E-Book, Spanisch, 512 Seiten
Reihe: Ensayo
Mattei El orden del capital
1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-129529-6-4
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 512 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-129529-6-4
Verlag: Capitán Swing Libros
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Prof. asistente en el Departamento de Economía de The New School for Social Research y miembro de la Facultad de Ciencias Sociales del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton en 2018-2019. Tiene un doctorado en Economía de la Escuela de Estudios Avanzados Sant'Anna (Pisa, Italia) y una maestría y una licenciatura en Filosofía de la Universidad de Pavía. Actualmente está trabajando en un proyecto de libro que reevalúa críticamente la Edad de Oro del capitalismo (1945-1975) y su keynesianismo a través de la lente del capitalismo de austeridad.
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La magnitud de la Primera Guerra Mundial reconfiguró las economías capitalistas europeas. Muchas industrias privadas se convirtieron en públicas y los Gobiernos se transformaron repentinamente en compradores y vendedores en economías diseñadas para satisfacer las necesidades básicas internas e impulsar el esfuerzo bélico en el exterior. Fuera cual fuera el antiguo orden social, parecía estar cambiando.
El cambio no duró. Con el fin de la guerra, esas mismas naciones capitalistas se apresuraron a revertir sus economías a su estado anterior: verticalistas, capitalistas, privadas. Los sentimientos de igualitarismo de los tiempos de guerra fueron sofocados; el poder del trabajo organizado se diluyó. El capitalismo había vuelto.
El capitalismo era más que un sistema económico: era también un sistema de orden social. Si la guerra sirvió como un breve e incómodo devaneo con los principios básicos del socialismo —incluida una economía central planificada y una fuerte organización de los trabajadores—, el intento de posguerra de revertir todo eso fue un testimonio del poder y la influencia del capital sobre las naciones modernas.
El capital no es, como sugiere su uso más reciente, mera riqueza. De hecho, la acumulación de capital depende de dos pilares fundamentales: en primer lugar, pequeños grupos o individuos poseen los medios de producción; en segundo lugar, utilizan esos medios para la acumulación de riqueza mediante la contratación de trabajadores asalariados. Las relaciones salariales son la relación social primordial en cualquier sistema capitalista, y pueden observarse en cualquier lugar en el que un trabajador vende su capacidad de trabajo al empresario a cambio de un salario, una relación que se denomina capital. Mediante esta venta, el trabajador renuncia a decidir cómo se utiliza su trabajo y cuáles serán sus productos. Por ejemplo, una persona que trabaja como cajera en un banco realiza una serie de tareas obligatorias, y por ello recibe un salario, no una parte de los ingresos que produce, que tal y como está diseñado son mayores que su salario. Esta condición forma parte de todos los tipos de trabajos asalariados de nuestra sociedad, desde los peores hasta los mejor pagados. La mayoría de la gente lo considera una especie de orden natural de las sociedades modernas.
Pero no siempre fue así. El sistema capitalista fue objeto de una amplia experimentación política y formalización jurídica durante el siglo xvii. A mediados del siglo xviii, el capitalismo se había perfeccionado hasta el punto de que sus instituciones podían considerarse naturalizadas. La propiedad privada y las relaciones salariales ya no se entendían como instituciones históricas que evolucionaron a expensas de otros sistemas; eran el orden natural de las personas y las cosas. Como parte de este nuevo sistema, la política se entendía como algo separado de la economía. La política podía evolucionar; la economía se autogobernaba según los designios de Dios.[32]
Desde este punto de vista, una economía es «objetiva» porque está disciplinada por las leyes de mercado, incluidas las leyes de la oferta y la demanda. En este ámbito objetivo, la coacción económica queda oculta porque adquiere una forma impersonal: la mayoría de nosotros nos vemos obligados a vendernos en el mercado laboral para sobrevivir en una sociedad en la que, sin dinero, no podemos obtener alimentos ni vivienda. En una sociedad capitalista, las personas dependen del mercado.
A diferencia de las anteriores sociedades de clases —es decir, la esclavitud o el feudalismo—, la coerción en el capitalismo es peculiar por su carácter impersonal: no existe una figura dominante que dicte la venta de nuestro trabajo. Mientras que un siervo pagaría parte del producto de su trabajo a un señor debido a la influencia política de este y a la amenaza de represalias físicas, un empleado de Starbucks firma «voluntariamente» un contrato de trabajo sin ninguna presión personal de este tipo; la presión que experimenta procede de la alternativa, la miseria. Por tanto, en una sociedad capitalista, está ineludiblemente vinculada a fuerzas de mercado objetivas, una forma de coerción cualitativamente diferente de la de las sociedades precapitalistas.
