E-Book, Spanisch, 368 Seiten
Reihe: Sauce
Martín Velasco ¡Ojalá escuchéis hoy su voz!
1. Auflage 2013
ISBN: 978-84-288-2528-3
Verlag: PPC Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 368 Seiten
Reihe: Sauce
ISBN: 978-84-288-2528-3
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Juan Martín Velasco (Santa Cruz del Valle, Ávila, 1934) es doctor en Filosofía por la Universidad Católica de Lovaina y profesor emérito de la Universidad Pontificia de Salamanca. Ha sido director del Instituto Superior de Pastoral durante dieciséis años y rector del Seminario de Madrid desde 1977 a 1987. Autor de numerosas obras y artículos sobre filosofía y fenomenología de la religión, en PPC ha publicado: 'El hombre y la religión' (2002), 'Ser cristiano en una cultura posmoderna' (2008, 3ª ed.), 'El hombre y la religión' (2002), 'Mística y humanismo' (2008, 2ª ed.), 'Orar para vivir. Invitación a la práctica de la oración' (2009, 2ª ed.), '¡Ojalá escuchéis hoy su voz!' (2012, 2ª ed.). Ha colaborado en 'La fe' (2005), 'Evangelizar, esa es la cuestión.' (2006), en 'Teología de la vida: comienzo y final' (2009) y en 'Fijo los ojos en Jesús' (2013, 4ª ed.).
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EL CAMINO DE LA FE
1. «NOS ESTÁIS QUITANDO LA FE»
En los años posteriores al Concilio Vaticano II escuché esta expresión con bastante frecuencia de labios de fieles cristianos, buenos católicos practicantes tradicionales. Se la dirigían a sacerdotes de sus parroquias que intentaban adaptar las prácticas del catolicismo preconciliar a las orientaciones del Concilio. «Prácticas» en el sentido más amplio del término: formas de orar, devociones, formulaciones de la doctrina cristiana, maneras de leer e interpretar la Biblia, comprensión de la Iglesia y de las formas de organizarse, repercusión de la fe sobre la vida social y su organización política. En realidad, lo que esos sacerdotes hacían era cambiar la disposición del templo, retirar algunas imágenes, suprimir algunas devociones, atribuir algunas responsabilidades a los laicos, aplicar principios evangélicos a la situación política, «podar» determinadas formulaciones de la fe cristiana de reminiscencias de épocas pasadas... Por todo ello tenían que escuchar una y otra vez: «Nos estáis quitando la fe».
Yo, que también escuché el reproche dirigido a mí mismo, pensaba entonces que la acusación era injusta; que nada de lo que se nos reprochaba cambiar tocaba al núcleo de la fe cristiana, y que con los cambios nos proponíamos purificar y actualizar prácticas o expresiones de la fe procedentes de otras épocas, para que la fe cristiana pudiera seguir siendo vivida por cristianos cuya vida estaba sufriendo una transformación formidable. Con los años he visto que, tal vez, teniendo razón en el fondo de la cuestión, es posible que la acción pastoral de algunos agentes del momento careciese de la indispensable pedagogía, por no haber preparado suficientemente a las personas para los cambios o no haber respetado el ritmo necesariamente lento de muchas de ellas en la asimilación de unas «novedades» que percibían como impuestas desde fuera. Es posible, he pensado después, que, llevados por la impaciencia y por el entusiasmo que el Concilio había despertado en ellos, algunos de los agentes de la aplicación del Concilio eliminaran con excesiva facilidad prácticas de la vida cristiana, formas de oración, devociones y fórmulas ciertamente mejorables, pero muy arraigadas en algunos fieles; y que, al no ser sustituidas por otras cordialmente aceptadas por los que las sufrían, se produjera en ellos un vacío religioso que ponía en peligro las actitudes fundamentales que sustentaban esas prácticas ciertamente distorsionadas y necesitadas de reforma. A eso se refería probablemente la queja y el reproche: «Nos estáis quitando la fe».
Son muchos los que piensan, sobre todo entre los más jóvenes, que eso es ya historia pasada. Sobre todo porque lo que predomina en la Iglesia de hoy no es el afán de cambios, sino, en buena parte, el retorno a los usos y costumbres que entonces se intentaba cambiar. Pero, precisamente por el predominio de la «involución» en la Iglesia, hoy son otros fieles cristianos, aquellos que intentaron renovar su catolicismo, los que sienten que la restauración que hoy se impone constituye un obstáculo, si no para su fe, sí, en muchos casos, para su cordial comunión con la jerarquía que está protagonizando e imponiendo la vertiginosa marcha atrás del catolicismo en los últimos años.
Las dos situaciones: la que padecieron no pocos católicos en la época posconciliar y la que padecen hoy muchos católicos conciliares, están reclamando una reflexión profunda y una discusión serena en el seno de la Iglesia, a las que los catequistas no deberían permanecer ajenos. En lo que sigue me propongo ofrecer materiales para ello.
