Mercer | Breve Historia de Alejandro Magno | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 192 Seiten

Reihe: Breve Historia

Mercer Breve Historia de Alejandro Magno


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9763-852-4
Verlag: Nowtilus
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 192 Seiten

Reihe: Breve Historia

ISBN: 978-84-9763-852-4
Verlag: Nowtilus
Format: EPUB
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'Con tan sólo 32 años había explorado y conquistado casi cuatro millones de kilómetros cuadrados. Su inesperada muerte, como consecuencia de unas repentinas fiebres, a la edad de 32 años, desembocó en la división de su imperio: Antípatros obtuvo Macedonia y Grecia; Persia fue entregada a Seleuco; y Ptolomeo recibió Egipto. La obra resulta muy entretenida, didáctica y de ligera lectura, por lo que la recomiendo a todos los lectores y, muy especialmente, a los jóvenes o adolescentes, que se acercan por primera vez a la lectura, ávidos de historias deslumbrantes y llenas de aventuras.' (Web Literateando)'Hacía tiempo que no me encontraba un libro sobre el gran conquistador tan emocionante como el que he leído. Es soberbio y directo, centrándose sobre todo en la épica del personaje, no omitiendo ninguna de sus genialidades y aplicando una rigurosidad histórica impresionante.' (Blog Historia con minúsculas) Capaz de asesinar a un amigo y dar un trato ejemplar a su mayor enemigo, Alejandro Magno, en sus treinta y dos años de vida, conquistó la mayor parte del mundo conocido. La figura de Alejandro Magno es una de las más carismáticas y relevantes de la historia universal por esa mezcla de magnanimidad y crueldad que le caracterizaba y por la grandeza de sus campañas que hicieron que en su breve vida unificara Grecia, conquistara Persia y Egipto y llevara su campaña más allá del río Indo. Educado militarmente por Leónidas el espartano y filosóficamente por Aristóteles, el emperador macedonio era capaz de tener una tolerancia impropia de la época con los habitantes de los terrenos conquistados y de reducir a escombros las ciudades de Tebas o Persépolis; capaz de mostrar bondad con la familia de Darío III y de asesinar a su amigo Clito en una fiesta porque este se resistía a considerar a Alejandro como un dios.

Charles Mercer fue reportero del periódico The Washington Post y se desempeñó durante muchos años como cronista y columnista de televisión para la cadena The Associated Press. Posteriormente trabajó como editor en G. P. Putnam's Sons de donde se retiró como vicepresidente y editor senior del área de libros juveniles. Como escritor ha publicado muchas novelas de gran éxito entre las que destaca Rachel Cade que vendió más de tres millones de ejemplares y fue traducida a 14 idiomas. Tiempo después fue llevada al cine con el título de Los pecados de Rachel Cade. Además de los libros de ficción, también escribió doce libros de ensayo entre los cuales destacan los dos que le dedicó a la figura de Alejandro Magno
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Prólogo


Alejandro Magno fue, sin duda, el hombre más influyente del mundo antiguo. Sus innegables dotes para el mando y su brillante carisma personal le condujeron en compañía de su ejército a la consumación de una gesta propia de los héroes mitológicos de los que tanto aprendió gracias a su mentor Aristóteles.

En un periodo de apenas once años conquistó 3.885.000 kilómetros cuadrados, si bien ese inmenso imperio resultó tan efímero como la vida del que lo forjó.

En la primavera del año 334 a.C., el ejército macedonio inició la ofensiva sobre Persia. El objetivo esencial se centraba en la recuperación de las antiguas colonias establecidas en Anatolia.Ciudades como Mileto, Éfeso o Halicarnaso sufrían los rigores de la ocupación persa; no olvidemos que los griegos mantenían el viejo sueño de infringir una humillación al ancestral enemigo oriental desde los tiempos lejanos de las guerras médicas acontecidas un siglo y medio an tes. En esas contiendas el imperio persa estuvo a un paso de anexionarse toda Grecia y eso no lo olvidaban los orgullosos griegos, quienes aho ra, por fin, bajo el mando de Alejandro Magno se encontraban en condiciones de devolver el golpe.

El ejército macedonio estaba integrado por unos 35.000 efectivos de los que 30.000 eran infantes, mientras que otros 5.000 conformaban la caballería. Eran tropas bien entrenadas y con una disciplina inusual para su época. En pocos días cubrieron los casi 500 kilómetros que les separaba de Helesponto, en los Dardanelos, y desde allí saltaron al continente asiático sin ser molestados por el asombrado ejército persa. Una vez puesto pie en tierra, Alejandro Magno clavó su lanza en el suelo exigiendo la propiedad de aquel Imperio.

Por su parte Darío III había menospreciado la empresa griega y, desatendiendo los consejos de sus generales, dejó pasar a los macedonios confiado en su potente maquinaria bélica con la que pensaba borrar de un leve soplido la insolencia de ese jovenzuelo casi desconocido por entonces.

Las falanges macedonias pronto se hicieron notar con acciones eficaces que derrotaron sin apenas esfuerzo a los ejércitos locales pésimamente dirigidos por los sátrapas persas; en todo caso, la diversión no satisfacía al valiente Alejandro quien buscaba decididamente el choque frontal con el inmenso ejército enemigo.

En estos primeros meses de campaña sucedieron algunas situaciones dignas de ser contadas; por ejemplo, cuando nuestro protagonista viajó a la emblemática Troya, ciudad ampliamente difundida en los poemas homéricos que con tanto amor Alejandro había devorado desde niño a instancias de su maestro Aristóteles. Una vez llegado a ese lugar ofreció sacrificios y rindió honores en la tumba del guerrero Aquiles —del que se creía descendiente directo—. Cuentan que un emocionado Alejandro se desprendió de su escudo de combate para tomar otro proveniente de la legendaria guerra troyana; después de esto, dicen que se sintió fuerte para conquistar el mundo.

