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Meyer | Las raíces del nacionalismo petrolero en México | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 449 Seiten

Reihe: Historia

Meyer Las raíces del nacionalismo petrolero en México


1. Auflage 2023
ISBN: 978-607-16-7794-5
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, 449 Seiten

Reihe: Historia

ISBN: 978-607-16-7794-5
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
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En 1938 se cerró un capítulo clave de la historia del petróleo mexicano que se inició desde el fin de la Revolución Mexicana: la expropiación petrolera. No obstante, hablar del petróleo mexicano es hablar de una historia llena de tensiones y conflictos en el marco de la política interna e internacional. Con este fin, Lorenzo Meyer traza un análisis que estudia el desarrollo de la industria petrolera para resaltar la constante pugna de intereses entre las compañías petroleras estadunidenses, respaldadas por su gobierno, y el gobierno mexicano, haciendo de esto un estudio de caso sobre el imperialismo económico estadunidense y la pugna en torno a la soberanía mexicana.

Lorenzo Meyer (Ciudad de México, 1942) es historiador, académico y periodista. Doctor en relaciones internacionales por El Colegio de México con estudios de posdoctorado en ciencia política en la Universidad de Chicago, recibió el Premio Nacional de Periodismo en 2006 y el Premio Nacional de Ciencias y Artes en 2011. Su trabajo se ha centrado en el análisis del sistema político mexicano y en las formas autoritarias del poder y sus procesos de democratización. Ha colaborado como analista y editorialista en numerosos medios, como Notimex, Excélsior, Reforma y El Universal, entre otros. Actualmente es profesor emérito de El Colegio de México y miembro emérito del Sistema Nacional de Investigadores.
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PREFACIO A LA PRESENTE EDICIÓN


Cuando en 1968 apareció la primera edición de esta obra muchas cosas empezaban a cambiar de manera dramática en la vida política del México de la posrevolución. Esos cambios se acelerarían hasta desembocar en transformaciones sustantivas tanto en la naturaleza interna del régimen político como de las relaciones del país con su entorno externo, en particular con la gran potencia hegemónica: Estados Unidos. Sin embargo, no era posible avizorar entonces la viabilidad de un cambio de fondo en el estatus de la industria petrolera mexicana ni de su institución central: Petróleos Mexicanos (Pemex).

En ese año de 1968 Pemex produjo 142 millones de barriles destinados básicamente a la autosuficiencia energética de un mercado interno moldeado de tiempo atrás por una industrialización relativamente exitosa basada en la sustitución de importaciones —el crecimiento promedio del PIB era de 6% anual promedio— y donde la inversión privada nacional era dominante, pero su dinámica estaba muy determinada por las directrices económicas de un gobierno interventor en lo económico y que tenía en su centro una presidencia particularmente fuerte. En ese ambiente Pemex se había consolidado como la gran empresa estatal, eje de la modernización industrial y símbolo del nacionalismo de la Revolución mexicana.

Al inicio de la segunda mitad del siglo XX la política, económica o de cualquier otra índole de México, se desarrollaba dentro de un sistema de poder formalmente democrático, pero que en realidad operaba sin división efectiva de poderes, con un partido corporativo que en la práctica funcionaba como partido de Estado donde las elecciones se celebraban puntualmente, pero carecían de contenido por no ser realmente competidas. Las grandes líneas del proceso político y en buena medida del económico estaban trazadas y controladas por la presidencia. El entorno externo de este régimen democrático en la forma, pero autoritario en su contenido, estuvo profundamente determinado por la Guerra Fría entre el bloque norteamericano y el soviético (1947-1991). En ese contexto de bipolaridad mundial a veces tensa y a veces laxa, México logró, aunque no sin dificultad, construir cierta independencia dentro del bloque encabezado por Estados Unidos. Y es que Washington terminó por ver en esa independencia relativa un elemento funcional para el mantenimiento de la legitimidad y buen funcionamiento del régimen de su vecino, un régimen que en la práctica era menos nacionalista de lo que implicaba su discurso, pero que justamente por eso garantizaba la estabilidad y predictibilidad políticas en la frontera sur de la gran potencia y que, cuando se requería, daba un apoyo sin estridencias pero efectivo a Washington en su gran juego de poder mundial con Moscú.

Uno de los indicadores de esa independencia relativa de México frente a la potencia vecina fue precisamente la política petrolera de corte nacionalista. La consolidación de Pemex a mediados del siglo XX se logró pese a un ambiente internacional poco propicio al desarrollo de una gran empresa pública que, además, ocupaba un espacio que hasta antes de la expropiación de la industria petrolera en 1938 había sido del dominio casi exclusivo del gran capital norteamericano y angloholandés. Ese sello de nacionalismo estatista de México se reforzó con la nacionalización de la industria eléctrica —también dominada en su origen por el capital externo— en 1960, aunque entonces ya no hubo conflicto con los remanentes de la inversión foránea en ese sector, pues de tiempo atrás la presencia de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) había reducido el horizonte de ese capital. Finalmente, México decidió pagar la indemnización que implicaba cancelar unos contratos suscritos entre el gobierno del presidente Miguel Alemán (1946-1952) y varias empresas petroleras norteamericanas para explorar y explotar ciertas regiones y vender lo extraído a Pemex.

