Martini | Meditaciones sobre la oración | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 256 Seiten

Reihe: Sauce

Martini Meditaciones sobre la oración


1. Auflage 2016
ISBN: 978-84-288-3079-9
Verlag: PPC Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

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Quien ha alcanzado una determinada edad -dice el cardenal Martini- está en condiciones de tener una cierta mirada sintética sobre su propia vida, reconociendo los dones de Dios, incluso aquellos que le han llegado por medio de sufrimientos inevitables. Estamos invitados, por tanto, a una lectura sapiencial de nuestra historia y de la historia del mundo. ¡Dichosos quienes logran leer su vida como un regalo de Dios, quienes no se dejan llevar por juicios negativos sobre los tiempos presentes en comparación con los pasados! Lo ideal sería llegar a contemplar, muy sencillamente, al Dios que nos mira: contemplarlo con amor o, más bien, pensar en Jesús como en alguien que tiene necesidad de nosotros para hacer plena su alabanza al Padre. Para ello, el Espíritu Santo será nuestro maestro interior. Y a nosotros solo nos quedará seguirlo con docilidad.

Carlo Maria Martini (Orbassano, Turín, 15 de febrero de 1927 - Gallarate, Lombardía, 31 de agosto de 2012) fue un jesuita, profesor de teología, arzobispo de Milán, cardenal de la Iglesia católica. En la corriente de los cambios del post-Concilio, siguió la línea marcada por la Compañía de Jesús en sus últimas décadas. Nació en el suburbio turinés en el seno de una familia burguesa, hijo de padre ingeniero. Ingresó en la Compañía de Jesús (jesuitas) el 25 de septiembre de 1944, a los 17 años de edad. Hizo el noviciado en Cuneo; estudió en la Facultad de Filosofía Aloisianum, Gallarate, Milán; en la Facultad Teológica de Chieri, en Turín; en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma (en 1958 recibió el doctorado en teología fundamental con la tesis: 'Il problema storico della Risurrezione negli studi recenti'); y en el Pontificio Instituto Bíblico, Roma, donde obtuvo otro doctorado con una tesis sobre 'El problema de la recensionalidad del códice B a la luz del papiro Bodmer XIV'. Martini fue ordenado sacerdote en 1952 y comenzó una carrera fulgurante, tanto en el ámbito académico como en el eclesiástico. Martini era experto en la crítica textual del Nuevo Testamento y había estudiado los papiros y códices que contienen el texto griego de los Evangelios. Martini obtuvo varios doctorados y dominaba seis idiomas modernos, además del latín, del griego y del hebreo clásicos.
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EL CLIMA DE LA ORACIÓN


ORACIÓN DEL SER

Siempre siento cierto malestar y hasta fatiga cuando debo hablar de la oración, y ello porque me parece que es una realidad sobre la que verdaderamente no se puede hablar. Se puede invitar a rezar, exhortar, aconsejar... Pero la oración es algo tan personal, tan íntimo, tan nuestro, que resulta difícil hablar de ella a menos que nos pongamos verdaderamente en un clima de oración. Querría empezar, por tanto, justo con una oración:

Señor, tú sabes que yo no sé rezar; entonces, ¿cómo puedo hablar a otros de la oración? ¿Cómo puedo enseñar a otros algo sobre la oración? Solo tú, Señor, sabes rezar. Tú has rezado en la montaña, durante la noche. Tú has rezado en las llanuras de Palestina. Tú has rezado en el huerto de tu agonía. Tú has rezado en la cruz. Solo tú, Señor, eres el Maestro de la oración. Y Tú nos has dado a cada uno de nosotros, como maestro personal, al Espíritu Santo. Ahora bien, solamente en la confianza en ti, Señor, Maestro de oración, adorador del Padre en espíritu y verdad, y solamente con la confianza en el Espíritu que vive en nosotros, podemos tratar de decir algo, de exhortarnos recíprocamente, para compartir alguno de tus dones respecto a esta maravillosa realidad. La oración es la posibilidad que tenemos para hablar contigo, Señor Jesús, Salvador nuestro, para hablar con tu Padre y con el Espíritu, para hablar con sencillez y verdad. Madre nuestra, María, maestra de oración, ayúdanos, ilumínanos, condúcenos en este camino que también tú has recorrido antes que nosotros conociendo a Dios Padre y su voluntad.

Para afrontar del modo más familiar posible el tema de la oración he pensado en dos breves premisas teológicas y fundamentales a las que ahora quiero hacer referencia. Trataré luego de contestar a la pregunta sobre cómo ayudarnos a nosotros mismos y a los demás para avivar en el corazón la llama de la oración: una llama que es el propio Dios, que es el que la enciende, pero que nosotros tenemos que alimentar.

La primera premisa la extraigo del Salmo 8:

¡Señor, Dios nuestro,

qué admirable es tu nombre en toda la tierra!

Tu majestad se levanta sobre los cielos.

De la boca de los niños de pecho

Levantas una fortaleza firme frente a tus adversarios,

para hacer callar al enemigo y al rebelde.

Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos,

la luna y las estrellas que has creado,

¿qué es el hombre para que te acuerdes de él,

el ser humano que cuides de él? (Sal 8,2-5).

La oración es algo extremadamente sencillo, algo que nace de la boca y del corazón del niño. Es la respuesta inmediata que nos sale del corazón cuando nos ponemos frente a la verdad del ser.