También es digna de reseña la famosa anécdota del nudo gordiano. Gordión era la capital del reino de Frigia. Su nombre provenía de un mítico rey, quien pasó de carretero a monarca por una carambola del destino. En la ciudad quedaba, como recuerdo imperecedero de su fundador, un carro en el que se podía contemplar el nudo más enmarañado de la tierra. Bajo él se leía en una inscripción que aquél que lograra desenredarlo dominaría Asia. Durante decenios fueron muchos los que intentaron resolver el problema; sin embargo, nadie consiguió el ambicioso propósito hasta que, por fin, un buen día llegó el contingente macedonio con su rey Alejandro en la vanguardia. Pronto, la curiosa historia fue conocida por el Magno quien, deseoso de obtener buenos augurios para su campaña, se acercó al lugar de la profecía; una vez allí miró con detenimiento el imposible nudo de cuerdas, desmontó y con paso firme se aproximó al centro del enigma. Sin dudar, desenvainó su espada con la que dio un certero golpe que cortó de un tajo el nudo dejando la incógnita resuelta. La contundente acción del Magno provocó la sonrisa entre sus generales a los que dijo: “poco importa la forma de resolverlo; cierto es que yo dominaré Asia”.

Alejandro corta el nudo gordiano, por Jean-Simon Berthélemy (Escuela de Bellas Artes, París).

Mientras esto sucedía Darío III empezaba a tomar en serio la amenaza macedonia; sus tropas habían sido aplastadas en la batalla del río Gránico lo que originó que el propio emperador asumiera personalmente las riendas de aquél incómodo asunto.

En el año 333 a.C., se movilizaba uno de los ejércitos más impresionantes de toda la historia antigua. El objetivo no era otro sino detener la invasión protagonizada por los macedonios. Es difícil establecer valoraciones precisas sobre las dimensiones del ejército persa, por tanto, me veo obligado a fijar una horquilla que iría desde los 200.000 efectivos al millón que aseguran las crónicas más optimistas.

Darío III eligió para el combate contra Alejandro un lugar sito en la frontera sirio-turca junto al río Isso. El mismo emperador dirigió la enor me mole guerrera en la confianza de ver derrotado al desafiante rey Alejandro de Macedonia.

En noviembre de ese mismo año las dos formaciones se encontraron, dando paso a un combate breve pero descomunal que acabó con la derrota total de los persas.

La inferioridad numérica macedonia fue suplida con creces gracias a la estrategia envolvente desarrollada por el líder heleno. En efecto, los flancos griegos superaron el cuerpo principal del ejército persa sometiéndolo a una agobiante presión que desembocó en desbandada general, incluido el propio Darío III, quien escapó de forma cobarde dejando abandonada a su familia con un tesoro real de 3.000 talentos de oro de los que se apropió un Alejandro extrañado por la poca resistencia ofrecida en Isso por su enemigo. Los persas sufrieron unas 100.000 bajas frente a unos pocos cientos de macedonios.

El botín apresado en Isso superaba cualquier expectativa por parte macedonia: no solo se capturaba buena parte de la maquinaria bélica persa sino también magras riquezas y la propia familia real, incluidas hijas, esposas y madre de Darío III. El trato otorgado a estas últimas fue ex quisito, hasta tal punto que, desde entonces, las féminas abandonadas por el emperador acompañaron al rey macedonio en todas sus expediciones.

Tras el desastre de Isso, los persas se replegaron en el afán de reorganizarse dispuestos a de volver el golpe sufrido a manos griegas. Alejandro sabía que su enemigo seguía siendo muy poderoso; si pretendía dominarlo no podía concederle ni un solo respiro. Con ese fin optó por la medida más inteligente: ocupar las diversas posesiones mediterráneas que daban fortaleza al imperio oriental. Los nue vos objetivos pasaban por un rápido avance so bre Fenicia y Egipto. Si se conseguía la anexión de estos vitales territorios, las tropas de Da río III quedarían sin salida al mar y, en consecuencia, a merced de las falanges griegas.

Alejandro Magno ordenó el asedio y conquista de Tiro, la antigua capital de Fenicia y principal puerto del imperio persa. La plaza se levantaba sobre un islote separado de la costa por unos 800 metros de distancia; esta forma fenicia de construir sus ciudades en islas cercanas al litoral obedecía a una incuestionable estrategia defensiva, dejando que el mar sirviera de foso pro tector ante cualquier ataque hostil.

Alejandro, carente de una flota de combate, volvió a lucir su talento una vez más ordenando la construcción de una rampa de piedras y arena que condujera hasta Tiro. En la laboriosa obra se emplearon no solo los combatientes griegos sino también miles de lugareños dispuestos a echar una mano en la expulsión de aquellas tierras de los odiados dominadores persas. Los ti rios no estaban dispuestos a entregarse sin lucha. Durante los siete meses que duró el asedio lanzaron contraataques desesperados intentando evitar el avance de la calzada macedonia. Todo resultó infructuoso ante la tenacidad de las huestes alejandrinas: barcos flamígeros, nubes de flechas o arenas incandescentes no pudieron pa rar el empuje griego. Cuando el improvisado mue lle to có las murallas de Tiro, Alejandro or denó un asalto en toda regla; él mismo encabezó el ataque siendo de los primeros en saltar sobre las defensas de la agónica ciudad que tardó muy poco en caer, siendo entonces sometida a la rui na y destrucción con la mayoría de sus habitantes pasados a cuchillo por los atacantes macedonios.

Tras la sanguinaria ocupación de Tiro, Ale jandro dirigió sus tropas hacia el sur donde se encontraba el...



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