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Ihr Team von Sack Fachmedien
E-Book, Spanisch, Band 1, 496 Seiten
Reihe: Los apócrifos cimerios
Martínez Bajo la enseña de la Tigresa
1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-18878-80-0
Verlag: Sportula Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
E-Book, Spanisch, Band 1, 496 Seiten
Reihe: Los apócrifos cimerios
ISBN: 978-84-18878-80-0
Verlag: Sportula Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
Candás, 1965 Página personal: https://rudy.sportula.es A juzgar por su numerosa obra, Rodolfo es uno de los autores más prolíficos del género fantástico y de ciencia ficción en España. Su larga trayectoria como escritor ha sido recompensada numerosas veces con varios premios, como el Ignotus, el Minotauro o el Asturias de novela. Narrador de estilo dinámico que gusta de la fusión de géneros, en su bibliografía destacan los cyberpunks La sonrisa del gato (1995) y El sueño del rey rojo (2004), o el space opera Tierra de nadie: Jormungand (1996), además de obras de fantasía urbana como Las astillas de Yavé (2014). Ha escrito varios pastiches holmesianos de corte fantástico. El primero de ellos, La sabiduría de los muertos, es sin duda su novela más reeditada y popular, traducida al inglés, francés, portugués, turco y polaco. Su producción breve se encuentra recogida en Disfraces parecidos a mi piel (2020). En La canción de Bêlit (2017) explora la obra de Robert E. Howard y aporta su personal punto de vista a su más famosa creación, Conan el bárbaro. En 2020 empieza a publicar su obra más ambiciosa, El hueco al final del mundo,que reparte en varios volúmenes. Vive en Gijón, junto a Felicidad Martínez y las dos gatas de ambos: Rángiku e Íchigo.
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PRÓLOGO
La taberna era un oasis de luz en medio de un laberinto de calles en penumbra. Dos candiles colgados de soportes metálicos flanqueaban la entrada. Varios más se extendían por el perímetro desde las ventanas de arriba.
Se trataba de un edificio de tres plantas de aspecto acogedor, con la planta baja casi íntegramente ocupada por el salón común, que empezaba a llenarse con rapidez a medida que el perezoso anochecer de verano se adueñaba de las calles de Tarantia. El primer piso se distribuía en varios salones privados de diversos tamaños y en el segundo había algunos dormitorios individuales, además de uno común, para aquellos que quisieran pasar la noche.
Una figura encapuchada y envuelta en una capa se acercaba en aquellos momentos a la taberna. Pese a su recelo inicial, no había sufrido ningún percance por el camino. Al parecer era cierto lo que se decía de las calles de la capital.
Según el rumor, una de las primeras cosas a las que había puesto fin el rey tras su ascenso al trono habían sido los asaltos callejeros y los robos a los transeúntes desprevenidos. Se había encargado de ello con una eficacia casi marcial y el mensaje no tardó en quedar claro para la mayor parte de los rateros: las calles de Tarantia no eran para ellos. Alguno hubo que lo siguió intentando pese a todo, confiando en su rapidez, discreción y la agilidad de sus dedos. Para su sorpresa, descubrió que los guardias conocían la mayor parte de los trucos y sabían bien dónde buscar.
Se decía que el rey mismo los había aleccionado al respecto, lo cual nadie encontraba extraño. Las historias que se contaban sobre su pasado lo situaban en una cantidad tal de oficios, ya fuese a un lado de la ley, ya al otro, que parecían demasiados para una sola persona, por azarosa que hubiese sido su vida. Que conociese bien las triquiñuelas de los rateros no ayudaba precisamente a disipar los rumores.
Para el hombre de la capucha, nada de eso importaba. El rey había luchado codo a codo con su gente contra los temibles salvajes del otro lado de la frontera. Nada podía cambiar eso, ni siquiera los casi veinte años de paz continuada que la Marca Occidental llevaba disfrutando. Los montaraces de la frontera habían conocido al rey cuando no era más que un capitán al servicio del anterior monarca. Lo habían visto enfrentado a la muerte y habían sido testigos tanto de su ferocidad como de su lealtad. El resto era irrelevante.
Dudó unos segundos en el umbral. Lo cruzó y entró en el salón común, lleno a medias. Miró a su alrededor, contempló con gesto indeciso una de las mesas vacías y se acercó a la barra al tiempo que se echaba la capucha hacia atrás y se quitaba la capa.
Se apoyó en la barra mientras esperaba a que el tabernero, que en aquellos momentos atendía a otro parroquiano, reparase en su presencia. Tenía un rostro severo de facciones afiladas, cubierto en parte de una densa barba negra en la que empezaban a asomar algunas hebras de gris. Llevaba el pelo muy corto, algo infrecuente en la capital. Los ojos, negros e inquisitivos, examinaban los alrededores con interés.
El posadero se acercó por fin.
—¿Algo de comer o de beber mientras esperas? —preguntó con un acento que el recién llegado reconoció como gunderio.
Estaba a punto de preguntarle cómo sabía que esperaba a alguien, cuando se dio cuenta de que era precisamente lo que el tabernero deseaba, así que se limitó a decir:
—Cerveza. Una jarra.
El tabernero asintió, dio media vuelta y se acercó a los toneles. El recién llegado vio en ese momento su brazo derecho, hasta ahora en la sombra, que terminaba a la altura del codo. El tabernero se movía con naturalidad y sin darle importancia, lo que indicaba que la mutilación era antigua. Alto, de cuerpo recio, melena canosa y rostro arrugado, parecía más un guerrero viejo que un tabernero.
