Mask | El Callejero | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 312 Seiten

Reihe: Ensayo

Mask El Callejero


1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-126200-6-1
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 312 Seiten

Reihe: Ensayo

ISBN: 978-84-126200-6-1
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Cuando la mayoría de la gente piensa en las direcciones de las calles, si es que piensa en ellas, es en su capacidad para garantizar que el cartero pueda entregar el correo o que un viajero no se pierda. Pero las direcciones no se inventaron para ayudar a encontrar el camino, sino para encontrarlo a usted. En muchas partes del mundo, tu dirección puede revelar tu raza y tu clase. En este amplio y extraordinario libro, Deirdre Mask examina el destino de las calles que llevan el nombre de Martin Luther King Jr, los medios de orientación de los antiguos romanos y cómo los nazis rondan las calles de la Alemania moderna. La otra cara de la moneda de tener una dirección es no tenerla, y también vemos lo que eso significa para millones de personas hoy en día, incluidos los que viven en los barrios bajos de Calcuta y en las calles de Londres. Lleno de personas e historias fascinantes, 'La libreta de direcciones' ilumina las complejas y a veces ocultas historias que se esconden detrás de los nombres de las calles y su poder para nombrar, ocultar, decidir quién cuenta, quién no y por qué.

Escritora, abogada y a veces académica. Deirdre Mask se graduó en el Harvard College con la máxima calificación, Cum Laude. Tras licenciarse pasó un año en la Universidad de Oxford con una beca Harlech antes de volver a Harvard para estudiar Derecho. Después pasó tres años trabajando como abogada y secretaria judicial federal antes de completar un máster en escritura en la Universidad Nacional de Irlanda como becaria Mitchell. Sus trabajos han aparecido en The Atlantic, The Guardian, The New York Times, The Economist, Lit Hub, The Harvard Law Review, The New Hibernia Review, The Dublin Review e Irish Pages. Originaria de Carolina del Norte, ha enseñado escritura en Harvard y ciencias sociales en la London School of Economics, y actualmente vive con su marido y sus hijas en Londres.
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Introducción

La dirección postal sí importa

Nueva York,

Virginia Occidental y Londres

Algunos años el 40 por ciento de las leyes locales aprobadas por el Consejo Municipal de Nueva York son modificaciones del nombre de las calles.[1] Considéralo por un instante. El Consejo Municipal es el órgano legislativo de la alcaldía. Tiene cincuenta y un miembros que supervisan el sistema educativo y el cuerpo de policía, los más grandes del país. Toman decisiones sobre urbanismo en una de las zonas más pobladas del planeta. Su presupuesto es más elevado que el de muchos estados; los supera a todos, salvo once, en número de población. Por si fuera poco, desde el siglo XIX las calles de Nueva York exhiben números y nombres, como Stuyvesant y el Bowery, que datan de cuando Manhattan era poco más que un puesto comercial holandés.[2]

E insisto: hay años en que el 40 por ciento de todas las leyes locales aprobadas por el Consejo Municipal de Nueva York son modificaciones del nombre de las calles.

El Consejo Municipal suele ocuparse de añadir denominaciones honoríficas al callejero. Por eso, cuando paseas por la ciudad, quizá levantes la vista y compruebes que estás en la calle 103 Oeste, pero también en Humphrey Bogart Place. También te puede pasar en Broadway con la 65 Oeste (Leonard Bernstein Place), en la 84 Oeste (Edgar Allan Poe Street), o la 43 Este (David Ben-Gurion Place). Hace poco, el consejo aprobó el Distrito de Wu-Tang Clan en Staten Island, Christopher Wallace Way (nombre real del rapero Notorious B.I.G.) en Brooklyn y Ramones Way en Queens. Solo en 2018 el Consejo Municipal añadió 164 nombres al callejero.[3]

Pero en 2007, cuando el Consejo Municipal rechazó una propuesta para nombrar una calle en honor a Sonny Carson, un activista negro, las protestas no se hicieron esperar. Carson había fundado el Black Men’s Movement Against Crack (Movimiento de Hombres Negros contra el Crack), había organizado manifestaciones contra la brutalidad policial y había impulsado una mayor participación de las comunidades en los colegios. Pero también aprobaba el uso de la violencia y apoyaba ideas inequívocamente racistas. Después de que una mujer haitiana acusara al dueño de una tienda coreana de agredirla, Carson organizó un boicot contra todas las tiendas de alimentación coreanas, en el que los manifestantes alentaban a los clientes negros a no gastar su dinero «con gente que no se parece a nosotros». Cuando le preguntaron si era antisemita, Carson respondió que era «antiblanco. No limites mis antis solo a un grupo de personas».[4] El alcalde Bloomberg declaró: «No se me ocurre nadie más indigno de una calle en esta ciudad que Sonny Carson».[5]

Pero las personas a favor de poner su nombre a una calle argumentaron que Sonny Carson había organizado a la comunidad de Brooklyn mucho antes de que Brooklyn le importase a nadie. El consejero Charles Barron, un antiguo pantera negra, dijo que Carson, veterano de la guerra de Corea, clausuró más antros de crack que todo el Departamento de Policía de Nueva York. No juzguen su vida ni sus declaraciones más incendiarias, pedían sus partidarios. En cualquier caso, Carson era una figura controvertida también para la comunidad afroamericana. Cuando el consejero Leroy Comrie se abstuvo de votar para cambiar el nombre, Viola Plummer, la ayudante de Barron, dio a entender que su carrera política terminaría con un «asesinato».[6] A Comrie le asignaron protección policial (Plummer insiste en que no lo dijo literalmente, sino que se refería al asesinato de su carrera).

