E-Book, Spanisch, 256 Seiten
Reihe: Coeditados con Capitán Swing
Martínez Animales invisibles
1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-17651-29-9
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 256 Seiten
Reihe: Coeditados con Capitán Swing
ISBN: 978-84-17651-29-9
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
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AUTOR Gabi Martínez. Es autor prolífico y consolidado de narrativa, ficción, ensayo y viajes(Barcelona 1971). Está considerado un pionero de su generación a la hora de romper géneros y un máximo representante español de literature de viajes. Su obra narrativa incluye Ático (2004), por el que fue seleccionado por la Palgrave/MacMillan como uno de los cinco autores más representativos de la vanguardia española de los últimos veinte años; Sudd (2007), que fue adaptado al cómic; Los mares de Wang (2008), Mejor Libro de No Ficción del año según Condé Nast Traveller, finalista del II Premio Internacio
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—¡Monooooooos! —gritaron Yolanda y John. No hacía mucho que habíamos dejado atrás las cuarenta y dos especies de mariposas que revolotean por Murchison Falls, incluida la mariposa cola de golondrina. Algunas se habían estampado contra el parabrisas del matatu hasta formar un colorido mosaico de cadáveres que completaban unas cuantas avispas y abejas mientras recordábamos las imágenes aún frescas de los hipopótamos observando desde el agua, del guardaparques masticando una hormiga.
Hasta el lago Kyoga, los animales de Uganda se habían ido manifestando con relativa espectacularidad, más o menos constreñidos por unos núcleos urbanos que, sin ser grandes, persuadían a muchas bestias de emprender aventuras arriesgadas. Hasta entonces, me había impresionado el tamaño de los marabúes que sobrevuelan Kampala, y su inquietante concentración en las inmediaciones de mercados y vertederos; o el colibrí suspendido sobre el agua, quieto aunque aleteando a una velocidad asombrosa. Las noches de Jinja, iluminadas por candiles y hogueras, nos habían dejado la instantánea de un sereno que patrullaba armado con arco y flechas para defenderse de animales que desde nuestra insensibilidad urbanita ni siquiera podíamos intuir.
Éramos cuatro y viajábamos rumbo al norte de África en una expedición que había impulsado yo. En el año 2002, ya hacía varios que usaba gafas y notaba cómo se escurría la juventud sin lograr esa presunta calma que, dicen, se obtiene con el paso de los años. Sudar, caminar, viajar fue desde muy pronto una forma de alcanzar algún sosiego a la vez que servía para reunir detalles sobre universos ajenos. Por eso, y porque había logrado hacer de la escritura y el viaje un modo de vida, y porque el Nilo formaba parte de mis mitos de juventud, durante varios meses ahorré de manera concienzuda y algo insana —la comida de aquella época no fue muy saludable— hasta juntar el dinero necesario para impulsar una expedición por el río desde las fuentes, en el lago Victoria, a la desembocadura, en Alejandría.
Más de seis mil kilómetros por delante recomendaban viajar acompañado, y encontré a un buen amigo que deseaba compartir una experiencia que nos permitiría no solo enfrentar un reto, sino vivir varios meses a un ritmo más acorde con el que se le supone a los seres vivos, en espacios que admitían lanzar la mirada hacia horizontes sin obstáculos.
Durante los días del Nilo, todo fue tan distinto que incluso el nombre de mi amigo cambió y, adoptando la abreviatura que le había endilgado un recepcionista africano incapaz de pronunciar su apellido, se convirtió en Míster Vil.
En el tramo de Uganda y una parte de Sudán también viajamos con John, un guía de ascendencia inglesa que vivía en Barcelona; y con Yolanda, amiga de John.
Ni el budismo de Míster Vil ni la relativa experiencia que tenía John en Uganda les habían dotado de la intuición necesaria para desenvolverse en aquel territorio aún bastante primitivo, de modo que al abandonar Kampala todos andábamos entre fascinados y alerta ante el despliegue natural. La noche que llegamos a Bujagali y caminamos rumbo a unas presuntas chozas por un sendero de tierra tan solo alumbrado por la luna y las estrellas, a todos nos pasmó el abigarrado rumor que se escuchaba por encima de una imponente serenata batracia. Aquello podía ser el fragor de un colosal avispero. Mil antílopes al galope. Búfalos a la carrera. O lo que en realidad era: cataratas.
Quizás a causa de la abrumadora naturaleza alrededor, el bramido de las cataratas Owen disparó nuestra imaginación hacia ese reino animal que empezábamos a atisbar y, diría, anhelábamos desde el principio. A fin de cuentas, el deseo de ver animales, y de verlos en libertad, es común entre las personas que habitan ciudades. Los científicos lo asocian a una memoria genética empeñada en recordarnos que hubo un tiempo en el que nuestra especie también vivió así. Por eso, parece que contemplar bestias salvajes nos despierta una mezcla de nostalgia y envidia, además de un enquistado miedo hacia esas formas de vida que, por muy bellas que resulten, quedan fuera de nuestro control al formar parte de un universo ya demasiado ignoto.
