una cita imprescindible para la cultura popular de Madrid.
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Justo en el instante en el que Vicente Puig supo que iba a morir, el coche de línea de La Requenense llegaba a la estación procedente de Valencia. Recuerdo que aquella mañana compré lenguado a ochenta pesetas el kilo y lo serví en el menú del día. Desde la lonja veía amanecer cada día, y ese martes de primavera nació brumoso como en las últimas dos semanas. Con aquella calima rojiza tan característica de ese pueblo, que envolvía todo con una atmósfera alienígena. Pero en el preciso momento en que Vicente Puig supo que iba a morir, el sol se abrió paso a codazos entre las pastosas nubes para iluminarle, como si la fatal conclusión a la que había llegado fuese fruto de una revelación divina.
Porque Vicente Puig no supo que iba a morir cuando recibió el disparo que acabaría poco después con su vida. Más bien se sorprendió de ver ahí, en el portal de su casa, al que resultaría ser su asesino. Comenzó a esbozar una tímida sonrisa que atropelló el estruendo del arma detonada. Estupefacto, observó cómo brotaban de su camisa manchas rojas, mientras el homicida se escabullía por las calles empedradas del casco histórico. Movido por ignotos instintos, Vicente Puig se agarró el vientre y caminó las escasas dos manzanas que le separaban de la plaza del ayuntamiento.
Ante la dubitativa mirada de los pocos viandantes que no habían huido tras el disparo, alcanzó la plaza. Notaba el calor de la sangre resbalando por entre sus dedos, ensuciando la correa de su reloj de pulsera y empapando las mangas de la americana. Solo cuando sus piernas trastabillaron y sus ojos comenzaron a temblar, Vicente Puig supo que iba a morir. La esperanza le abandonó. Dejó caer los brazos paralelos a su cuerpo, a la vez que la considerable cantidad de sangre que contenía en sus manos. Se irguió con las pocas fuerzas que le restaban, inhalando por última vez la brisa salitrada que serpenteaba en esas calles mozárabes procedente del mar, como si quisiera llevarse al otro mundo el aroma de su querida tierra.
Aquella plaza trataba de respetar ese orden arquitectónico musulmán con una mampostería ocre más o menos mejor conseguida, a excepción del edificio del ayuntamiento, cubierto de un yeso en tonos pastel, tan de moda en las construcciones de la costa, y que resultaba absolutamente anacrónico en aquel lugar. El soñoliento policía local que custodiaba el consistorio ahogó un grito de terror cuando descubrió la figura de Vicente Puig entre las palmeras de la plaza, cubierto de sangre y mirando al cielo con los ojos entornados. Tras el sonido del cuerpo derrumbándose y el de la carrera del policía para tratar en vano de socorrerle, el lugar quedó en silencio, exceptuando el recurrente traqueteo metálico que generaba el flameo de la bandera nacional contra la oxidada asta del ayuntamiento.
Apenas unas horas después de que Vicente Puig supiera que iba a morir, mi amigo Eugenio Martín, inspector del Cuerpo Superior de Policía, cruzaba España para venir a Benissa de la Safor. El asesinato del alcalde de UCD de un tranquilo pueblo del Levante hizo saltar todas las alarmas en la capital. La extensión por el resto del país del clima de violencia política que sufrían Madrid y Euskadi era algo que la incipiente democracia no podía permitirse.
Para Eugenio, abandonar la rutina, aunque fuera unos días, era un auténtico revulsivo. La muerte de Franco no trajo en absoluto el final de la represión ni de la disidencia. Madrid se había convertido en un violento avispero, en el que afloraban constantemente nuevos grupos armados, a izquierda y a derecha, dispuestos a convertir la capital en su particular campo de batalla. El seno de la Policía tampoco se modernizó, más bien lo contrario, parecía como si con la llegada de la democracia la impunidad de torturadores y corruptos hubiese incluso aumentado.
En medio de todo aquel infierno, Martín luchaba por mantenerse íntegro, por conservar su dignidad, aunque determinadas actuaciones llevasen al límite su conciencia. O quizás eso quisiera pensar. Y lo peor de todo es que ya no era capaz de burlar la culpa cuando llegaba a su refugio, a su hogar de la calle Toledo. Ya no lograba mantener la mirada a Candela sin notar cómo los remordimientos retorcían sus tripas. Ya no contemplaba orgulloso cómo crecía su hija Cecilia, consciente de que lo hacía en un mundo con un futuro tan cruel y violento. Cuando la culpa terminó de devorar las entrañas de mi amigo, se dio cuenta de que también había devorado a su familia, dejándolo solo en aquella casa que, en vez de un hogar, se había convertido en la guarida de un monstruo.