Cuando el consejo finalmente rechazó la propuesta para dedicarle la calle a Carson (al mismo tiempo que aceptó otras para darle una a Jerry Orbach, actor de Ley y orden y otra al coreógrafo Alvin Ailey), unos cientos de residentes de Brooklyn tomaron el cruce de Bedford con Stuyvesant y colocaron su propio rótulo de avenida Sonny Abubadika Carson en Gates Avenue. El consejero Barron señaló que Nueva York había honrado históricamente a hombres dudosos, incluido Thomas Jefferson, un esclavista «pedófilo». «Nos volveríamos locos si nos pusiéramos a cambiar los nombres de las calles para librarnos de estos esclavistas», declaró ante la multitud enfurecida.[7]

«¿Por qué los líderes de la comunidad pierden el tiempo preocupándose por el nombre de una calle?», se preguntaba Theodore Miraldi, un hombre del Bronx que escribió al New York Post.[8] Una excelente pregunta, señor Miraldi. ¿Por qué nos preocupa el nombre de una calle?

Luego volveré al tema. Primero, otra historia.

No tenía previsto escribir un libro entero sobre los nombres del callejero. En realidad, solo me disponía a escribir una carta. Residía en el oeste de Irlanda y le había enviado una tarjeta de felicitación a mi padre, que vive en Carolina del Norte. Pegué un sello en el sobre y cuatro días más tarde la tarjeta apareció en el buzón de mis padres. Se me ocurrió un pensamiento no demasiado original: debería haberme salido mucho más caro. ¿Y cómo se repartían las ganancias Irlanda y Estados Unidos? ¿Habría un contable en algún cuartucho interior de la oficina de correos que dividía los peniques entre los dos países?

La respuesta a esa pregunta me condujo a la Unión Postal Universal (UPU). Fundada en 1874, la Unión Postal Universal, con sede en Berna, Suiza, es la segunda organización internacional más antigua del mundo. Coordina el sistema postal internacional. Pronto me perdí en su página web, que me sorprendió por la cantidad de contenidos interesantes, desde artículos sobre banca online y detección de narcóticos en los envíos a entradas más ligeras sobre el Día Mundial del Correo o concursos epistolares internacionales.

Cuando contesté mi propia pregunta —la UPU tiene un complejo sistema para decidir qué tarifas aplica cada país por hacerse cargo del correo internacional—, me topé con una iniciativa llamada Addressing the World, An Address for Everyone (Dirigirse al Mundo, Una Dirección para Cada Persona). Hasta entonces no sabía que millones de personas carecen de una dirección postal fija. Según la UPU, las direcciones postales son una forma muy económica de sacar a las personas de la pobreza, y les facilita el acceso al crédito, al voto y a los mercados internacionales. Y este problema no solo se da en los países en vías de desarrollo. No tardé en averiguar que hay zonas rurales de Estados Unidos donde no tienen direcciones postales. Cuando volví a casa de visita, le cogí prestado el coche a mi padre y fui hasta Virginia Occidental para comprobarlo con mis propios ojos.

El primer problema con el que me topé fue encontrar a Alan Johnston. Era un amigo de un amigo que había solicitado una dirección postal a las autoridades del condado. La calle donde vive nunca ha tenido nombre y su casa tampoco tiene número. Como la mayoría de las personas que residen en el condado de McDowell, tiene que ir a buscar su correspondencia a la oficina de correos. Cuando intentó que le enviaran un ordenador a casa, la empleada de Gateway le pidió una dirección postal. «Tiene que vivir en una calle —le dijo—. Tiene que estar en algún sitio». Llamó a la compañía eléctrica y metió a un comercial en la llamada para confirmar la ubicación de Johnston. A veces los repartidores lo encontraban, otras veces no. A veces tenía que ir en coche hasta Welch (población: 1.751 habitantes), a seis kilómetros de distancia, para encontrarse con un repartidor nuevo de UPS.

Las indicaciones que Alan me dio para llegar a su casa llenaban media página, pero tomé mal la primera salida. Fue entonces cuando descubrí que los habitantes de Virginia Occidental tienen una creatividad pasmosa para dar indicaciones. Un hombre que trabajaba a pecho descubierto en el jardín cruzó a toda prisa una calle atestada para avisarme de que girara a la izquierda pasado el hospital. Terminé girando a la derecha y me vi en un camino lleno de vides silvestres. A cada kilómetro que avanzaba, el camino se estrechaba. Retrocedí por donde había venido y vi a un hombre apoyado en su camioneta, en medio de un calor pegajoso. Bajé la ventanilla.

—Estoy buscando Premier —le dije el nombre del pequeño núcleo urbano no incorporado donde vive Johnston. Él me observó primero a mí y luego al sedán negro de mi padre.

—Pues andas un poco desencaminada —contestó, con toda la razón. Le pedí indicaciones, pero él negó con la cabeza—. Si no te acompaño, no lo encontrarás nunca.

Desoyendo mis protestas, este extraño apagó el cigarro, se subió a la camioneta y me guio más de un kilómetro hasta una carretera donde vi la vieja emisora de radio que Johnston me había señalado como punto de referencia. El hombre hizo sonar el claxon y se desvió, yo me despedí con la mano hasta que lo perdí de vista.

Ahora sabía que estaba cerca. Johnston me había indicado que si pasaba por delante de B&K Trucking, me habría pasado de largo. Pasé delante de B&K Trucking y di media vuelta. Dos trabajadores municipales estaban rastrillando el arcén cuando me detuve a preguntar si iba en la buena dirección.

—¿A qué B&K Trucking se refería? —me preguntaron, secándose el sudor—. Hay dos concesionarios con ese nombre en esta carretera.

Pensaba que estaban de...



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