Martos Rubio | Breve historia de al-Ándalus | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 288 Seiten

Reihe: Breve Historia

Martos Rubio Breve historia de al-Ándalus


1. Auflage 2013
ISBN: 978-84-9967-478-0
Verlag: Nowtilus
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

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Reihe: Breve Historia

ISBN: 978-84-9967-478-0
Verlag: Nowtilus
Format: EPUB
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La huella que el reino de al-Ándalus ha dejado en la península es imborrable y preciada, una cultura sofisticada que llevó a ciudades como Córdoba a la cima de su época. Puede parecer una obviedad recordar que los musulmanes estuvieron en la península durante más de ocho siglos y que su estancia determinó numerosos aspectos de nuestra identidad nacional como el flamenco, los dulces navideños, gran parte de nuestro lenguaje o el germen de nuestra poesía. No obstante, aún es necesario recordar la historia de la estancia musulmana en España y también es necesario hacerlo de un modo divulgativo y accesible a cualquier persona. Esta es la tarea a la que Ana Martos se enfrenta en Breve Historia de Al-Ándalus, presentar la historia de un pueblo que supo convivir con los antiguos habitantes de la península y que trajo, además, la civilización y la cultura que España había perdido tras la marcha de los romanos. El islam hereda el saber grecorromano y el saber oriental por su pacífica expansión por Persia y por Bizancio, ese saber se había perdido en la Europa gobernada por los bárbaros. A la Península Ibérica llegaron invitados por un rey visigodo para que le ayudaran en sus luchas intestinas. Los musulmanes, aprovechando la debilidad y la fragmentación visigoda decidieron quedarse y trajeron con ellos un esplendor cultural que ya no se recordaba. Breve Historia de Al-Ándalus nos presenta de un modo sintético y desmitificador la gloria del califato de Córdoba creado por los Omeyas pero también las divisiones y los enfrentamientos dinásticos que provocaron la entrada de almorávides y almohades y la consecuente división en reinos independientes. La resistencia cristiana, que había convivido pacíficamente con el islam, aprovecha esa división para ir recuperando territorios, la recuperación total de la península no se dará hasta que los Reyes Católicos no unan los reinos de Castilla y Aragón y aprovechen la debilidad nazarí para conquistar Granada.

Ana Martos es conferencista habitual en diversas universidades de España sobre Historia Antigua e Historia Medieval. Ha estudiado psicología, informática y música. En 1992 abandonó el mundo de los negocios para dedicarse de lleno a la literatura. Entre sus obras se encuentran libros técnicos y científicos, así como ensayos y narrativa. En Ediciones Nowtilus ha publicado: Los 7 Borgia, Pablo de Tarso, ¿apóstol o hereje?, Papisas y Teólogas, Historia medieval del sexo y del erotismo, Breve historia de Atila y los hunos, Breve historia del condón y de los métodos anticonceptivos. Es también autora de Ocho pecados de la Iglesia (Tombooktu, 2012) y de Breve historia de los sumerios
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La isla de los Vándalos


En el año 632, el califa Omar había desistido de conquistar el norte de África porque conocía la perfidia de los bereberes, que pagaban tributos al emperador bizantino y le engañaban en el pago. Más tarde, los bereberes comenzaron a pagar tributos al rey visigodo de Hispania y entonces era él quien los engañaba. Pero el fervor de los ejércitos del islam era incontenible y en el año 666 ya se fundaba en Túnez la ciudad santa de Kairouán. La fundó Sidi Okba, que había sido compañero del Profeta y que, por su gracia, expulsó del lugar a las serpientes y escorpiones que lo envenenaban y recibió visiones angélicas que le instruyeron para mandar construir la mezquita omeya de Kairouán, nombre que significa ‘caravana’.

EL MORO MUZA


Vele, vele el moro Muza, el moro Muza afamado,
caballero en una yegua, y su cuerpo bien armado.

Del romance de don Manuel y el moro Muza

El moro Muza es un personaje relevante en la historia de España, frecuente en los romanceros, en los cantarcillos y en los juegos infantiles. Su importancia procede de su papel en la conquista de la Hispania visigoda para el islam, cuando era gobernador de Ifrikiya, la provincia musulmana del norte de África.

