E-Book, Spanisch, Band 445, 332 Seiten
Reihe: Nuevos Tiempos
McGuinness Echadme a los lobos
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-17996-87-1
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 445, 332 Seiten
Reihe: Nuevos Tiempos
ISBN: 978-84-17996-87-1
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Patrick McGuinness (Túnez, 1968) es crítico, poeta y profesor de Francés y Literatura comparada en la Universidad de Oxford. Echadme a los lobos es su segunda novela.
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Un lugar donde siempre es ahora
Cerca del colegio hay un puente. Para llegar a las pistas deportivas del otro lado del estuario, los chicos tienen que cruzarlo, y eso hacen tres veces a la semana, llueva o haga sol. Muy metido en agua ha de estar el día para que se cancele un partido, incluso la más estúpida de las actividades compensatorias. «Es la hora del puto corpore sano», dice el señor McCloud, su profesor de educación física, un fumador empedernido que huele siempre a whisky, que se dirige a los chicos como si fueran amigotes del pub y habla con ellos de personajes históricos como si los hubiera conocido en persona. Puede decirte a qué les huele el aliento, qué tienen entre los dientes, cómo andan o cómo llevan las uñas. A los chicos les cae bien, pese a que es irritable e imprevisible, y, cuando se enfada, se vuelve salvaje y parece capaz de morderte. Es corpulento, con forma de barril, y resuella como un acordeón cuando se agacha a atarse los cordones o a recoger una tiza o un cigarrillo. Tiene mala memoria, confunde sus nombres, llega tarde y se marcha antes de la hora, pero a los chicos les gustan sus chistes. No hace falta decir que son chistes guarros. Algunos de los alumnos mayores van a su casa por la noche a beber, fumar y ver películas. Cuando vuelven, huelen a adulto.
Todos tienen sus motivos para ir al puente: el principal es fumar cigarrillos y beber el vodka o la ginebra que pueden comprar en la tienda de la esquina; más adelante irán para verse con chicas o simplemente para disfrutar de las vistas. Un chico, ahora empresario de éxito, recoge páginas de revistas pornográficas en los alrededores del puente y en las cuevas y peñascos cercanos a los acantilados, hojas tiradas desde los coches o desechadas por pajilleros de matorral después de aliviarse. A menos que tenga mucha suerte, las encuentra empapadas por el rocío, así que se las lleva y las seca en el radiador del colegio para luego venderlas. Hay una lista de precios: las páginas enteras son caras, y hace descuentos por las que están estropeadas o incompletas. También las ofrece en alquiler.
No estamos lejos del puerto, desde donde los barcos, cuyas sirenas pueden oírse cuando el viento sopla en la dirección adecuada, transportan sus toneladas de contenedores a través del canal de la Mancha. Este es un condado acuático, con un sistema venoso de afluentes, bordeado de ensenadas y estuarios, con la costa calcárea hostigada por las olas y sus ríos desaguando en el mar. Es un condado de puentes y embarcaderos y viaductos, y es difícil moverse mucho tiempo en cualquier dirección sin encontrarse con agua. A veces, cuando sube la marea, los puentes parecen peinar el río más que cruzarlo. McCloud los llevó en una ocasión a ver los viaductos de Medway, tres líneas de ferrocarril y de carretera que cruzan el río, donde pronto construirán un túnel hasta Francia que, según él, dejará obsoletos los transbordadores.
El puente une las dos mitades de la ciudad: un lado, refinado, residencial y de clase alta; el otro, una extensión de viviendas de protección oficial, polígonos industriales y centros comerciales de baja categoría. Hay hostales para viajeros que llegan tarde a su transbordador y pubs para los que llegan demasiado pronto. «Dos ciudades separadas por un puente —bromea McCloud cada vez que lo cruzan—. ¿Lleváis el pasaporte, chicos? ¿Os habéis vacunado? Nos adentramos en el continente oscuro...».
Es difícil resistir la tentación de mirar hacia abajo, al lodo marrón del estuario, al cieno y la refulgente arenilla color perla, al pequeño surco abierto por el chorro de agua, delgado como lluvia, que cae por un canalón. Bajo la luz del sol, el fango se comba y se ondula. No necesita mucha luz para parecer vivo. Y atrayente: un cojín de brillante seda marrón. La idea de saltar resulta tentadora.
Al chico le fascina el olor que sube y que arrastra el viento. Es el olor de los estuarios: por un lado, desagüe; por el otro, mar abierto. Debería darse una acusada discordancia, pero aquí armonizan bien, como un plato agridulce: uno es obstrucción, podredumbre y estancamiento; el otro, movimiento, huida y libertad. El muchacho recita el rosario de ciudades portuarias: Zeebrugge, Ostende, Calais, Cherburgo, Dieppe, Róterdam...
