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Martínez | Disfraces parecidos a mi piel | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 430 Seiten

Martínez Disfraces parecidos a mi piel

Narrativa breve (casi) completa
Segunda
ISBN: 978-84-120429-8-6
Verlag: Sportula Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection

Narrativa breve (casi) completa

E-Book, Spanisch, 430 Seiten

ISBN: 978-84-120429-8-6
Verlag: Sportula Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection



Una mujer encerrada que intenta volver a su hogar; un pasado que no es como todos recuerdan; un tren que recorre un mundo muerto; una partida de póquer con cartas de Tarot; un cuenta cuentos que quizá ha encontrado su destino, un cazador que descubre que a lo mejor es la presa; una paradoja temporal que tal vez no lo sea, un electricista que podría provocar el fin del mundo; un parque por el que nadie debería pasar... Diversos momentos, disfraces con los que el autor viste el mundo para comprenderlo mejor. Reflejos, tal vez retratos de máscaras que, en lugar de ocultar, revelan. Disfraces parecidos a mi piel es la recopilación definitiva de la narrativa breve de Rodolfo Martínez. Cada relato va acompañado de una pequeña posdata en la que el autor nos habla de su concepción y de lo que significó para él en ese momento. Si aún no has leído a Martínez, este libro es el lugar perfecto por el que empezar. Si ya conoces su obra, seguramente lo estabas esperando.

