E-Book, Spanisch, Band 321, 224 Seiten
Reihe: Las Tres Edades
Martín Garzo El país de los niños perdidos
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-19419-50-7
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 321, 224 Seiten
Reihe: Las Tres Edades
ISBN: 978-84-19419-50-7
Verlag: Siruela
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GUSTAVO MARTÍN GARZO (Valladolid, 1948) es uno de los más prestigiosos escritores de la literatura española contemporánea. Ha recibido entre otros premios el Premio Nacional de Narrativa, el Premio Miguel Delibes o el Premio Nadal. En 2004 obtuvo el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil por Tres cuentos de hadas.
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CAPÍTULO 11
La reina del bosque
Gabriel no veía a la niña, sino solo la llamita que debía de llevar en el hueco de sus manos. Tampoco veía a los niños que estaban con ella. Veía sus sombras blancas flotando a su alrededor, pero a ellos no los veía. Algunos estaban en las copas de los árboles, colgando de las ramas como monitos.
—Se han puesto muy contentos al verte —le dijo Lucecita a Gabriel—. Hace años, a todas horas jugabas con ellos. ¿No te acuerdas?
Gabriel recordó que, cuando era pequeño, había tenido, no un único amigo invisible, sino, al menos, una docena. Les llamaba los Gabrieles, y le seguían a todos los sitios. Sobre todo, cuando se hacía de noche y se quedaba solo en su cama. Entonces, venían a su cuarto para acompañarle. No sabía decir cuántos eran, que unas veces eran tres, otras siete, y hasta una vez por lo menos veinte, que menudo lío se armó, ya que empezaron a jugar con la almohada y la ropa de cama y armaron tanto jaleo que hasta su padre se despertó y tuvo que ir a su cuarto a ver qué pasaba. Claro que no vio a los Gabrieles, que solo él podía ver, sino que todo el cuarto estaba revuelto como si hubiera pasado por allí una manada de búfalos. Pero esto solo pasó una vez, pues, por lo general, los Gabrieles eran muy tranquilos y no se notaba que estaban allí. Todos eran como él, y cuando venían a verle era como si se viera a sí mismo repetido en distintos lugares: encima del armario, sentado en el alféizar de la ventana, o debajo de la cama. Todos a la vez, como en esas casetas de feria en que ves tu imagen repetida en multitud de espejos.
Nada les gusta más a los niños invisibles que el que los niños reales les cuenten historias, ya que los niños que no existen no saben lo que es tener madre, ni tienen casas, ni saben lo que es jugar con un balón, o bailar una peonza. Ni siquiera pueden comerse un helado cuando llega el verano. Por eso, cuando un niño o una niña de verdad les invita a su casa y les deja jugar con sus cosas, son los más felices del mundo ya que entonces les parece que son como ellos y que también tienen mamá, aunque sea prestada. Pero esto solo dura hasta que sus amiguitos crecen. Entonces estos se olvidan de que están ahí y ellos tienen que volver a su mundo, lo que les causa una profunda pena, ya que no hay nada más triste en esta vida que no existir.
Mientras tanto, los Gabrieles, o, mejor dicho, sus sombras blancas, habían rodeado a Gabriel y a Lucecita y celebraban su victoria sobre los bellacos que les habían atacado.
—Viva Gabriel, nuestro capitán —gritó uno.
Y todos contestaron a la vez:
—Viva, viva por siempre jamás.
Gabriel veía flotar a su alrededor las sombras de sus amigos, pues eran ligeros como la espuma y tan pronto los veía vagar por el suelo como perderse entre las ramas de los árboles. Echaba de menos su espada de palo de serpiente. Podría blandirla en su mano, y aparecer ante ellos como un capitán de verdad. Cuando viera a Adrianito, el niño con plumas se iba a enterar de lo que valía un peine. El griterío que organizaron fue tan grande que Lucecita, la reina del bosque, un poco aturdida, les mandó callar.
—Bueno, chicos, ya está bien por hoy, que vamos a terminar todos sordos.
Todos se fueron callando y, poco a poco, se agruparon alrededor de Gabriel y Lucecita.
—¿Te acuerdas de cuando nos contabas cuentos? —dijo entonces uno de ellos.
¡Claro que se acordaba! En aquella etapa de su vida, cuando su madre salía de su cuarto tras darle el beso de buenas noches, los Gabrieles salían de sus escondrijos y, sentados donde podían, algunos en la almohada, se disponían a escuchar de sus labios el cuento que su madre le acababa de contar. A veces era el padre de Gabriel quien se los contaba. Se llamaba Leonardo Scotoni y, aunque era matemático, se sabía muchas historias.
Todos guardaron silencio, y, mientras Gabriel empezaba a contar su cuento, aquellas sombras blancas que flotaban en la niebla se fueron transformando en seres de verdad, de forma que muy pronto había a su alrededor al menos una docena de niños como él, pues tenían su misma cara y sus ojos brillaban con la misma luz misteriosa de los suyos. Era como si los cuentos tuvieran el poder de hacer reales las cosas que no lo eran. Y Gabriel pensó en lo bonito que sería que al amar a una persona se transformara en muchas personas iguales. Y se imaginó lo que sería que eso mismo le pasara a su madre. Y que cuando le llevara al colegio no fuera una sola quien lo hacía, sino al menos una docena de madres. Y que cuando una se cansara de llevarle en los brazos, que ya era un poco grande para eso, fuera otra quien lo cogiera en los suyos, y luego otra, y otra más, y que así pudiera ir en volandas hasta el colegio. Por no hablar de la envidia que sentirían los otros niños al ver que en la puerta le estaban despidiendo diez mamás exactamente iguales.
