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Medina Balguerías | Atraidos por lo humilde | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 160 Seiten

Reihe: Sauce

Medina Balguerías Atraidos por lo humilde


1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-288-3391-2
Verlag: PPC Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 160 Seiten

Reihe: Sauce

ISBN: 978-84-288-3391-2
Verlag: PPC Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Todos tenemos deseos: las cosas nos gustan, las personas nos atraen, perseguimos aquello que nos llama la atención o que creemos que va a colmar un anhelo. Y rara vez nos contentamos con alcanzar una meta o un objeto; siempre que creemos estar satisfechos, nos damos cuenta de que en realidad no es así, y volvemos irremediablemente a desear. Este dinamismo del 'siempre más' se refleja en todas las dimensiones de la vida, y al final nos lleva a la pregunta por Dios: el cristianismo empieza porque alguien responde al deseo que hay en nuestro corazón y nos enseña a explorarlo y vivir desde él en comunión con los demás y con Dios. La humildad es un requisito indispensable del amor y una clave fundamental para todas estas relaciones.

Marta Medina Balguerías ha estudiado el grado de Filosofía y el bachiller de Teología en la Universidad Pontificia Comillas ICAI-ICADE. Actualmente cursa la licenciatura en Teología dogmática y fundamental en esa misma universidad. Es la secretaria de la cátedra Francisco José Ayala de Ciencia, Tecnología y Religión de la universidad comillense y también de la revista 'Razón y Fe'. En lo pastoral, ha sido catequista durante muchos años en la parroquia de San Alfonso María de Ligorio (Madrid) y ha colaborado en otras actividades, como campamentos o el Camino de Santiago. También dirige charlas formativas a jóvenes.
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«... POR LO HUMILDE»


VIVIR DE APARIENCIAS

«Atraídos [...] por lo humilde» (Rom 12,16). A simple vista parece poco verosímil. Hoy en día atrae lo que llama mucho la atención, y quizá por eso todo invita a tener éxito, ser famoso, rico y reconocido... o al menos a parecerlo. Se trata de ser el centro de las miradas para atraer a los demás. En principio se busca atraer de verdad, con características personales que los demás valoren realmente, pero, a falta de dichas características, nos vale con aparentar tenerlas. Más o menos a esta realidad se refiere el término «postureo»: vivir de posturas –o im-posturas–, de apariencias?2.

La inseguridad y el deseo de aprobación se infiltran en nuestras vidas sin que nos demos casi ni cuenta y consiguen que vivamos más para alimentar la imagen que queremos dar que para ser realmente nosotros mismos. Esto sucede con las cosas más variopintas: queremos ser, o en su defecto parecer, los más fuertes, los más listos, los más exitosos, los más buenos, los más malos (en esto es cuestión de perspectivas, según lo que valoren los que tenemos cerca); incluso los más tristes o los más desdichados. La cosa es ser lo más; de qué lo seas es secundario.

Sin embargo, en esto experimentamos una aparente contradicción. Vivimos de apariencias y las buscamos como los demás, pero a la hora de soñar nos atraen más las personas que logran algo grande siendo auténticas y que además no presumen de ello. Esto es especialmente notorio en los adolescentes. Basta con echar un ojo a las actuales sagas de libros y películas juveniles: en la mayoría, la heroína –porque últimamente suelen ser siempre mujeres– es alguien que se considera del montón, que no confía excesivamente en sí misma, normalmente algo tímida y que esconde en sí un gran potencial que acaba saliendo a relucir. Suele ser también una persona noble y preocupada por el bien de los demás que no busca ser el centro de atención. Vale la pena preguntarse por qué tienen tanto éxito este tipo de protagonistas en una sociedad que vive de las apariencias.

¿APARIENCIA O AUTENTICIDAD?

Quizá esta supuesta contradicción nos esté hablando sobre quiénes somos. Por un lado, queremos llamar la atención para tener a los demás de nuestra parte. Por otro, aunque nos atrae quien consigue aparentar éxito, nos atrae más aún quien lo acaba teniendo sin perseguirlo como objetivo en sí mismo. Es decir, nos gustan las personas que triunfan sin dejar de ser ellas mismas y sin necesidad de pisotear a los demás en su camino hacia ese éxito que todos ansiamos.

En el fondo, no es tan contradictorio como podría parecer. Si queremos llamar la atención de los demás, es porque los deseamos –como dijimos en el capítulo anterior– para cumplir nuestro objetivo en la vida: amar y ser amados. Este deseo es tan fuerte y tan medular en nuestra vida que el miedo a no cumplirlo nos lleva fácilmente por el camino de la apariencia y la inautenticidad. Si no conseguimos conquistar a los demás por quiénes somos (pues al mirarnos a nosotros mismos nos solemos ver como muy poquita cosa), al menos lo intentaremos aparentando ser alguien digno de atención, digno de amor.

Quien más nos cautiva, en realidad, son aquellos que consiguen esa atención y ese amor del prójimo sin vivir de las apariencias, siendo quienes son, sin alimentar ese miedo al qué dirán los demás o a ser rechazados. Nos encantaría vivir así también, pero el miedo a no ser aceptados es tan fuerte que preferimos dejarnos llevar por la moda, las opiniones ajenas o cualquier otro aparente camino más rápido hacia el éxito que nos disuade de emprender nuestro propio camino, mucho más incierto (aunque, en realidad, es el único que puede llevarnos a buen fin).

