El ser humano, ese animal de profundidades.
Revelar, del latino,
[3] significa «apartar el velo», dejarlo caer, manifestar lo que estaba oculto tras él. Es también un «aparecer» (), un «hacer conocer» (), un «desvelar» (). El hecho de que se haya aplicado este término al campo de la fotografía no deja de ser pertinente: mediante un determinado procedimiento químico, la huella que ha quedado grabada en la placa libera la imagen presente pero escondida. En la superficie se halla la impresión, pero es inaccesible a la vista. Para que salga a la luz se tienen que realizar determinadas operaciones en una cámara oscura. Las religiones son esas cámaras, estos ámbitos de revelación, donde, mediante determinadas prácticas (textos, normas, dogmas, símbolos y ritos), se desvela una visión de la realidad. Si no se entra en ellas es imposible acceder a la realidad que a través de ellas se manifiesta. Sin embargo, a diferencia de las placas fotográficas, en toda revelación religiosa se da también, y simultáneamente, un ocultamiento: si bien se descorre el velo, es mucho más lo que queda sin ser mostrado que lo que ha sido atisbado. El como partícula de retroceso adquiere entonces uno de sus otros sentidos, el intensificador: el velo densamente para que lo Trascendente no se considere nunca agotado. Toda revelación aumenta el Misterio, no lo desgasta.
Con todo, hay que decir que el concepto de es más propio de las religiones monoteístas o personalistas, las cuales conciben la existencia de un Ser trascendente que se manifiesta a sí mismo o que muestra algún aspecto de sí mismo. El ser humano no puede poner la mano sobre ello. En cambio, en las religiones oceánicas o suprapersonales, más que de , se habla de o de , lo cual se concibe como un proceso de transparentación o diafanización de la conciencia mediante la supresión del ego que comporta una nueva percepción de la realidad. A pesar de ello, utilizaré el término porque es más cercano a nuestro universo mental y porque no traiciona la experiencia religiosa de Oriente, tal como intentaré mostrar, en la medida en que pretende indicar una experiencia de apertura y de conocimiento de la realidad diversa de la ordinaria. Lo que varía es considerar si esta experiencia procede de o de .
1. Elementos del acontecimiento revelatorio
En todo proceso revelatorio se pueden destacar tres aspectos. En primer lugar, la mostración de un contenido sobre algo que trasciende el mundo o la realidad ordinaria, en la que, muchas veces, el Ser que se revela es al mismo tiempo su contenido. En segundo lugar, la existencia de un receptor que se halla implicado de manera enteramente pasiva, el cual queda transformado por la radicalidad y contundencia de tal experiencia y queda marcado por un antes y un después en su comportamiento y en su vida. El tercer elemento es la comunicación de esa revelación a otras personas, las cuales son llamadas a adherirse incondicionalmente para que su contenido sea eficaz. Veamos con un poco más de detenimiento cada uno de estos factores.
Toda revelación supone la recepción de un contenido que aporta algún tipo de conocimiento y orientación sobre la realidad esencial, un conocimiento que tiene carácter soteriológico, esto es, salvífico. En lo que se desvela está en juego la Vida, la Vida verdadera, lo único que realmente importa, lo que da consistencia a los demás ámbitos de la realidad. Detrás de toda revelación está en juego la dirección y sentido de lo existente, su origen y su destino. Por ello toda revelación es sagrada y por ello también es fundamental para el ser humano discernir lo que es revelación de lo que es invención, alucinación o engaño.
Ahora bien, lo que las religiones consideran no atañe únicamente al ámbito de lo trascendente, sino que, desde él, habla de lo humano y de lo cósmico. Todo contenido de revelación comprende, inseparablemente, atisbos sobre Dios o la Realidad Última, sobre el ser humano y sobre la sustancia del mundo. Su modo de transmitirlo no es fragmentario, sino que pone en relación los tres ámbitos desde un horizonte de trascendencia y de finalidades últimas. De aquí su carácter , religioso.
