E-Book, Spanisch, 240 Seiten
Reihe: eMilenio
Martí-Rueda Cinco rebeldes (epub)
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-9743-997-8
Verlag: Milenio Publicaciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Historias humanas de las Brigadas Internacionales y la Guerra Civil
E-Book, Spanisch, 240 Seiten
Reihe: eMilenio
ISBN: 978-84-9743-997-8
Verlag: Milenio Publicaciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Jordi Martí-Rueda (Barcelona, 1976) es escritor e historiador. Finalista en el premio de narrativa corta por Internet TINET 2015. Ha colaborado con varios proyectos de recuperación de la memoria de la Guerra Civil, como el Censo de Simbología Franquista en Cataluña y el portal Sidbrint, de digitalización de la memoria de las Brigadas Internacionales, además de algunos proyectos audiovisuales relacionados con la Batalla del Ebro. Combina las facetas de escritor y de historiador con la de editor.
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Introducción
Si el barco en el que viajas recibe el impacto de un torpedo y se hunde en las profundidades, y tú eres un superviviente que ahora saca la cabeza al exterior, expulsa medio mar Mediterráneo, traga aire frío y mueve brazos y piernas en el agua gélida para no ahogarse, podemos concluir, aunque pueda parecer una ironía, que eres un afortunado.
Aun así, también podemos convenir que tus posibilidades de salir con vida de esa experiencia tan afortunada no son muy altas.
No sabemos si eso se le ocurrió a Bill van Felix cuando su cabeza emergió de bajo el agua. Al abrir los ojos encontró el cielo vacío. Al mirar atrás, el casco de una nave que desaparecía bajo las olas. Y más allá, nada.
Cualquier cálculo de probabilidades otorgaría a ese chico el título de campeón absoluto de los afortunados. No hace mucho iba a bordo de un barco procedente de Marsella con destino a Valencia. Hasta que un submarino italiano ha decidido poner fin a su sueño de ayudar a la República. Bill van Felix se ha librado de saltar por los aires en la explosión, de darse un golpe mortal en el momento del impacto y de sufrir un ataque al corazón bien merecido. Si fuera un gato, habría gastado ya tres vidas en un solo día. Pero desde ese momento, en el que el superviviente aletea en el agua, el recuento de probabilidades empieza de nuevo, frío y matemático, sin apreciar los méritos acumulados. Y el aspirante sale perdedor en todas las apuestas.
Ahora mismo Bill van Felix no debe de estar pensando en las posibilidades que tiene de salir vivo de esta y de poder contárselo a una chica. Porque en vez de acogerse al abrazo del mar y acabar con eso deprisa, o de bracear preso del pánico hasta vaciar sus fuerzas, empieza a nadar en dirección a la costa, aunque la costa no es mucho más que un perfil que baila entre las olas. Bill van Felix tiene veintiún años y viene de Brooklyn, y por motivos o cálculos que no llegamos a comprender nada, nada para deshacer los quilómetros de agua que le separan de tierra firme.
A veces la perseverancia tiene premio, y hoy llega en forma de una barca de pescadores. Los pescadores ven al hombre que nada, el hombre que nada ve la barca que se acerca, y los brazos se le aflojan. Poco después, unas manos robustas lo aferran y lo sacan del agua. Milagro o fortuna, acaba de gastar la cuarta vida en un solo día.
Bill van Felix no fue el único que sobrevivió al hundimiento del Ciudad de Barcelona, torpedeado el 30 de mayo de 1937 cuando se encontraba a una milla y media de la costa. Tampoco fue el único al que se le ocurrió dejar casa, trabajo y familia y viajar miles de quilómetros para ir a poner los pies en una guerra.
Pocos meses antes, en otra costa, la de Hendaya, el viento trajo hasta la arena la voz de cañones lejanos. Los veraneantes dejaron las conversaciones y miraron hacia el sur. Sabían que a pocos quilómetros los seres humanos, en vez de bañarse, se mataban. Durante unos instantes, la playa enmudeció. Luego, poco a poco, primero con susurros y palabras cortas, las conversaciones empezaron a recomponerse, las parejas cerraron los ojos bajo el sol y los bañistas regresaron al agua. Solo un muchacho permaneció mudo. O tal vez deberíamos decir un niño, porque George Sossenko solo tenía dieciséis años. Era hijo de inmigrantes rusos, era estudiante y era libertario. Las olas se deshacían en la arena, el sol le quemaba la piel desnuda, los veraneantes jugaban en el agua. Y se preguntó, de repente, si todo aquello era cierto: no el sonido de los cañones, que el viento había traído para interrumpir el baño; sino el verano, la playa y las olas y todos los juegos en la arena.
En Bayona, en cambio, era oscuro aún cuando Théo Francos pisó por última vez las baldosas de piedra del puente Saint Esprit. Se subió en un tren y se sentó cerca de la ventana. Sus ojos buscaron el reloj de la catedral. Lo miró mientras se alejaba, y escrutaba su esfera, sus números romanos, sus agujas, y trataba de no parpadear para no perderse ni un instante de esa imagen, como si quisiera retenerla para siempre. Había visto la catedral y el reloj cada día durante veintidós años. Pero solo ahora se daba cuenta de que de alguna forma pertenecía a ellos, ahora que quizá los veía por última vez. Era ahora, cuando ya se le deslizaban entre los dedos, cuando se daba cuenta de las cosas que amaba.
