E-Book, Spanisch, 406 Seiten
Reihe: Ensayo
Martínez Religión en público
1. Auflage 2012
ISBN: 978-84-9920-774-2
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Debate con los liberales
E-Book, Spanisch, 406 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-9920-774-2
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
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Julio L. Martínez, SJ, es Profesor Propio Ordinario de Teología Moral y de Filosofía Política en la Universidad Pontificia Comillas. Ha estudiado en Madrid, Boston, Salamanca y Vigo, donde nació en 1964. En Comillas ha sido director de la Cátedra de Bioética, del Instituto Universitario de Estudios sobre Migraciones y Vicerrector, desde 2009 hasta el 29 de marzo de 2012 en que ha recibido el nombramiento de Rector de la Universidad. Su área principal de investigación gira en torno a la cuestión de la religión en la vida pública, desde la perspectiva de la ética teológica y filosófica, con especial atención a las relaciones entre catolicismo y liberalismo. En estos temas ha publicado varios libros y abundantes artículos en revistas. Se puede decir que en nuestro país es uno de los principales especialistas en la materia.
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INTRODUCCIÓN
Vivimos tiempos recios y difíciles para muchas cosas, también para la presencia pública de la religión, es decir, para la actuación y participación de las personas, a través de comunidades, instituciones e ideas, para las cuales la fe religiosa es una señal de su identidad y misión. Desde luego no estamos ante una cuestión recién planteada o hasta ahora inédita. Al contrario, se trata de una inquietud que recorre buena parte de la historia y que en algunas épocas incluso ha adquirido formas trágicas. Es cierto que hoy tiene rasgos novedosos y especiales en una sociedad que, habiendo sobrepasado la Modernidad, a duras penas tiene idea de adónde va y a qué. Una sociedad muy interconectada e interdependiente, donde arrecian las preguntas por la identidad o el pluralismo (moral, cultural, religioso…), y donde las múltiples vías de búsqueda de la verdad y el bien pugnan por abrirse camino, pero, eso sí, por sendas plagadas de amenazas y dificultades. El sentimiento de microvulnerabilidad no ha decrecido, pero sí se ha agudizado la conciencia, intensa como nunca, de macrovulnerabilidad, alentada por la hiperinformación existente y una profunda crisis económica cuyas raíces son morales. No es de extrañar, pues, que la religión —desafiando los pronósticos secularizadores— no sólo no haya desaparecido sino que siga viva y coleando. El sociólogo de la religión Peter Berger ha hablado de «momento de religiosidad exuberante, que a menudo se manifiesta en movimientos exacerbados de alcance global»1. Tampoco sorprende que laicistas y fundamentalistas aprovechen la coyuntura para echar redes y cadenas.
La reciente Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) celebrada en Madrid en agosto de 2011 ha sido un buen laboratorio para percibir las tensiones, como también lo han sido las batallas en España y otros países de Europa a favor y en contra de los símbolos religiosos en espacios públicos. En la JMJ, una millonada de jóvenes católicos venidos de los cinco continentes se hizo públicamente presente, en torno al papa Benedicto XVI, con un sentido del orden y del decoro realmente admirables. A la presencia masiva de la «juventud del Papa» que contó con el apoyo institucional, se opuso una manifestación convocada por unas ciento cincuenta organizaciones (así se decía machaconamente en los informativos de RTVE como tratando de darle legitimidad a una protesta difícil de justificar). Los organizadores de las protestas buscaron con ahínco la presencia pública y mediática, hasta poner en peligro el orden público al exigir el paso por la Puerta del Sol. Detrás de argumentos de apariencia profunda como el del respeto debido a la Constitución de 1978, el de la separación Iglesia-Estado, el de la defensa del Estado laico o de la libertad religiosa, a mi juicio, se confundía la irrenunciable laicidad del Estado con la pretensión ilegítima de la sociedad laica. Al final me parece que no pasaron de realizar una torpe reacción visceral a una potente presencia pública católica, a la que catalogaron de «provocación». Buena parte de la torpeza estuvo en que, queriéndolo o sin querer, dieron cobertura a grupos de personas violentas a las que lo que les interesa es armar follón. Incluso me atrevo a decir que la torpeza estuvo también en que, sin desearlo, activaron a muchos a expresar sus sentimientos de cariño al Papa y convirtieron en mucho más multitudinaria la participación de los católicos en las calles del centro de Madrid y del aeródromo de Cuatro Vientos.