Así, nuestra vida es una especie de pugna entre el fingimiento y la autenticidad; entre el miedo a estar solos y la valentía de ser nosotros mismos, corriendo el riesgo de no gustar como somos; entre la apariencia y la realidad; entre buscar superficialmente satisfacer nuestro deseo más íntimo de amor o ahondar en nuestro propio ser para llegar al meollo de ese deseo. Llamémoslo como queramos: es una lucha entre la tentación de diluir quienes somos, empujados por fuerzas ajenas, y la vocación de ser nosotros mismos, encontrando nuestro lugar y misión en la vida.

LA FALSA SEGURIDAD

La tentación se alimenta de nuestro miedo. Nos ofrece una salida fácil, un atajo para conseguir lo que queremos, y siempre lo presenta como algo bueno o con un fin bueno. La tentación es muy astuta. Nunca va a instar a elegir el mal por sí mismo (eso más que tentación es perversión). Lo que busca es que se consientan medios malos por un supuesto fin bueno (que a veces lo es y a veces no, pero casi siempre lo parece).

El miedo que sentimos se deriva de nuestros propios deseos. Cada persona somos el centro de nuestro mundo y nos da seguridad sentir que efectivamente lo somos. Por eso es frecuente que tengamos impulsos egoístas: seguir siendo el centro y que los demás se dobleguen a nuestra voluntad nos da esa sensación de control sobre nuestra vida y nos hace creer que tenemos más posibilidades de que nuestros deseos se cumplan.

La clave de todo el asunto está en que lo que realmente llena nuestro deseo, como antes decíamos, es el amor del prójimo. Y ese amor no puede comprarse ni puede extorsionarse. Cuando se intenta conseguir por ese tipo de medios, fracasa, porque no es verdadero amor, ya que no es libre. Esa es la trampa de aparentar: cuando tenemos a todos a nuestro alrededor por todo lo que tenemos, por nuestro éxito, por lo que parecemos ser, nos damos cuenta de que no nos vale para nada, porque nunca sabremos si alguien nos quiere realmente por nosotros mismos.

Ser el centro de nuestro mundo nos da –falsa– seguridad, pero a la larga nos deja vacíos. Porque, si estamos hechos para amar a los demás, no es posible realizar esta meta si nos encerramos en nosotros mismos y pretendemos que sean los demás los que vengan a nosotros. Si alguien no está dispuesto a amar, difícilmente va a construir alguna relación profunda y verdadera con los demás. Y para ello no solo hay que pretender recibir, sino también estar dispuesto a dar.

A pesar de la fuerza de nuestros miedos, es posible salir de nosotros mismos y realizarnos en ese destino «excéntrico» –«fuera de nuestro centro»– que tenemos. Para ello hay que tener la valentía de querer ser tú mismo y buscar quién es el otro en sí mismo con sinceridad y apertura. Y esto solo se consigue siendo humilde.

HACIA UNA DEFINICIÓN DE «HUMILDAD»

La humildad es un requisito indispensable del amor. Sin ella no podemos relacionarnos bien con los demás, y por eso sin ella es imposible amarlos del todo. Es la característica que nos atrae de los verdaderos héroes y las verdaderas heroínas de las historias que nos cautivan. Y en el fondo es un atributo que nos atrae de cualquier otra persona, aunque es difícil darse cuenta con tanto ruido que hacemos intentando llamar la atención a toda costa.

Pero ¿qué es realmente la humildad? A veces utilizamos las palabras de forma diferente, porque cada uno les damos nuestra propia connotación. Hay quien habla del humilde como aquel que tiene falsa modestia y nunca quiere admitir lo que hace bien para que otros se lo digan. En ocasiones se usa este adjetivo para hablar de quien no tiene autoestima. También para referirse a quien tiene orígenes modestos y no procede de una familia acaudalada o famosa. Por lo general suele emplearse para hablar de gente que no busca ser el centro de atención o que, por cualquier motivo exterior a sí mismo, no lo es.

Las distintas definiciones y los diversos usos de la palabra tienen algo en común, pero conviene precisar cuáles de las características mencionadas forman parte de la verdadera humildad y cuáles son añadidos por las connotaciones que damos a la palabra y que no responden a lo que realmente es una persona humilde. Aunque quizá puedan existir distintas definiciones, aquí buscaremos la acepción que más nos ayude a entender el dinamismo espiritual que nos conduce hacia el amor del y al prójimo.

Comenzar con la definición de «humildad» que da el Diccionario de la RAE puede ayudarnos a abrirnos paso en este conjunto de opiniones diversas: «1. f. Virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento. 2. f. Bajeza de nacimiento o de otra cualquier especie. 3. f. Sumisión, rendimiento».

Como vemos en la primera acepción, la verdad sobre uno mismo es imprescindible para la humildad, y también lo es su consecuencia práctica: «Obrar de acuerdo con este conocimiento». Así, la persona humilde es aquella...



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