Martín | Dinero para los muertos | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 178, 310 Seiten

Reihe: Narrativa

Martín Dinero para los muertos


1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-10455-02-3
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 178, 310 Seiten

Reihe: Narrativa

ISBN: 978-84-10455-02-3
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



La muerte de Rafael Larraz, un reputado periodista especializado en sucesos, hará que su hija descubra una novela inacabada entre sus pertenencias. La curiosidad la lleva a leerla, aunque pronto se da cuenta de que este manuscrito es mucho más que una simple obra de ficción. Dentro encontrará una serie de crímenes, hechos insólitos y escándalos de enormes proporciones. Mientras avanza la trama, descubrirá oscuros secretos que su padre había mantenido ocultos y que podrían haber sido la causa de su muerte. Su búsqueda la conduce a conectar estos antiguos crímenes con su propia historia familiar, revelando una red de robos, mafias e investigaciones policiales y periodísticas por la ciudad de Castellón que marcaron el destino de su familia durante décadas. Andreu Martín vuelve a Alrevés y nos ofrece un viaje con múltiples voces, contrapuntos y saltos temporales donde las líneas entre la realidad y la ficción se desdibujan. Ahora solo falta un último objetivo: descubrir el porqué

Andreu Martín (Barcelona, 1949) es escritor especializado en novela negra y policíaca desde que en 1979 publicó Aprende y calla. En 1980 recibió el premio Círculo del Crimen por Prótesis. Posteriormente, ha escrito numerosas obras del género que han sido galardonadas, como Si es o no es (con el Deutsche Krimi Preis International a la mejor novela policíaca publicada en Alemania), Barcelona connection y El hombre de la navaja (las dos con premios Hammett), Bellísimas personas (que, además del Hammett, también obtuvo el premio Ateneo de Sevilla) o De todo corazón (premio Alfons el Magnànim). Además, ha recibido el prestigioso premio Pepe Carvalho, en el festival BCNegra, que galardona toda una trayectoria. Ha escrito también género erótico y novela infantil, donde, juntamente con Jaume Ribera, ha creado el personaje de Flanagan, cuya primera novela, No pidas sardinas fuera de temporada, recibió el Premio Nacional de Literatura Juvenil. En Alrevés ha publicado El Harén del Tibidabo (2018), Todos te recordarán (2019), La favorita del Harén (2020), Vais a decir que estoy loco (2021), La cuarta chica por la izquierda (2023) y Lo que solo les pasa a los demás (2024).
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Capítulo 1
Joyero de teca con incrustaciones de nácar


Bueno, no sé, ¿cómo empiezo? ¿Cómo se empieza?

Aquí tenemos este manuscrito, esta novela inconclusa de Rafael Larraz que pretendía contar un suceso importantísimo de esta ciudad pero que se perdió en detalles inconcretos, en noticias que daba por sabidas y en temas personales que me parecen muy divertidos aunque, desde mi punto de vista, quitan importancia a aquello que realmente la tenía.

Bueno.

Me llamo Francisco Largo y me piden que hable de lo que se llamó el «caso del butrón de la Magdalena»; aunque, bien pensado, al final el butrón fue lo de menos. Lo más tremendo del caso fue la serie de asesinatos que llegaron después, hecho insólito y escándalo de proporciones gigantescas para una pequeña y modesta ciudad como Castellón de la Plana.

El primer indicio, de apariencia insignificante, de lo que devendría un terremoto que nos enloqueció a todos fue un simple robo con escalo. No me correspondía a mí investigarlo, porque yo era entonces el responsable de la UDEV, que significa Unidad de Delincuencia Especializada y Violenta, pero Cristóbal Benavides, jefe supremo de nuestra comisaría, consideró que era yo quien tenía que encargarme del caso.

Era un viernes, 26 de febrero, 1999, aquí tengo las notas, y entré en comisaría a primera hora de la mañana. Me sorprendió encontrar en mi despacho al comisario sentado en mi sillón, con el codo derecho apoyado en mi mesa para sujetarse la cabeza de expresión aburrida. No se movió al verme. Solo dijo:

—A ti te estaba esperando. —Dejé el periódico Mediterráneo sobre el escritorio y, sin quitarme la chaqueta, enarqué las cejas y esperé—. Tenemos un escalo en la plaza de la Paz. Quiero que te ocupes tú.