Esto puede acaecer de muchos y diferentes modos: puede suceder ante un paisaje de montaña, en un momento de soledad en el bosque, escuchando música y, en todo caso, cuando surge algo que nos hace olvidar, aunque sea por poco tiempo, la realidad inmediata, ayudándonos a separarnos por un instante de nosotros mismos. Son momentos de verdad del ser, en los que nos sentimos como fuera de la esclavitud de las intrusiones cotidianas, de la esclavitud de las cosas que nos reclaman continuamente. Respiramos más profundamente de lo habitual, sentimos algo que nos mueve por dentro; y no es raro, sino casi instintivo, que en estos momentos de gracia natural, en estos momentos felices en que nos sentimos plenamente nosotros mismos, se eleve de nosotros una oración: «Dios mío, te doy gracias», «¡Señor, qué grande eres!».

Cada uno de nosotros, creo, puede experimentar en su vida algunos de estos momentos. Quizá por una serie de circunstancias felices nos hemos encontrado en disposición de expresar este reconocimiento a Dios, a quien hemos llamado desde la profundidad de nuestro ser. Es la oración natural, la oración del ser. Toda nuestra oración, toda nuestra educación a la oración, parte de este principio: el hombre que vive a fondo la autenticidad de sus propias experiencias siente enseguida, instintivamente, la necesidad de expresarse mediante una oración de alabanza, de agradecimiento, de ofrecimiento.

La segunda premisa consiste en que, junto a esta oración del ser, hay otra realidad que conviene tener presente: la oración del ser cristiano. Esta oración no es sencillamente mi respuesta a la realidad del ser que me circunda o a la sensación de autenticidad que puedo experimentar en mí, sino que es fruto del Espíritu que reza en mí. El texto fundamental al que aquí debemos referirnos es el de la carta a los Romanos, en particular la segunda parte del capítulo 8, donde se dice que el Espíritu reza en nosotros (cf. Rom 8,14-27).

Se deben tener presentes, por tanto, estas dos verdades: de la boca de los niños de pecho, Dios ha hecho una alabanza (Mt 21,16) y, por ende, la oración es una realidad muy sencilla que brota cuando se han puesto las premisas justas, cuando la persona (también el chico, el niño, el adolescente) se encuentra de verdad a su gusto frente a la realidad del ser, a la verdad del ser, y en situaciones particularmente felices de calma y serenidad. Pero a esta verdad le sigue otra, y es que no somos nosotros quienes rezamos como cristianos, sino que es el Espíritu quien reza en nosotros.

La educación a la oración consiste, por eso mismo, tanto en tratar de favorecer aquellas condiciones que ponen a la persona en estado de autenticidad cuanto en buscar dentro de nosotros la voz del Espíritu que reza, para dejarle espacio, para darle voz. En efecto, sin esta premisa no hay oración cristiana: es el Espíritu quien reza en nosotros. Y esta es la característica propia, típica, de la oración cristiana.

Recuerdo que uno de los más grandes exegetas de san Juan, el padre Donatien Mollat, se preguntaba un día qué caracterizaba la oración cristiana respecto a las oraciones de las otras religiones, a todas las oraciones naturales que cualquier hombre puede hacer. La respuesta que dio remitía al capítulo 4 del evangelio de Juan: «La oración en espíritu y en verdad». Según el lenguaje de san Juan, «verdad» significa que Dios Padre se revela en Cristo. He aquí el núcleo de lo que caracteriza la oración cristiana, aquello que la distingue de la oración, por altísima que sea, de las otras religiones. Podemos aprender mucho de las oraciones de todas las religiones, podemos sacar muchas cosas sobre esta elevación del hombre hacia Dios, pero lo específico de la oración cristiana es el don directo que Dios nos envía por el Espíritu, aquello que nos permite rogar en la verdad, es decir, en la revelación que el Padre hace de sí mismo en Jesús. Eso mismo es lo que la liturgia produce cuando, al final de cada oración, se pronuncia la fórmula: «Por Cristo, nuestro Señor, en la unidad del Espíritu Santo». Esta es la oración en la que hay que educar. No habríamos educado de veras a la oración si solamente nos hubiéramos limitado a suscitar sentimientos de alabanza, de admiración, de gratitud, de pregunta, si no hubiéramos insertado esta realidad en el ritmo del Espíritu que ruega en nosotros.

La pregunta sobre cómo orar se torna ahora más concreta: ¿cómo ayudar a descubrir en nosotros mismos los movimientos del Espíritu? ¿Cómo ayudar a discernir los movimientos del Espíritu de Cristo que está en nosotros? ¿Cómo oír al Espíritu, que es el gran promotor de nuestra oración?

Presentaré aquí algunas sugerencias, sencillas y concretas, que cada cual podrá luego confrontar con su propia experiencia para ver después cuáles de ellas le resultan más adecuadas. Las indicaciones que ofrezco se refieren a tres actitudes:

1) la situación preliminar a la oración;

2) la entrada en la oración, es decir, el momento de comenzar la oración;

3) el ritmo de la oración, es decir, la permanencia en la oración.

SITUACIÓN PRELIMINAR

Es importante partir de este hecho: cada uno de nosotros tiene una situación de oración propia e irrepetible. Irrepetible no solamente porque es mía en cuanto que yo soy una persona diferente de cualquier otra, sino también porque es mía en este momento y, por tanto, también es irrepetible en el tiempo (aunque cada uno tenga sus módulos de oración que le son peculiares y a los que vuelve una y otra vez).

La pregunta sería esta: ¿cómo reconocer mi situación? ¿Cómo hacer que emerja mi estado personal de oración? Propongo ante todo algunas observaciones de carácter negativo, preguntándome qué no es ese estado.

No es un estado inducido por la oración ajena ni por modelos de oración predeterminados; tampoco por textos sobre la oración. Aunque todas estas cosas sean óptimas (los libros, como las hagiografías, nos ofrecen sus experiencias; las oraciones ajenas podemos aprenderlas y repetirlas), en...



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