Lo que comunica es siempre, de un modo u otro, una paradoja que está constituida por una afirmación y una negación inseparables: implica una afirmación sobre el Ser trascendente, a la vez que supone una negación de las categorías ordinarias con que la mente humana tiende a concebirlo; es también una afirmación sobre la condición humana y su sacralidad, pero a la vez conlleva una negación de ciertas evidencias que llevan a instalarnos en ellas; es una afirmación de la consistencia y sacralidad del entorno cósmico, pero supone también una superación de lo que espontáneamente captan los sentidos.
El efecto revelatorio comporta, pues, un triple descentramiento de las propias evidencias, tanto de las personales como de las aceptadas por el grupo: hacia la Realidad o el Ser trascendente, hacia los demás y hacia las cosas del mundo. Sin este triple excentramiento —que, en su fondo, es un único descentramiento, porque lo que hace es desplazar el propio centro hacia algo mayor que uno mismo— no hay revelación, sino repetición del propio psiquismo o del contenido cultural bajo la forma de disfraz religioso. Ahora bien, este descentramiento supone, al mismo tiempo, un recentramiento, en la medida en que devuelve a cada persona a su más profundo centro, haciéndola crecer desde su propio fundamento. La revelación no es una alienación, sino una anticipación de realidades y de comprensiones a las que la conciencia antes no tenía acceso. No saca de la realidad, sino que abre y se adentra más en ella. Al abrir, altera, pero esta alteración no enajena sino que permite descubrir ámbitos de mayor luminosidad y profundidad que los que antes se habían percibido.
La experiencia revelatoria varía según se conciba su Fondo. Existen fundamentalmente tres modos. El primero lo comprende como la dimensión sagrada del mundo, presente en las cosas mismas, que las vivifica desde dentro. Tal es lo propio de las religiones aborígenes. En su cosmovisión, o mejor, en su cosmosensación, dioses, mundo y humanos forman un todo entrelazado. Todos los seres se perciben como habitados, transidos de un alma que hay que aprender a captarlo.
El segundo modo lo concibe como un Ser trascendente que tiene la iniciativa de mostrarse. A esta concepción corresponden las religiones monoteístas o personalistas, principalmente el judaísmo, el cristianismo y el islam, y entre las cuales se hallan también el zoroastrismo, el sikhismo y la fe bahá'í. Todas ellas conciben la revelación como un ámbito que se halla en otras dimensiones distintas que la ordinaria, desde donde Alguien o Algo «desciende», «se muestra». Se pueden asociar con las , referidas y atraídas por el Totalmente Otro, más propias de Occidente y del Medio Oriente. Frente al mito de Prometeo, que osa robar el fuego de los dioses, la experiencia religiosa de las religiones monoteístas está radicalmente marcada por el carácter descendente por parte de Dios, que se manifiesta libre y gratuitamente. La revelación es iniciativa del Ser divino, que no se reserva sino que desea darse. En la Biblia queda resaltado a través de múltiples relatos, comenzando por la Creación, donde repetidamente se insiste en el impulso divino: «Y dijo Dios: —Que se haga la luz; y la luz se hizo; y dijo Dios: [...]» (Gn 1,3ss); prosigue con las promesas y alianzas hechas a Abraham, a Moisés y a los profetas; el Nuevo Testamento está constituido por el descendimiento encarnatorio, y el islam, por el descendimiento del Libro eterno. Los mediadores son sólo receptáculos, no conquistadores, que se sienten elegidos para sorpresa y desconcierto de sí mismos.
El tercer modo de comprender ese Fondo que se abre corresponde a las tradiciones más orientales y extremo orientales, las cuales conciben la revelación como fruto de un despertar interno, resultado del desprendimiento del ego. Los , los sabios, los o los maestros, son los «que han visto», «los que saben» o «los que han llegado», fruto de su trabajo de transparentación. No se trata de ninguna otra dimensión que haya que alcanzar, sino de abrazar esta misma realidad pero en grados de mayor transparencia. Pueden considerarse , atraídas por la transformación interior que...