—¿Y eso? —me sorprendí—. Es cosa de Robos, ¿no?

El grupo de Robos, que llevaba Domínguez, se encargaba de los robos en pisos y establecimientos. Menudencias para nosotros.

—Domínguez no está —respondió el comisario—. Su mujer ha tenido un cólico nefrítico y la está acompañando en el hospital. Y en su lugar está, cómo no, Clópez.

Cómo no. Clópez.

Un fenómeno, aquel Clópez. En realidad, se llamaba Juan C. López y siempre pensamos que la ce de su nombre significaba Carlos, Juan Carlos López. Hasta que un día llegó uno que había estudiado con él en la Escuela de Policía de Ávila, y nos dijo que la ce era de Cabezón. Se llamaba Juan Cabezón López. No habría pasado nada si no hubiera resultado que se avergonzaba de su apellido desde su más remota infancia. Incluso había conseguido que en su Documento Nacional de Identidad constara Juan C. López Urbano, los apellidos de su madre. En cuanto salió lo de Cabezón en la brigada, se hundió como un Titanic sin músicos y estuvo de baja por depresión. Nosotros no le habíamos dado más importancia que unas risas inofensivas, pero nos pegó un susto tan grande, tan inolvidable, que ya se le quedó el Clópez, o el Maclópez, porque si lo llamabas Cabezón, igual se suicidaba. Era un tío muy raro. Un poco grueso y muy calvo, caminaba mirando al suelo, como apabullado por un alud de circunstancias adversas, siempre esquivando las miradas ajenas con cabeceos tímidos y abochornados. A principios de los ochenta, cuando ya era insostenible la teoría de que «la mafia no existe y además ninguno de sus miembros ha visitado jamás España» (como decíamos públicamente aquí a quien se interesaba por el tema), enviaron a Clópez a estudiar el fenómeno en Roma y Nápoles. Lo eligieron a él porque tenía una licenciatura en Derecho y hablaba correctamente el inglés, el francés y el italiano. Conoció al juez Giovanni Falcone y a miembros de la comisión parlamentaria antimafia, se hizo un experto en el tema internacional y pasó otra temporada en la Secretaría General de Interpol, en Lyon, la capital del departamento del Ródano. Siempre presumía de ello. «Es punto de encuentro, asistencia y documentación de las policías de ciento setenta y seis países», decía. Se jactaba de ser uno de los trescientos funcionarios de cuarenta y una nacionalidades distintas que trabajaban allí. ¿Qué demonios hacía en Castellón un superpolicía como él?

Vamos a ver: Castellón, en 1999, no era el destino más recomendable si uno deseaba ascender. En aquella comisaría solo había tres tipos de policías: los inútiles, los castigados y los que veníamos del País Vasco, supongo que para que nos relajáramos, en una especie de descompresión para quitarnos lo que se llamaba «el síndrome del Norte». Tanto en la Jefatura de Valencia como en el Ministerio del Interior, partían de un solo principio: en Castellón no había delincuencia. No nos pagaban el plus de productividad porque en Castellón no había delincuencia, no se renovaba la flotilla de vehículos porque en Castellón no había delincuencia, no nos facilitaban el armamento necesario porque en Castellón no había delincuencia. Cuando decidieron construir la nueva comisaría, esa tan flamante que tenemos ahora en la Ronda Este, fue porque en la antigua comisaría se cayó una pared, que a punto estuvo de aplastar a cuatro ciudadanos que se estaban sacando el DNI y los agentes que los estaban atendiendo. Normalmente, el comisario estaba en el tercer piso, junto a las dependencias de la Científica, haciendo sudokus o invitándonos a tomar un café con él para charlar de toros, de fútbol o de mujeres; y si yo me presentaba en mi puesto de trabajo con el periódico Mediterráneo bajo el brazo, era porque daba por supuesto que dedicaría la mañana a su lectura y nada más. Así que, ¿qué demonios hacía un (supuesto) talento como Clópez en aquella comisaría ruinosa?