El México de mediados del siglo pasado había desarrollado su actividad petrolera en función del mercado interno y de la autosuficiencia energética, pero en los años 1970 ese modelo de industrialización empezó a mostrar sus límites y finalmente sufrió una crisis terminal a inicios de los 1980. Para entonces Pemex estaba inmerso en un gran proyecto: el desarrollo del yacimiento de Cantarell en la sonda de Campeche y que llevó a un gran vuelco en la política petrolera. La riqueza augurada por ese súper yacimiento hizo abrigar al gobierno de José López Portillo (1976-1982) la esperanza de insuflar nueva vida al viejo modelo económico de una economía protegida, aunque eso significara remar contra una visión sobre la naturaleza de la economía y dominante ya en Estados Unidos y Gran Bretaña: el neoliberalismo. Para entonces las fallas estructurales de la economía de la posrevolución se habían hecho más que evidentes, en particular en su déficit sistemático en el intercambio con el exterior y sus consecuentes efectos negativos en todos los órdenes del crecimiento y desarrollo del país. Dentro del bloque encabezado por Estados Unidos la fórmula para resolver los problemas estructurales de países como México fueron el neoliberalismo económico y su complemento, la globalización.

La vía neoliberal planteaba la creación de un sistema de producción e intercambio a nivel mundial regido no por planes gubernamentales nacionales e intervención directa en los procesos productivos sino por las fuerzas de un mercado global que deberían sustituir al modelo del Estado interventor o “Estado de bienestar” surgido de la segunda Guerra Mundial. Ese cambio requeriría, entre otras medidas, privatizar las grandes empresas públicas como Pemex o la CFE.

Por un tiempo el súper yacimiento petrolero descubierto en la sonda de Campeche —Cantarell— fue convertido por el gobierno de José López Portillo en la gran trinchera de la defensa del viejo modelo de desarrollo protegido y centrado en el mercado interno. Ese yacimiento llegaría a producir hasta 2.2 millones de barriles diarios, pero tal abundancia fue manejada de una manera tal que en vez de salvar al modelo imperante devolvió a México a una condición indeseable y que se suponía históricamente superada: la de país exportador de petróleo y petrolizado, pues rápidamente el fisco mostró signos de ir por el camino de los “estados rentistas” al estilo de los del Golfo Pérsico, es decir, a convertirse en adicto a la renta petrolera para evitar una reforma fiscal que generara gran resistencia por parte de los intereses que serían afectados. Al final, el gobierno optó por suponer que el potencial petrolero de México era capaz de neutralizar los efectos de un déficit en el sector industrial y una deuda externa crecientes.

Si en 1960 los impuestos y derechos petroleros representaban el 12% de los ingresos del fisco mexicano para el año 2000 ya equivalían a casi el triple (37%), y es que las transferencias de Pemex a Hacienda llegaron a costarle a la empresa estatal hasta el 70% de sus ganancias brutas lo que, entre otras cosas, afectó seriamente su capacidad de inversión y su viabilidad. La inesperada caída de los precios mundiales del petróleo en la segunda mitad de la década de 1980, no sólo afectó a Pemex, sino que aceleró la descomposición del modelo económico en su conjunto y finalmente del sistema político mismo.

Desde los 1920 hasta los 1970 los precios internacionales del petróleo se habían mantenido más o menos estables, pero a mediados de los 1970 empezaron a aumentar rápidamente y tras un corto periodo de auge descendieron como consecuencia de una sobreoferta mundial para al cabo de un tiempo volver a subir y luego a bajar. Este sube y baja de precios se inició justo cuando el gobierno mexicano ya se había endeudado en exceso, confiado y entusiasmado con el espejismo de poner fin definitivo tanto al déficit en el intercambio con el exterior como a su histórica debilidad fiscal. El 2 de agosto de 1977 en un arranque de optimismo desbordado, el presidente López Portillo declaró ante el Consejo de Administración de Pemex que, de cara al futuro, los mexicanos tendrían que acostumbrarse a algo totalmente nuevo y positivo en su experiencia colectiva “a administrar la abundancia”. El entusiasmo despertado por lo que se anunció como el inicio de un espléndido capítulo en la historia económica de México duró un suspiro. Si en 1977 la mezcla mexicana de petróleo se cotizaba en 13.39 dólares el barril para 1981 había aumentado a 33.19, pero justo entonces empezó a descender y por los siguientes 25 años su precio promedio fue de apenas 19 dólares por barril. Las fluctuaciones en los precios continuaron y aunque al escribir estas líneas las caídas ya no eran comparables con aquellas de finales del siglo pasado, ya que incluso por un par de años (2011 y 2012) experimentaron un aumento excepcional al rebasar los 100 dólares por barril, ya ningún gobierno volvió a apostar por fincar el desarrollo económico de largo plazo en el petróleo.

Al iniciarse el segundo decenio del siglo actual el súper yacimiento de Cantarell estaba agotado. Sí en 2004 había contribuido con 63% de la producción petrolera, para 2020 ya sólo lo hizo con 9.4%, (160 000 barriles diarios). Los años de abundancia de “la joya de la corona petrolera” mexicana no sirvieron ni para revivir el viejo sistema económico ni fueron un factor decisivo en la cimentación del nuevo. Y si por un tiempo México volvió a su condición original de exportador neto de hidrocarburos, para 2016-2019 había retornado a la de ligeramente deficitario. En estas condiciones la meta de Pemex volvió a...



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