El sueño se iba apoderando de los Gabrieles mientras escuchaban el cuento, y no tardaron en quedarse dormidos. Cuando esto pasaba, sus cuerpos se desvanecían poco a poco en la niebla y terminaban por confundirse con ella. Siempre era así cuando te hacías mayor: todas las cosas que habías hecho de niño se borraban de tu pensamiento. Aquella niebla estaba hecha de todas las cosas que los niños olvidaban al crecer. Solo Lucecita continuaba allí. Era apenas una llama que flotaba en el aire, y Gabriel tendió la mano para que se posara en ella. Pero la llamita parpadeó unos instantes y se desvaneció en el aire, dejándole solo en el bosque.
Empezaba a hacer frío y la noche era cada vez más negra. Gabriel no sabía qué hacer, cómo salir de allí. Y se puso a llamar al dragón, lleno de miedo.
—Puck, ¿dónde estás? ¿Por qué no vienes a buscarme?
Pero lo único que oía era el concierto monótono de las ranas de la charca: croac, croac, croac. Oyó una voz que venía de las ramas de un árbol.
—Puck, Puck… ¿Por qué llamas a ese dichoso dragón? ¿A quién le interesa dónde está?
Era un búho. Le miraba con ojos malhumorados, visiblemente contrariado por su presencia.
—Oye, niño, ¿por qué no te vas a tu casa? Aquí tenemos muchas cosas que hacer.
—Perdone usted, señor búho —le contestó Gabriel—. Pero me he perdido y tengo un poco de miedo.
—¡Qué tonterías hay que oír! —dijo el búho—. Perderse es lo mejor que le puede pasar a uno.
Empezaba a hacer frío y la oscuridad era cada vez mayor. Volvió a llamar a su amigo, esta vez muy bajito para no molestar a nadie.
—Anda, Puck, no seas malo. Ven a buscarme, que este bosque está lleno de gente muy desagradable.
Oyó el aullido de los lobos. Andaban cerca, husmeando en la oscuridad. Sentía su respiración agitada y el ruido de sus pezuñas arañando la tierra.
—Venid, chicos —oyó decir a uno con voz ronca—, que por aquí huele a carne humana.
—¿Dónde?, ¿dónde? —le preguntaron otros.
—Junto a la charca. ¡Menudo banquete nos espera!
Gabriel se dio cuenta de que, si no hacía algo pronto, los lobos no tardarían en devorarlo. Tuvo una idea: meterse en el agua, entre el barro, para que no pudieran encontrar su rastro. Vio a los lobos husmeando en la orilla. Estuvieron un buen rato olisqueándolo todo, hasta que se fueron. Varias ranas se asomaron a la superficie.
—Menos mal que se han ido esos pelmazos —dijo una de ellas.
La charca estaba llena de plantas acuáticas cuyas hojas flotaban en el agua como pequeñas islas. Las ranas nadaron hacia ellas y pronto estaban sobre las hojas.
—A ver, chicas, que vuelva la música —dijo la que parecía la jefa de todas—. Sigamos con nuestro concierto.
Y empezaron de nuevo con su croar interminable: croac, croac, croac. A ellas debía de parecerles la música más maravillosa del universo, pero a Gabriel se le puso la cabeza como un tambor. Estaba temblando y le dolía mucho la garganta, mas no se atrevía a salir del agua, por temor a los lobos. Oyó una voz muy dulce que le decía:
—Mi pequeño, ¿estás bien? Tienes muchísima fiebre.
Abrió como pudo los ojos y vio que era su madre quien le hablaba. No solo eso, sino que ya no estaba en aquella charca inmunda, sino en su cuarto, acostado en la cama.
—Pobrecito, estás encharcado por el sudor —le dijo ella—. Espera, que te voy a cambiar el pijama.
La madre de Gabriel fue a por un nuevo pijama, y, mientras se lo estaba poniendo, Gabriel volvió a pensar en los lobos y en lo cerca que habían estado de comerle.
—¿Sabes, mamá? —le dijo—. Los lobos me querían comer.
—Son solo sueños —le contestó ella—. No hay lobos en esta casa; aquí no se atreven a entrar. Tu padre los mataría con su escopeta.
Pero ¿cómo iba a hacer eso si su padre no tenía escopeta?, pensó Gabriel.
Ya se estaba durmiendo cuando su madre le volvió a hablar.
—Anda, dime cómo me llamo —le dijo.
—Paulina Martínez —le contestó somnoliento.
A su madre le gustaba que la llamara así. Decía que las mujeres se quedaban sin nombre cuando tenían un hijo, y que de vez en cuando les gustaba recordar el que tenían cuando estaban solteras.
—No sabes cuánto me gusta —le dijo con dulzura— que seas tú quien me lo recuerde.
Se acercó para besarle, y a Gabriel el calor que desprendían sus labios le recordó el que había sentido en la palma de...