El cristianismo y todos sus elementos son un hecho histórico. Surge, es verdad, de la revelación del amor salvador de Dios en Jesucristo, pero son las comunidades cristianas las que, partiendo de la experiencia de la fe en Jesucristo resucitado, la van expresando en determinadas fórmulas doctrinales, en el sistema del culto centrado en los sacramentos, en las formas de oración y de vida, en los diferentes modelos de organización de la comunidad, en los ministerios que surgen en su interior; en definitiva, en ese ingente y bien trabado sistema de símbolos –alguien lo ha descrito hermosamente como una gran «catedral simbólica» (G. Theissen)– en que cristalizó la experiencia de la fe de los primeros discípulos y que originó las diferentes formas de lo que conocemos como cristianismo primitivo.
Las sucesivas circunstancias históricas por las que pasaron esas comunidades impuso después cambios notables en ese sistema. El más importante fue sin duda el paso de la Iglesia, con los emperadores Constantino y Teodosio, de perseguida a religión oficial del Imperio. Basta comparar los símbolos de la fe, los credos de los grandes concilios ecuménicos a partir del siglo IV, con las expresiones de la fe contenidas en el Nuevo Testamento para ver el alcance de tales cambios. Estos se hacen más necesarios cuando el cristianismo comienza a ser vivido por poblaciones que, por pertenecer a otras culturas, tienen otras formas de pensar, otra sensibilidad, otras tradiciones en las que tienen que encarnar su fe cristiana para poder vivirla sin renunciar a su propia identidad. Lo mismo sucede cuando en el interior de una misma tradición se producen cambios culturales como los que dan lugar a las diferentes épocas históricas. A un cambio de esa naturaleza, el que caracteriza a la época moderna, intentó responder el Vaticano II acomodando el conjunto del sistema cristiano a la nueva mentalidad, la nueva sensibilidad y las nuevas formas de vida de las sociedades del siglo XX.
Hoy somos conscientes de que, a partir de la segunda mitad del último siglo, los cambios, lejos de detenerse, se han hecho más rápidos y más profundos. Mantener intactas las fórmulas doctrinales, las expresiones simbólicas, las formas de organización de la Iglesia condenaría al cristianismo a hacerse ininteligible, increíble e insignificante para las personas de nuestro tiempo. La actual crisis de las prácticas religiosas, de las creencias y de la institución de la Iglesia en Europa, sobre todo entre los jóvenes, es buena muestra de ello. Por eso resulta tan peligrosa para la supervivencia del cristianismo la actitud de los que, para evitar las dificultades que acarrean los cambios, se aferran a formas externas del cristianismo de otros tiempos o se empeñan en volver a ellas e imponérselas al conjunto de la Iglesia. Como si Dios solo pudiera ser encontrado con las formas de otros tiempos y no fuese también contemporáneo del nuestro. Las estrategias de la restauración religiosa intentan evitar a los cristianos los peligros que toda renovación lleva consigo, sin darse cuenta de que con ello les impiden personalizar la tradición en la que han nacido, vivirla sin tener que salirse de su tiempo y de su mundo, y de esa forma hacerla significativa y atrayente para sus contemporáneos.
Por otra parte, las dificultades experimentadas por los católicos en los años posteriores al Concilio nos han enseñado el cuidado extremo con el que hay que promover los indispensables cambios. Primero, prestando atención al núcleo de la vida cristiana que ha animado a los cristianos de todos los tiempos y cultivando con el mayor cuidado la fidelidad a Jesucristo y su Evangelio, vigentes ayer, hoy y siempre. Y después extremando el respeto a los fieles a los que se pretende ayudar para no producir en ellos escándalos innecesarios, acompañándolos en el proceso de asimilación de las transformaciones indispensables, para que no las perciban como impuestas desde fuera, sino que intervengan en su formulación y las reconozcan como nacidas de su propia fe y fieles expresiones de ella.
De ahí que la tarea de la renovación deba tener su fuente en el cultivo, en tiempos de crisis más necesario que nunca, de la vida y la experiencia de la fe, y en su alimento constante por medio de la fidelidad, el conocimiento interior y la familiaridad con Jesucristo que procuran la lectura, el estudio y la meditación del Evangelio y su mensaje. Como nos han dicho los mejores maestros del siglo XX, el cristiano de este siglo XXI que comienza solo podrá seguir siéndolo siendo místico, es decir, realizando personalmente la experiencia de Dios.
La tarea de la renovación deberá estar regida por un tercer principio: el conocimiento de nuestra época y la atención a sus peculiaridades. En ellas tenemos los signos de los tiempos, es decir, las señales de la presencia y la acción de Dios en nuestros días. Tales signos son muy numerosos, pero los más importante son no los gustos y las modas del momento, sino las preguntas radicales que siguen acuciando al hombre de hoy, como al de todos los tiempos; los anhelos profundos que siguen latiendo en su interior; y las necesidades más urgentes que sigue padeciendo. Al proponernos la indispensable renovación del cristianismo y de la Iglesia de nuestro tiempo deberíamos tener en cuenta que las creencias, los actos de culto y la institución tienen ciertamente su importancia, pero que nada de todo eso, ni siquiera la religión como tal, es lo decisivo. Lo único verdaderamente necesario es el reino de Dios y su justicia. Y lo que el reino de Dios persigue es «que todos los hombres se salven». El...