Los primeros períodos de la expansión árabe fueron rápidos, como dijimos, pero, a la hora de lanzarse a la conquista del norte de África, el proceso se lentificó, principalmente porque ya apenas quedaban árabes que se pusieran al frente de los ejércitos musulmanes y fue necesario recurrir a huestes de fe precaria, cuando no directamente a mercenarios.

Para llegar a fundar la ciudad santa de Kairouán, Sidi Okba tuvo que enfrentarse a los bereberes, que poblaban el Magreb y profesaban la religión judaica. Valiéndose de ese don de la palabra que ya hemos elogiado en los árabes, Okba logró convertir al islam al jefe de la tribu jetava, Kussaila, y conseguir su apoyo para lanzarse a la conquista del norte de África. Pero la nueva fe de Kussaila no duró demasiado y Okba no tardó en caer en una emboscada que el neófito le tendió cuando las tropas árabes regresaban de su primer intento de apoderarse de las dos ciudades que representaban la defensa del territorio visigodo, Tánger y Ceuta.

Ceuta había sido tributaria de Bizancio pero, a la sazón, lo era de Hispania y su gobernador, el conde don Julián, manejaba la defensa con tal éxito que Okba tuvo que renunciar a atravesar el Estrecho.

La Kahina fue una temible reina guerrera bereber que tuvo en jaque a las tropas del califa de Damasco. Su estatua se puede ver en Khenchela, Argelia.

Muerto Okba, el califa de Damasco envió a un nuevo emir, Hassán, a conquistar el norte de África. Hassán no tardó en apoderarse de la antigua Cartago, en la actual República Tunecina, pero cuando quiso atravesar la frontera de Tingitania para tomar las actuales Mauritania y Marruecos tropezó con la oposición más temible que hubiera podido imaginar, no solamente por la fuerza y organización del ejército bereber al que tuvo que enfrentarse, sino por la fama de su capitana, una mujer bereber de la tribu jetava llamada Dhabba, a quien los árabes llamaron la Kahina, ‘la hechicera’, por su capacidad para prever situaciones y conocer el futuro merced a sus dones sobrenaturales.

En su Historia de Marruecos, Antonio Cánovas del Castillo cuenta que la Kahina hizo retroceder a Hassán hasta la frontera egipcia, aunque el emir volvió más tarde con tropas de refuerzo y consiguió derrotarla. Obligada a elegir entre la conversión y la muerte, dicen que la cabeza de la Kahina fue enviada a Damasco como trofeo de guerra y que su derrota abrió a Hassán el camino hacia Mauritania y Marruecos.

En el año 704, la provincia de Ifrikiya, en el norte de África, estaba al mando de un nuevo emir, Muza ibn Nusair, a quien la historia de España conocería como «el moro Muza». Con la ayuda de las tribus bereberes, unas convertidas al islam, otras a medio convertir y otras mercenarias, Muza conquistó el Magreb y estableció su cuartel general en Tánger, tras arrebatar esta ciudad al reino visigodo.

LOS MOROS Y LOS BEREBERES

La palabra moro significa ‘negro, oscuro’, y fue el nombre que dieron primero los griegos y luego los romanos a los habitantes del norte de África, debido al color de su piel. Más tarde, el nombre se propagó a todos los habitantes de la zona, fuera cual fuera su color de piel, porque allí habitaron bereberes, bizantinos, romanos, vándalos, árabes y negros africanos. Las historias de España y Francia llaman moros a los musulmanes que invadieron la península y parte de Francia en el siglo VIII.

Los bereberes o beréberes, habitantes de Berbería, eran de raza blanca y llegaron al norte de Marruecos procedentes de Europa. Se mezclaron con los habitantes anteriores y su piel se oscureció hasta alcanzar el color por el que los romanos los denominaron «moros». (Fuente: Ricardo Beltrán, Boletín de la Real Academia de la Historia, 14 de abril de 1906)

En el año 710, a la muerte del rey godo Witiza, la costa africana del Mediterráneo concentraba un nutrido ejército de árabes, sirios y bereberes. Unos, llegados de su Arabia natal para escapar de alguna situación incómoda social o política. Otros, arrastrados por un nuevo fervor religioso y dispuestos a propagar su fe. Y otros, indiferentes al islam y a su profeta, eran mercenarios, soldados de fortuna a la espera de participar de un fabuloso botín del que el mundo entero se hacía lenguas. El estrecho de Gibraltar no podría detenerles.