Benedicto XVI, en su discurso de llegada a España para la JMJ el 18 de agosto, les dijo a los jóvenes: «No os avergoncéis del Señor»; dad «un testimonio valiente y lleno de amor…, sin ocultar la propia identidad cristiana, en un clima de respetuosa convivencia con otras legítimas opciones y exigiendo al mismo tiempo el debido respeto a las propias». Estas peticiones se sustentan en la convicción de que la religión es una fuerza positiva y promotora de la construcción de la sociedad civil y política, y en que su exclusión de la vida pública priva a ésta de un espacio vital que abre a la trascendencia y, por consiguiente, daña gravemente a las personas y sus posibilidades de desarrollo humano. Son ideas que acompañan todo su pontificado y que ha reiterado en muchos foros con energía y consistencia. Por ejemplo, en la Asamblea de Naciones Unidas, el 18 de abril de 2008: «Es inconcebible que los creyentes tengan que suprimir una parte de sí mismos —su fe— para ser ciudadanos activos… El rechazo a reconocer la contribución a la sociedad que está enraizada en la dimensión religiosa y en la búsqueda del Absoluto —expresión por su propia naturaleza de la comunión entre personas— privilegiaría efectivamente un planteamiento individualista y fragmentaría la unidad de la persona». Desde ahí, la misma determinación con la que se condenan todas las formas de fanatismo y fundamentalismo religioso anima a oponerse a todas las formas de hostilidad contra la religión, que limitan el papel público de los creyentes en la vida civil y política.
En España, desde distintos ámbitos (político, académico, científico, mediático, etc.) se ha ido haciendo cultura el poner en tela de juicio el derecho de participar en el debate público de una sociedad pluralista por parte de los católicos sobre cuestiones de moral social o personal, aduciendo que la doctrina moral católica exige, para su comprensión y aceptación, un «acto de fe», unas «creencias» particulares; por tanto, las «razones» de la moral católica no son razonables y, por consiguiente, no compartibles por los no católicos. Subyace a estas consideraciones la idea tan arraigada en el ethos liberal de nuestras sociedades de que cada uno es libre para adherirse o no a una confesión religiosa, pero lo importante es que tal profesión de fe no tenga repercusión en los espacios públicos, en los debates y comportamientos sociales, políticos, económicos y culturales. Eso sí, siempre y cuando tal participación no le interese directamente a los poderes públicos y sociales principales.
Yo busco conocer y dar a conocer cómo ve el liberalismo clásico y contemporáneo la presencia y participación de la religión en la vida pública y cómo influye y qué problemas plantea esa visión. Esta pregunta-guía se puede desplegar en otras preguntas complementarias: ¿Cómo se puede relacionar la ciudadanía política y la «ciudadanía eclesial»? ¿Pueden los creyentes ser ciudadanos, sin renunciar a ser creyentes en el foro público? ¿Puede un creyente apostar en serio por una ética cívica, participar abiertamente en un proceso de diálogo que busca lo más justo para el conjunto de la sociedad, o más bien tiene que ser la suya una tarea apologética? Son cuestiones sobre el rol de la religión en público que evocan aquella osada pregunta de Tertuliano, en el siglo III, de si Jerusalén tenía algo que ver con Atenas. La ciudad griega representaba todos los tesoros de la cultura secular, proveniente de las grandes figuras paganas. La capital de la Tierra Santa, sagrada para los judíos y cristianos, y santa y anhelada para los musulmanes, era símbolo de la fe bíblica y la piedad religiosa, cuyas calles recorrió Jesús de Nazaret.
Mutatis mutandis, ahí hay una certera interpelación para nosotros, aun cuando las entidades representadas ya no sean las mismas ni tampoco sus ingredientes, afectados por las transformaciones históricas asociadas al modelo epistemológico, antropológico y moral de la segunda modernidad, que inciden decisivamente en la situación de la fe religiosa y sus modos de estar presente en la sociedad. Una sociedad que se mantiene en una acelerada y continua transformación, con lo que se hacen muy difíciles las experiencias de continuidad y de formación de la tradición. Una sociedad marcada por la interdependencia y la capacidad de funcionar como una unidad en tiempo real y a escala planetaria —con ubicuidad, instantaneidad e inmediatez—, de las cuales forma parte constitutiva la experiencia global y repercuten en cómo está presente la religión.
Culturalmente hay que contar con nuevos escenarios como la cultura de la virtualidad real y la lucha entre las fuerzas disgregadoras y las uniformadoras. En medio de ellas es donde se da la experiencia viva no sólo de microvulnerabilidad sino de macrovulnerabilidad, de la cual la crisis económica y financiera es una de sus manifestaciones más aparentes aunque probablemente no más profundas. El pluralismo cultural y de concepciones del mundo que se experimenta en todos los niveles y que se nos ha metido en medio de nuestra vida, ponen al individuo ante la necesidad de elegir continuamente sus valores y sus prioridades. En las áreas más prósperas de la tierra el individuo moralmente autónomo se tiene por instancia básica capaz de elegir (y consumir) entre las distintas ofertas de salvación, de vida buena, y de crear sus valores, pero ni la autonomía es de tanta libertad como se nos quiere hacer creer ni la mayor parte de las ofertas de sentido pasan la prueba de calidad.
Desde luego que uno de los temas de nuestro tiempo es el de la búsqueda de la identidad y su poder. Han perdido casi toda la eficacia de antaño las instancias de legitimación y, por el contrario, hay una fuerte tentación de dirigirse a los refugios favorecedores de la identidad de resistencia, cuando no sucede una suerte de disolución de la identidad en las formas más variopintas. Parece agotada la época en que la religión era...