Y siempre puedes saltar. Puedes saltar cuando quieras. No es tanto el sufrimiento como la curiosidad lo que te hace mirar hacia abajo y sentir ganas, lanzar tu mente hacia delante e imaginar cómo sería caer; caer y caer y caer. El chico se siente hipnotizado por las vistas, por su plenitud. Pocas cosas dan tanta sensación de totalidad como lo que ve cuando mira hacia abajo. No es el hecho de morir lo que le atrae (no es ni mucho menos tan infeliz como para eso), aunque le gusta imaginar cuánta infelicidad haría falta: qué dosis, medida mililitro a mililitro en la jeringuilla de la desolación, grado a grado en el termómetro de la tristeza... No, no tanto morir como su naturaleza hipotética. Es la idea de verte después a ti mismo lo que te atrae, separándote de tu cuerpo como la punta de la pluma se separa de las letras que deja en la hoja, para después ver tu caparazón mientras lo abandonas, y luego a la gente en la distancia. Aunque en realidad eres tú en la distancia; tú eres la distancia; un muerto, en eso te has convertido.
Se imagina la muerte como uno de esos planos aéreos de las películas bélicas, en los que un helicóptero despega dejando a algunos soldados en tierra, y estos corren, pero no llegan a tiempo y piden a gritos que los esperen y alargan la mano y sus dedos tocan los de sus compañeros y se aferran a ellos y resisten hasta que al fin se separan; y el helicóptero se eleva, vacilante al principio, hasta que se estabiliza y se aleja, reacio, como a regañadientes, y los soldados abandonados se hacen cada vez más pequeños y el enemigo los atrapa o los acribilla, y todos se convierten en pequeños puntos antes de desaparecer; y entonces es todo jungla, y después solo cielo.
Y bueno, también está la ventaja de no tener que ir por ahí arrastrando este cuerpo horrible, de soltar las cadenas que te unen al animal ardiente que eres.
Cuenta la leyenda que una mujer victoriana saltó del puente y vivió, como suele decirse, para contarlo, gracias a que su gran vestido se hinchó e hizo las veces de paracaídas de crinolina. Estaba perdidamente enamorada y la habían dejado plantada. Pero, si el suicidio tiene un opuesto, eso es lo que le pasó a ella: sobrevivió, acabó conociendo a otro hombre, se casó, tuvo tres hijos y vivió hasta una edad avanzada.
Sería poco probable que alguien sobreviviese hoy, y el chico lo sabe, porque: 1) la velocidad a la que entraría en contacto con el agua le mataría en el acto; 2) su corazón estallaría de miedo mucho antes, igual que los lirones revientan por dentro cuando los coges; o 3) se hundiría tan profundamente en el lodo que se asfixiaría. Es la imagen de la mujer la que tiene el chico en la cabeza cuando él y sus amigos miran hacia abajo o tiran bolas de papel, envoltorios de chocolatinas, pañuelos o monedas por encima del parapeto e intentan cronometrar la caída.
Desde unos metros de altura, el agua es hospitalaria. Se abre y te deja entrar. A partir de veinte metros, es como piedra. Te destroza como si impactases contra un suelo de baldosas. Aprendieron eso en clase de física.
Otro motivo por el que resulta tentador dejar que tu imaginación acaricie la idea de caer es lo ridículamente fácil que sería: el parapeto tiene una altura de poco más de un metro veinte. Para la mayoría de los chicos, eso significa apenas la altura de los hombros. Un pequeño salto, apoyándote en la barandilla de madera para darte impulso, y pasarías a estar al otro lado, y de ahí a caer, y de ahí a estar muerto. Tal vez la caída se hiciera interminable, pese a que duraría solo unos segundos. Podrías vivir toda una vida hacia atrás en esos segundos: volviendo al nacimiento, como dice la creencia popular, el moribundo ve pasar toda su vida ante él. Uno siente curiosidad por saber si la misma historia contada al revés será, a fin de cuentas, la misma historia.
En ese momento, arriba de nuevo, en el puente, piensas que tardarías unos pocos segundos y una vida entera en llegar al cieno del estuario; una arena fría, brillante y tan fina que podría utilizarse para medir el tiempo en un reloj. Quizá por el camino podrías cambiar algunas cosas, aprovechar esa segunda oportunidad, ¿quién sabe? Hacer correcciones.
El chico a veces lleva a pasear allí su introspección, que, como todo en él, necesita hacer ejercicio. Seguramente es lo único que ejercita un poco, incluso en ese colegio que tanto fomenta el deporte. Siempre hay alguien más en el puente y, aunque lo considera un lugar extremadamente solitario, se da cuenta, años después, de que nunca estaba allí solo. Siempre había alguien más, a veces incluso seis o siete personas, todas haciendo lo mismo: asomarse por encima del parapeto para mirar el fondo del estuario. Una vez vio a alguien apuntándose en el dorso de la mano con un bolígrafo el teléfono de los Samaritanos, cuyo anuncio está pegado en los pilares de ambos extremos del puente. De momento, el chico se apoya en el parapeto, con los brazos colgando y la barandilla encajada en los sobacos. Su abuela es modista, y el uniforme se lo ha hecho ella. La forma en que el viento le mordisquea y le dobla la ropa le recuerda el día que le tomaron medidas para la chaqueta y los pantalones. Lo medían para hacerle un traje de aire, de modo que puedan vestirlo en su urgencia por caer.
Años después, vuelve al puente. El número de teléfono de los...