LA MESA DE SALOMÓN


Por los escritos de san Isidoro de Sevilla conocemos muchos detalles de la historia de los visigodos en la Hispania de los siglos V al VIII y por él sabemos que fue Toledo la capital religiosa y política del reino, donde se acumularon las inmensas riquezas que alcanzaron fama internacional en aquellos tiempos de barbarie y piratería. Antes, el centro de la vida política goda se había situado en Tolosa, pero la corte de Toledo resultó mucho más fastuosa porque se esmeró en imitar en todo lo posible a la corte bizantina de Constantinopla, considerada entonces el lugar en el que Dios compartía su morada con los hombres.

Hasta el siglo V, los visigodos habían mantenido su carácter de pueblo guerrero y los reyes vestían igual que sus súbditos, pero en el año 586 Leovigildo estrenó solio y vestiduras reales en su corte de Toledo, en un primer intento por emular al basileus, que se presentaba en su trono sagrado de Constantinopla entre velos y cánticos como vicario de Dios en la Tierra.

El ajuar personal de los reyes visigodos se enriqueció de tal manera que el tesoro real llegó a convertirse en el más importante de Occidente. El objeto más llamativo de aquella fabulosa fortuna fue, sin duda, la mesa de Salomón, una mesa destinada a las ofrendas de pan que el emperador Tito robó del Templo[4] cuando arrasó Jerusalén a raíz de las revueltas de los mesías judíos que proliferaron en los años de la dominación romana. Tito llevó la mesa a Roma y allí la encontraron los godos cuando tomaron la Urbe al mando de Alarico. De Roma llegó a Hispania en manos de Alarico II, que se refugió en la península huyendo de los francos.

La fabulosa mesa de Salomón tenía inscrito sobre su tabla un jeroglífico cuya resolución arrojaba el conocimiento del universo y la fórmula de la Creación, es decir, el nombre verdadero de Dios, que no puede pronunciarse salvo para crear. Esto, en cuanto a valor esotérico, místico y científico. En cuanto a valor material, la mesa tenía trescientos sesenta y cinco pies de esmeralda y estaba incrustada de piedras preciosas, oro y perlas.

Uno de los atractivos de la conquista de Hispania fue la fama del inmenso tesoro que guardaban los visigodos. Una parte se encontró en Guarrazar, Toledo, ya en el siglo XIX.

Los tesoros acumulados por los godos incluían riquísimas coronas y joyas donadas a las iglesias, una moda que iniciaron los bizantinos y que, en su afán por imitarlos, continuaron los reyes bárbaros convertidos al cristianismo. Pero, si esto no era suficiente para atraer a los invasores, añádase la fama de que gozaba la Hispania medieval, alabada por vates y cantores por su clima privilegiado, sus aguas cristalinas, sus campos feraces y sus minas de plata y otros minerales preciados. Así lo cantó un poeta: «Ni la abrasa el sol violento de África ni la azotan los vientos de las Galias».

Un paraíso que no solamente despertó la codicia de los sarracenos del norte de África, sino que se les ofreció como el mejor camino hacia la universalización de su credo. Los otros posibles caminos de expansión eran el desierto y el océano Atlántico. No había duda. En el año 710, el emir de África del Norte, Muza, escribió al califa de Damasco pidiendo permiso para acometer la conquista de al-Ándalus, elogiando sus maravillas y, probablemente, dándole cuenta de la situación de desamparo en que se encontraba el reino de los godos.

Otros autores, como Pedro Voltes, afirman sin embargo que el califa prohibió a Muza adentrarse en el reino visigodo y le ordenó: «guárdate de arriesgar a los musulmanes en los peligros de un mar de violentas tempestades». Muza, no obstante, insistió en la conquista y, cuando él y...



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