Mason | La Liga del Tiburón | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 352 Seiten

Reihe: La liga del Tiburón

Mason La Liga del Tiburón


1. Auflage 2013
ISBN: 978-84-675-6047-3
Verlag: Ediciones SM España
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, 352 Seiten

Reihe: La liga del Tiburón

ISBN: 978-84-675-6047-3
Verlag: Ediciones SM España
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



La ciudad isleña de Port Fayt es un nido de contrabandistas y piratas, soplones y comerciantes ávidos de dinero, brujas y estafadores. Pero también es un refugio para criaturas como los trolls, goblins, duendes, elfos, ogros, enanos y hadas que huyen del fanatismo asesino de la Alianza de la Luz. Y además, es el hogar de Grubb -un huérfano de once años, medio goblin y medio humano, que sobrevive a pesar de los 'cuidados' de su tío-, y de Tabitha -una muchacha de la misma edad de Grubb que acaba de ingresar en la Liga del Tiburón-. Sí, la Liga del Tiburón: ese grupo de seres en cuyas manos está la salvación de todo Fayt...

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Capítulo 2


Las botas del capitán Newton pisaban con fuerza los adoquines, todavía húmedos por el chaparrón que había caído la noche anterior.

Era mediodía, y los faytanos abarrotaban el muelle. Los estibadores hacían rodar los barriles por las pasarelas y discutían las tarifas con los agobiados oficiales. Los comerciantes regateaban, se estrechaban las manos e intentaban timarse los unos a los otros. Los vendedores de comida se mezclaban entre la multitud y ofrecían grasientos cucuruchos de papel llenos de marisco, rodajas de pulpo frito y jarras de grog, mientras maldecían a las hadas mensajeras que revoloteaban por el aire cumpliendo los recados de sus señores. En la bahía, los marineros se encaramaban sobre los aparejos, largaban velas, levaban anclas y soltaban órdenes a gritos.

Si los faytanos eran la corriente sanguínea de la ciudad, el puerto era el corazón que latía.

Newton asintió para sí. Hacía un día precioso, la verdad: aire húmedo, cielo azul brillante y una brisa agradable. Justo como a él le gustaba. Su hada mensajera, un varón llamado Slik, revoloteaba delante de él. Los rayos de sol hacían relucir sus diminutas alas.

–¡Buenos días, Newt! –le saludó un pescador.

–Buenos días, Jones. Qué, ¿pican o no pican?

–Pican, pican.

Sí: aquel iba a ser un buen día.

Aunque estuvieran atareados, los faytanos se las arreglaban para apartarse de su camino. El capitán Newton era humano, pero su tamaño igualaba el de un troll. Su cabeza rapada estaba llena de cicatrices, y su rostro mostraba un tatuaje de un tiburón azul: la marca de la Liga del Tiburón, los vigilantes de Port Fayt, amigos de todos los ciudadanos honrados y férreos enemigos de cualquier ladrón, filibustero, contrabandista o malhechor que se cruzara en su camino.

Resumiendo: no era buena idea buscar pelea con el capitán Newton, y no hacía falta ser un mago para adivinarlo.

Newton se detuvo en un ruinoso puestecillo de comida que había en el muelle y compró un bollo. Estaba caliente y dulce, y lo masticó con placer. Slik plegó las alas y se posó en el borde del mostrador, apoyando la espalda contra un salero mientras balanceaba las piernas.

–¿Le gusta, señor Newton? –preguntó el tendero, un joven elfo alto y delgado, casi tan pálido como su blanco delantal.

Newton asintió despacio, se metió un dedo en la boca y rescató un pedazo de entre las muelas.

–No está mal, nada mal.

–Lo hice especialmente para usted, ¿sabe?

–Hummmm –repuso el capitán con expresión escéptica.

–Con ingredientes especiales, señor Newton. Para un cliente especial.

Newton partió un pedacito y se lo tendió a Slik.

–¿Qué opinas?

El hada se metió el bollo en la boca, masticó durante unos instantes y después lo escupió con una mueca de asco.

–Horrible. ¿De qué está hecho? ¿De cuero relleno de moho?

–Disculpa a mi hada –dijo Newton echándole una significativa mirada a Slik–. Está delicioso.

El elfo tomó aire y se puso a fregar el mostrador con toda la intención. Slik captó la indirecta y saltó en el aire, planeando suavemente antes de aterrizar en el hombro de Newton.

–Bueno, más vale que esté rico, la verdad –comentó el tendero–. Es para la Gran Fiesta de esta noche, ¿sabe? Un pedido especial de la Compañía del Basilisco. Tengo que entregarles trescientos bollos recién cocidos esta noche. Mi negocio va viento en popa, ¿no le parece, señor Newton?

–Pues sí, y le felicito.

Newton se limpió las migajas de la boca, rebuscó en el bolsillo de su raída casaca azul y lanzó una moneda de medio ducado sobre el mostrador.

–La Compañía quedará muy satisfecha –aseguró.

–¿Y a usted qué tal le va, señor Newton? –preguntó el elfo, guardándose la moneda en el delantal y buscando la vuelta–. Supongo que la Liga no dará abasto en estas fechas...