La política, por otra parte, es el dominio de los Estados y los Gobiernos, lo que significa que la impugnación política todavía puede ocurrir bajo el capitalismo, pero sin desafiar al sistema económico. Por ejemplo, las demandas populares pueden incluir la introducción de un impuesto sobre el patrimonio o el refuerzo de los derechos laborales, pero la abolición de la riqueza privada y del trabajo asalariado está fuera de cuestión. Por lo tanto, el Estado sigue siendo un actor neutral con respecto al mercado, y su papel consiste principalmente en salvaguardar la propiedad privada y las relaciones salariales a través del Estado de derecho.
A mediados del siglo xix, con el establecimiento del patrón oro y la institucionalización de la ortodoxia financiera que surgió con él, las relaciones de clase capitalistas entre propietarios y trabajadores se afianzaron, y cualquier perspectiva de reivindicación redistributiva a favor del pueblo quedó eficazmente bloqueada. El patrón oro obligaba a los Estados a asegurar una cierta cantidad de reservas en sus arcas para poder cumplir su promesa de convertir la moneda en oro a un precio fijo. Por lo tanto, la prioridad de los Estados era evitar la salida de oro, una prioridad que implicaba una política fiscal y monetaria más restrictiva. El superávit comercial era la forma más segura de acumular reservas. Por el contrario, los déficits comerciales provocaban una salida de oro, ya que los países lo utilizaban para pagar sus importaciones.
Cualquier gasto público adicional, o cualquier flexibilización del crédito —las bases de las políticas redistributivas— darían lugar a fugas de oro y, por lo tanto, no eran viables.
Por otra parte, un presupuesto fiscal restrictivo podría reforzar los excedentes comerciales al reducir la demanda interna. Y unos tipos de interés más elevados —que prometían mayores rendimientos del capital a la vez que disuadían las importaciones al ralentizar la economía nacional— atraerían de nuevo lingotes de oro al país. De ahí que se normalizara el imperativo del rigor fiscal y monetario.
Antes de la Primera Guerra Mundial, este orden «natural» encontró su práctica más sólida en Gran Bretaña, el imperio capitalista por excelencia durante más de doscientos años, así como en Estados nación más jóvenes, como Italia. Pero la demanda de producción nacional de la guerra rápidamente produjo una subversión completa de estos fundamentos tan arraigados: de repente, el capitalismo no parecía tan natural, después de todo. Se produjo un colapso de la división entre lo económico y lo político que conllevó la disminución del estatus indiscutible de los dos pilares. Durante la guerra, el Estado derribó sus antiguos límites de actuación. Enfrentados a la elección entre la vida o la muerte, la victoria o la derrota, los Gobiernos de guerra se vieron obligados a aplicar prácticas económicas inauditas —o mejor, inimaginables— hasta ese momento. La capacidad de autorregulación del mercado había demostrado ser inadecuada para las necesidades productivas sin precedentes de la lucha bélica.
Como se verá en el capítulo 1, los Estados británico e italiano se vieron obligados a asumir un importante papel como productores: las industrias de guerra más importantes se pusieron bajo su control. Esto incluía no solo la producción de municiones, sino también los sectores estratégicos de la energía y el transporte, como el carbón, el transporte marítimo y los ferrocarriles. En este sentido, la otrora firme frontera entre propiedad privada y propiedad pública, entre empresarios y burócratas, perdió su apariencia de inamovilidad. Mediante el colectivismo de guerra, los Estados rompieron el tabú de la inviolabilidad de las organizaciones privadas de producción. Por primera vez, estos Estados subordinaron también la prioridad del beneficio económico privado a la de las necesidades políticas. El inmediato colapso del patrón oro sirvió para facilitar estas novedosas prioridades políticas. Con él, surgieron espacios para alternativas financieras que no se habían pensado anteriormente. Mientras tanto, también se rompió un segundo límite fundamental: los Estados empezaron a regular fuertemente el mercado laboral —incluyendo facetas como la movilidad laboral, las condiciones de trabajo y los salarios— en todas las industrias bélicas clave, incluso en aquellas que no controlaban directamente. Al hacerlo, el Estado amenazaba el segundo pilar capitalista: las relaciones salariales. Frente a estos acontecimientos, los trabajadores que se enfrentaban a salarios más bajos y a una disciplina más dura vieron que sus cargas no eran el resultado de fuerzas impersonales del mercado, sino de decisiones gubernamentales explícitas. La intervención política en las relaciones laborales, una necesidad de la guerra, puso de manifiesto cómo las relaciones de...