Bueno, la respuesta estaba en ese «supuesto». No era una lumbrera. Alguien había dado la orden para que terminara en Castellón y él se empeñaba en demostrar que era bueno, útil, erudito, imprescindible y que tenía respuesta para todo; continuamente se ofrecía para echarte una mano, te substituía en una guardia, te disimulaba un error, te hacía un papeleo incómodo, interrogaba al zarrapastroso pestilente. Y, a pesar de todo ello, o tal vez a causa de tanto servilismo, no conseguía ganarse el respeto ni el cariño de nadie. Era como un enano que da saltos constantemente no para ver sino para hacerse ver.

Total, que considerábamos que Clópez no era el más indicado para llevar aquel caso de escalo.

—¿Y qué le has dicho para justificar que me encargue yo?

—Que es un caso muy especial. Sospechosamente especial.

—¿Especial? ¿En qué sentido?

—Han entrado por el balcón. —El comisario al fin se movió despegando el codo del escritorio y rascándose la nariz. Se puso en pie—. De un onceavo piso. Robo con escalo. Pero qué escalo. Una auténtica escalada.

Y acepté. ¿Por qué no? No tenía otra cosa que hacer. Y debo confesar que prefiero hacer el trabajo de policía que pasarme la mañana leyendo el periódico.

Llevé conmigo a uno que se llama Crestas, Antonio Crestas, que lo llamábamos Harpo, porque era muy callado, que ahora se ha jubilado. También vino alguien del Gabinete para buscar huellas dactilares y hacer fotos y eso. Todavía no habíamos visto la serie CSI y no eran tan populares como ahora, que parece que sin ellos no se hace nada. Entonces, los mirábamos un poco de reojo porque en su departamento vestían batas blancas y nos parecía que se daban demasiada importancia. Los delincuentes caían porque ellos analizaban muestras de sangre y semen, o porque localizaban la procedencia de una bala, o porque detectaban huellas dactilares o pisadas en el barro y, por lo visto, los demás no hacíamos más que dar hostias en los interrogatorios. Aunque, a la hora de la verdad, en el juicio, se acababa hablando únicamente de aquellas pruebas inculpatorias y definitivas que el transgresor había dejado atrás sin darse cuenta.

En fin, que eran otros tiempos. A lo que iba.

Fuimos a la plaza de la Paz y nos metimos en aquel edificio de trece plantas donde ya había un agente de uniforme, que nos indicó que subiéramos al onceavo piso. El ascensor tenía capacidad para un par de sillas de ruedas con holgura.

Bueno, total, que nos recibió un matrimonio mayor muy atribulado. Aquí lo tengo: Enrique Roncero Malarte y su esposa, Sofía Quintas Guardia. Entre los cincuenta y los sesenta, él era abogado y trabajaba en Cerámicas Moliner, una próspera industria de la región. La noche anterior habían salido a cenar con el matrimonio Moliner, el dueño de la empresa, azulejero de pro, racholero, como los llaman aquí, y luego habían ido a tomar unas copas. Al regresar a casa, se encontraron el dormitorio revuelto. Habían roto un cristal del balcón. Piso once. Faltaban unas doscientas mil pesetas en efectivo y un joyero de madera de teca con incrustaciones de nácar que contenía alhajas valoradas, según nos dijeron, en más de un millón. Los señores tenían fotos del joyero y de las joyas.

No habían forzado la puerta del piso, que era blindada, ni habían dejado ninguna huella en ninguna habitación aparte del dormitorio, o sea que habían ido a tiro fijo y dedujimos que habían entrado por el balcón descolgándose desde la azotea.

Reconstruimos el recorrido realizado por los ladrones. Debieron de entrar a la portería aprovechando que salía algún vecino o llamando a cualquier piso y dando cualquier excusa. Subieron hasta el ático, probablemente en ascensor, y forzaron la puerta de la azotea quizás con llave maestra, sin fractura. El cerrojo...



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