Newton acababa de abrir la boca para contestar cuando se empezaron a oír gritos de ira al otro extremo del muelle.

–¡Teníamos un trato, zángano estúpido! ¡No vales para nada!

Newton reconoció la voz y sonrió al elfo.

–Me temo que así es. Disfruta de la fiesta... y quédate con el cambio.

En el extremo del muelle, un pequeño goblin temblaba de rabia y gritaba a un capitán troll que era tres veces más alto que él. Era la primera vez que Newton veía a ese troll, pero conocía demasiado bien al goblin.

Jeb el Soplón.

Como rezaba un dicho del muelle, «lo que no sepa el Soplón, no merece la pena conocerlo». Jeb nunca revelaba de dónde sacaba la información, pero los vigilantes de la Liga del Tiburón habían conseguido arrestar a tanta gente gracias a su ayuda que estaban dispuestos a pasar por alto ese detalle.

Aparte de la fama que le proporcionaba estar siempre al tanto de lo que se cocía en el mundillo criminal de Port Fayt, Jeb el Soplón era conocido por su vestimenta. Aquella mañana lucía un chaleco de color naranja y una casaca morada con botones de diamante, ambas prendas tan grandes como si las hubieran confeccionado para un humano. En sus orejas puntiagudas resplandecían unos aros de oro. Newton no seguía de cerca los vaivenes de la moda, pero en su opinión, Jeb el Soplón parecía una cacatúa chiflada.

El troll rezongaba cuando Newton se acercó a ellos.

–Mira, si hay una tormenta yo no tengo la culpa. Sabes perfectamente que no se puede navegar bajo una maldita tormenta mágica, Jeb.

–¿En serio? Muy bien, pues por si no te habías dado cuenta, cabeza de chorlito, la tormenta fue anoche y hoy es hoy. Si no me equivoco, me prometiste que antes del festival me conseguirías la bilis de grifo que te pedí. ¿O no?

El troll se encogió de hombros.

–Hace años que no veía una tormenta así, Jeb. Y justo la víspera de la fiesta... Es un mal presagio, tan cierto como que existe la mar.

–¡Ah! ¡Presagios! Ya veo. Me temo que has oído demasiados cuentos de viejas. Lo siguiente que me contarás es que el mar está enfadado, que sus profundidades se agitan, y patatín y patatán. Y que esto lo diga un troll hecho y derecho...

Newton se acercó a Jeb por la espalda y le puso una mano en el hombro. El goblin se envaró y volvió su rostro de color gris hacia Newton. Sus ojillos pálidos giraban con nerviosismo en sus órbitas: debido a su trabajo, Jeb había acabado por ser exageradamente suspicaz.

–Oh, eres tú. Buenos días, Newt.

–Jeb...

El troll aprovechó la oportunidad para escabullirse.

–Menudo montón de estiércol de morsa –murmuró Jeb–. La gente se cree cualquier cosa... ¡Presagios, ja!

–¿Tienes alguna pista para mí hoy, Jeb?

El goblin se lamió los labios y miró a los lados en un ademán teatral antes de inclinarse hacia él.

–Es curioso que me lo preguntes, la verdad, porque sí que tengo algo. Y además es bien jugoso, si me pides mi opinión.

–Adelante.

–Eh, eh, no tan rápido, amigo mío –sonrió Jeb–. Hablemos primero del precio, ¿no te parece?

–El pago es el acostumbrado. Añádele el suplemento habitual si capturamos a alguien. Lo mismo de siempre.

–Vamos, Newt, yo solo intento ganarme la vida honradamente... –Newton enarcó una ceja–. Está bien, de acuerdo, como tú digas. Pero aquí no podemos hablar, ¿entiendes? Tenemos que ir a algún sitio un poco más privado.

Dos minutos más tarde, los dos tomaban asiento en una mesa apartada de la Casa de Terciopelo Spottington. El dulce perfume de las infusiones de grano de terciopelo cargaba el aire y se mezclaba con el humo de las pipas de los clientes. La Casa Spottington era uno de los establecimientos más antiguos y respetables de Port Fayt. Sus manteles estaban limpios y sus camareros eran amables; los pocos clientes que había eran ancianos, y la mayoría estaban medio dormidos. Era un lugar seguro para hablar.

Se sentaron mientras Jeb se acomodaba el chaleco dándole palmaditas y se colocaba los puños de la casaca. A esa distancia, Newton se dio cuenta de que los botones de diamante eran falsos y los pendientes no eran de oro, sino de simple latón pulido. En cambio, el resto de la indumentaria del goblin resultaba tan llamativo de cerca como de lejos.

–¿Sabes que pareces un camaleón histérico? –comentó el hada desde el hombro de Newton; para ser tan pequeño, Slik tenía la voz muy fuerte.

–Dile a tu hada que cierre el pico.

–Ya le has oído, Slik –ordenó Newton con voz severa–. Vigila esa lengua.

Slik refunfuñó un poco, bostezó y revoloteó hasta el mantel para echarse una siesta.

Un camarero les sirvió dos tazas humeantes de...



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