El mapa no indicaba grandes concentraciones urbanas en la ruta que llevaba desde las Owen hasta la frontera sudanesa. En adelante, habría ciudades significativas como Pakwach o Arua, pero ambas quedaban muy lejos de la envergadura de Kampala. Y fue a partir del lago Kyoga, adonde llegamos la mañana siguiente, cuando África empezó a expresarse con la exuberancia animal que cualquier mzungo (hombre blanco) espera de ella.
—¡Monooooooos!
No tan lejos del Kyoga, al sur del lago Alberto, habitan los ambas, a quienes el antropólogo E. H. Winter ha juzgado como el pueblo más agorafóbico del planeta. Los ambas se odian y se temen entre ellos porque creen que el mal habita en sus familias, sus propias familias. Padres y hermanos se hostigan y debilitan mutuamente, quedando a merced del enemigo. En la cumbre de su paranoia supersticiosa, algunos llegan a no abandonar la choza por temor a maleficios o a ser envenenados. Así son los ambas. Unos seres fascinantes en el peor sentido. Su angustia puede evocar a la de los chicos japoneses que se encierran en sus cuartos para no salir de allí durante meses o años; o a los conflictos domésticos que en otras latitudes provocan desde rupturas a huidas, y algún desenlace terrible también.
Visitar a los ambas pudo ser una opción, aún más teniendo en cuenta que me hallaba en un período de agudas incertidumbres respecto al futuro, empezando por la familia. Tener hijos o no; vivir en mi ciudad o partir; seguir escribiendo sobre viajes u orientarme hacia la novela o hacia a saber qué nueva forma o género literario… si es que de verdad deseaba escribir. El Nilo ofrecía seis mil kilómetros de tiempo para pensar la vida de otro modo, con sus millones de seres vivos dispuestos a mostrar alternativas. La de los ambas no me cautivó. Estaba ahíto de las complejidades humanas y confié en que la inmensidad del territorio y el natural curso del agua atemperarían el desasosiego que me había insuflado la ciudad.
Por eso obvié a los ambas. Y por eso, a la altura del lago Kyoga, recelaba profundamente de John. Él, como los demás del grupo, buscaba en el Nilo un paréntesis para tomar un oxígeno menos civilizado mientras interpretaba un papel que debía reforzar su autoestima: aquel invierno de 2002, John eligió ser un intrépido zapador capaz de cruzar el norte de Uganda pese a las ominosas advertencias que habíamos ido recibiendo. El norte estaba vedado a la población civil desde que los guerrilleros del rebelde Kony protagonizaban escaramuzas contra los soldados del SPLA (Ejército Popular de Liberación de Sudán) comandados por un John Garang muy bien visto en Uganda.
John, nuestro John occidental, estaba convencido de que alcanzaríamos sin problemas las sabanas del sur de Sudán, y ante cualquier atisbo de adversidad pronunciaba una frase que en su cabeza poseía el valor de un sortilegio: «Nada es tan peligroso como te cuentan».
Apuntalado en su condición de guía, supuso que acataríamos la máxima sin protestar. Como si no hubiéramos escuchado las recomendaciones de aquellos oficiales armados —«no vayáis más allá de Pakwach»— ni visto a los soldados forrados con cartucheras que vigilaban puentes de hierro.
En cualquier caso, «Nada es tan peligroso como te cuentan» era su conjuro multiusos, y también lo enunció cuando, superado el Kyoga, un control policial nos detuvo antes de acceder a la carretera de Masindi, el villorrio a las puertas de Murchison Falls, una de las grandes reservas de animales del mundo.
—¿Van a la reserva en matatu? —preguntó el oficial al mando, porque en el reino de los camiones, los pickups y los cuatro por cuatro, aquella furgoneta que los nativos empleaban como taxi se antojaba un exotismo.
El oficial y cinco soldados custodiaban una barricada compuesta por seis bidones y una cinta pinchallantas atravesada en la carretera.
—Aguantará —dijo Kisembo golpeando el volante con las manos antes de enseñar la documentación. A pocos metros bajaban las aguas densas y lodosas del río Kafu, un afluente del Nilo. El militar consultó algo por radio.
—Sigan.
Kisembo arrancó, John enunció su sortilegio con una sonrisa radiante y todos cerramos las ventanas porque el asfalto desapareció enseguida y las ruedas comenzaron a levantar polvo. El calor se hizo aún más asfixiante mientras avanzábamos entre palmeras jorobadas por los dátiles. Las cabañas eran rojas y los árboles, chatos. Apareció Masindi. En el pueblo vimos una hilera de personas con las manos esposadas a la espalda y grilletes en los tobillos. Les escoltaban una mujer y dos hombres de uniforme armados con escopetas, calcando escenas propias de la época esclavista que tuvo un detractor capital en el explorador británico Samuel Baker. Baker dio el nombre anglosajón y proyectó internacionalmente a las vecinas cataratas Murchison, y, estando en Gondokoro, bautizó a la región de Ecuatoria. Baker del Nilo, como ha quedado para la historia, era un hombre de club victoriano concentrado sobre todo en disfrutar. Amaba el deporte y liberó a una esclava, Florence, para casarse y viajar con ella.
Poco después llegamos a la oficina de la Uganda Wildlife Authority y ahora que vuelvo la vista atrás puedo decir que, de alguna forma, ahí empezó todo. En el escudo de esta institución aparecen dos elefantes soportando un trono en el que destaca la cabeza...