Volvió a la barra y depositó una cerveza frente al recién llegado, quien dejó caer un par de monedas, tomó la jarra y echó un largo trago. Se detuvo de pronto, tan complacido como asombrado.
—¿Conajohara tostada? —preguntó.
El tabernero asintió.
—Tengo un acuerdo con un productor local. Supuse que sería tu preferida.
Su interlocutor asintió y terminó la jarra.
—Otra —dijo. Dudó un instante—. Me llamo Gault —añadió luego.
El tabernero asintió con solemnidad mientras cogía la jarra.
—Burgún —dijo.
Si Gault había dado cuenta de la primera jarra casi de inmediato, se tomó con más calma la segunda. Habló un poco con el tabernero, que también era el dueño y parecía haber llevado una vida bastante azarosa. En cierto momento Gault se fijó en el gran mandoble que colgaba de la pared, junto a un hacha de un solo filo y mango largo y estrecho. La improvisada panoplia parecía fuera de lugar entre los toneles y las botellas.
—Un antiguo regalo de mis reyes —dijo Burgún al notar la mirada de Gault, quien frunció el ceño al oírlo—. No me refiero al rey Conan y la reina Zenobia, sino… —Se encogió de hombros—. Es una larga historia.
Sin más, dejó la barra y recorrió el local recogiendo jarras y vasos vacíos, limpiando las mesas desocupadas y, en general, asegurándose de que todo estaba en su sitio y nadie se quedaba sin bebida.
Gault se puso de espaldas a la barra, con los codos apoyados en ella, y examinó el salón, que en los últimos minutos se había llenado casi del todo. De vez en cuando lanzaba miradas a la derecha, a la escalera que llevaba al primer piso, donde un shemita enorme montaba guardia. En esos momentos se llevaba la mano al ceñidor y rozaba con la punta de los dedos el pliego de papel que guardaba debajo.
La fauna que llenaba la taberna era tan variopinta como cabía esperar. La mayoría de los parroquianos eran tarantes, sin duda, pero aquí y allá se oían acentos procedentes de otras partes de Aquilonia. Gault distinguió los tonos musicales de Poitain y la cadencia casi desganada de la región central, así como algún que otro acento extranjero.
Vio a un grupo al fondo que lanzaba una y otra vez miradas furtivas a todas partes. No dejaban de chasquear la lengua al probar el licor local, aunque dieron cuenta de varias botellas sin el menor problema. Uno de ellos tenía un rostro orondo, y los otros dos facciones afiladas; el tono tostado de la piel de los tres, la cabeza rapada y el deje altivo los identificaban como estigios, algo no muy frecuente de ver en aquellas latitudes. Cierto que el país de Set había firmado siete años atrás un tratado con la mayor parte de las naciones hibóreas, abriendo el comercio, por tierra y por mar, y enviando embajadores a las capitales. Pero los estigios seguían siendo lo bastante infrecuentes para llamar la atención
No muy lejos de ellos se sentaba un hombre junto a la chimenea apagada, innecesaria en el cálido verano aquilonio. Se lo veía rígido, envarado, y no parecía haber tocado la bebida que tenía frente a él en la mesa. Por edad y aspecto podría haber pasado por un pariente cercano del tabernero.
Mientras Gault seguía examinando el panorama, se abrió la puerta y una mujer madura y fornida de pelo negro y extremadamente corto miró a su alrededor con gesto burlón un par de veces. Se fue, solo para volver al cabo de unos minutos acompañada de otra. Si la primera rondaba los cuarenta, Gault calculó que la segunda le sacaría unos diez años. Ambas llevaban capas de buena calidad, aunque la de la mujer más joven parecía más gastada. Había una sutil jerarquía en la forma en que se comportaban la una con la otra. La más joven era la guardaespaldas de la mayor, decidió Gault, no solo por su aspecto aguerrido, sino porque saltaba a la vista que era la única de las dos que iba armada. Llevaba una espada corta bajo el manto que no se molestaba en ocultar, pero de la que tampoco hacía ostentación.
Cruzaron la poblada taberna en dirección a la escalera, donde el shemita las detuvo con un gesto de la mano. La guardaespaldas le mostró un papel. El shemita asintió y las dejó pasar. Gault las perdió de vista enseguida.
Se llevó de nuevo la mano al ceñidor, aún indeciso.
—¿Todavía no vas a subir? —preguntó una voz a sus espaldas.
Se volvió. Burgún lo contemplaba con una sonrisa irónica.
—Aún no —respondió Gault, como si la pregunta del tabernero hubiese sido lo más normal del mundo—. Creo que me tomaré otra cerveza primero. —Esperó a tenerla delante antes de añadir—: Curioso blasón el de la puerta. Cuando me hablaron de este lugar y me dijeron cómo se llamaba habría encontrado lógico que su enseña fuera un gran felino, no un barco.
Burgún se encogió de hombros.
—Un error muy común —dijo.
Se fue sin añadir nada más.
Cuando Gault por fin se decidió a subir al salón donde le habían dado cita descubrió que alguien se le había adelantado. El individuo que le mostraba un papel lacrado al enorme shemita era el anciano que había ocupado la mesa del fondo, junto a la chimenea. En todo aquel tiempo no había...