El largo camino a través de la Nacional III al volante de su Seat 1430 color negro sirvió a Eugenio Martín para alcanzar el sólido convencimiento de que aquella misión le serviría tanto para aprender de otros policías como para despejar su atribulada mente. La misión era sencilla. Indagar si se trataba de un crimen aislado o si tras su carácter local se escondía, una vez más, la amenaza del terrorismo. Eugenio estacionó su vehículo frente a la casa cuartel de Benissa de la Safor, entre un 127 y un Land Rover Santana 109, ambos del parque móvil de la Guardia Civil. Había tenido la prudencia de concretar la hora de llegada a medio camino, por lo que los agentes salieron a recibirlo en cuanto vieron aparecer un coche con matrícula de Madrid.
—Bienvenido a Benissa, inspector Martín. Soy el teniente Medina, y este es el sargento Aldecoa, que estará a su total disposición para lo que necesite. Hemos dispuesto para usted una habitación en la casa cuartel. Supongo que estará agotado del viaje.
Los guardias parecían amables y dispuestos a ayudarlo. El teniente era corpulento, de rostro duro y cetrino, y con un marcado acento del sur. Por su parte, el sargento era fibroso, con facciones suaves y de menor estatura que su superior.
—Se lo agradezco, pero prefiero hospedarme en una pensión estos días. El viaje ha sido más llevadero de lo que esperaba, así que podemos empezar a trabajar cuando les parezca bien.
La casa cuartel era un edificio bastante austero de ladrillo, que cumplía rigurosamente con las funciones para las que había sido diseñado. Tras la puerta de doble hoja, coronada por azulejos que rezaban el preceptivo «Todo por la Patria», se encontraban las dependencias policiales y detrás, limitando con un pequeño patio, unas pocas viviendas para los guardias.
Juntos accedieron al despacho del teniente, chapado de una madera que se había impregnado con el olor de miles de cigarrillos y que emanaba un calor pegajoso en aquellos climas tan húmedos. El teniente ocupó su butaca de escay verde bajo un retrato de Franco enmarcado en oropel, que nadie se había molestado en sustituir tras el final de la Dictadura, y frente a la mesa atestada de carpetas y documentos, mientras que el sargento y el inspector tomaron asiento en las dos sillas que tenía delante. Para no desmerecer el ambiente del despacho, los tres fumaron.
—Este es un pueblo muy tranquilo, la verdad es que no nos lo explicamos —reflexionó en voz alta el teniente.
—De siempre ha sido un lugar de gente pacífica, un pueblo de pescadores. Estamos recibiendo muchos turistas en los últimos años, pero nunca había pasado nada grave. Imagínese, el asesinato del alcalde, nada menos —completó el sargento.
—¿Es usted de aquí? —preguntó Eugenio al sargento Aldecoa, calibrando lo útil que le podría resultar en la investigación.
—Bueno, de Sedaví, un pueblo cerca de Valencia.
—Supongo que le habrán informado bien en Madrid —el teniente quiso ir al grano y tomó la carpeta que había en la mesa— y ya sabrá que la víctima se llamaba Vicente Puig. —Hizo una breve pausa mientras sacaba algunas fotos del alcalde con la ropa teñida de sangre—. Le dispararon a bocajarro con una escopeta de caza. —Esta vez sacó una foto de balística—. Calibre 16, cartuchos de perdigones Saga, muy habituales, por la zona hay mucha caza de conejos. Se desangró frente al ayuntamiento, a cien metros de su casa. Cuando quisieron llevarlo al puesto de la Cruz Roja, ya había muerto.
—Aquí jamás ha habido ningún problema por política. Lo habitual son peleas de turistas borrachos en verano, incluso algo de hachís. Vienen muchos jipis, ¿sabe? Pero tanto como un asesinato…
—Después de las Vascongadas pensabas que ibas a estar tranquilo volviendo a casa, ¿eh? —bromeó el teniente Medina, forzando una sonrisa. El sargento se limitó a levantar las cejas y apretar los labios.
—¿Algún testigo?
—Por ahora nada. Era muy temprano y a esas horas las calles del centro estaban desiertas.
—¿Tenía enemigos?
—No, que sepamos. Aunque los Puig son una familia con dinero, tienen muchas huertas de naranjos por toda la comarca de la Safor. Y el dinero llama a dinero, ya sabe —respondió el sargento Aldecoa, con algo de sorna.
—No tenemos nada por ahora, inspector —se sinceró el teniente—, por lo que su presencia nos va a ser de gran ayuda. En esta carpeta encontrará toda la información que necesita, además de teléfonos y direcciones de la familia, de su partido y demás. Le deseamos suerte —concluyó, con una mirada que no supo interpretar.
Estoy convencido de que Eugenio Martín llegó a nuestro bar tras recorrer todas las callejuelas del casco antiguo. Aunque nos dijera que lo encontró a la primera, Rosa y yo sabíamos que mentía. Nos lo imaginamos torpe, mirando los letreros en valenciano como si estuvieran en chino, con la americana en la mano, sudando a ríos por culpa de las cuestas empedradas, asfixiado por esa humedad de la que carece Madrid.
La primera vez que vino a vernos, éramos...