Candás, 1965 Rodolfo Martínez publica su primer relato en 1987 y no tarda en convertirse en uno de los autores indispensables de la literatura fantástica española, aunque si una característica define su obra es la del mestizaje de géneros, mezclando con engañosa sencillez y sin ningún rubor numerosos registros, desde la ciencia ficción y la fantasía hasta la novela negra y el thriller, consiguiendo que sus obras sean difícilmente encasillables. Ganador del premio Minotauro con Los sicarios del cielo (ahora en Sportula como Este incómodo ropaje), ha cosechado numerosos galardones a lo largo de su carrera literaria, como el Asturias de Novela, el UPV de relato fantástico y, en varias ocasiones, el Ignotus (en sus categorías de novela, novela corta y cuento). Su obra holmesiana, compuesta hasta el momento de cuatro libros, ha sido traducida al portugués, al polaco, al turco y al francés y varios de sus relatos han aparecido en publicaciones francesas. En 2009 y con El adepto de la Reina, inició un nuevo ciclo narrativo en el que conviven elementos de la novela de espías de acción con algunos de los temas y escenarios más característicos de la fantasía.
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TODO FLUYE
Here’s another place you can go,
where everything flows.
Lennon & McCartney
El griego que dijo que no te podías bañar dos veces en el mismo río no sabía de qué hablaba realmente.
Estúar Ramónez (uno de tantos)
I
Me despierto. ¿Qué es esa música? ¿Michael Jackson? No puede ser. Abro un ojo con mucho cuidado. Un rostro extraño sonríe junto a mí.
—Ya va siendo hora de que te levantes, ¿no crees, cielo?
¿Cielo? La observo con atención. No la conozco de nada, es la primera vez que la veo en mi vida, pero tengo la impresión (no sé cómo ni por qué) de que es justamente el tipo de mujer con el que me gustaría casarme, si es que alguna vez decido casarme con alguien, que es otro asunto.
—¿Qué... qué pasa? —consigo preguntar.
Sonríe. (Me gusta su sonrisa). Acerca su boca a la mía y me besa. Sus labios son dulces y parecen conocer muy bien los míos. Definitivamente, si me casase con alguien sería con una mujer como ella.
—Anoche estuviste levantado hasta tarde, ¿verdad?
¿Anoche? ¿Qué estuve haciendo anoche? No tengo la menor idea. Recuerdo vagamente una aburrida cena de negocios con un representante de zapatos ortopédicos.
—Sí... Supongo que sí —logro decir precavidamente.
¿Quién es ella? No recuerdo que después de cenar me fuese a ningún sitio. Juraría que volví a casa directamente. La observo con más atención. Mis ojos se fijan por primera vez en su cuerpo. Me doy cuenta con sorpresa del evidente abultamiento de su vientre. ¿Embarazada? Dios, debía de estar completamente borracho. No ligo con mujeres embarazadas.
—Quita... quita esa música, ¿quieres? —logro decir.
Vuelve a sonreír. (Definitivamente, su sonrisa me vuelve loco).
—Siempre estás igual —dice.
¿Siempre estoy igual? Dios, necesito despejarme y rápido. Esto cada vez me gusta menos.
—Voy a darme una ducha.
—De acuerdo —responde—. Te prepararé el baño.
Se va, antes de que yo pueda decir nada. Cada vez más perplejo, me rasco la cabeza, alborotándome aún más el pelo. Echo un largo vistazo a mi alrededor. Sin duda es mi habitación. Estoy en casa. ¿Quién es ella? ¿Por qué me trata como si me conociera de toda la vida? ¿Qué estupideces hice anoche?
Salgo de la cama. Llevo puesta la parte de abajo del pijama. ¿Qué pijama? Este no es mi pijama. Salgo de la habitación. Quedo petrificado en el umbral, contemplando la sala de estar. Es mi sala de estar, pero no lo es. Jamás la habría decorado así. Sin embargo, me gusta. Mierda, eso es lo de menos. No reconozco la mitad de los muebles. ¿Qué está pasando aquí?
—Ya está, puedes entrar. Te haré el desayuno.
Un cuarto de hora más tarde estoy desayunando en la cocina, con ella mirándome. (Me gustan esos ojos grandes y verdes). Tengo en la mano una taza de café. Le doy la vuelta y la miro. Mi nombre está escrito en ella. Dios, qué clase de horterada es esta. Acabo el café. Por mi garganta ronda la pregunta del millón, pero no me atrevo a hacerla, no sé por qué.
—Mamá y el médico van a venir pronto.
¿Mamá? ¿El médico? Venga, por qué no le preguntas de una vez a la tipa esta quién es y luego la largas de aquí, vuelves a poner la casa como estaba antes de esta mañana y te olvidas de todo esto.
—Bien —digo, sin embargo—. Voy... voy a vestirme.
Miro el reloj de la cocina. Ya son las nueve y cuarto. Mi jefe me va a despellejar vivo. Pero cómo voy a irme y a dejar a esta mujer desconocida (y encima embarazada) en casa, eso sin tener en cuenta que dentro de poco van a llegar su madre y el médico. ¿Médico? ¿No pretenderá dar a luz aquí? De forma absurda, su imagen pariendo en el sofá llena mi cabeza. Sonrío, y no sé de dónde saco las fuerzas para hacerlo. Me devuelve la sonrisa. Me gusta, cada vez me gusta más. Pero todo esto no tiene ningún sentido.
—Voy a vestirme —repito.
Salgo de la cocina. Llego a mi habitación. Allí está mi ropa, cuidadosamente apilada en una silla. Vaya, es de las ordenadas. Empiezo a vestirme. Busco mi cartera. No está en el pantalón. La veo sobre la mesita de noche. La abro. Ahí está mi carnet de identidad. No sé por qué, lo saco y le echo un vistazo. Sí, pienso de forma absurda, no cabe duda, soy yo. Esta es mi foto, esta, la huella de mis dedos y este, mi nombre. Le doy la vuelta. Nacido en… Hijo de… Estado civil casado... ¿Estado civil casado? ¿Qué clase de broma es esta? Me doy cuenta ahora de que en la mesita, junto al carnet, hay un portarretratos. Miro la foto. Somos ella y yo, y por la forma en que vamos vestidos apostaría el cuello a que alguien nos está declarando marido y mujer.
Me siento en la cama. Oigo sonar el timbre de la puerta. ¿Qué clase de pesadilla es esta? Estoy casado, desde hace algún tiempo a juzgar por la barriga de mi ¿mujer?, y acabo de enterarme ahora mismo. La puerta de la habitación se abre. Me doy media vuelta. Es ella.
—Mamá ya viene —dice.
Cojonudamente. Voy a conocer a mi suegra. Y a un médico. ¿Para qué, un médico? Para llevarme a un manicomio, supongo, para qué si no. Siento ganas de gritar, de romper algo. Esto no me puede estar pasando a mí; la frase no puede ser más tópica, pero es cierto, no me puede estar pasando a mí.
Me levanto. Salgo al cuarto de estar. Veo a mi ¿esposa? abriendo la puerta. Una mujer de unos cuarenta y pico años, un tanto gruesa, entra en el apartamento. La sigue un tipo bajo y delgado. El imbécil de Jackson sigue sonando en el tocadiscos, desahogando sus frustraciones con Diana Ross.
—Estu, cariño, ¿cómo estás? —me pregunta mi suegra.
No digo nada. Mi rostro se las arregla él solo para componer una expresión neutra. Ella se acerca y me besa en la mejilla.
—Hoy es el gran día, ¿eh? —Se la ve muy contenta—. Ya conoces al doctor Marcovich.
Claro, seguro que lo conozco, aunque no tengo ni la menor idea de quién es. El tipo bajito me tiende la mano. Se la estrecho.
—Bueno —dice de nuevo mi suegra—. Cuanto antes mejor. Querrás verlo, supongo.
¿Verlo? ¿Ver qué? ¿Es que realmente va a dar a luz aquí, ahora? Pese a todo, logro asentir con cierta naturalidad. Si en este momento mi vida dependiese de lo que pudiera decir ya estaría muerto. Quién sabe, puede que lo esté.
El médico, mi suegra y mi mujer (Dios, casi estoy pensando que esto pueda ser real) pasan a mi cuarto. Voy tras ellos.
Mi mujer (no, no es mi mujer, sea quien sea) se alza el vestido. El vientre está cubierto por algo parecido a una faja, con un raro brillo metálico. Se la quita. Veo la piel tensa y palpitante. ¿Es mi hijo lo que lleva dentro? No, absurdo. Maldita sea, no los conozco de nada, no tengo la menor idea de lo que hacen aquí, en mi casa, quiénes son, por qué me hablan como si me conocieran desde siempre.
El médico cierra los ojos. Acerca las manos al vientre de ella. Lo toca. ¿Qué mierda está pasando? El tiempo parece detenerse, mientras ese hombrecito gris sigue con las manos sobre el abdomen de mi mujer (no, no es mi mujer). Luego veo como una sacudida, como si el crío le hubiera dado una patada. Y menuda patada. El médico aparta las manos. Abre los ojos. Me mira y sonríe. Mi suegra también sonríe, igual que mi... que ella.
—Espero que sea un gran cirujano —me dice...



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