Más al norte, Harald, Kaj y Age Nielsen, tres hermanos de un barrio pobre de Copenhague, se cargaron una mochila a la espalda y agarraron unas bicicletas. Habían abrazado a sus padres, se habían despedido de la fábrica y ya pedaleaban hacia el oeste, convencidos de que algún día sus piernas y esas bicicletas les llevarían hasta los pies del Pirineo.
Se podrían contar muchas historias como esas. Quizá miles, porque la Guerra Civil es fecunda en vidas exprimidas y hechos insólitos. La historia tiene la extraña cualidad de reservar algunos capítulos, muy pocos, en los que las razones y las pasiones confluyen en un momento efímero y en un minúsculo trozo de tierra. Y pocas veces las pasiones humanas fueron tan intensas como en 1936.
La Guerra Civil atrajo a hombres y mujeres de todo el mundo. Entre 1936 y 1938, miles de personas cruzaron la frontera franco-española para unirse a la lucha contra el fascismo; en algunos casos, desde latitudes lejanas y después de largas travesías.
En realidad, los primeros voluntarios internacionales ya estaban en Barcelona cuando estalló la guerra: formaban parte de las delegaciones de atletas que habían llegado para competir en la Olimpiada Obrera, unos juegos olímpicos que se habían organizado como réplica a los Juegos de Berlín, que se celebrarían en la Alemania nazi.
A raíz del golpe de estado de julio de 1936, la Olimpiada se suspendió y el Gobierno catalán decidió repatriar a los atletas; algunos, sin embargo, prefirieron quedarse y sumarse a la lucha de los republicanos.
En las siguientes semanas, más voluntarios cruzaron la frontera para ofrecerse a la República. Algunos, por iniciativa individual y asumiendo el viaje por cuenta propia; otros, en grupos organizados por partidos o sindicatos. En septiembre, sin embargo, esa iniciativa tomó una nueva dimensión: la dirección de la Internacional Comunista, que reunía a los partidos de todo el mundo que actuaban bajo la influencia de la Unión Soviética, acordó crear una fuerza internacional de obreros con el objetivo de ayudar a la República. Es por eso que, en adelante, el nacimiento oficial de las Brigadas Internacionales se atribuiría a Moscú. No obstante, la decisión de crear ese ejército de voluntarios no hacía más que reconocer un fenómeno que ya se estaba produciendo de forma espontánea: la afluencia creciente de personas de todas partes hacia la Península.
Los planes de Moscú quedaron cortos: habían concebido una única brigada de cinco mil voluntarios, que debían ser reclutados entre los militantes más comprometidos de cada país. Pero el entusiasmo por participar en la guerra contra Franco superó todas las previsiones: entre 1936 y 1938, alrededor de cuarenta mil personas de más de cincuenta países cruzaron la frontera con ese objetivo. La mayoría procedían de Europa, sobre todo de Francia, pero los había de todos los continentes; en los frentes y en los hospitales de la Península se vería a gente tan diversa como alemanes, italianos, europeos del este, norteamericanos, cubanos y argentinos; incluso a personas de geografías y culturas tan lejanas como chinos y filipinos.
Muchos eran de ideología comunista, pero no todos: había también anarquistas, socialistas, liberales y personas sin más convicción que la ética democrática o antifascista. Y esa era la razón de ser de las Brigadas Internacionales: un grupo de hombres y mujeres que se definían por la convicción de que había que detener el fascismo antes de que fuese demasiado tarde, con independencia de la sensibilidad política que albergara cada uno.
No eran mercenarios ni soldados experimentados. La mayoría, de hecho, no conocía el tacto de un arma de fuego y apenas era capaz de desfilar como es debido. Eran estibadores de los muelles y obreros del metal, médicos y enfermeras, escritores y estudiantes. Sin embargo, en el Jarama, en Teruel y en el Ebro se convirtieron en cirujanos y enfermeras de guerra, en conductores de ambulancias y en soldados.
En otoño de 1938 el Gobierno de la República decidió retirarlos del frente y mandarlos a casa. Los últimos brigadistas desfilaron por las calles de Barcelona y los barceloneses les abrazaron como solo se abraza a un amante, y en su adiós se respiraba el naufragio. Algunos pudieron regresar a los países de donde procedían, donde serían perseguidos y castigados por haber ayudado a la República. Otros no pudieron irse, porque en sus países gobernaba el fascismo; permanecieron en Cataluña hasta los últimos días, y cuando las columnas de refugiados huían hacia Francia, en un éxodo nunca visto, algunos volvieron a tomar las armas para proteger la retirada y terminar, como tantos catalanes y españoles, en los campos de concentración y de exterminio.
Y ante eso, es natural que nos hagamos una pregunta: ¿qué puede llevar a un hombre o a una mujer a dejar cuanto conoce, incluso la paz, para cruzar una frontera y adentrarse en una guerra, un fenómeno nefasto ante el cual lo primero que haríamos la mayoría de nosotros sería huir en vez de ir?
Una tarde de octubre de 2008 me planté en Sitges, Barcelona, para entrevistar a uno de los últimos supervivientes de aquella epopeya. Era Juan Miguel de Mora, mexicano. Lo había visto hacía...




